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Lunes, 12 de Octubre de 2026
En memoria de Juan Pablo Cárdenas

Juan Pablo Cárdenas, en sus palabras: capítulos de "Un peligro para la sociedad"

Interferencia

Tras la muerte del periodista y Premio Nacional de Periodismo 2005, reproducimos fragmentos de uno de sus libros más recordados. El texto recoge la voz de quien dirigió la revista Análisis en plena dictadura, soportó el hostigamiento físico y judicial por su trabajo, y sostuvo hasta el final que el periodismo libre es un deber frente al poder.

Juan Pablo Cárdenas Squella nació el 1 de diciembre de 1949 en Santiago y murió el 11 de octubre de 2026, a los 76 años, a causa de un cáncer. Periodista titulado de la Universidad Católica, partió como redactor y luego director de la revista Debate Universitario, y fue fundador y director de las revistas Análisis y Los Tiempos y del diario electrónico Primera Línea. Desde Análisis se convirtió en una de las voces más reconocidas del periodismo opositor a la dictadura, lo que le significó hostigamiento físico y judicial. Más tarde dirigió Radio Universidad de Chile durante 18 años, hasta su retiro en 2018, Escribió libros como Por un Chile Libre y NO a Pinochet, recibió distinciones internacionales como la Pluma de Oro de la Libertad, y en 2005 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo. 

En su memoria, Interferencia publica a partir de hoy capítulos de Un peligro para la sociedad, uno de sus libros más leídos, para que nuevas generaciones de lectores conozcan en sus propias palabras al periodista que hizo de la libertad de expresión una causa de vida.

PRÓLOGO

Desde que cerró la revista Análisis he otorgado innumerables entrevistas en las que se me indaga por su historia, la forma en que burlamos la mordaza dictatorial, sobre nuestros padecimientos personales y, por supuesto, por las causas que podrían explicar que esta y otras publicaciones desaparecieran después de la dictadura. Cuesta entender que revistas y diarios que se consolidaron en medio de tantas adversidades no hayan prosperado en «democracia» y que solo prevalezcan aquellos medios que fueron adictos al gobierno autoritario. Aunque una y otra vez algunas revistas y sitios de internet se esmeren en difundir lo que se oculta o pasa inadvertido por la gran prensa. Estudiantes de periodismo, jóvenes historiadores y visitantes extranjeros me requieren para dar respuesta a la curiosidad que les provoca el trabajo desarrollado por una generación de periodistas que en la dictadura puso en juego su vocación y ofrendó los mejores años de su juventud en la dura pero exitosa tarea de romper el bloqueo informativo impuesto por el régimen militar, alentar la desobediencia civil y dejar un registro notable de lo que aconteció. Tanto así, que hasta hoy los jueces revisan nuestras páginas para formarse convicción de las violaciones a los derechoshumanos antes de procesar y condenar a los terroristas de Estado. Despierta vivo interés, también, conocer nuestros desvelos actuales para hacer frente a una represión que ahora es menos brutal o más sutil, pero que igualmente se propone adormecer las conciencias e impedir que el pueblo exprese sus justas demandas.

Soy de los que creen que la libertad de expresión es un derecho humano, no un privilegio de los periodistas. Por lo mismo, pienso que la diversidad informativa es uno de los pilares fundamentales del orden democrático y que, sin ella, simplemente se hace imposible el ejercicio de la auténtica soberanía popular. Otros veinte años de sinsabores me convencen de que los gobiernos que sucedieron al de Pinochet han practicado una sistemática política de exterminio de los medios libres, críticos e insobornables, algunas de cuyas pruebas hemos sufrido en carne propia, y son muchas más de las que refiero en estas páginas.

Simplemente porque sería pretensioso que yo escribiera la historia de estos últimos treinta y cinco o cuarenta años de periodismo en Chile, es que he convenido realizar una auto- biografía. Me he propuesto rendir testimonio de un trayecto que se inició el 11 de septiembre de 1973, día del quiebre institucional cultural y social más drástico y doloroso de nuestra existencia patria. Creo que la historia debe construirse con el aporte de muchas visiones y testimonios. Este relato no tiene más mérito, entonces, que el de constituirse en el registro de mi particular experiencia y reflexión. Con honestidad, estoy seguro, pero a mi entera subjetividad.

Dos méritos me reconozco sin remilgos: el haber organizado incesantemente distintos medios de comunicación y el talento de saber convocar a los mejores reporteros y colaboradores. Algunos amigos me felicitan por el atrevimiento de mis columnas y crónicas, así como por el estilo de mis escritos. Sin embargo, solo yo sé lo que me ha costado llegar a escribir casi de corrido y obligarme a incomodar a tantos con mis revelaciones y juicios. Reconozco muy hidalgamente que tengo mal genio, pero también quiero que se asuma que soy en verdad enemigo del conflicto. He luchado mi vida entera contra la timidez y, muy a menudo, soy presa del escalofriante miedo. Cuando conduzco mi automóvil, miro más por el espejo retrovisor que por el parabrisas. Hasta hoy siento un pinchazo agudo en el vientre cuando enfrento a la policía internacional de nuestro aeropuerto. No resisto las películas de cárceles y el olor de los cementerios. Y en este mismo libro me duele entrañablemente revelar historias que hablan de la descomposición de la política y del doblez de sus protagonistas, de la capacidad que tiene el poder de corromper hasta a aquellos en quienes más confiábamos. ¡Qué cierto es aquello de que cuando se deja de vivir como se piensa, invariablemente se termina pensando tal como se vive!

Desde que recibí el Premio Nacional de Periodismo he dictado charlas y conferencias por todo el país. He ganado cierta expedición en la palabra gracias a mis comentarios radiales y a las minuciosas notas que preparo antes de cada evento, aunque tan a menudo después haga caso omiso de ellas. Pocas cosas me disgustan más que me reconozcan en la calle; por lo mismo, solo asisto a los eventos sociales que se hacen imperativos a mi acuciante conciencia y responsabilidad. Aunque todavía suelo ponerme iracundo a la hora de defender mis posiciones, con los años he aprendido a valorar el disenso y la diversidad. Sin embargo, me siguen desagradando la falta de compromiso, las posiciones eclécticas e, incluso, el agnosticismo que algunos profesan. En este sentido, prefiero a los ateos militantes a los que nada les importa el sentido de Dios y de la eternidad. «Debes creer en lo que quieras, pero creer, luchar y sostenerte en los valores», me dijo alguna vez mi padre, antes de que yo ingresara en la universidad. Aunque duela, como muchas veces duele.

Mientras escribía este libro tuve la suerte de viajar a Chiapas y asistir a un masivo evento político convocado por el subcomandante Marcos. Pocas veces me sentí tan feliz como en ese anonimato completo y además por la posibilidad de conocer a esos «caracoles» liberados por el zapatismo, en los que se demuestra con hechos concretos que «otro mundo es posible» en la solidaridad, la democracia auténtica y el ejercicio rotativo del poder político. A nadie tuve que decirle quién era y nadie, tampoco, me preguntó algo más que de dónde venía… Tan grato me sentí que hasta tuve la tentación de quedarme allí, lo que muy probablemente habría hecho con treinta o cuarenta años menos. No en vano he llegado a pensar que nuestras convicciones nos hacen ciudadanos del mundo, y latinoamericanistas por código genético y misión. Comparto también eso de que las fronteras para lo único que sirven es para propiciar guerras, justificar los ejércitos y servir al negocio de las armas.

Pero finalmente soy chileno y quiero a mi patria, a su territorio demarcado por esas dos magníficas barreras naturales: la cordillera de los Andes y el océano Pacífico. Extraño siempre a mi familia y amigos. Por sobre todas las tentaciones que me han acosado, amo también la actividad que realizo. Y aunque no me hago muchas ilusiones de llegar a la tierra pro- metida, confío en que el devenir de las buenas y malas noticias nos lleva inexorablemente a un mundo más justo.

Soy hijo de las lecciones de mis maestros y de mis padres. Pienso que el periodismo es la más majadera y celosa de las amantes. Pero, al mismo tiempo, la más bella, fiel y plena de las pasiones que he vivido.

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