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Martes, 7 de Abril de 2026
[Revisión del VAR]

La Roja se transformó en sparring

Roberto Rabi González (*)

El fútbol chileno lleva años atrapado en una ilusión peligrosa: creer que todavía pertenece a una élite sudamericana. No señores, eso se acabó y no existen expectativas de que vuelva a ocurrir. Se sigue hablando de Chile como si fuera el país que ganó dos Copas América, cuando en realidad hace rato que se parece mucho más a las selecciones que entonces mirábamos por encima del hombro. 

En estos días se ha cerrado la nómina de los equipos que disputarán el mundial en Norteamérica. Con equipos grandes, medianos, y otros como Curazao, Haití y Cabo Verde. Chile, una vez más está fuera y parece que no es suficiente consuelo que un referente histórico como Italia también lo esté. No, porque la ausencia de Chile es una consecuencia lógica de lo que es nuestro fútbol hoy. Hoy no somos más que el sparring de otras selecciones, en particular de las pequeñas. Así, llegamos a perder 1 a 4 con Nueva Zelanda.

Pero ya no queda nada de eso. Lo que hoy muestra la selección chilena no es una mala versión de un equipo grande. Es, sencillamente, una selección pequeña, que limita con la insignificancia. La derrota frente a Nueva Zelanda fue, en realidad, la confirmación de una degradación mucho más profunda: Chile dejó de ser un equipo que se prepara para competir y pasó a ser un rival útil para que otros se preparen. Un sparring. Y no precisamente de los grandes.

Hay derrotas que duelen y derrotas que simplemente confirman algo que todos sabían. La caída de Chile ante Nueva Zelanda pertenece a la segunda categoría. No porque perder contra un rival menor sea, por sí mismo, una catástrofe inédita. El fútbol está lleno de accidentes. El problema es que esta vez no fue un accidente, sino una expresión del orden actual del balompié.

Durante años, el fútbol chileno vivió de la inercia de una generación irrepetible. Incluso cuando ya no quedaban ni la velocidad de Alexis, ni la omnipresencia de Vidal, ni el liderazgo de Bravo, seguíamos hablando de “la Generación Dorada” como si fuese una cuenta de ahorro capaz de seguir produciendo intereses eternamente. Cada fracaso se interpretaba como un tropiezo pasajero. Cada eliminación era presentada como una mala decisión arbitral, un entrenador equivocado o una mala racha.

Pero ya no queda nada de eso. Lo que hoy muestra la selección chilena no es una mala versión de un equipo grande. Es, sencillamente, una selección pequeña, que limita con la insignificancia. La derrota frente a Nueva Zelanda fue, en realidad, la confirmación de una degradación mucho más profunda: Chile dejó de ser un equipo que se prepara para competir y pasó a ser un rival útil para que otros se preparen. Un sparring. Y no precisamente de los grandes.

La palabra parece exagerada, pero describe con precisión la nueva posición de la Roja en el mapa internacional. Los sparrings no juegan para ganar. Juegan para que otro ensaye. Son equipos convocados para completar una gira, llenar una fecha FIFA o probar jugadores. Son rivales cómodos: suficientemente dignos para que el amistoso tenga apariencia de seriedad, pero suficientemente débiles como para no arruinarle los planes a nadie.

Eso es hoy Chile.

Nueva Zelanda llegó al partido pensando en el Mundial. Chile llegó pensando en sobrevivir a noventa minutos sin volver a hacer el ridículo. Y no lo consiguió. Ellos tenían un proyecto, un entrenador consolidado y una idea de juego. Chile tenía un interinato, improvisación y una discusión eterna sobre si había que “darles minutos a los jóvenes” o “apostar por la experiencia”, como si todavía existiera alguna experiencia exitosa a la cual volver.

El problema no es solamente la selección adulta. La Roja es el espejo más visible de una crisis que viene desde abajo. Chile no clasificó al último Mundial Sub 20, vamos últimos en nuestro grupo en Campeonato Sub 17 que recién comienza y hace años que sus clubes dejaron de formar jugadores con continuidad. Los futbolistas aparecen cada vez más tarde, juegan menos, peor y menos motivados.

Mientras en otros países los juveniles debutan a los 18 años, en Chile todavía se habla de “llevarlos de a poco”, una frase elegante para justificar que pasen tres temporadas sentados en la banca, detrás de un extranjero mediocre o de un veterano al que ya nadie se atreve a sacar.

La paradoja es brutal. Nunca hubo tantos representantes, tantos complejos deportivos, tantos directores deportivos y tantos diagnósticos. Y, sin embargo, nunca hubo tan pocos futbolistas.

Los clubes grandes son el mejor ejemplo. Colo-Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica, las tres instituciones con más hinchas y recursos, viven en una ansiedad permanente. Cambian entrenadores, desarman planteles, contratan futbolistas de paso y prometen proyectos que duran apenas hasta la próxima derrota. Ya no forman. Compran. Y compran mal.

El fútbol chileno lleva años atrapado en una ilusión peligrosa: creer que todavía pertenece a una élite sudamericana. No señores, eso se acabó y no existen expectativas de que vuelva a ocurrir. Se sigue hablando de Chile como si fuera el país que ganó dos Copas América, cuando en realidad hace rato que se parece mucho más a las selecciones que entonces mirábamos por encima del hombro. Recordemos que Bolivia y Perú también ganaron en su oportunidad la Copa América y su presente es apenas mejor que el nuestro, lo que demuestra que no se puede vivir de los recuerdos porque esos vecinos hace mucho tiempo que son considerados equipos pequeños. 

Por otra parte, hay países como Venezuela o la propia Bolivia tienen algo que Chile perdió: la sensación de estar construyendo algo. Podrán equivocarse, pero tienen un rumbo. Chile, en cambio, está detenido. Discute nombres, no ideas. Se pelea por el próximo entrenador como si el problema fuese la persona sentada en la banca y no el desierto que tiene delante.

Por eso la derrota ante Nueva Zelanda importa; porque el partido mostró, sin excusas, lo que Chile es hoy: una selección irrelevante.  Y las selecciones irrelevantes no inspiran respeto. No obligan a nadie a cambiar sus planes, sirven, apenas, para que otros ensayen.

Quizás esa sea la imagen más dolorosa del presente del fútbol chileno. No la de un equipo perdiendo, sino la de un país futbolero resignado a mirar cómo los demás se preparan para cosas importantes mientras nosotros apenas participamos de la escenografía.

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