La prensa escrita enfrenta hace años una batalla digna de Sísifo. Para los medios que no son megáfonos de los grupos de poder en Chile, como es el caso de Interferencia, la piedra ha sido más pesada.
La piedra de tope para alcanzar esa cima y no volver a rodar siempre cuesta abajo ha sido hace décadas la misma: el financiamiento.
Mientras los medios tradicionales, que en su mayoría tiene una línea editorial de derecha, siguen gozando de un generoso financiamiento del Estado y de los grandes grupos económicos, la prensa independiente ha sido marginada. Y ha sido así desde el gobierno de Patricio Aylwin al de Gabriel Boric. Es más que probable que ello no cambie con el actual gobierno de Kast. Más bien lo contrario.
Interferencia tuvo su origen en febrero de 2018, cuando nuestro director Víctor Herrero obtuvo un crédito de 8 millones de peso en la ya no existente sucursal de Coopeuch de la calle Portugal con la Alameda, en Santiago Centro. El 10 de septiembre de ese año el medio salió ‘al aire’. Mucha gente no nos daba más de seis meses de vida. Y cuando, pese a todo, seguimos adelante, empezaron a surgir teorías sobre quiénes podían ser los verdaderos dueños o financistas de este medio. Porque en un país como el nuestro, que pese a que celebra superficialmente a los emprendedores, el ‘éxito’ casi siempre viene heredado o comprado.
Por eso, durante muchos años Interferencia generó confusión entre la elite, a la que nuestro medio le puso el ojo de manera implacable, sin distinciones. En nuestro país, nadie podía creer que un medio que se iba sosteniendo, ‘golpeando’ y revelando escándalos, pudiera ser una simple iniciativa de un grupo de periodistas sin apellidos vinosos, sin herencias familiares y sin respaldo de algún tipo de financista de billetera profunda.
Tomarse un Cappuccino en un Tavelli es más caro que financiar por un mes nuestro periodismo.
Los que nos daban seis meses de vida ahora contemplan como en septiembre cumpliremos ocho años de existencia. A lo largo de este camino, que no siempre ha sido fácil, hemos recibido el apoyo de un puñado de profesionales que nos han dado un financiamiento parcial, de instituciones como la Universidad de Concepción, que nos apoya porque cree firmemente en la importancia de contar con una diversidad de medios de prensa, y de algunos auspiciadores esporádicos.
Pero, la columna vertebral de nuestra existencia son las y los lectores que se suscriben a nuestro medio. El 80% de nuestros ingresos proviene de ellas y ellos.
Cuando comenzamos a publicar en septiembre de 2018 fijamos precios de suscripción que en todos estos años no hemos aumentado. Debemos ser el único medio en Chile, o uno de los pocos, que no ha subido sus precios en casi una década. Establecimos la suscripción mensual en 3.000 pesos en 2018. Hoy sería, ajustado por inflación, un poco más de 4.000 pesos. Tomarse un Cappuccino en un Tavelli es más caro que financiar por un mes nuestro periodismo.
Aun así, no hemos subido el precio. Ello se debe a que, en un mundo que día a día se encarece, no queríamos ser un medio que agobiara a sus donantes. Con todo, a lo largo de este año, decenas de suscriptores han elevado voluntariamente el monto de sus aportes, y estamos profundamente agradecidos de estas mujeres y hombres.
Sin embargo, nuestras finanzas se han deteriorado en los últimos años. De tener un grupo de hasta 15 periodistas -entre fijos y freelance- pasamos a tener uno de cinco actualmente. Para poder seguir existiendo necesitamos aumentar nuestros ingresos. Como las agencias de medios y los grandes anunciantes siguen rehuyendo de Interferencia -como sucedió con The Clinic durante casi una década, pese a ser la revista más vendida del país a inicios de los años 2000-, y como el gobierno anterior colocó avisaje estatal por menos de 4 millones de pesos durante toda su gestión, nos enfrentamos a una situación delicada.
Si en los siguientes seis meses no logramos agregar o recuperar al menos 1.000 suscriptores, es probable que tengamos que enfrentar el cierre de este medio o un recorte tan drástico que ya no será posible hacer un periodismo más incisivo y demandante. A algunos eso les podrá alegrar, a otros serle completamente indiferente. Pero dado los tiempos actuales en Chile y el mundo, creemos firmemente que un medio como Interferencia aporta con su granito de arena a que el poder no se desborde en Chile. Algo que ahora es más importantes que nunca.
La línea editorial de Interferencia
Todos los medios de prensa tienen una visión editorial que subyace a su labor de informar de manera honesta a sus audiencias. La famosa ‘objetividad’ es un mito que las autoridades y los poderosos quieren imponer a la prensa con tal de, si bien no silenciar, al menos aminorar el impacto de una cobertura que consideran negativa. Para los poderosos, la objetividad muchas veces consiste en simplemente reproducir sus propias declaraciones.
En Chile, la línea editorial de gran parte de los medios tradicionales es de derecha, aunque entre éstos existan a veces diferencias en temas valóricos o culturales.
Nuestro medio está anclado en una visión de centroizquierda. Es decir, en la firme creencia de destapar los abusos de los poderosos a cualquier nivel, de avanzar en eliminar las injusticias sociales ancladas en privilegios, apellidos o conductas depredadoras, y en respetar el avance en libertades de los llamados ‘grupos minoritarios’ por alcanzar algo que, en teoría, todos aceptamos desde hace casi dos siglos: la igualdad ante la ley.
Para nosotros, por ejemplo, la verdadera noticia en el mercado de viviendas no es la ganancia anual de las grandes inmobiliarias, sino que cuán accesible y asequible es para una familia corriente arrendar o comprar un casa o departamento.
La acumulación sin precedentes en la riqueza de unos pocos durante las últimas décadas no sólo gatilla un profundo resentimiento social, sino que se convierte en tierra fértil para sentimientos antidemocráticos. A ello se suma la fuerte ola inmigratoria que Chile enfrenta hace una década, que muchos ciudadanos comunes ven como una amenaza a la poca seguridad social que han conquistado en los últimos años. Esto han sido temas que la centroizquierda ha dejado de lado a favor de una constelación de intereses minoritarios que, siendo importantes, no configuran una visión ideológica para el mundo actual.
Con todo, nuestra línea editorial no es un impedimento para criticar y exigir responsabilidades a la centroizquierda. Durante el gobierno de Gabriel Boric publicamos algunos artículos y reportajes que no sólo cayeron muy mal en La Moneda, sino que llevaron a muchos lectores a dudar de nuestra visión editorial e incluso a cancelar sus suscripciones.
Sin embargo, nuestro deber editorial es publicar artículos, columnas e investigaciones cuyo contenido, según lo que hemos reporteado y verificado, ha sucedido y es relevante. Aunque a algunos de nuestros lectores no les guste, tenemos que ser honestos a la hora de publicar lo que hemos indagado. No pocas veces, los resultados de nuestra labor contradicen nuestra propia línea editorial y las convicciones personales de nuestros periodistas. Pero no publicar esa información, es equivalente a ocultarla o aplicar una autocensura, lo que va en contra de nuestra ética periodística.
Nos pueden criticar, nos pueden acusar de sesgados, a veces también nos pueden felicitar, pero deben saber que en Interferencia tenemos un axioma: creemos en la inteligencia de nuestros lectores y no los tratamos como niños, sino como ciudadanos pensantes.
Hoy en día la mayoría de las personas consumimos las noticias a través de redes sociales. Y como los algoritmos están programados para mostrarnos lo que queremos ver y escuchar, eso nos lleva a habitar burbujas de información donde cada usuario vive en la ilusión de que ‘todo el mundo’ piensa como él o ella.
La labor de la prensa, como nosotros la entendemos, no es esa. No se trata de confirmar a nuestros lectores que nuestra visión ideológica es la correcta. No se trata de ‘encerrarlos’ en un loop progresista. Nosotros mismos, al reportear la actualidad, muchas veces nos enfrentamos a la incomodidad de descubrir que al que creíamos bueno no era tan bueno, y al que creíamos malo no es tan malo. Es la vieja constatación universal de que entre el blanco y el negro existe un sinfín de tonos grises.
Al final del día, tratamos de hacer nuestra labor diaria con la mente abierta y de no olvidarnos nunca de que nos debemos a nuestros lectores. Nos pueden criticar, nos pueden acusar de sesgados, a veces también nos pueden felicitar, pero deben saber que en Interferencia tenemos un axioma: creemos en la inteligencia de nuestros lectores y no los tratamos como niños, sino como ciudadanos pensantes.







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