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Viernes, 22 de marzo de 2019
Seguían sus movimientos políticos

La turbia operación de inteligencia para espiar a Frei Montalva en 1976

Manuel Salazar Salvo

Agentes de inteligencia de la dictadura de Pinochet penetraron una mansión en Santo Domingo a la cual asistía semanalmente el ex mandatario acompañado de Raúl Troncoso.

En 1975, Eduardo Frei Montalva acudía todos los fines de semana al balneario de Santo Domingo, lugar donde se hospedaba en una mansión cuyo propietario era una enigmática persona de apellido Klein, residente en Suiza. Ese lugar, era el centro de operaciones de una copiosa actividad política clandestina que el ex mandatario realizaba en todo el litoral de San Antonio. Su principal contacto allí era la ex diputada Juana Dip Muhana, cónyuge de un oficial en retiro de Carabineros.

En agosto de 1975, tuvo lugar en la parroquia de Santo Domingo una tragicómica situación protagonizada por Eduardo Frei Montalva y el presbítero estadounidense Gerald Brown, por haber aceptado éste estrechar la mano del ex gobernante, al término de la misa dominical. Ese saludo fue presenciado por Inés de Gálmez -cónyuge del entonces alcalde designado de esa comuna-balneario, Domingo Gálmez-, quien se apresuró a informar del "grave desliz" cometido por el clérigo -decidido partidario de la dictadura- a Lucía Hiriart de Pinochet, quien consiguió en tiempo récord que al sacerdote Brown le quedara vetado el ingreso a los recintos militares de la provincia y a la hacienda Bucalemu, lugar de descanso de la familia Pinochet Hiriart.

Un paso indisciplinado

Era clara la repulsa que el ex mandatario suscitaba a la dictadura. Y eso decidió al teniente Aníbal Barrera, oficial de Inteligencia de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes y, a la vez, encargado del Centro de Inteligencia Regional CIRE, a iniciar una secreta operación para escrutar los movimientos de Frei. El oficial se abstuvo de informar a su superior directo, el coronel Julio Bravo Valdés, director de la Escuela de Ingenieros y gobernador de San Antonio.

Barrera inspeccionó la mansión en la que se hospedaban Frei y Raúl Troncoso, uno de los hombres de mayor confianza del ex presidente, quien había sido su secretario general de gobierno. La residencia era suntuosa y no le faltaba nada. Parecía un excelente centro de operaciones políticas para el líder demócrata cristiano.

Barrera se percató de que la casa tenía dos entradas de líneas telefónicas. Era posible una intercepción telefónica con los medios que estaban disponibles en la Policía de Investigaciones, entidad adscrita al CIRE de San Antonio. Pero pensó que lo óptimo sería tener ojos y oídos en su interior.  Había un mayordomo a cargo del servicio doméstico y había que ganar su confianza.

El cabo Montero

Ese mismo día, Barrera se reunió con el cabo Rubén Teneo, un instructor militar que hacía esfuerzos para quedar definitivamente adscrito al CIRE. Su mayor aspiración era realizar el Curso Básico de Inteligencia en la escuela respectiva del Ejército, ubicada en la localidad de Nos. Barrera sabía que podía contar con la lealtad irrestricta del cabo para la muy clandestina misión que le iba a asignar.

-¿Estás seguro de que no me vas a fallar? Te repito que si esta huevada queda al descubierto, nos iremos a la calle tú y yo-, le advirtió Barrera.

-Sí, mi teniente, estoy seguro. ¡Ahora va a saber quién es el cabo Teneo-, respondió con altivez.

El 14 de enero de 1976, un hombre pulsó el intercomunicador situado en entrada a la mansión de Klein. Una voz de hombre le respondió metálicamente: ¿Sí?

-Mire, señor... no ando pidiendo nada, lo que necesito es que se me escuche-, dijo el hombre desde afuera.

-¿Qué quiere que se le escuche?-, preguntó la voz metálica.

-Le juro que es un asunto muy importante... se trata de don Eduardo.

-¿Don Eduardo Frei?

-Sí, don Eduardo Freí.

-Don Eduardo no se encuentra en estos momentos; tendría que dejarle recado.

Con evidente desesperación, el hombre explicó que su vida corría serio peligro, ya que los militares de Inteligencia lo andaban buscando para matarlo, y que su única esperanza era que don Eduardo lo ayudara a encontrar refugio en la Casa de Ejercicios del Arzobispado de Santiago, en Punta de Tralca, para de ahí ver la manera de ingresar en la Embajada de Colombia y pedir asilo.

-Espere un poco… ya salgo.

Hizo su aparición un hombre de unos 40 años impecablemente vestido como mayordomo.

-Buenas tardes, joven. Sospecho que usted quiere protección. ¿Cómo se llama usted?

 -Benito Elorriaga, señor.

-A ver, joven... lo veo un poco demacrado. ¿Quiere comer algo?

-Se lo voy a agradecer, señor; llevo dos días sin comer.

-¡Dos días sin comer! ¡Espeluznante, lo encuentro! ¡Es-pe-Iuz- nan-te!

La última locución del mayordomo hizo evidente a Teneo que se encontraba ante un homosexual. Pensó que podría manejar sin mayores problemas la situación.

Ante una mesa muy bien servida, el cabo dramatizó magistralmente la historia ficticia que había elaborado el teniente Barrera. Él era un hombre del MIR que había conseguido escapar del cerco que se había estrechado sobre el círculo de los más cercanos a Miguel Enríquez. Logró encontrar refugio en Cartagena, pero fue delatado por una mujer mirista que había sido su pareja y que había sido capturada por la DINA. Tras horribles torturas, su amante había terminado por decir que Elorriaga estaba en Cartagena. Dos días antes, había logrado despistar a los vehículos de la DINA que lo buscaban en los bosques de San Sebastián y un sacerdote le había aconsejado que acudiera a pedir ayuda a don Eduardo Frei Montalva.

El mayordomo -sólo llamado Sebastián- le preguntó qué oficio sabía desempeñar. Teneo le dijo que había trabajado en Santiago en arreglo de jardines. El mayordomo le indicó que se considerara contratado para ayudar al jardinero de la mansión. Tendría una buena remuneración y un alojamiento cómodo, hasta con baño independiente.

Pocos días después, el cabo debió acceder a los requerimientos amorosos del mayordomo. No le resultó muy difícil: sin ser homosexual, Teneo había tenido durante su adolescencia un par de experiencias eróticas con personas de su mismo sexo; también tenía claro que todos los códigos de los servicios de Inteligencia del mundo asumen que esa labor incluye ocasiones como esa.

La tarde del 26 de enero el ex mandatario llegó a Santo Domingo en compañía de Raúl Troncoso. Elorriaga fue presentado de inmediato por Sebastián. En una de las doce habitaciones del inmenso inmueble, que había sido habilitada como el escritorio de Frei, conversaron largamente.

Teneo repitió la historia que había contado a Sebastián. Frei le dijo que no tenía inconveniente alguno en ayudarlo a buscar refugio en la Casa de Ejercicios de Punta de Tralca, pero que bien podría permanecer durante algún tiempo en su trabajo de ayudante de jardinero, en el entendido de que el fugitivo de la DINA estaría allí plenamente seguro.

 El conocimiento de las actividades de Frei creció rápidamente. A diario, Teneo informaba al teniente Barrera algún antecedente nuevo. Todos los nexos costeros del ex presidente iban quedando registrados. Desde Tejas Verdes, Barrera impartió instrucciones a sus agentes del CIRE para generar redes de información sobre los colaboradores locales de Frei. Se procedió a la intervención rudimentaria de las líneas telefónicas de la mayor parte de ellos y se les hizo nutridos seguimientos.

Un hombre muy peligroso

A esa altura, los escuchas del CIRE de San Antonio habían logrado saber que el ex presidente se reuniría en Algarrobo con dos personeros venezolanos de la Democracia Cristiana y que se estaba preparando un encuentro en Santo Domingo con dirigentes sindicales de los portuarios de San Antonio.

Barrera ordenó a Teneo que se las arreglara para conocer el tenor de lo que Frei habría de conversar con los sindicalistas. No era posible perder de vista que San Antonio llegó a ser denominado Puerto Rojo durante la Unidad Popular. Si bien el coronel Manuel Contreras había "limpiado" drásticamente las instalaciones portuarias de "elementos extremistas", no era menos cierto que la inmensa mayoría de los trabajadores del puerto seguían siendo gente de izquierda y repudiaba el modelo económico imperante. Un paro total de actividades era una posibilidad cierta y con consecuencias muy dañinas para la imagen internacional de la Junta Militar de Gobierno.

Las actividades de Frei revestían también otros peligros. El ex presidente era un referente obligado en las quincenales reuniones del Comité Permanente del Episcopado en Punta de Tralca, a las cuales solía asistir. Y el cabo Teneo pudo saber, además, que la ex diputada Juana Dip preparaba el encuentro de Frei con el Cuerpo de Generales en Retiro de Carabineros. La motivación básica de esa reunión era la situación de desmedro en que la institución policial se encontraba con respecto a las Fuerzas Armadas, que se había expresado en que el Ejército había vetado en la Parada Militar de 1974 que los oficiales de la Escuela de Carabineros desfilaran montados a caballo y, casi simultáneamente, en la personal negativa de Pinochet a que oficiales policiales de grado de coronel se desempeñaran como gobernadores provinciales.

Sin lugar a dudas, se estaba en presencia de una situación altamente peligrosa. El teniente Barrera tomó entonces la decisión de informar por escrito a su superior, el coronel Julio Bravo, de todo lo que obraba en su conocimiento al cabo de un mes de la infiltración de la mansión de Santo Domingo.

Un contacto inconveniente

El coronel, fuera de quedar sorprendido por lo informado, aquilató el peligro que entrañaba la presencia de Frei en la zona juridiccional que él dirigía como Gobernador Provincial: su carrera militar estaba en juego. Bravo decidió que informaría oficialmente lo ocurrido a su superior directo, el comandante de Institutos Militares, general Julio Canessa, pero que lo haría extraoficialmente a su amigo y compañero del arma de Ingenieros, el coronel Manuel Contreras, director de la DINA.

Se comunicó por la red telefónica de microonda con el coronel Contreras. Le dijo que lo más cercano e importante era la reunión que Juana Dip estaba preparando con los generales retirados de Carabineros. Contreras compartió las aprensiones de Bravo y le respondió que enviaría de inmediato un equipo de trabajo dotado con implementación tecnológica de punta.

Al día siguiente, muy temprano, un grupo de agentes de la DINA mandados por un teniente segundo de Infantería de Marina se hizo presente en la Escuela de Ingenieros. Luego de haberse presentado ante el coronel Bravo, se pusieron en contacto con el teniente Barrera.

El jefe de equipo de la DINA se enojó mucho. Dijo a Storni que esa entidad debió estar desde un comienzo en los seguimientos a Frei y le ordenó que retirara de inmediato al cabo Teneo de la residencia de los Klein. Barrera le hizo presente que esa determinación era absurda, dado que Teneo contaba con un acceso privilegiado a las mejores informaciones sobre el tema.

-Mire, teniente -le dijo el oficial de la DINA-, aquí las cosas son muy claras. En primer lugar, lo suyo ha sido un grave acto de indisciplina; si no quiere que dé cuenta, no siga hueveando. ¡Sáqueme de inmediato al cabo del área crítica!"

Un damnificado

Barrera le comunicó a Teneo que su misión estaba culminada. El cabo, además de saberse protagonizando un cometido de Inteligencia del más alto nivel, había recibido copiosos privilegios gracias a su relación con Sebastián. En poco más de un mes, aparte del pago por su trabajo como ayudante de jardinero, había recibido dinero extra del mayordomo y una importante cantidad de ropa de muy buena calidad. Casi semanalmente, Sebastián obsequiaba también a Teneo chocolates suizos y licores importados de alto precio.

Cuando Teneo le dijo que ya no podría seguir allí, Sebastián se resistía a creerlo: ¿cómo era posible que el peligro hubiera desaparecido tan súbitamente para Benito Elorriaga?  El mayordomo debió enterarse dramáticamente que todo había sido una mascarada. Al día siguiente, el equipo de la DINA irrumpió con violencia en la mansión. Sebastián fue detenido de inmediato e interrogado en el campamento que esa entidad mantenía en Santo Domingo para fines de instrucción. El oficial de la DINA le dijo que era mejor que facilitara las cosas, pues de lo contrario sería castrado. Le enrostró además su condición de homosexual y le aseguró que por su depravación había sido burlado durante todo un mes.

El cardenal Raúl Silva Henríquez fue informado rápidamente de que la DINA había invadido la mansión de Rocas de Santo Domingo e intervino de inmediato ante el general Pinochet. Por eso los hombres de la DINA no se habían atrevido a apremiarlo más allá de las amenazas verbales. Frei quiso interponer un recurso de habeas corpus en beneficio de Sebastián, lo que no llegó a materializarse.

La operación de inteligencia consiguió que Eduardo Frei no volviera a aparecer por San Antonio. Juana Dip, por su parte, entró en un "voluntario" ostracismo.

Luego de tres meses, cuando ya Teneo cumplía sus funciones de rutina en el CIRE de San Antonio, se encontró frente a frente con Sebastián en la calle Centenario del puerto. El cabo quiso ignorarlo, pero Sebastián lo interpeló:

-No temas darme la cara, Benito ... o como te llames. Debería censurar tu engaño, pero te perdono. En todo caso, no quiero verte nunca más ... ¡Nunca más!

Pasaron varios años. En 1981, el capitán Aníbal Barrera fue dado de baja del Ejército de Chile por expresar públicamente sus discrepancia con el régimen militar del general Pinochet. El cabo Rubén Teneo, ya graduado en el Curso Básico de Inteligencia, cumplía comisión de servicio en la Embajada de Chile en España.

Barrera estudió Periodismo y luego un magister en Ciencias Políticas. También ha incursionado en diversos géneros de la narrativa. En 2010 participó en un concurso nacional de ensayo y crónica organizado por el Círculo de Periodistas y la Universidad de Santiago sobre con motivo de los 200 años de la Prensa en Chile. Obtuvo una mención honrosa con una crónica sobre el tema que hoy recoge INTERFERENCIA. En aquella oportunidad, sin embargo, ocultó el nombre verdadero de los protagonistas.

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