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Jueves, 13 de mayo de 2021
Análisis

Joe Biden presenta… ¿el fin del neoliberalismo?

Víctor Herrero A.

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Joe Biden
Joe Biden

En medio de los días más álgidos de la revuelta social de 2019 una manifestante portaba un cartel que decía: “En Chile nació el neoliberalismo y en Chile morirá”. Dos años después se trata de un profecía que se está cumpliendo. Sólo que el lugar donde está muriendo no es Chile, sino Estados Unidos.

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En medio de los días más álgidos de la revuelta social de 2019 una manifestante portaba un cartel que decía: “En Chile nació el neoliberalismo y en Chile morirá”.

Al calor de las hogueras de aquellas semanas, decenas de analistas aseguraban que el modelo neoliberal, en especial su variante más virulenta, la chilena, efectivamente tenía sus días -o años- contados. Dos años después se trata de un profecía que se está cumpliendo. Sólo que el lugar donde está muriendo no es Chile, sino Estados Unidos.

En menos de tres meses, el gobierno de Joe Biden ha desplegado una política de expansión fiscal como no se veía desde la época del Nuevo Trato de F.D. Roosevelt. Uno podría decir que, al igual que en los años 30, se trata de una respuesta a una profunda crisis económica. Algunos, en especial la casta de economistas tradicionales, dirán que son medidas coyunturales y que todo volverá a ser como era antes.

Pero está claro que nada será como antes. Ya la presidencia de Donald Trump demostró que la creencia absoluta en el libre comercio podía resquebrajarse con un puñado de tarifas. Las políticas que busca impulsar ahora Biden significan un quiebre radical con 40 años de consenso económico.

El ambicioso Plan de Rescate Americano -el estímulo fiscal de US$ 1,9 billones (millones de millones) aprobado por el Congreso en marzo- es sólo el comienzo. La Casa Blanca también está elaborando el Plan de Empleo Americano, una inyección pública de US$ 2, 7 billones para crear millones de empleos y renovar la infraestructura de ese país. “Esta no es una época para reconstruir lo que hubo en el pasado”, afirmó la Casa Blanca en un comunicado. “Este plan es una inversión en América, es una inversión pública como no hemos tenido desde la construcción del sistema de autopistas o la carrera espacial (de los años 60)”.

Y también está el Plan Familiar Americano, cuyos detalles aún no se conocen. Pero sí se sabe que el gobierno pretende financiarlo en parte a través de un alza de impuestos a los individuos más ricos.

“Tomados en conjunto, está barriendo con el status quo pre pandémico que es visto como un desastre tanto para la gente como para el planeta”, escribió hace unos días el columnista Ezra Klein en The New York Times. “Un status quo que Biden en muchos casos ayudó a construir y que, ciertamente, nunca tuvo la intención de derrumbar”.

Es esta última apreciación que revela probablemente la profundidad del cambio. Biden no está impulsando estas políticas estatales por convicción ideológica, sino más bien por necesidad económica. El pragmatismo dicta que para competir con China hay que aplicar también algunos trucos del rival -ergo: fuerte respaldo estatal al desarrollo.

Pero, además, existen dos factores más que explican esta vuelta del “gran gobierno”. Una es, como apunta también Klein en su columna, un cambio generacional en las capas medias profesionales. Se trata de una generación que ha sufrido la crisis económica y financiera de 2008, que ha experimentado en persona las crecientes consecuencias del cambio climático y que, por sobre todo, está preocupada de la creciente desigualdad en la distribución de los ingresos, lo que rompe con la promesa básica de la democracia occidental post Segunda Guerra Mundial.

Y la experiencia de los últimos 15 años ha demostrado que el enfoque tradicional -neoliberal- no ayudará a enfrentar esos problemas. Más bien ha sido al revés: los ha agravado.

“La frustración constante de Obama fue que los políticos no sabían de economía”, escribe Klein. “La frustración constante de Biden es que los economistas no saben de política”.

Ahí, en esa frase, está condensado el cambio de paradigma. Pero parece que en Chile las elites transversales aún no se han enterado de ello.

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