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Lunes, 19 de abril de 2021
Pablo Maestri

Habla el encargado de alimentar a los 33 mineros rescatados de la mina San José

Diego Ortiz

Este empresario fue llamado en 2010 por la Asociación Chilena de Seguridad para una misión clave durante el mediático rescate: mantener bien alimentados y unidos sobre una mesa compartida -con tres comidas diarias- a los mineros chilenos de fama mundial.

43 días estuvo Pablo Maestri, publicista y empresario, en el campamento de la mina San José. Entremedio nació su tercer hijo en Santiago, a casi 700 kilómetros de dónde se desarrollaba uno de los rescates más complejos y mediáticos de la historia: el de los 33 mineros que quedaron atrapados por más de tres meses a más de 700 metros de profundidad.

Era 2010 y Maestri solo interrumpió su labor en el rescate a raíz del nacimiento del menor de su clan; fue al parto de su esposa en Santiago y estuvo tres días con ellos, después tuvo que volver a la mina San José, en la comuna de Caldera, región de Atacama, donde serían rescatados los mineros. 

Su misión -la que sintió la más importante de su vida- era mantener bien alimentados a los 33.

Dedicado ahora a los negocios -con la empresa de energía solar IM2 Solar, el reconocido restorán Europeo y el taller de alta costura Arias Atelier- Maestri recordó en entrevista con INTERFERENCIA esos días en que todo el país y el mundo estaban en vilo a la espera de lograr un rescate que parecía imposible.

“Era una responsabilidad muy grande. Al estar a cargo de la comida, lidiábamos todos los días con la sobrevivencia del grupo”, comenta Maestri. Su esposa, en tanto, lo entendía. “Mi señora es señora de empresario emprendedor. No le entran balas, y desde que pololeamos a los 14 años hasta ahora es así. Me apoyó totalmente”, relata con orgullo.

 “Queda el gustito de haber participado en algo tan trascendente. Suena un poco cuático, pero fue un tema país. En mi oficina tengo todavía una bandera con la firma de todos y una piedra que me regalaron de abajo”, cuenta.

El sistema que no era de la NASA

Una vez que los ingenieros del rescate en la mina establecieron contacto a través de la sonda con los 33, Pablo Maestri en Santiago se preguntaba -junto a un colega de la empresa Aramark de distribución de comida- acerca de cómo harían para hacer llegar comida a los mineros. Encontrarían la forma, pensaba. No quedaba otra.

En eso estaba, cuando de pronto el teléfono sonó. Del otro lado estaba la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS). “Me dicen necesitamos alimentarlos. Ahí yo les digo que ya, pero que me den alguna idea”, relata Maestri. “No. Tú tienes que encontrar la forma”. No le quedaba otra.

El empresario tomó el primer vuelo que encontró a Copiapó para luego dirigirse al sitio del derrumbe. Ahí se encontró con las condiciones que tendría que enfrentar para entregar 33 platos calientes tres veces al día por lo que durara el rescate.

Tendrían que ir todos los platos dentro de una paloma de fierro, un tuvo cilíndrico que descendía hasta el refugio de los mineros. Con 2 metros de largo, el equipo encargado de la alimentación tendría que encontrar la forma de meter la mayor cantidad de raciones dentro de la paloma.

“Se me ocurrió que la comida bajara en pequeñas palomitas dentro de la paloma grande”, explica. Llamó a su padre en Santiago y le pidió que comprara 33 cajas de pelotas de tenis. Con 8,2 centímetros de diámetro, las cajas excedían los 7,9 centímetros que permitía la paloma grande. El padre de Maestri encontró la solución: compró tubos de PVC, los cortó e improvisó una tapa.

“Alguna vez me preguntaron si el diseño de las palomitas lo había hecho la NASA”, asegura entre risas Maestri. “No tenían idea que las huevás eran tubos del supermercado hechos por mi viejo”.

Lo cierto es que si bien la NASA no tuvo nada que ver en las palomitas y el sistema de envío de la comida, sí tuvieron incidencia en el plan de alimentación de los mineros. “Nos dijeron que les diéramos comida 6 o 7 veces al día, porque cuando uno está encerrado y bajo mucho estrés, el reunirlos a todos a comer varias veces al día se transforma en una actividad de unión y que también los mantiene ocupados”, cuenta.

Pero de las seis veces que recibían alimentos al día, al menos tres tendrían que llegar con temperatura. Para que desayuno, almuerzo y cena llegaran calientes, el equipo de Maestri utilizó el sistema que llevó a la ACHS a confiar en su empresa para la arriesgada tarea de alimentar a 33 personas que en ninguna circunstancia podían enfermarse o decaer hasta el rescate.

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La cápsula Fénix
La cápsula Fénix

Un año antes, Aramark había comprado el Grupo Modena, empresa creada por Maestri que se especializaba en la entrega de comida con atmósfera modificada a distintas mineras en el país. De esa experiencia es la razón por la cual llamaron a Maestri.

Un equipo de 10 personas, incluidos cuatro chef de la Clínica Las Condes, preparaban la comida en las cocinas industriales de una minera cercana. Luego, eran trasladadas al Campamento Esperanza para ser ahí calentadas con vapor y enviadas en la paloma de fierro. 15 minutos después, los mineros recibían la comida.

El problema logístico en esa línea de producción estaba en cómo acumular toda la comida necesaria para alimentar tres veces al día a los 33 mineros, sin riesgo de que se echara a perder (es decir sin oxígeno inerte), antes de calentarla al vapor.

“Lo que hacíamos era cocinar como cualquier comida normal, pero en menos de 60 minutos le bajábamos la temperatura de los 70 a los 3 grados, para luego guardarlas en una bolsa especial”, explica. Al bajarle la temperatura a la comida y sellarla con una mezcla de oxígeno inerte, las bacterias en la comida se encuentran con una atmósfera donde no pueden crecer. “Para que crezcan los bichos, tiene que haber oxígeno y comida. La comida no la puedes sacar, pero el oxigeno sí”. Con frío, además, el proceso de crecimiento se ve drásticamente afectado.

“Ahí empezaron los problemas. O bueno, no problemas. La primera anécdota”.

33 mineros, 31 sánguches

“Mi maestro de cocina era bien acampado, bien huaso”, cuenta Maestri con cierta picardía. “Él bajó la comida y a los 15 o 20 minutos lo llamaron de abajo los dos mineros a cargo de recibir la comida. ‘Jefe, ¿sabe qué? Se equivocaron y nos mandaron 31 sánguches’”. El cocinero llamó a Maestri y le dijo que había algo raro. De igual forma, enviaron dos sándwich más para abajo, ya que para todas las comidas preparaban platos adicionales en caso de que algo se rompiera.

Al día siguiente, suena nuevamente la línea directa entre el equipo de alimentación y los 33 mineros. Eran los mismos dos mineros, cuyas identidades Maestri prefirió no revelar. “Faltaban dos sándwich le dicen al maestro, y éste no aguantó. Los subió y los bajó”, asegura. “’¿Qué creen que estoy para el hueveo suyo? ¿Qué no sé contar hasta 33?’ les dijo. Desde ahí, nunca más se perdió una comida”.

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La paloma de fierro
La paloma de fierro

El menú lo veían en conjunto con el ministerio de Salud. Nada especial. En palabras de Maestri, comida común y corriente. La única salvedad era que no tenían aliños y tampoco incluían comidas fuertes para el estómago, como la cebolla. Además, se aseguraban de que viniera todo picado en trozos muy pequeños. “Ahí abajo, se te atora alguien y claro, se atora una pura vez no más”.

Que la comida llegara caliente, que fuera una dieta balanceada, liviana y con la cual no se pudieran atorar. El equipo de alimentación creía manejar todas las variables para mantener saludables y satisfechos. Pero no contaron con el factor de la maña.

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Las palomitas
Las Palomitas

El minero mañoso

Atrapados por meses en una mina a 720 metros de profundidad, uno de los 33 mineros llamaba a uno de los cuatro chefs para imponer sus condiciones. “Yo no como ni comeré legumbres”.

“Esto pasó hace nueve años ya… supongo que prescribió la prohibición de contar, así que te cuento”, dice Maestri a INTERFERENCIA. Contrario a todas las normas impuestas por el ministerio de Salud, el equipo de alimentación decidió darle una dieta especial al minero mañoso. “Le hicimos un pequeño regaloneo”, explica Maestri.

Es 2010 y suena nuevamente la línea directa con el refugio de la mina, del otro lado hay una voz decidida: “Jefe, no es que sea mañoso. Es que nunca he comido legumbres. Yo no como”. Maestri no lo podía creer. “Le dije ‘¿tú crees que te puedo hacer un menú especial? No puedo po’. Y bueno, lo terminamos haciendo”.

La verdadera razón detrás del ‘regaloneo’ estaba en los problemas dentales del minero (cuya identidad nuevamente fue celosamente resguardada por Maestri), la cual no le permitía comer comida sólida. Arroz con carne o lentejas eran lo mismo tras pasar por la licuadora. “Yo creo que murió en la rueda. No le dijo a nadie. Y nosotros tampoco, ni al Ministerio. Pero ya prescribió”, cuenta entre carcajadas Pablo Maestri.

La salida

Luego de ser rescatados uno a uno en la cápsula fénix, cada minero pasó por un control médico de cerca de 15 minutos. Luego de esto, se dirigieron hacia sus familias para comer algo. “Lo más divertido era que estaba la familia, un plato de comida y yo, esperándolos”.

Pablo Maestri asegura que nunca hubo ningún tipo de pago. “Para mí, el pago fue el abrazo que nos dimos en ese comedor. Todo valió la pena ahí”, dice.

“Yo era el encargado, pero tuve un equipazo”. Al comenzar las labores, Maestri dividió al equipo en dos turnos de cinco días en la mina y cinco de descanso. Para el final del rescate, ninguno quería el descanso. “No jefe, yo no voy a bajar. Yo voy a estar el día que los saquen”. 

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