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Lunes, 21 de octubre de 2019
7° parte

Los libros clave para entender el Golpe: ‘El Chicho Allende’

Carlos Jorquera

Durante la última semana INTERFERENCIA ofreció diariamente la reproducción de los aspectos más significativos de los libros clave que explican el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. En esta entrega –la última- republicamos la parte final del libro “El Chicho Allende”, del periodista y amigo personal del presidente muerto aquel dramático día, Carlos Jorquera, editado por BAT en 1990.

Regresando mentalmente, en la medida de lo posible, a los comienzos de la mañana del golpe, podría decirse que, claro, siempre queda una migaja de duda flotando por ahí, en el fondo de ese optimismo que tiene que abrigar todo ser humano, y civilizado, si quiere seguir viviendo. En el caso particular del Negro Jorquera, por ejemplo, si alguna pizca de aquello le quedaba, desapareció definitivamente cuando escuchó al Director General de Carabineros, José María Sepúlveda, hablar por teléfono con su subordinado, el general Mendoza. La conversación fue por el teléfono del Negro Jorquera y el general Sepúlveda habló semir recostado sobre su escritorio. 
Hasta ese momento sólo se escuchaban balazos esporádicos, porque La Moneda continuaba rodeada por carabineros. 

Cuando éstos empezaron a retirarse, el General Sepúlveda se cuadró ante el Presidente y le dijo: 

-Yo no lo abandono, Presidente. Yo seguiré a su lado y lo mismo hará mi ayudante.

Y el mayor también se cuadró. 

Eso fue en el Patio de Invierno, bajo su techo de vidrio que todavía no recibía ningún rocket. Chicho tenía un afecto especial por el Director de Carabineros. Ambos, además, eran hermanos en la masonería. 

El Presidente agradeció el gesto, pero le insistió en que sería más útil para el país que conservara la vida, como un testimoni invalorable de lo que estaba sucediendo y de lo que se veía venir. 

Ambos se abrazaron. 

El General Sepúlveda también abrazó a Carlos Jorquera y le dijo: 

-Tenemos que volver a ver jugar a la "U", Negrito. 

Pero eso fue después de que el Presidente se despidiera de los "trabajadores de mi patria": especialmente de "la modesta mujer de nuestra tierra, de la campesina que creyó en nosotros, de la obrera que trabajó más, de la madre que supo de nuestra preocupación por los niños", de los profesionales patriotas, de los jóvenes "que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha y del hombre de Chile, el obrero, el campesino, el intelectual, aquellos que serán perseguidos". 

 

Y después, también, de la última reunión con sus colaboradores, en el Gran Comedor. 

René Largo Farías, en su libro Vivencias, la relata así: 

-El compañero Presidente, enhiesto como un roble, firme, sereno, con casco militar y metralleta al brazo, reúne a 50 o 60 civiles y nos dice: "Los que no tengan cómo defenderse, deben irse... Ordeno a las compañeras que abandonen La Moneda. 

Quiero que se vayan... Yo no me voy a rendir, pero no quiero que el de ustedes sea un sacrificio estéril. ¡Ellos tienen la fuerza! Las revoluciones no se hacen con cobardes a la cabeza, por eso me quedo. ¡Los demás deben irse! Yo no voy a renunciar. A todos les agradezco su adhesión. Los hombres que quieran ayudarme a luchar que se queden; los que no tengan armas deben irse"... 

Allá estaban casi todos sus ministros, gran parte de la guardia personal, algunos médicos, funcionarios, y un muchacho veinteañero, Osvaldo Puccio, hijo del Secretario Privado del Presidente, al que vimos nacer y crecer durante cuatro campañas presidenciales del doctor Allende. Sólo atino a estrechar fuertemente su mano y a desordenarle su cabello rubio. 

Entre el llamado personal civil, había nueve mujeres y trece médicos, además de abogados, periodistas, economistas, sociólogos, ingenieros, escritores, artistas, etc. Y diecisiete detectives, dirigidos por el inspector Juan Seoane. 

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El presidente Allende hace uno de sus últimos llamados telefónicos
El presidente Allende hace uno de sus últimos llamados telefónicos

 

Chicho tuvo que extremar su poder de persuasión para conseguir que las mujeres acataran su orden. No todas lo hicieron. 
Estaban dos de sus hijas: Tati e Isabel, tres periodistas (Verónica Ahumada, Frida Modak y Cecilia Tormo), Nancy Julien (esposa de Jaime Barrios, gerente del Banco Central), la Payita y Carmen, enfermera profesional que integraba el equipo médico de primeros auxilios. Y después, a muy pocos minutos de que empezaran a caer los rocket, apareció Marcia (dicen que está viva, en el extranjero; por lo tanto, preferible sería no preocuparse mucho por su apellido, por el momento), funcionaria de la Subsecretaría del Interior, que se escondió tras las cortinas para aparecer decidida a morir junto con los demás. Y ya no se podía salir de La Moneda. Marcia estaba embarazada. Ojalá haya podido tener su criatura. 

Tati también estaba embarazada. Y de ocho meses. El Presidente apeló a ese nuevo nieto para convencer a su hija. Ni Tati ni Isabel querían salir. Hubo discusiones entre padre e hijas, en las cuales también intervinieron de soslayo- algunos compañeros que las instaban a que se fueran rápidamente, porque ya los minutos se estaban acabando. 

-¡Cállate, Negro de mierda! 

Fue la última frase que Tati le dijo al Negro Jorquera. Por intruso, por encontrarle razón al Presidente. Luego: un abrazo muy apretado. 
Chicho las besó a ambas y las siguió con una mirada que era todo un legado histórico. 

¡Y el beso final de Nancy Julien con Jaime Barrios, su esposo! Esos segundos valieron por el amor de una vida entera. 
Tati, Isabel, Nancy, Verónica, Cecilia y Frida salieron por Morandé 80. Con muchas dificultades lograron avanzar los metros necesarios, por calle Moneda, hasta conseguir refugiarse en uno de los diarios que en esos días hacía furibunda oposición al gobierno: La Prensa, de la Democracia Cristiana. Posteriormente, las seis fueron exiliadas y la vida siguió barajando su naipe. 

Chicho, en seguida, volvió a su despacho. Las balas se habían multiplicado y entraban por las ventanas de los dos pisos. Decidió, entonces, repetir su recorrido por el área de la Presidencia, para reconfortar a los compañeros. Se supone que eso es lo que deben hacer los generales. Por lo menos, así lo aseguran los relatos históricos que subrayan los textos. 

Cuando iniciaba su recorrido por el pasillo del segundo piso, rumbo hacia la Secretaría de Prensa, uno de los integrantes del GAP, Carlos Álamos, el Viejo (le decían así porque era el mayor de todos), se asomó por el pasillo y le gritó al Negro Jorquera: 

-Negro, te encargo al Presidente. 

Como encargo no tenía nada de placentero: consistía en avanzar delante del Chicho y colocarse en las ventanas, a fin de que, si llegaban balas... bueno, no le dieran al Presidente. 

E inmediatamente brotó un chiste: 

-Sería el colmo que hicieran blanco en un negro. 

Y Osvaldo Puccio, que era rubio, también asumió esa tarea con "cero falta". Ese recorrido presidencial se cumplió sin que nadie resultara lastimado. 

Pero ya empezaba a faltar el aire. Porque las lacrimógenas, los gases que despiden las bombas de los tanques y otros artefactos bélicos hacen añorar el smog natural de Santiago. 

Hubo que bajar al primer piso. Ahí, en la oficina vecina a la Intendencia de Palacio, se había improvisado la "clínica de primeros auxilios". No faltó el gracioso que preguntara, poniendo cara de inocente: 

-Si esto es para los primeros auxilios, ¿dónde tenemos que ir para los "segundos"? 

Al retirarse Tati, los trece médicos quedaron reducidos a una docena: Arturo Jirón, Cacho Soto, Enrique París, Coco Paredes, Patricio (“Pachy”) Guijón, Pollo Ruiz, Pato Arroyo, Víctor Hugo Oñate, Danilo Bartulin, Jorge Klein, Santiago Pincheira y Alejandro Cuevas.

Además de Carmen, la enfermera. Y así como el drama destrozó hogares y abatió amores, inauguró también un romance entre Carmen y el doctor Oñate. Dieciséis años después –en 1989, cuando se escribió este libro-  conforman un matrimonio muy bien avenido. Hasta una tragedia como la de La Moneda tuvo, pues, su toque de romanticismo y de la mejor calidad. 

También se quedaron hombres de gobierno, como Fernando Flores, Daniel Vergara, Arsenio (“Cheno”) Poupin (asesor jurídico del Presidente), Claudio Jimeno, que era sociólogo, y Enrique Huerta, que tenía que soportar muchas bromas por el nombre tan pomposo del cargo que ocupaba: Intendente de Palacio. Y los hermanos Tohá (José y Jaime), amigos hasta el final del Chicho, el “Pibe” Aníbal Palma y Clodomiro Almeyda, quien prácticamente venía bajándose del avión después de representar al Gobierno en la Conferencia de los No Alineados, en Argel. 

Preferible curarse en salud y decirlo de una vez, antes de que lo resalten los malintencionados: efectivamente, en La Moneda es probable que fueran todos los que estaban, pero es seguro que no estaban todos los que debían estar. 

Podría decirse que buena parte de los que se quedaron con Chicho Allende eran partidarios de una salida política a la situación del país, al punto de considerar positiva la convocatoria a plebiscito. El asunto era impedir, más que la guerra civil -que era imposible-, la masacre, que era lo que estaba en puerta. El “Flaco” Tohá fue uno de ellos y, a riesgo de recibir el calificativo de social demócrata, se fue a La Moneda, sin ser ya, a esas alturas, funcionario de Gobierno ni tampoco responsable de la conducción de ningún partido. 

Algo parecido había sucedido con Raúl Ampuero cuando se produjo el "tanquetazo" del 29 de junio. El Negro Jorquera puede contarlo: 

-Llegué a medio vestir a Tomás Moro. Sin embargo, antes que yo había llegado Raúl Ampuero, uno de los tradicionales rivales de Chicho en el PS. Para peor, Ampuero había fundado un partido independiente (la Usopo), por lo cual no tenía para qué haberse levantado tan temprano. Además, no recuerdo habérselo preguntado pero me tinca que ésa era la primera vez que pisaba la casa donde vivía el Presidente Allende. Y ahí estaba, sin alardear de nada, dispuesto a hacer lo que pudiera o se le pidiera para defender al gobierno. Cuando le conté a Chicho que Ampuero estaba en el salón de entrada, el Presidente se sobresaltó, pero de emoción. Me dijo algo así como: "Si todos fueran como Raúl Ampuero, otro gallo nos cantaría". Y salió a darle un abrazo de reconocimiento. 

Continúa recordando el Negro Jorquera: 

-El último civil en abandonar La Moneda fue Juan Enrique Garcés. El Presidente se lo ordenó, insistiéndole en que tenía la obligación de escribir la verdad que él había conocido acerca del Gobierno. A Garcés parece que le había asomado esa sangre torera que lubrica el espíritu de todo buen español, porque tenía la intención de quedarse hasta el final. Estuvo en un tris de lograrlo y para siempre: porque, luego de los abrazos de despedida, se dirigió a la puerta principal, la de la calle Moneda. Cuando estaba a punto de llegar a ella, nos dimos cuenta de que llevaba un portafolio negro. Le gritamos, desesperados, y Juan Enrique se detuvo. Corrí hasta donde él y le quité el porta documentos. Creo haberle dicho algo parecido a: "Español huevón, ¿no te dijeron que salieras sin-nada en las manos? ¿Querís que te maten apenas te asomes? Chicho dice que salgas con las manos en alto. Y pon tu mejor cara de inocente". 

En cuanto al Flaco y Jaime Tohá, Cloro Almeyda y el “Pibe” Palma, fueron a ubicarse por los lados de la Cancillería. Detrás de ellos llegó corriendo el viejo Adolfo Silva, fotógrafo de la OIR (la Oficina de Informaciones del gobierno), que anduvo reclamando un rato largo porque nadie le pasaba una metralleta para combatir. Al final, no encontró nada mejor que hacerme cargos a mí, alegando que él era un viejo cuadro del Partido Socialista y que, por sobre cualquier otra consideración, era totalmente leal al Compañero Allende. Felizmente me hizo caso y alcanzó a juntarse con los hermanos Tohá, Cloro y el “Pibe”. Ya venían los rocket y consiguieron refugio en un sótano de la Cancillería. Fueron a dar a la Isla Dawson. 

-El primer rocket me pilló en el segundo piso, en la oficina de Osvaldo Puccio -sigue recordando el Negro-, donde creía que podía conectarme por citófono con el garaje, a fin de que le permitieran a Marcia rescatar mi auto. En el fondo, era un pretexto que habíamos inventado para convencerla de que tenía una misión que cumplir y abandonara, por fin, La Moneda. No alcancé a discar cuando cayó el primero, por una ventana de la Secretaría Privada, me parece, o por el Patio de Invierno, lo cual para el caso daba lo mismo. El remezón nos botó al suelo y con Marcia rodamos hasta el fondo de la pieza. Tomaditos de las manos, como en un vals peruano, bajamos de un round al sótano. 

En una piececita muy estrecha, tanto que apenas cabíamos sentados frente a frente, esperamos el resto de los rocket. Yo quedé al frente de Chicho, pierna con pierna. Muy mal debo haberme visto cuando el Presidente, golpeándome en una pierna, me preguntó: 

-Nosotros no tenemos miedo, ¿no, Negro? 

-Miedo no, Presidente... [lo que tengo es susto: estoy cagado de susto! 

El Chicho se sonrió... tal vez creyendo que era broma. 

Es evidente que no todo sucedió al mismo tiempo, pero también es cierto que, por lo menos a mí, me cuesta mucho precisar si algunos hechos ocurrieron antes o después que otros. 

Sea como fuere, el caso es que no nos íbamos a quedar para siempre en ese rinconcito del sótano. Empezamos a movernos, unos por aquí, otros por allá. Ya La Moneda era un infierno... es decir, si el infierno es así, entonces hay que comenzar inmediatamente a hacer méritos para conseguirse un cupo en el cielo. 

Porque... bueno, otra dosis de rocket recuerdo haberla recibido en una pieza vecina, al lado de Enrique París. Nos abrazamos y así, abrazados, seguimos esperando que continuara el bombardeo. No de valientes, por supuesto, sino porque no teníamos otra parte adónde ir ni nada más que hacer. Aunque, para ser lo más fiel posible a la verdad, sí tuvimos algo que hacer: cantar. Y cantamos los dos. Nos salió lo "jotoso": el virus de las Juventudes Comunistas que, para mí, era un pasado, pero que era muy presente para Enrique. Y a todo lo que dimos interpretamos a dúo aquello de: "Cantemos, mi fiel compañera. Tu voz y mi voz y otras mil, serán la invencible bandera de nuestra legión juvenil...” Es verdad que así fue. ¿De miedo, de rabia, de impotencia, de locura? Me gustaría dejarlo en "locura". En esos instantes nos volvimos locos. [Claro, pero como los de Astor Piazzolla: "los locos que inventaron el amor"! 

Poco después de eso debe haber sido cuando se pierde el Chicho, por un lado, y el “Perro” Olivares, por el otro. Al Chicho lo encuentra Arturo Jirón y yo al Perro. Cuento lo mío primero, porque es lo que más me cuesta, a pesar de que ya lo conté una vez en el extranjero, durante mi exilio: 

-Fui a tomar agua en una llave de lavaplatos, que estaba pegado a la cocina. La cosa más rara: en ese pandemónium percibí un ruido que, siendo profundo, sobresalía de los demás. Abrí la puerta de una de las piezas del lado de Morandé y ahí encontré al “Perro”. Sentado, con su pistola-ametralladora entre las piernas y agonizando... No puedo dejar de precisar que, en la mañana, antes de que Chicho dijera su discurso final por teléfono, el “Perro” me hizo un gesto disimulado y me sacó del despacho presidencial para llevarme a una salita de espera. Él ya tenía su arma y yo mi revólver Colt-38, que me había regalado Osvaldo Puccio, al comenzar el gobierno.

El “Perro” me concretó, en palabras, lo que hasta entonces había sido una especie de acuerdo tácito entre ambos: "Mi hermano, la última bala de esta pistola será para ti y quiero que tú hagas lo mismo conmigo con la última de tu revólver". 
Poco tiempo después, cuando se encontraba asilada en una embajada, la “Payita” dio una entrevista a un periódico, que fue difundida en muchos países; afirma, textualmente: 

-Escuchamos los gritos de Carlos Jorquera diciendo que Augusto Olivares Becerra estaba herido. El Presidente envía inmediatamente a atenderlo a los doctores Soto y Jirón y corre hacia donde estaba Augusto. Voy con él. Nunca se me olvidará su cara de angustia y tristeza al ver sin vida al amigo querido (...) En esa situación, Carlos Jorquera, que lloraba la muerte de Olivares, dándose cuenta de los sentimientos que embargaban al Doctor, se rehízo y, abrazándolo, le dio excusas por su flaqueza: "Perdóneme, Presidente. Mis penas no son nada comparadas con las suyas, pero recuerde: Augusto no era para mí un amigo sino un hermano..." 

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El Negro Jorquera casi siempre estaba cerca de Allende. En la foto con su imagen resaltada durante la campaña presidencial de 1964
El Negro Jorquera casi siempre estaba cerca de Allende. En la foto con su imagen resaltada durante la campaña presidencial de 1964

 

Jirón y Soto trataron de tender al “Perro” en el suelo, para poder aplicarle mejor un tratamiento desesperado. En los brazos de Arturo Jirón expiró Augusto Olivares. 

Pocos médicos habrán trabajado tanto en una mañana como Arturo Jirón en esas horas en La Moneda. Entre tantas actividades, le tocó ubicar al Chicho cuando se había escurrido hacia el segundo piso. 

El Presidente estaba tendido en el suelo, disparando con su metralleta por una ventana que daba hacia la Plaza de la Constitución. Jirón tuvo que tenderse también y tomar al Chicho por los pies y empezar a retirarlo de ese lugar por el que entraba un vendaval de balas. 

El Presidente gritó, sin volver la cara: 

-¡Déjame, huevón de mierda! ¡Déjame! 

Luego miró hacia quien lo estaba tironeando con tanta decisión: 

-¡Ah, eres tú, Jironcito! 

Y ambos fueron retrocediendo sin levantarse del piso, hasta que llegaron al pasillo, que ya estaba envuelto en llamas. Momentos después, tuvieron que volver a tenderse. Esta vez, bajo la mesa del comedor, que era la única forma de poder dialogar. 

-Tenía su fusil consigo y, cuando lo toqué, casi me quemé con el cañón ardiente-, recuerda Osvaldo Puccio, en su libro. 
Ahí, bajo la mesa, Chicho acogió la idea de que fuera una delegación a conversar con la Junta Militar: Osvaldo Puccio, Fernando Flores y Daniel Vergara. El general Baeza envió un vehículo que los transportó hasta el Ministerio de Defensa. Con ellos fue también Osvaldito Puccio, el menor de todos los presentes. Los veintiún años los cumplió en la Isla Dawson. 

Esa mañana se comprobó, una vez más, que es absolutamente cierto que las malas noticias siempre se las arreglan para filtrarse por los lugares más herméticos. Así sucedió con el inicio de la represión en las poblaciones marginales de Santiago. La masacre, que desde los primeros días Chicho Allende temiera, ya comenzaba a extender sus tentáculos sangrientos por los sectores más desposeídos. Eso -y su decisión profunda de preservar la vida de sus compañeros- fueron los motivos principales que movieron a Chicho a aceptar el envío de tal delegación. 

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Augusto Olivares trabajando
Augusto Olivares trabajando

 

Y, además, la convicción serena de que ya no había la menor posibilidad de ubicar otro punto, en Santiago o en el resto de Chile, para emplazar desde él un frente de defensa del gobierno. Porque, bajo las bombas, se diseñó un plan de salida de La Moneda que estuvo a punto de aplicarse. En el último momento, Chicho lo desestimó; pero casi comienza a ejecutarlo. Lo único que se puede asegurar, sin temor a equivocarse, es que, por angas o por mangas, la Historia hubiera sido distinta. Con un alto riesgo de haber desmejorado la imagen de Chicho Allende ante el país y el mundo y, sobre todo, ante las generaciones que le sucedieron. 

La idea primitiva surgió de una experiencia que vivieran Jaime Barrios y Nancy Julien, en la mañana del "tanquetazo". No podían llegar hasta Morandé, porque los carabineros acordonaron el sector. Entonces, se metieron por la Caja de Amortización (Bandera, entre Moneda y Alameda) y, por escaleras extrañas, estacionamientos, ascensores de servicio, en fin, por pasajes muy poco conocidos, lograron llegar al Ministerio de Obras Públicas, luego al garaje de La Moneda y de ahí pudieron cruzar Morandé sin problemas. 
Se trataba, en síntesis, de hacer el mismo recorrido pero en sentido inverso. Claro que en condiciones muy distintas. El objetivo era que el Presidente pudiera desembocar en calle Bandera, para dirigirse a conducir la resistencia en alguna de las poblaciones más combativas y, por ende, más combatidas. Para cruzar Morandé e internarse en el garaje, se requería de dos filas de compañeros que sirvieran de "alameda" humana, en medio de la cual Chicho trataría de atravesar la calle, que no es muy ancha. 

El par de filas alcanzó a formarse, frente a la puerta de Morandé 80. Tanto que se le descorrió el cerrojo de fierro a esa puerta de madera. Y así quedó hasta el final, de modo que los primeros soldados que entraron no necesitaron echarla abajo. Bastó con la primera patada. 

El Negro Jorquera asume la responsabilidad de recordar ese episodio: 

-Fue después de que encontrara al Perro agonizando... Quedé como un autómata, sin voluntad. Lo que los viejos periodistas llamamos un zombi. Me dijeron que me formara en una fila y me formé. No estaba en condiciones de discernir. Pero sí tengo muy vivo el recuerdo de la impresión que me llevé cuando vi que a mi lado derecho estaba el Presidente. Le pregunté de qué se trataba. Me golpeó cariñosamente la espalda y algo me comenzó a explicar. Pero, desde atrás, algunos compañeros -especialmente el doctor Bartulin y Jaime Barrios- me gritaban: "Déjalo, Negro, déjalo". No sé de dónde saqué fuerzas para oponerme y convencer al Presidente de que eso era una locura. 

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El presidente Allende rodeado por periodista. A la derecha Augusto Olivares
El presidente Allende rodeado por periodista. A la derecha Augusto Olivares

 

Volví a tutearlo, como en los viejos tiempos: 

-No, Chicho, no, por favor. Te van a matar en la calle y va a parecer como si te fueras arrancando... Ante la Historia vas a quedar como un comemierda. Y tú no eres así. No, Chicho, por favor: aquí hay que morir. 

Y al Presidente se le llenaron los ojos de lágrimas y me dio un abrazo muy fuerte, diciendo: 

-El Negro tiene razón. Es aquí donde hay que morir, aquí tiene sentido histórico. 

Y me volvió a abrazar y subió corriendo por la escalera de piedra al segundo piso, seguido por la mayoría de los compañeros. Un grupito de tres o cuatro nos demoramos. Recuerdo, de paso, que el suelo estaba lleno de agua, como si una acequia se hubiera desbordado. Ya más repuestos, dos o tres compañeros empezamos a subir por esa escala de piedra, pero sólo alcanzamos a llegar al primer descanso. Por una ventana entraba una cortina de balas. Y, al rato, apareció “Coco” Paredes ordenando "Alto el fuego", orden ociosa para nosotros, que ya no teníamos ni cigarrillos. 

Otro ratito después, entraron los soldados con miradas y gestos de drogados y dispuestos a balear a todo lo que se moviera. Fuimos de los primeros en ser sacados de La Moneda, a patadas y culatazos. En la vereda, nos tumbaron en el suelo; entre las primeras órdenes que tuvimos que cumplir, recuerdo la de tener que quitarnos el trapo blanco que cada uno de nosotros llevaba en el brazo derecho. Tuvimos que hacerlo con los dientes, porque no podíamos mover las manos desde detrás de la nuca, mientras los soldados nos sacaban la madre y nos "aconsejaban": 

-Llora tus penas, huevón, llora tus penas. 

No sé, parece que se trataba de una frase sacramental, porque todos los uniformados la repetían. Con una "gallardía" propia de guerreros triunfantes. 

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Las tropas sacan a los últimos resistentes desde La Moneda
Las tropas sacan a los últimos resistentes desde La Moneda

 

Y con nosotros se entretuvieron harto. Nos botaron en la vereda, después hubo que ponerse de pie, como si nos fueran a fusilar y, de hecho, sonaron sus buenos tiros. Luego, botarse en la calle, nuevamente, y entonces a un "estratega" no se le ocurrió nada mejor que ordenar a uno de los tanques que nos pasara por encima. Y el maldito tanque, por lo menos el que tenía más cerca de mí, empezó a avanzar lentamente. Es decir, yo creo haberlo visto como que avanzaba. 

Seguramente, otro, más racional, anuló la orden. De todas maneras, pasaban helicópteros jugando al tiro al blanco con nosotros. Luego, nos cruzaron a la vereda del frente y llegaron los camiones en los que se llevaron a los compañeros... Y de ellos nunca más se ha sabido, hasta el día de hoy. 

Los técnicos en derechos humanos han tenido tanto trabajo durante los últimos años que no les ha quedado tiempo para insistir en un derecho que, de puro humano que es, no ocupa un lugar destacado en el repertorio de barbaridades: el derecho a enterrar sus propios muertos. 

No hay ninguna legislación en el mundo, ni escrita ni consuetudinaria, que se haya puesto en el caso de que este derecho sea violado. Teólogos de mucha experiencia han escarbado en todas las religiones a ver si detectan algún episodio o algún precepto que pudiera servir, aunque fuera de sofisticada explicación, para maquillar un hecho de esta naturaleza. Claro: es algo tan consubstancial al ser humano que, hasta el 11 de septiembre de 1973, no había sido necesario consagrarlo de manera explícita. Porque cuando terminan las guerras -las grandes, las medianas y las chicas, los contendientes se devuelven los muertos. Cuando no pueden hacerlo, dicen dónde están enterrados. Fidel Castro devolvió los cadáveres de Playa Girón, Estados Unidos recuperó sus muertos en Vietnam. Y así ha sido siempre, desde que el hombre inventara las guerras. 

En el caso de quienes estuvieron con Chicho Allende en La Moneda resulta más inconcebible todavía, si se considera que, dieciséis años después, la explicación oficial es que se trataba de una "guerra civil larvada…”. ¡Menos mal que era "larvada"! 

¿Algún día se podrá saber qué pasó con esos chilenos, dónde los enterraron... si es que los sepultaron? Porque los seres humanos desaparecidos no son pasado. Son presente y seguirán siendo futuro, en la medida que no se sepa la verdad respecto de ellos. 

Arturo Jirón empieza a deshilvanar sus recuerdos con una sentencia: 

-El Chicho nos salvó la vida. 

Jirón cuenta cómo Chicho impartió las últimas órdenes, en el segundo piso: bajar sin nada en las manos, "que la Payita baje primero.

Yo me quedo para el último". Pero antes: un minuto de silencio en homenaje al “Perro” Olivares. 

Comienza el descenso; encabezado por “Payita”, “Coco” Paredes y “Cacho” Soto. Los cuatro últimos eran los doctores Jirón y Guijón,

Enrique Huerta (Intendente de Palacio) y el Presidente. 

Por todas partes: balas, llamas, humo, gases. 

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La Moneda el 13 de septiembre de 1973
La Moneda el 13 de septiembre de 1973

 

Cuando ya quedaban los tres últimos compañeros, Chicho se mete en la antesala del comedor. Jirón recuerda que, en ese instante, “Pachi” Guijón se devuelve para llevarse, de recuerdo, la máscara antigases ("Para que mis hijos sepan que estuve presente en este momento histórico"). Entre los disparos que colman ese pequeño mundo, hay uno que los detiene: Chicho. 

Corren ambos doctores y Enrique Huerta grita con todas las fuerzas que le iban quedando: 

-El Chicho no morirá nunca. ¡Viva el Chicho, mierda! 

Y toma la metralleta para continuar el combate. Jirón y Guijón alcanzan a quitársela de las manos, porque ya los uniformados estaban ahí, disparando a diestra y siniestra. 

El Negro Jorquera finaliza su libro: 

-Desde el suelo, en calle Morandé, alcancé a ver a los soldados cuando sacaban un bulto envuelto en uno de los chamantos del Chicho.

Lo metieron en un vehículo que estaba parado frente a la puerta. Dijeron que era el cuerpo de Salvador Allende. 

Seguramente: pero ya daba lo mismo. Lo que llevaban era un cadáver, no un muerto. 

Neruda lo dijo, tres días después: es un "cadáver inmortal".

Mañana: “Operación Exterminio”, de Carmen Hertz, Apolonia Ramírez y Manuel Salazar.

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