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Jueves, 26 de Febrero de 2026
Espectáculos

La tensión de la Quinta: de Hermógenes Conache a Asskha Sumathra

Ricardo Martínez-Gamboa

“En algún momento, Asskha transformó el escenario en un café-concert, algo dificilísimo de lograr en Viña, porque el festival exige un formato masivo, de estadio. Pero ella se echó al público al bolsillo. Las pifias duraron hasta la 1:35 de la madrugada, una hora después de que terminara su rutina, porque la gente exigía su regreso. Esa reacción demuestra que Asskha logró sintonizar a la perfección con la Quinta. Sin embargo, aquí asoma la gran tensión histórica que el certamen arrastra: la idea misma de lo que es el festival. ¿Es un show estrictamente televisivo o es un espectáculo en vivo para la Quinta Vergara?”

A fines del verano de 1984, yo estaba de vacaciones en Osorno con mi tío Mauro. Por esos días vimos la presentación de Hermógenes Conache en el Festival de Viña. En su rutina, Conache hizo un show donde abordó la homosexualidad, obviamente desde un punto de vista profundamente homofóbico, utilizando la imagen del tipo que vendía sopaipillas en la calle, el famoso “Soapisa”. Esa rutina, aunque marcó muchísimos puntos de rating, trazó un límite: el show de Conache fue censurado radicalmente, cortado de la televisión (mas no de la Quinta Vergara)    .

Al día siguiente, con el tío Mauro —con quien nos habíamos muerto de la risa durante toda esa jornada—, leímos en Las Últimas Noticias la transcripción de las partes de la rutina que no habían sido mostradas en pantalla. El director Sergio Riesenberg había sido el encargado de ese corte. Recuerdo, además, una nota donde aparecía Ítalo Passalacqua manejando su auto, declarando que aquello había sido algo “totalmente impresentable”. Era una televisión sumamente conservadora.

Cuarenta y dos años después, vuelve a ocurrir exactamente la misma situación, pero a la inversa. Un show es censurado o tensionado porque muestra diversidades, esta vez de forma positiva y muy radical. Hablo, por supuesto, de Asskha Sumathra. He visto muchos de sus shows a lo largo de los años en internet —desde que nos la presentaron unos amigos— y conozco su tremenda capacidad de improvisación.
Y eso fue exactamente lo que hizo en Viña: se puso a improvisar sobre el escenario, regalándonos sus mejores momentos. Brilló cuando bromeaba con las cintas LED de publicidad que pasaban por el escenario (las de Santander), cuando empezó a molestar a la platea, a los ejecutivos de Mega, o a la gente que levantaba carteles.

En algún momento, Asskha transformó el escenario en un café-concert. Esto es algo dificilísimo de lograr en Viña, porque el festival exige por lo general un formato masivo, de estadio. Pero ella se echó al público al bolsillo. Las pifias duraron hasta la 1:35 de la madrugada, una hora después de que terminara su rutina, porque la gente exigía su regreso.

Esa reacción demuestra que Asskha logró sintonizar a la perfección con la Quinta. Sin embargo, aquí asoma la gran tensión histórica que el certamen arrastra desde los años setenta: la idea misma de lo que es el festival. ¿Es un show estrictamente televisivo o es un espectáculo en vivo para la Quinta Vergara?. Asskha Sumathra demostró que en la arena (frente al “Monstruo” de la Quinta) te puedes lucir con total libertad y dominio, pero en las reglas del show televisivo, todavía tienes que ser muy cauteloso.

En 1951, un productor y pedagogo panameño-estadounidense llamado José Quintero fundó el Circle in the Square Theatre, un pequeño teatro ubicado en la 235 West con la 50th Street. Era el nacimiento del Off-Broadway. Como reza Frédéric Martel en su libro Cultura Mainstream, "en el teatro hay vasos comunicantes entre Broadway (500 asientos o más), el Off-Broadway (entre 100 y 499 asientos) y el Off-Off-Broadway (menos de 100 asientos)".

No es irrelevante referirse a esto en el contexto del escándalo provocado por el corte del show de Asskha Sumathra, porque tiene absolutamente todo que ver con la manera en que las y los artistas se relacionan con la audiencia. Se trata de una división de roles que solo viene desde mediados del siglo XIX, merced a las draconianas reglas para cantar en locales que propulsó el infame barón Haussmann en el París napoleónico. Haussmann prohibió que los parroquianos cantaran en las tabernas y los cabarets, porque a menudo esas juergas terminaban a cuchillazos; con esa medida, divorció a los intérpretes de la audiencia para siempre.

Con este divorcio definitivo ocurrió otro fenómeno en la música popular: el espacio donde se ejecutaba el espectáculo se volvió fundamental. Había música que era tocada ante unas pocas decenas de personas: el cabaret y el café-concert (uno francés, el otro italiano, a los que habría que sumar quizá los espectáculos de saloon del Viejo Oeste y el cabaret alemán). En Chile, este formato tiene ejemplares eximios, como la Peña de los Parra o el Café del Cerro (con Schwenke y Nilo, o Santiago del Nuevo Extremo). Luego, había música para centenares de personas: el music-hall (un invento inglés), donde las estrellas eran más inalcanzables y cuyo caso clásico en las últimas décadas es el movimiento yé-yé en la Francia de fines de los sesenta (con Sylvie Vartan, Jane Birkin y Brigitte Bardot). Finalmente, a fines de los años sesenta e inicios de los setenta, apareció un espacio aún mayor, superior a las decenas del cabaret o las centenas del music-hall: las arenas (para miles de personas). Estos recintos sirvieron de propulsión para esas bandas de yacht rock o arena rock tan denostadas en estos días por ser conjuntos "corporativos", como Toto, Boston o Journey.

Así, el tipo de música que se expresa dialoga con el espacio en que se lleva a cabo, como bien ha demostrado David Byrne en una charla TED suya que no tiene desperdicio: el órgano y el canto gregoriano fueron hechos para las grandes catedrales románicas y góticas; la percusión africana, para las explanadas de la sabana; el Hi-NRG, para las discotecas, y así sucesivamente.

Bueno, algo similar ocurre con el humor. Asskha Sumathra es conocida como "La Reina del Café Concert", y realmente, en esos espacios de decenas de personas, impera. Improvisa. Toma a mano lo que está sucediendo en el aquí y el ahora.

Pero, en un arena dome como la Quinta Vergara, ¿podía hacerlo igualmente?

Mi respuesta es que sí, que sí lo hizo. Por momentos, las cámaras del show televisivo no le podían seguir el ritmo a su rutina —que era una larga improvisación, por más que quizá hubiera acordado un guion más estricto con las productoras—: se echó la Quinta al bolsillo y esas quince mil personas, de pronto, se vieron miniaturizadas en un espacio de cabaret en el que ella reina.

¿El problema? Que eso chocaba de frente con la lógica de la transmisión televisiva (que, huelga decirlo, proviene del music-hall y de la arena, no del cabaret). Y ahí naufragó.

Pero nos queda esta lección: es posible transformar un espacio en otro. Es Metallica, una banda de un estilo que se da mucho para recintos pequeños o medianos, saltando al rock de estadios. Es cada maldito artista masivo de estadios que decide hacer un Tiny Desk. De hecho, operando en el sentido inverso, el show que vino antes, el de Juanes, ha sido criticado en las ocasiones en que se ha presentado en Viña por mi querido Marcelo Contreras, justamente por no dar el ancho de la arena.

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