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Martes, 8 de Septiembre de 2026
[Revisión del VAR]

Llegar no es suficiente

Roberto Rabi González (*)

Porque aquí está el verdadero problema: estamos confundiendo el acceso a la élite con la pertenencia a la élite. Una cosa es llegar y otra, completamente distinta, es brillar. Y aquí aparece algo que me parece todavía más revelador: nuestra reacción como hinchas.

Hay una reciente costumbre chilena que deberíamos empezar a revisar: celebrar como éxito aquello que apenas constituye un comienzo. Por estos días hemos vuelto a hacerlo con la llegada de Darío Osorio a la Premier League. No hace mucho Marcelino Núñez hizo lo propio. Se entiende el entusiasmo. Vivimos tiempos en que no todos los futbolistas chilenos consiguen jugar en Inglaterra y la Premier League es una de las mejores ligas del mundo, si no la mejor. Ponerse esa camiseta tiene un enorme mérito y nadie sensato podría discutirlo. Pero espera un poco: ¿cuáles son las camisetas? Ah, las del Crystal Palace y el Ipswich Town. Y aquí conviene detenerse un momento, porque quizás el entusiasmo nos está haciendo confundir una cosa con otra. Llegar a la Premier League es un logro extraordinario; convertir ese hecho en la medida definitiva del éxito de un futbolista chileno es algo completamente diferente.

Conviene, entonces, poner las cosas en perspectiva. Osorio no llegó al Liverpool, al Manchester City, al Arsenal ni al Manchester United. Tampoco al Newcastle ni al West Ham, ni a alguno de los clubes que habitualmente ocupan los escalones superiores de la jerarquía inglesa. Llegó al Crystal Palace. Marcelino, al Ipswich. Son, por supuesto, equipos de la Premier League y jugar allí es muchísimo más difícil que hacerlo en buena parte de las ligas europeas. Tienen historia, identidad, hinchas y una competencia interna extraordinariamente exigente. No hay nada peyorativo en eso. Pero precisamente porque la Premier League es tan competitiva, la vara debería estar más arriba. Si estamos hablando de los mejores futbolistas jóvenes que ha producido recientemente nuestro país, el objetivo no debería ser simplemente conseguir un lugar en Inglaterra. Debería ser convertirse en protagonistas de ese fútbol.

Porque aquí está el verdadero problema: estamos confundiendo el acceso a la élite con la pertenencia a la élite. Una cosa es llegar y otra, completamente distinta, es brillar. Y aquí aparece algo que me parece todavía más revelador: nuestra reacción como hinchas. Basta que un chileno llegue a un club inglés para que aparezcan inmediatamente chilenos declarando amor eterno por ese equipo. De pronto tenemos hinchas de toda la vida del Crystal Palace. O del Ipswich. Antes ocurrió con Cardiff, Wigan, Birmingham, West Bromwich y tantos otros. Nada contra esos clubes. Tienen sus propias historias, sus identidades y sus hinchas apasionados, y merecen todo nuestro respeto. El problema no está en ellos. Está en nosotros. Es bastante extraño que la llegada de un futbolista chileno sea suficiente para que construyamos de inmediato una pertenencia que antes no existía. ¿Qué dice eso de nuestra relación con el fútbol internacional? Probablemente que todavía necesitamos una bandera chilena para encontrar algo que admirar. Que muchas veces no seguimos al fútbol europeo por sus clubes, sus estilos, sus historias o sus grandes jugadores, sino porque necesitamos encontrar a uno de los nuestros para sentir que aquello también nos pertenece. Porque, seamos sinceros, lo que tenemos, lo que realmente nos pertenece, no nos satisface. Para nada.

Jorge Robledo no fue importante porque fuera chileno y jugara en Inglaterra. Fue importante porque fue goleador y campeón con el Newcastle United. Alexis Sánchez no fue extraordinario simplemente porque jugara en la Premier League. Fue extraordinario porque llegó a convertirse en uno de los mejores futbolistas de esa competencia, primero con el Arsenal y después en el Manchester United. Claudio Bravo tampoco hizo historia simplemente porque llegó a Inglaterra. La hizo porque fue campeón con el Manchester City y porque, durante una parte de su carrera, ocupó un lugar entre los grandes futbolistas de su posición. En todos esos casos, lo importante fue lo que hicieron una vez que llegaron.

Hubo un tiempo en que para los chilenos jugar en Europa era una anécdota, porque el mejor fútbol no se jugaba allá. Pero se pagaban los mejores sueldos. Con los años comenzó a ser un salto no solo económico sino deportivo. En nuestro pasado reciente, celebramos las travesías al viejo mundo y, aprendimos a exigir algo más: que nuestros mejores futbolistas no fueran solamente participantes, sino protagonistas. Que no fueran únicamente jugadores que habían conseguido entrar en una gran liga, sino futbolistas capaces de marcar diferencias dentro de ella. Esa diferencia parece pequeña, pero no lo es. Y la estamos perdiendo. Marca la distancia entre exportar jugadores y formar futbolistas de élite. Entre celebrar que uno de los nuestros consiguió entrar a la fiesta y esperar que, una vez adentro, sea capaz de sentarse en la mesa principal.

Esa debería ser nuestra vara. Y si ahora comenzamos a celebrar los pasos preliminares como si fueran la meta, le estamos dando una mala señal a las nuevas generaciones y también a los propios jugadores. No necesitamos que Osorio sea simplemente “el chileno del Crystal Palace”. La expectativa debería ser que sea un futbolista demasiado bueno para quedarse en el Crystal Palace. No porque el club sea malo, ni porque jugar allí tenga poco valor, sino precisamente porque Osorio debería aspirar a que su carrera siga creciendo. Sisus condiciones le permiten llegar mucho más arriba, sería absurdo que nosotros mismos convirtiéramos el primer gran paso en el último.

Y con Marcelino debería ocurrir exactamente lo mismo. Que juegue en el Ipswich es una excelente noticia para él y para el fútbol chileno. Pero la noticia verdaderamente extraordinaria será que se convierta en uno de los mejores mediocampistas de Inglaterra, que atraiga la atención de los grandes clubes y que su paso por Ipswich sea recordado como el lugar donde comenzó a demostrar que podía jugar en escenarios todavía mayores. No deberíamos mirar el destino inicial como una sentencia sobre el lugar que un futbolista ocupará en el mundo. Deberíamos mirarlo como una plataforma.

Llegar no es suficiente. Nunca lo fue. La verdadera noticia la tendremos el día en que dejemos de celebrar solamente que un chileno consiguió llegar a la Premier League y comencemos a preguntarnos cuándo conseguirá convertirse en uno de sus mejores jugadores. Ese día estaremos devolviendo la vara a un lugar del cual nuca debimos bajarla.

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