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Domingo, 24 de Octubre de 2021
Capítulo 14

La conexión cubana (extracto de 'Conexiones Mafiosas')

Manuel Salazar Salvo

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El diario El País de España, 12 de julio de 1989
El diario El País de España, 12 de julio de 1989

Esta es la decimocuarta entrega de 24 capítulos de la investigación del periodista Manuel Salazar sobre organizaciones criminales alrededor del mundo, contenido en el libro 'Conexiones Mafiosas', de 2008. En este artículo, el autor aborda las redes internacionales de narcotráfico surgidas en torno a la Cuba revolucionaria, las cuales significaron graves trances internacionales para los hermanos Castro.

El 13 de julio de 1989, en medio de la incredulidad de los cubanos, fueron fusilados en La Habana el general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón Trujillo y el capitán Jorge Martínez Valdés. En las semanas siguientes fue destituido el ministro del Interior, el general José Abrantes, quien poco después murió en la cárcel en muy extrañas circunstancias. Aquellos sucesos constituyen uno de los momentos más difíciles y más oscuros vividos por los hermanos Fidel y Raúl Castro desde el inicio de la revolución en 1959.

La aguda y permanente guerra de propaganda entre los partidarios y detractores del régimen castrista ha hecho imposible precisar las verdaderas razones que condujeron a ese desenlace. Algunos, sostienen que la ejecución y la posterior razzia en el gobierno cubano y en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) tuvieron como propósito segar las raíces de una posible rebelión para deponer a los hermanos Castro. Otros, afirman que fue el dramático costo que Fidel debió pagar para impedir que su gobierno fuera sindicado como uno de los actores  principales en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Los menos, creen que los acusados eran los principales responsables de la corrupción que comenzaba a invadir la isla caribeña.

El escenario mundial de aquel momento era un dato relevante. El sindicato Solidaridad había ganado las primeras elecciones libres en Polonia el 4 de junio de 1989; Hungría se preparaba para comicios libres; cien mil mineros siberianos estaban en una huelga indefinida; millones de soviéticos exigían autonomía desde el Báltico hasta Georgia; los primeros martillos empezaban a golpear el Muro de Berlín; la URSS se convulsionaba con la glasnost y la perestroika.

Enfrentado en los años 80’ a una crisis económica creciente debido al embargo mantenido por Estados Unidos y al distanciamiento del Kremlin, Fidel Castro había decidido crear una estructura secreta que consiguiera divisas y productos de todo tipo que le estaban vedados. Con ese propósito nació en 1979 la Corporación de Exportaciones e Importaciones, Cimex, que luego fue reemplazada por el Departamento de Moneda Convertible (MC), dependiente del Ministerio del Interior que dirigía el general Abrantes.

El control de MC fue encomendado a uno de los mejores “cuadros” de la nomenclatura cubana, el coronel Antonio “Tony” de la Guardia, regalón de Fidel desde comienzos de los años 60’ y considerado un verdadero James Bond de la revolución. En la hoja de vida de Tony brillaban las proezas: en 1971 había sido enviado a cargo de tropas especiales para asesorar al presidente Salvador Allende; en 1973 viajó a Madrid para secuestrar a Fulgencio Batista, que murió la misma noche en que De la Guardia aterrizaba en España; en 1975 llegó a Suiza con US$ 60 millones que los Montoneros argentinos consiguieron con el secuestro de los industriales Jorge y Juan Born; poco después comercializaba piedras preciosas robadas por el Frente Democrático Popular de Palestina; en 1976 asesoraba al nuevo gobierno de Jamaica; y, en 1978, aterrizó en Nicaragua para llevar armas al Frente Sur de los sandinistas que dirigía Edén Pastora, y donde combatían varias decenas de comunistas chilenos.

En 1986, De la Guardia instaló las bases de MC en Panamá, bajo la dirección del mayor Amado Padrón. Desde allí contrató lancheros para llevar las mercaderías prohibidas a Cuba, muchos de los cuales eran también transportistas de drogas; y empleó a lavadores de dinero para encubrir a sus socios en Estados Unidos, quienes también trabajaban para los cada vez más poderosos carteles colombianos de la marihuana y de la cocaína.

Por entonces, La Habana permitía el tránsito de aviones con droga por los cielos cubanos y la siembra en el mar de paquetes con polvo blanco que eran recogidos por lanchas de alta velocidad para llevarlos a las costas de Florida. A cambio, se les pedía que a su regreso transportaran armas para las guerrillas que el Departamento América del Partido Comunista Cubano (PCC), dirigido por Manuel “Barbarroja” Piñeyro, alentaba en América Latina.

De la Guardia había cumplido exitosamente la tarea durante más de diez años y en ella comprometido a empresarios de las más variadas nacionalidades, incluidos varios chilenos que le ayudaban a multiplicar los intereses cubanos fuera de la isla.

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Persecución de lancha con drogas en el caribe
Persecución de lancha con drogas en el caribe

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Persecución de lancha con drogas en el caribe
Persecución de lancha con drogas en el caribe

 

Bromas al número uno

Ahora, en 1989, a los 50 años, vivía en Siboney, uno de los barrios más cuidados de La Habana, vestía jeans de marcas estadounidenses, usaba Rolex en la muñeca izquierda, pintaba motivos naif, llevaba a cuestas tres matrimonios y disfrutaba diariamente de una reserva en primera fila en el cabaret Tropicana, cuyas bailarinas eran su compañía predilecta. Tenía también acceso expedito a los ámbitos más reservados de Fidel y era uno de los pocos que se atrevía a inferirle bromas pesadas al “número uno”, como él le decía al líder indiscutido de la revolución.

A mediados de junio de 1986 llegó a las oficinas de MC en Ciudad de Panamá un cubano exiliado llamado Reinaldo Ruiz. Tenía una agencia de viajes que vendía visas a sus compatriotas de la isla a US$ 2.500 cada una, negocio que proveía de divisas a La Habana y a los bolsillos de Manuel Noriega, el “hombre fuerte” del país centroamericano. Ruiz resultó ser primo del encargado de Interconsult, la empresa chapa de MC, Miguel Ruiz Poo. El agente de MC le pidió varios computadores IBM y dos decodificadores de cablevisión, aparatos que sirven para bajar del aire las señales de la televisión por cable.

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El Tropicana, uno de los lugares preferidos por Tony de la Guardia
El Tropicana, uno de los lugares preferidos por Tony de la Guardia

A los pocos días los primos estaban cenando juntos y planificando nuevos negocios. Reinaldo era casado con una colombiana que conocía a Gustavo Gaviria, primo de Pablo Escobar, el jefe del cartel de Medellín, y su principal asesor financiero.

El trato pareció obvio: Ruiz tenía los medios para transportar cocaína a Estados Unidos a través de Cuba. Sólo necesitaba de algunas facilidades y las ganancias serían suculentas para todos. En los días siguientes se encontró en La Habana explicando su plan a Tony de la Guardia, quien lo aprobó y le garantizó que todo estaría bajo control.

Fue en Panamá, hacia fines de 1986, donde el ayudante de campo del general Arnaldo Ochoa, el capitán Jorge Martínez Valdés, estableció el contacto que permitiría darle una nueva dimensión al negocio. Se trataba del colombiano Fabel Pareja, empleado de Pablo Escobar, quien le puso al día sobre las actividades de Tony de la Guardia y le propuso una entrevista con el jefe del cartel de Medellín.

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La ruta de la conexión cubana.
La ruta de la conexión cubana.

La idea tardaría meses en concretarse pues Martínez debía requerir la autorización del general Ochoa, en ese momento al frente de las tropas cubanas y soviéticas en Angola. Conseguido el permiso, el capitán obtuvo del MC un pasaporte falso a nombre de un ciudadano colombiano para viajar a Medellín en mayo de 1988 y entrevistarse por fin con Escobar. Acordaron el despacho de cocaína a Estados Unidos a través de Cuba a cambio del pago a los funcionarios cubanos de US$ 1.200 por kilo de droga.

Se registraron varios envíos, unos frustrados y otros consumados, hasta diciembre de 1988, cuando el general Ochoa regresó a La Habana desde África para un nuevo y promisorio mando: la comandancia del poderoso ejército de Occidente, que incluía La Habana.

Arnaldo Ochoa era considerado como el “tercer hombre” del gobierno cubano, tras Fidel y Raúl Castro. Era uno de los grandes héroes militares de la revolución, un prestigiado combatiente internacionalista que se había destacado en las guerras de Nicaragua, Etiopía y Angola, hijo de un matrimonio campesino, forjado a pulso desde los tiempos de los combates en la Sierra Maestra, muy querido por la oficialidad y por el pueblo cubano.

El tercer componente del triángulo era el ministro del Interior y jefe de los servicios de inteligencia cubanos, José “Pepe” Abrantes, considerado como la persona más allegada a Fidel, con quien parecían inseparables. Solían desayunar juntos y Abrantes llevaba siempre consigo los medicamentos que tomaba el comandante. 

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Ochoa, al centro, en Angola
Ochoa, al centro, en Angola

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Fidel en Chile; a su izquierda, Arnaldo Ochoa
Fidel en Chile; a su izquierda, Arnaldo Ochoa

La pugna de los colosos

Raúl Castro desconfiaba de Abrantes y de las fuerzas que dependían del Ministerio del Interior, Minint. El hermano de Fidel, a cargo del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Minfar, consideraba que el primero era demasiado grande, exageradamente poderoso, corrupto y cada vez más infiltrado por la inteligencia norteamericana. 

El Minfar de Raúl Castro, con 300 mil integrantes, totalizaba 1,7 millones de hombres y mujeres si se le agregaban las milicias civiles. Estaba a cargo del ejército, la marina y la fuerza aérea. El Minint, en tanto, agrupaba a 83 mil miembros, encabezados por el general de división José Abrantes, y controlaba la Policía Nacional, el Departamento de Seguridad del Estado, las Tropas Especiales, el servicio de Guardafronteras y los bomberos. Las fuerzas armadas eran responsables de la defensa del país; el Ministerio del Interior, de la aplicación de la ley y del contraespionaje.

Raúl Castro consideraba que el Minint se había transformado en un ejército paralelo, con cientos de agentes en el exterior, con actividades que les proporcionaban dólares a manos llenas y con un nivel de vida en Cuba que nadie más tenía. Y dentro de ese ministerio, el MC era el organismo con mayor autonomía, que le proporcionaba a Pepe Abrantes recursos enormes para gratificar a sus amigos y colaboradores. A comienzos de 1989 había gastado más de cuatro millones de dólares en la importación de 1.300 automóviles Lada que distribuyó entre sus hombres de confianza. Eso, al jefe del Minfar le resultaba cada vez más intolerable.

Uno de los pilotos que trasladaban cocaína desde Colombia a La Habana era informante de la agencia antidrogas estadounidense, DEA, y en el segundo semestre de 1988 un vasto grupo de agentes norteamericanos procedentes de diversos organismos seguía muy de cerca las operaciones de los traficantes asociados con el MC cubano. Cada movimiento era grabado y filmado en Florida, Ciudad de Panamá y Colombia. Muy pronto Washington tuvo pruebas suficientes para incriminar a Fidel Castro en una conjura internacional, aliado con los narcotraficantes colombianos y mexicanos.

En las primeras semanas de 1989 la red de Tony de la Guardia detectó la infiltración norteamericana y de inmediato se empezaron a cerrar las puertas y ventanas de todas las operaciones. Pero ya era demasiado tarde. La Casa Blanca estaba sobre Manuel Noriega y Ronald Reagan desplegaba una guerra total en contra del narcotráfico que inundaba las principales ciudades norteamericanas y estremecía a Colombia, amenazando con desestabilizar al continente entero.

El maletín de Gorbachov

Fidel y Raúl Castro empezaron a recibir advertencias desde los más diversos orígenes. La última, la más perentoria, la llevó personalmente Mijail Gorbachov el 8 de abril de 1989 en una visita a Cuba, tras reunirse en Washington con el presidente Reagan. No se podía hacer nada. Había que destapar todo el escándalo para tapar lo fundamental: la sobrevivencia del régimen. Y así se hizo.

El lunes 29 de mayo de 1989, Raúl Castro convocó a sus asesores más próximos, los generales Abelardo Colomé y Ulises Rosales, para discutir el nombramiento del general Arnaldo Ochoa como jefe del Ejército de Occidente. Sabía de las enormes capacidades individuales de Ochoa, de su audacia y de su indiscutido liderazgo entre los oficiales de las FAR. Y por eso también le temía. Desde 1970 le seguía los pasos, sospechaba de su independencia y últimamente no le gustaban nada las simpatías de Ochoa por la glasnot y la perestroika que Mijail Gorbachob llevaba adelante en la Unión Soviética.

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Fidel, Gorbachov y Raúl Castro
Fidel, Gorbachov y Raúl Castro

Colomé y Rosales compartían la misma percepción. Los tres acordaron que no se le podía entregar un mando tan importante, lo que constituiría además un grave riesgo. Esa misma tarde, Raúl Castro le comunicó a Ochoa que su carrera sería interrumpida, decisión que el afectado pareció comprender. Pasara lo que pasara, le dijo el menor de los Castro, hoy, mañana y siempre, serían hermanos.

Duró poco la hermandad. Apenas dos días después, Ochoa pidió ver a solas a Raúl Castro. El 2 de junio el héroe de tantas guerras, desde el desembarco en bahía Cochinos hasta la feroz embestida sudafricana en Cuito Canavale, en Angola, entró en el despacho del número dos cubano para hablarle al hermano de Fidel como tal vez nunca nadie le había hablado antes. Ochoa estaba harto de los métodos de los hermanos Castro. Había visto en África y en otros países lo fácil que le sería a Cuba obtener recursos con un poco más de apertura política y mental, y le confesó a Raúl Castro que él mismo había decidido hacerlo para mantener a sus tropas, para mejorar sus posiciones militares en Angola y, a la larga, para defender la revolución.

Cuando salió del despacho del hombre más duro del régimen cubano, Ochoa ya sabía que sus días estaban contados. Quizá pensó en algún momento que sus oficiales en Angola, los mismos que desfilaban diariamente por su casa para compartir un vaso de whisky y conversaciones políticas, los mismos a los que había repartido ascensos y regalos con el dinero procedente de la venta de diamantes y de marfil, le apoyarían en su momento más amargo. No pasó nada. Fue detenido el 12 de junio.

“Fuentes amigas”, según las autoridades cubanas, estaban esos mismos días poniendo en las manos de Fidel Castro antecedentes muy inquietantes sobre implicaciones de altos funcionarios del régimen en el tráfico de drogas. Las fuentes tenían domicilio en torno al canal de Panamá, donde el general Manuel Antonio Noriega resistía en el poder sólo con el apoyo de La Habana y de los sandinistas. 

Los últimos datos aparentemente llegaron en el maletín del presidente de Panamá, Manuel Solís Palma, que visitó por sorpresa Cuba el 11 de junio. La contrainteligencia cubana había interceptado, además, una comunicación entre Colombia y Estados Unidos, que ponía en evidencia a militares de la isla. Ese mismo día Fidel y Raúl mantuvieron una reunión cara a cara de 14 horas que terminó con un Fidel colérico, exigiendo medidas ejemplares, ordenando a su hermano que cortara las cabezas de las serpientes que envenenaban la revolución.

Las horas finales

Todos los implicados fueron detenidos un día después de la larga cumbre entre los dos hermanos. Inmediatamente las piezas del rompecabezas empezaron a calzar. El 14 de junio Raúl Castro se refirió por primera vez públicamente al escándalo, todavía sin pruebas suficientes para detallar los acontecimientos. Transcurrirán diez días de interrogatorios hasta que el diario del Partido Comunista de Cuba, Granma, publicó el 22 de junio un largo editorial escrito de puño y letra de Fidel Castro, en el que se hacía un relato pormenorizado de los hechos que llevaron a altísimos funcionarios del régimen socialista cubano a convertirse en cómplices y colaboradores del más importante productor de cocaína del mundo en ese momento, Pablo Escobar Gaviria, capo del mundialmente conocido cartel de Medellín.

Con ese editorial comenzó el exorcismo. Todos los medios de comunicación se pusieron al servicio del caso. Por primera vez se permitió y se estimuló que la gente gritase contra aquellos a quienes había visto pasar durante años en automóviles blindados protegidos por numerosos escoltas. Todos, Gobierno y pueblo, tenían que hacer fuerza juntos para curar al país del cáncer que lo asaltaba.

El primer episodio del psicodrama comenzó el 25 de junio. Cuarenta y siete generales de las FAR formaron, bajo la presidencia del general Ulises Rosales, un tribunal de honor para juzgar a Ochoa. Ante ellos, Raúl Castro le dijo al general expulsado con deshonor: “Por donde usted pasa deja el rastro de la corrupción”.

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Arnaldo Ochoa ante el tribunal
Arnaldo Ochoa ante el tribunal

El jefe del Ejército cubano le dio un último consejo a su subordinado, sentado ahora en el banquillo de los acusados: “Tiene todavía la posibilidad de legar a sus hijos un análisis autocrítico y una reflexión que les ayude a comprender la inequívoca justeza de las decisiones de este tribunal militar que habrá de juzgarlo”.

Justo una semana antes, en el Día del Padre, Ochoa había recibido en su celda a sus tres hijos, Yanina, Diana y Alejandrito, a quienes prometió que colaboraría con las autoridades y se arrepentiría públicamente de sus delitos. Así lo hizo después, al declararse culpable y manifestar que su último pensamiento ante el pelotón de de ejecución sería para Fidel Castro.

En los interrogatorios salió a relucir una de las páginas más negras de la historia de la corrupción institucional cubana. El cartel de La Habana estaba cuidadosamente organizado y meticulosamente protegido por altos departamentos oficiales, fundamentalmente el MC, un organismo creado para contrarrestar el bloqueo estadounidense y convertido en una cueva de ladrones. Departamento de marihuana y cocaína le llamaban en las calles, tergiversando su sigla.

No había nada más que hacer. La tragicomedia bajó el telón y en la madrugada del 13 de julio de 1989 los cuatro principales implicados cayeron bajo las balas de la revolución.

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El diario El País de España, 12 de julio de 1989
El diario El País de España, 12 de julio de 1989

 

Mañana: La guerra de los carteles.

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