Por décadas, una parte importante del fútbol chileno se resistió a considerarlo un “clásico” auténtico. Se le llamó “clásico moderno”, casi con culpa, como si hubiese que pedir permiso para admitir que ahí había una rivalidad real. El argumento era simple: el único clásico verdadero de Colo Colo debía ser el Superclásico frente a la U. Y el clásico más antiguo y con más tradición en nuestro medio es el clásico universitario. Todo lo demás parecía marketing, televisión o coyuntura, en la medida que nuestro fútbol no parece suficientemente desarrollado como para permitir otro encuentro estelar.
Pero el paso del tiempo suele pisotear las tesis rígidas y los planteamientos inflexibles.
El 2-1 de Colo Colo sobre Católica en el nuevo Claro Arena —con el extraño autogol de Arturo Vidal y posterior remontada alba— volvió a demostrar algo evidente: este partido ya no necesita justificaciones teóricas. Tiene tensión, historia, identidad, heridas, diferencias culturales y una competitividad que el Superclásico perdió hace bastante tiempo. Y en 2026 encuentra a los dos equipos con posibilidades serias de campeonar. Así, aunque a muchos les incomode admitirlo, Colo Colo y Católica protagonizan hace décadas un enfrentamiento mucho más equilibrado que el duelo entre albos y azules. Y los clásicos, en cualquier lugar serio de Latinoamérica, sobreviven precisamente gracias a eso: la incertidumbre.
Nadie discute en Argentina la dimensión de Boca-River porque uno haya ganado más títulos. Nadie relativiza Nacional-Peñarol porque haya períodos de hegemonía. Lo que convierte un partido en clásico es la percepción cultural de que ahí chocan dos formas distintas de entender el fútbol, el país y hasta la vida.
Y eso, justamente, es lo que ocurre entre Colo Colo y Católica.
Colo Colo construyó históricamente su identidad desde lo popular, desde la idea del club del pueblo, del equipo transversal que puede aparecer tanto en una población como en una oficina pública o una feria. Católica, en cambio, fue asociada —con justicia o caricatura— a sectores acomodados, universitarios, institucionales, más conservadores socialmente y a la cultura de hacer las cosas con seriedad y eficiencia que se ha traducido en que, independientemente del fútbol en sí, sea la institución más sólida y con mejor infraestructura en nuestro medio. La rivalidad nunca fue únicamente deportiva: siempre tuvo un subtexto de clase.
Quizás por eso este duelo se parece más a la lógica cultural de los clásicos sudamericanos que otros partidos del fútbol chileno. Porque hay símbolos en disputa. Porque hay una diferencia identitaria reconocible. Porque cada victoria parece validar una manera distinta de habitar el fútbol. Y la vida.
Además, hay un elemento esencial que suele olvidarse: ambos equipos juegan realmente de local. Eso parece obvio, pero en Chile no lo es: el fútbol chileno normalizamos la precariedad de no contar con un estadio propio, en términos tales que solo se cuestiona a la U por dicha carencia, en circunstancias que es un mal casi sin excepciones en nuestro medio. Católica y Colo Colo, en cambio, sí lograron construir territorios reconocibles: San Carlos antes, Claro Arena ahora; el Monumental del otro lado. El clásico tiene geografía. Tiene casa. Tiene invasión y resistencia. Y eso le da una densidad emocional que otros partidos perdieron.
También tiene finales, eliminaciones, humillaciones cruzadas y ciclos de dominio alternados. Podemos situar el origen de este clásico moderno en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando ambos cuadros ganaron protagonismo -junto a Cobreloa que después lo perdió- y mientras los azules de la U naufragaban en su crisis que los sacó de la circulación de la competitividad por un buen tiempo. Así, vinieron las definiciones de 1997, 2002 y 2010 hasta las Supercopas recientes, la rivalidad fue acumulando capítulos que ya forman parte de la memoria emocional del fútbol chileno.
Por eso resulta algo artificial seguir preguntándose si “merece” ser clásico. La pregunta correcta quizá sea otra: ¿por qué Chile tardó tanto en asumirlo?
Tal vez porque el fútbol chileno suele enamorarse demasiado de sus relatos tradicionales. Tal vez porque el Superclásico conserva una potencia simbólica imposible de borrar. O tal vez porque aceptar la dimensión de Colo Colo-Católica obliga a admitir ciertas realidades incómodas: que las rivalidades no son fósiles, evolucionan, y si hay un encuentro con un contenido social potente es aquel entre albos y cruzados. Tanto así que podríamos denominarlo “Clásico Social”
Hoy, mientras Universidad de Chile intenta reconstruir competitividad y estabilidad, el duelo entre albos y cruzados se estabiliza en su intensidad y proyección. No reemplaza al Superclásico, aún, pero ya no vive debajo de él.
Y quizás el partido del domingo resumió perfectamente esa condición. Católica golpeó primero. Colo Colo sobrevivió al absurdo del autogol de Vidal. Después reaccionó con autoridad y terminó imponiéndose en una cancha ajena, moderna y hostil. Eso hacen los clásicos verdaderos: condensan identidades, dramatizan diferencias y producen relatos que sobreviven más allá del resultado. Y mantienen su mística, tradición y relevancia mientras se mantengan dichos supuestos.
Ojalá por mucho tiempo.








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