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Lunes, 18 de marzo de 2019
A 40 años de la casi guerra con Argentina

Las trincheras en la Piedra del Indio (Parte II)

Aníbal Barrera Ortega

Un capitán (r) del Ejército relata los aprestos bélicos en la cordillera de Los Ángeles durante el segundo semestre de 1978, cuando la guerra con Argentina parecía inminente (segunda parte y final. Ver primera aquí).

Para la implementación de esas trampas explosivas se requiere cable de tropezar, un hilo de plástico invisible. Sin embargo, el Ejército de Chile no contaba con ese medio, por lo que el capitán Barrera decidió el empleo de pitilla, cuyos tendidos serían mimetizados frotándolos con coirón.

Los primeros días de noviembre, tanto la Compañía de Ingenieros como las fuerzas de Infantería se desplazaron hacia la posición defensiva de la Piedra del Indio. Se inició de inmediato la construcción de trincheras.

Nuestra diferencia con los argentinos era apabullante. Ellos contaban con un batallón de Infantería completo, lo que significa más de 700 hombres, a lo que se debía agregar el personal de Artillería y de los servicios logísticos. El batallón liviano chileno apenas si llegaba a los 250. La compañía de Ingenieros tenía 95.

Por si fuera poco, los soldados argentinos tendrían el apoyo de un grupo de Artillería de 12 bocas de fuego de 105 mm.

Logísticamente, estaban muy bien abastecidos. Desde la parte más alta de los pasos Pilunchaya y Copulhue, podíamos darnos cuenta de que, además de comida caliente, recibían grandes cantidades de manzanas y muchas cajas con botellas de Coca-Cola. Era pintoresco ver a los soldados-conscriptos argentinos asolearse con el torso desnudo y frotado con esa bebida para conseguir un óptimo tostado de la piel.

Nos resultó extraño que tuvieran una unidad de Ingenieros que estaba en condiciones de desplegar una pista metálica de aterrizaje.

Los informes chilenos de Inteligencia no hablaban de que el batallón argentino contara con apoyo aéreo. Pero se supo más tarde que en Neuquén estaba operable un avión Pucará IA-58 dotado de tren de aterrizaje triciclo, y que contaba con capacidad fotogramétrica.

El Pucará IA-58 tiene un techo de vuelo de 10 mil metros (algo más de 32 mil pies).

El 5 de diciembre, dos soldados de Infantería que se encontraban en los puestos avanzados de combate, se dieron cuenta de que un avión pintado de mimetismo, proveniente del lado argentino, descendía hacia nuestra posición defensiva hasta volar a unos 35 metros sobre el suelo.

Nos advirtió que si el avión argentino se hacía de nuevo presente, no podríamos dispararle, ya que el general Pinochet había enfatizado que si lo hacíamos, Argentina nos acusaría de agresores.

 Inútilmente dieron la alarma por radio, ya que todos nos dimos cuenta de la presencia del avión. El teniente coronel Ramón Guajardo Valtierra, que ejercía el mando de la posición defensiva, dedujo que se trataba del Pucará con capacidad aerofotogramétrica. Nos advirtió que si el avión argentino se hacía de nuevo presente, no podríamos dispararle, ya que el general Pinochet había enfatizado que si lo hacíamos, Argentina nos acusaría de agresores.

Por lo demás, dijo, los argentinos no tenían mayor necesidad de lo que el Pucará detectara, ya que les bastaba con acceder a las partes altas de los pasos fronterizos para observar la disposición de las fuerzas chilenas.

Pero el capitán Barrera pensó que el avión argentino había captado con toda nitidez la construcción de las trampas explosivas, ya que los soldados que trabajaban en ellas llevaban poleras blancas para capear el calor del sol cordillerano. En tales condiciones, eran plenamente visibles por el contraste con la coloración del suelo.

Decidió que se construyeran líneas ficticias de trampas, lo que obviamente representaría un duro esfuerzo adicional. Por un lado, el calor de diciembre era agobiante; por otro, los tábanos no daban tregua a los soldados de la Compañía de Ingenieros. En cambio, los hombres de Infantería se libraban de esos antipáticos dípteros mientras permanecían al interior de las trincheras.

Fue duro. Las líneas ficticias de trampas explosivas tenían por objeto confundir a los argentinos. En todo caso, se armaron 3.567 trampas reales, distribuidas en 18 líneas de una extensión promedio de 300 metros.

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Piedra del Indio
Piedra del Indio

Estaban rigurosamente registradas en la bitácora de la unidad, por lo que, finalizado el apresto de guerra, en los primeros días de enero de 1979, fueron levantadas del todo. Es que eran un peligro para los arrieros que ahora podían desplazarse de un país a otro.

La posición defensiva de la Piedra del Indio había cumplido con su cometido. Si bien no se produjo el enfrentamiento, si se hubiese producido, sus integrantes habrían hecho lo suyo: resistir.

No deja de ser alentador haber encontrado, a la vuelta de los años, a muchos de los soldados-conscriptos de entonces. No lo dicen expresamente, pero se sienten veteranos.

Como alguien lo dijo después, los argentinos no se habrían llevado la breva pelada. Es posible que todos nosotros hayamos muerto, pero los soldados enemigos habrían tenido muchas bajas. No deja de ser alentador haber encontrado, a la vuelta de los años, a muchos de los soldados-conscriptos de entonces. No lo dicen expresamente, pero se sienten veteranos. ¿De una guerra que no fue? Sí, pero que se supo vivir mientras se la esperaba.

Se debe puntualizar que la Compañía de Ingenieros esperó el combate bien abastecida de vino tinto. Todos los teatros de operaciones habían sido declarados en zona seca, pero desde siempre el arma de Ingenieros consideraba que el vino es la moral del combatiente.

Pero se bebía con mesura y con una rigurosa oscuridad y completo silencio.

El vino tinto se conseguía en Antuco, en una botillería perteneciente al padre de uno de los soldados-conscriptos. Cuando llegaban las garrafas, eran enterradas de inmediato. Es posible que haya sido sugestión, pero cuando bebíamos el vino, nos parecía que estaba muy mejorado por el calor del suelo.

Cuando se están cumpliendo 40 años de esa emergencia, varios de los oficiales, clases y soldados-conscriptos de la Compañía de Ingenieros de la posición defensiva de la Piedra del Indio están barajando de la idea de visitar las trincheras de antaño y de repetir las libaciones de vino para brindar.

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