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Jueves, 20 de septiembre de 2018
11 de septiembre

La entrevista que el cardenal Silva Henríquez dio un día antes del Golpe y que jamás fue publicada

Mario Amorós

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Fotografía: Archivo Nacional
Fotografía: Archivo Nacional

Ese lunes el prelado se dispuso a contestar cinco preguntas sobre el proceso político y social que estaba viviendo el país. Nunca pudo entregar el cuestionario a la revista Chile Hoy.  INTERFERENCIA publica por primera vez su contenido.

Después de conversar con Pablo Neruda en Isla Negra el día anterior, el lunes 10 de septiembre de 1973 el arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, revisó, corrigió y dejó listas sus respuestas al cuestionario de cinco preguntas que el semanario Chile Hoy le había dirigido. Sin embargo, a consecuencia del golpe de Estado aquella entrevista jamás se conoció y la revista desapareció para siempre. Tan solo se conserva en el archivo personal del Cardenal, que custodia la congregación de los Salesianos de Don Bosco. En sus páginas se anotó posteriormente a mano, de manera muy gráfica: “No publicado por razones obvias”.

El primer número de la revista Chile Hoy llegó a los quioscos el 16 de junio de 1972. Alcanzó a publicar otros sesenta y cuatro, impresos en los talleres de la Editora Nacional Quimantú. Fue una de las mejores publicaciones de la izquierda chilena por la calidad de sus artículos y por la pluralidad de opiniones de la izquierda y del sector progresista de la Democracia Cristiana que supo recoger. 

Salvador Allende, José Tohá, Miguel Enríquez, Luis Corvalán, Volodia Teitelboim, Jacques Chonchol, Orlando Letelier, Pedro Vuskovic, Rafael Agustín Gumucio o Luis Figueroa… y también Bernardo Leighton, Renán Fuentealba y Radomiro Tomic, así como los generales Carlos Prats y Alberto Bachelet (y ahora sabemos que también el Cardenal) ofrecieron extensas entrevistas a esta publicación, cuyo colección completa puede leerse en este archivo digital:

Al mismo tiempo, Chile Hoy prestó una destacada atención a los movimientos sociales que protagonizaron aquellos mil días del gobierno de la Unidad Popular: la clase obrera, los pobladores, las JAP, los cordones industriales y las otras expresiones del poder popular, el movimiento campesino. Informó ampliamente sobre la evolución de las Fuerzas Armadas y fue un espacio para la reflexión inmediata sobre las características, la evolución y las dificultades de la vía chilena al socialismo. Su fotógrafo, el portugués Armindo Cardoso, logró salvar su valiosísima colección de imágenes, que desde 2014 pertenecen a la DIBAM (y puede consultarse en el catálogo digital de la Biblioteca Nacional).

Dirigida por Marta Harnecker, su Comité Editor estaba integrado, además, por Theotonio dos Santos, Pío García, Ruy Mauro Marini y Alberto Martínez. José Cayuela, Faride Zerán, Augusto Olivares, Darío Carmona o Víctor Vaccaro, entre muchos otros, escribieron en sus páginas. El último número de Chile Hoy apareció el 7 de septiembre de 1973 y en su tapa anunciaba un reportaje en sus páginas centrales con el título: “El Golpe en el Ejército”.

El cardenal Silva Henríquez concedió, antes y después del 11 de septiembre de 1973, numerosas entrevistas a medios de comunicación chilenos y extranjeros para explicar la posición de la Iglesia católica ante la coyuntura política. A diferencia de otros procesos de cambio social dirigidos por la izquierda, la jerarquía chilena no asumió el papel de ariete moral de la contrarrevolución. Junto con el recuerdo de la imagen del cardenal en las multitudinarias marchas del Primero de Mayo de 1971 y 1972 (no así en la de 1973, por su oposición al proyecto de la Escuela Nacional Unificada), queda también el llamado al gobierno de Salvador Allende y a la Democracia Cristiana para iniciar un diálogo para salvar la democracia en el invierno de 1973. 

En esta entrevista que jamás fue publicada, sin embargo, el cardenal se muestra impaciente con ese proceso de diálogo. “No podemos continuar un diálogo indefinido”, escribió en respuesta a las preguntas de la revista.

Más compleja fue la relación de los obispos con una de las creaciones más singulares del proceso chileno, el movimiento Cristianos por el Socialismo, puesto que, si bien el cardenal mantuvo interlocución con sus dirigentes, en octubre de 1973 se conoció un severo documento de la Conferencia Episcopal que condenaba a los sacerdotes de izquierda, cuando estos (como Joan Alsina, Miguel Woodward o Gerardo Poblete) eran asesinados. Y en diciembre de 1973 monseñor Carlos Oviedo, quien en los años 90 se convertiría en arzobispo de Santiago, remitió a las conferencias episcopales del mundo un informe privado en el que, en idénticos términos que Frei Montalva en su conocida carta a Mariano Rumor, justificaba el golpe de Estado. 

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Fotografía: Archivo Nacional
Fotografía: Archivo Nacional

A continuación, presentamos las reflexiones del cardenal a pocas horas de que el rumbo de la historia cambiara de manera abrupta. (Revise el documento al final del artículo)

¿Cómo resumiría Ud. la actitud observada por la Iglesia frente al gobierno durante estos 3 años?

Una actitud permanente de súplica, de oración, de palabras y de amonestaciones, plagada de hechos y de testimonios, a través de los cuales hemos reiteradamente implorado, para que los cambios sociales, que desde hace más de tres años se han venido realizando en Chile, se verifiquen hoy a través de la solidaridad y no del conflicto, del consenso y no de la confrontación, por el camino de la paz y del respeto del derecho de todos, y no por la violencia y la destrucción. 

En febrero de 1973, la Conferencia Episcopal envía un mensaje al Congreso Eucarístico Internacional de Melbourne, en el que insiste en la necesidad de tener “objetividad y serenidad de espíritu para valorar a la luz de la fe, el sentido verdadero y profundo de lo que en Chile se está debatiendo hoy”. ¿Qué es, a su juicio, la cuestión central en debate actualmente en Chile?

El núcleo central de lo que en Chile se está debatiendo, es decidir encauzar, dentro de los márgenes de la democracia y de la convivencia nacional, sin intransigencias inútiles ni diferencias odiosas, el dolor de miles y miles de hermanos nuestros que recorren las calles de Chile sin meta y sin destino: los pobres, los desamparados, los débiles. Y es un dolor y un sufrimiento, de todo pobre, y no solo del grupo “escogido” por algunos. Ayer y hoy por estructuras antiguas y por estructuras recientes, carecen de pan y de techo, de salud y de cultura; sus palabras, son palabras huecas, están ausentes de toda responsabilidad en la comunidad. Son ayer y hoy, sólo piezas de un sistema, engranajes de una máquina, destinados a producir bienes para otros, que ellos nunca gozarán: o porque un grupo ayer acapara el fruto de su trabajo, o porque una estructura anónima hoy día, diluye su capacidad creadora y están ausentes de toda responsabilidad en la comunidad. 

"A los sacerdotes que están comprometidos en el grupo “cristianos por el socialismo”, les hemos dicho que no pueden formar parte de esa organización".

Para el mundo de los pobres, de los de ayer y de los de hoy, Chile y los cristianos, debemos ser respuesta. No es responsabilidad sólo del gobierno o de la oposición. Nos corresponde a todos. Así sólo cumpliremos con el deber evangélico de reconocer en todo hombre a mi hermano, y así solo lograremos detener la avalancha de violencia y de odio que invade nuestra Patria. 

El padre Pedro Arrupe (sacerdote jesuita) sostuvo que los sacerdotes no debían participar en movimientos políticos. Sin embargo, esto no se cumple y hay actualmente en Chile sacerdotes comprometidos con la izquierda y otros comprometidos con la derecha. ¿Al mantener aquella posición, no está la Iglesia desconociendo una realidad que difícilmente va a cambiar?

En primer término, deseo precisar su pregunta. Creo que es muy simplista dividir la realidad nacional en “derecha e izquierda”. Ya lo hemos dicho en nuestro Mensaje La Paz de Chile tiene un Precio: “La gran mayoría de los chilenos, tenemos hambre y sed de justicia: la voluntad de realizar urgentes y profundos cambios sociales, con diversas concepciones ideológicas, la encontramos en militares de hermanos nuestros, que intuitivamente, u organizados en frentes sociales o políticos, de gobierno o de oposición, anhelan un Chile nuevo, construido con el respeto a cada ser humano”. 

En segundo lugar, para los cristianos no valen sólo los “hechos”. Debemos leer lo que Dios quiere, en el interior de ellos. Debemos saber interpretarlos a la luz del Evangelio. 

A los sacerdotes que participan en la política partidista, los hemos desautorizados, y se les ha exigido que se abstengan de tomar parte por el grupo que sea, porque esa participación lleva a confundir el verdadero rol de la Iglesia ante los problemas temporales. Les hemos dicho, que si ante una situación determinada y siempre excepcional, juzguemos necesario limitar el legítimo pluralismo político de los fieles, y en aras de un claro bien común de la Iglesia y de la sociedad, orientarlos en un sentido único y determinado, seremos nosotros mismos como jerarquía, quienes anunciemos esta decisión. A los sacerdotes que están comprometidos en el grupo “cristianos por el socialismo”, les hemos dicho que no pueden formar parte de esa organización.

La ambigüedad ya no puede continuar, porque es perjudicial a la Iglesia y produce desorientación en nuestros fieles; además de ser en sí misma un abuso del sacerdocio y de la fe. Si persisten, les pediremos que tomen el nombre de grupo político, y se sumen al partido o corriente que estimen más oportuno, renunciando a las ventajas de orden práctico o propagandístico que obtienen sus dirigentes por su condición de sacerdotes católicos. Si, por el contrario, ellos están dispuestos a abandonar esa actividad para ejercer su ministerio sacerdotal en las condiciones que la Iglesia ha establecido, los recibimos con gozo en la unidad eclesial. 

"Yo creo que en las circunstancias actuales que está viviendo el país, no podemos continuar un “diálogo indefinido”. Ha llegado la hora de transformar el diálogo en hechos concretos".

Ya otros sacerdotes, en épocas pasadas, han caído en la tentación de acoplar el fermento cristiano a la causa que entonces aparecía triunfante o depositaria de la verdad o el sentido de la historia. Esa tentación, con el paso del tiempo, se reveló siempre engañosa, fuente de dolor y no de eficacia para la Iglesia. No quisiéramos ver repetidos hoy en nuestra Patria esos errores del pasado.

¿Cree Ud. que el gobierno (de la Unidad Popular) respondió a su llamado al diálogo?

En nuestro mensaje, La Paz de Chile tiene un precio y lo hemos dicho: “el Diálogo para ser fructífero, requiere que se verifique en la verdad, que se diga toda la verdad, que haya sinceridad para proclamar las intenciones reales, que se desarmen los espíritus y las manos”. Si esas condiciones se han verificado, sólo los interlocutores, pueden decirlo, yo creo que en las circunstancias actuales que está viviendo el país, no podemos continuar un “diálogo indefinido”. Ha llegado la hora de transformar el diálogo en hechos concretos. Son esas actitudes y esas verificaciones objetivas las que expresarían si la búsqueda de un consenso mínimo fue eficaz. 

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Fotografía: Archivo Nacional
Fotografía: Archivo Nacional

Todos los sectores parecen estar de acuerdo en que el sistema educacional debe transformarse para responder mejor a las necesidades que plantea la sociedad actual. ¿Cuáles son, a su juicio, los principios básicos en que debería basarse dicha transformación?

Debo decirle que el pensamiento de los obispos ha sido clara y largamente expuesto en el Documento de Trabajo sobre el momento actual de la Educación en Chile, dado a la publicidad en julio de este año. Si ustedes lo desean, en él pueden informarse sobre nuestro pensamiento. 

De todos modos, quiero decirles lo siguiente: El proceso educativo es ágil y dinámico, debe ir respondiendo a las necesidades del desarrollo de la persona humana y de la sociedad en que vive. La Iglesia siempre ha apoyado todo esfuerzo de educación que tienda a favorecer el desarrollo integral del hombre. No sólo ha acogido iniciativas de reformas educacionales, sino también ha querido aportar a ellas una visión del hombre y de la sociedad inspirada en los valores del Evangelio: ha propugnado una “Educación Liberadora” cuyas características fundamentales son el desarrollo de la capacidad crítica y creadora del educando, educación abierta al diálogo y pluralista, educación para la libertad y responsabilidad, para el amor y el servicio. 

Por consiguiente, una auténtica reforma educacional en nuestra Patria no podrá hacerse prescindiendo de la visión cristiana del hombre y de la sociedad, del sentido trascendente de la existencia tan enraizada en el corazón de los chilenos. No podrá hacerse sin una real participación en la gestación, programación y realización de los diferentes actores del proceso educacional; padres de familia, profesores, alumnos y organismos relacionados directamente con el proceso educativo. Por último, un proyecto de reforma educacional no podrá plantearse sin antes haber realizado una evaluación seria del camino recorrido anteriormente, con el fin de aprovechar sus logros y superar sus deficiencias.

*Mario Amorós es historiador y periodista. Su último libro es Rapa Nui. Una herida en el océano (Ediciones B). 

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