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Sábado, 18 de Septiembre de 2021
'Martes 11. La primera resistencia'

Martes 11: La caída de “Bruno” y la dura resistencia en Obras Públicas

Ignacio Vidaurrázaga

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Bruno, Domingo Blanco, a la derecha de Salvador Allende.
Bruno, Domingo Blanco, a la derecha de Salvador Allende.

El autor es periodista y magister en Literatura. Fue miembro de la resistencia a la dictadura militar como militante del MIR. Estuvo encarcelado en diversos penales del sur durante gran parte de los años 80. Su hermano Gastón fue asesinado por la CNI después del atentado del FPMR contra Augusto Pinochet. El texto es un extracto del libro Martes 11. La primera resistencia editado por LOM (2013).

Miria Contreras, la "Payita", ha partido en un pequeño vehículo a buscar refuerzos a Tomás Moro. En ese momento ya está en conocimiento de que el presidente se ha dirigido al Palacio de Gobierno. La residencia presidencial está a cargo de Mariano. El testimonio de la Payita quedará expresado en una carta que hora más tarde escribirá a Beatriz Allende: 

-Mi apuro era llegar, según las órdenes, primero a Tomás Moro, para después llevar ayuda a La Moneda, pues tu padre así me lo había pedido (...) yo les rogué que me dejaran llevar a Bruno y a un grupo para ir a ayudar. Partimos con bastante suerte, pues a la salida de allí nos encontramos con un motorista de carabineros quien nos escoltó hasta Ahumada con Moneda y al llegar a la esquina de la Intendencia, empezó lo espantoso que ya te conté. 

El apresamiento de Bruno y sus compañeros será el primer golpe a la moral combativa de los defensores de La Moneda y, al mismo tiempo, el indicio de la facción golpista del Cuerpo de Carabineros en ese perímetro.

El reloj marca las 08:35. El teniente José Baudillo Martínez Maureira es el oficial de guardia de la Prefectura de Fuerzas Especiales, que se encontraba al interior del edificio de la Intendencia de Santiago. 

Baudillo tiene bajo su mando al teniente Patricio de la Fuente Ibar, quien está a cargo de la sección de servicio, compuesta por alrededor de veinte funcionarios uniformados entre sargentos, cabos y carabineros. El teniente De la Fuente es uno de los oficiales a cargo del contingente que rodea el Palacio de La Moneda. Su sección apresa al grupo de integrantes del GAP y los mantiene como rehenes en el subterráneo de la Intendencia. Poco después, y caminando con las manos en la nunca en medio de un callejón conformado por carabineros, los hombres suben a un bus institucional para ser llevados detenidos supuestamente a la sexta comisaría. 

A esa hora aún hay indefinición en Carabineros, pero a medida que transcurren los minutos los leales al gobierno serían cada vez más escasos. Seguramente esa misma situación, no del todo clara, inhibiría también la posibilidad de rescatar a esos primeros rehenes apresados en el edificio de la Intendencia, a muy pocos metros del Palacio. Es posible que el presidente sienta rabia e impotencia al escuchar los desesperados ruegos de la Payita pidiendo la liberación de los aprehendidos (entre ellos se encuentra el mayor de sus hijos: Enrique Ropert Contreras), Lo mismo sucederá con los miembros del GAP cuando se vayan enterando, tanto en La Moneda como en el MOP, que muy queridos compañeros han sido apresados. 

-Yo me doy cuenta porque la Payita salió gritando: «¡Miren lo que le están haciendo a Bruno! Ábranme la puerta», y luego entró por la puerta de Morandé 80 desesperada. 

Al margen de que algunos generales del alto mando permanecen dentro de La Moneda junto al presidente, lo cierto es que el cerco perimetral externo se repliega. Esa mañana de septiembre las señales no eran ni homogéneas ni claras. La maquinaria de los golpistas aún no está probada y sus engranajes tendrán que irse adaptando en el transcurso de las próximas horas.

Nosotros teníamos la puerta del garaje abierta y vemos ese momento en que se retiran las tanquetas y todo el personal de Carabineros de tropa. Es justo en ese instante que viene llegando la camioneta y el otro auto. Los compañeros están por descender y son rodeados, porque de El Cañaveral bajan sin ninguna información de lo que estaba sucediendo y tampoco tenían radio.

Silvio, en tanto, no se ha percatado de la caída de Bruno y su grupo. A quienes están en La Moneda les sucederá con frecuencia que la visión de conjunto de los acontecimientos quedará trunca y tendrá que ser reconstruida con dificultad. Cada uno estará en lo propio, haciéndose presente en el espacio más inmediato. La velocidad de los acontecimientos impedirá comentar lo que sucede y en muchos casos ocurrirá que, a la hora del balance, cada sobreviviente tendrá su percepción y conocimiento inmediato de lo que le correspondió vivir, nada más. 

Esas primeras horas están determinadas por el actuar del Cuerpo de Carabineros. Al margen de que algunos generales del alto mando permanecen dentro de La Moneda junto al presidente, lo cierto es que el cerco perimetral externo se repliega. Esa mañana de septiembre las señales no eran ni homogéneas ni claras. La maquinaria de los golpistas aún no está probada y sus engranajes tendrán que irse adaptando en el transcurso de las próximas horas. Lo inédito del momento determinará lo incierto de los movimientos de unos y de otros. 

Un cerco cínico

El cerco de las fuerzas militares a La Moneda se asemejará a una película en cámara lenta. Pese a que los movimientos de las tropas han comenzado de madrugada, estas no se aproximan al perímetro del Palacio y mantienen una distancia que fluctuará entre algunas cuadras y un kilómetro. Las tropas están agrupadas principalmente hacia el sur del eje Alameda, arriba de transportes o a pie, pero a la espera de recibir la orden de avanzar. Se podría decir que están casi agazapadas. 

Son entre las 07:30 y las 08:00. Desde la Alameda hacia el sur y frente a La Moneda se ha iniciado una concentración de tropas provenientes de los regimientos Blindado N"2, Tacna y Escuela de Suboficiales. En tanto, hacia el norte desde Mapocho, muy pronto se emplazará un batallón de la Escuela de Infantería de San Bernardo que arribará alrededor de las 10:00 a Plaza de Armas. Las calles Zenteno, Padre Alonso de Ovalle y las adyacentes al Parque Almagro, en el eje del paseo Bulnes, ya cobijan tropas en traje de campaña, dotadas de munición reforzada, muy atentas a las órdenes de entrar en combate. Lo visible solo serán los tanques M-41 del Regimiento Blindado N° 2. 

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Infografía del libro del ataque a La Moneda
Infografía del libro del ataque a La Moneda

Al interior de los diversos regimientos de la capital, muy temprano se han impartido las órdenes y distribuido el equipamiento de combate, además de distintivos de identificación de los alzados, consistentes en cuellos anaranjados y brazaletes blancos estampados con tortugas. Por ello, más de alguien podría tachar el golpe militar del 11 como una operación somnolienta y remolona. Pero esa será una percepción en extremo engañosa. Los movimientos de tropas han comenzado la tarde del lunes 10 y han sido ininterrumpidos durante la madrugada del 11 de septiembre. Camuflados en camiones de transporte cubiertos con lonetas y en buses de turismo o pasajeros, se han movilizado centenares de efectivos provenientes de regimientos de provincias o desde Santiago mismo. 

El miedo estaba disperso entre civiles y militares, nadie quedaba exento de eso tan básico y humano que es preservar la vida, sobre todo en instantes en que era muy factible perderla. 

En realidad es el pequeño dispositivo presidencial el que ha ingresado a un cerco militar que ha sido abierto hacia el nororiente de Santiago. Y en ello hay una única y singular razón: la opción golpista del Cuerpo de Carabineros ha sido lenta y progresiva para evitar un enfrentamiento temprano. Se ha preferido esperar para que sea el avance del Golpe el que convenza a las distintas unidades de plegarse al pronunciamiento, dejando a un pequeño grupo de generales del alto mando aislados junto al presidente. Es una operación no exenta de riesgos, pero que en lo fundamental les funcionará exitosamente. 

¿Qué esperaban los mandos operativos para cerrar el cerco a La Moneda? La confluencia de varios movimientos. El presidente debía llegar al Palacio, porque si lo hubiesen querido aprehender ya lo hubiesen realizado o al menos intentado. A la hora escogida por Allende para desplazarse de Tomás Moro a La Moneda aún no estaba resuelta la opción del Cuerpo de Carabineros. Interceptarlo hubiese significado una alta probabilidad de enfrentamiento con integrantes de la policía uniformada. Previamente era imposible, pues no podían prever si irían o no, a lo que se sumaba que ese traslado duraría muy escasos minutos y el personal de la Guardia de Palacio mantendría lealtad con el presidente hasta el retiro del cerco perimetral al Palacio. La lealtad de la policía uniformada duraría poco, pero lo suficiente para que el presidente y sus escoltas tuvieran un tiempo de preparación de lo que vendría. 

Todos los desplazamientos de tropas se realizaban con los resguardos de una situación bélica declarada, atentos a que en cualquier momento podía acontecer un enfrentamiento. 

A esas horas no existía ninguna certeza de nada. El miedo estaba disperso entre civiles y militares, nadie quedaba exento de eso tan básico y humano que es preservar la vida, sobre todo en instantes en que era muy factible perderla. 

Lo cierto es que, al arribo de la comitiva presidencial a La Moneda, ya había tropas prestas a salir de algunos regimientos o discretamente acantonadas tras el Ministerio de Defensa, y comenzaban a distribuirse por el barrio cívico. Todo aquello no sería visible desde la sede de gobierno, aunque estuviese ocurriendo bajo sus narices. 

Parapetarse en el MOP

Joaquín recibe la orden de ocupar posiciones en los pisos superiores del Ministerio junto con el grupo de choferes. En la cochera presidencial descubren por casualidad una ventana que, tras romperla, les permite ingresar directamente al MOP. Desde los autos estacionados trasladan un pequeño pero significativo arsenal: un lanzacohetes RPG-7, una ametralladora punto 30, dos cajas de proyectiles y varios fusiles AK con sus respectivos módulos de combate. 

-De inmediato nos fuimos arriba con las armas, con todas las que teníamos en los autos. Subimos todos los conductores, o sea, un total de seis, además de otro que había sido chofer: «Patán» -Manuel Cortés-, que estaba en Santiago porque había llegado desde Chuquicamata con un amigo; Carlos Álamos lo había autorizado a integrarse. Así, nos juntamos un grupo de ocho y nos fuimos a los pisos de arriba. 

Cuando llegamos a ubicarnos pregunté quién sabía manejar la punto 30, y el único era Patán. Él se hizo cargo y su amigo tomó las dos cajitas y se llevó una metralleta. Había una RPG-7, que se la pasé a «Rubén», que trabajaba en El Cañaveral. Los otros tres choferes: Eduardo, «Roberto» y el chico Lalo asumieron los fusiles. El mando lo ejercí yo (quien habla es Joaquín).

Una vez dispuesto el grupo y asignados los ángulos de tiro que permitieran zonificar el fuego hacía la Alameda y la Plaza de la Constitución, Joaquín se instala en la oficina del ministro. Allí estaban los citófonos conectados con la presidencia que le permitirán comunicarse con su mando, situado al frente. 

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Ministerio de Obras Públicas, arriba a la izquierda.
Ministerio de Obras Públicas, arriba a la izquierda.

-Entonces llamé a Carlos Álamos y él me dijo: «Mira negrito -porque nos conocíamos mucho- esta cosa va en serio. Ustedes tienen que hacer lo máximo, nadie se puede rendir, nadie. Yo le dije que estábamos bien. Además me advirtió que cuando empezara el combate no nos pusiéramos a disparar como locos. Así lo hicimos. Yo traté de conversar con la gente, porque ese momento no era de dar órdenes, porque no éramos militares, sino compañeros. Y tendríamos que tratar de hacer lo mejor posible. Por eso cuando aparecieron las primeras tropas esperamos que ellos atacaran y eso debe haber sido como a las nueve de la mañana. 
El teléfono de magneto 

Transcurridos tan sólo veinte minutos desde su arribo a La Moneda, Allende decide ocupar el teléfono habilitado para comunicarse con diversas radioemisoras que difundirán sus palabras, en un momento en que cientos de miles de personas en Santiago y todo el país estaban expectantes de noticias para esclarecer la incertidumbre de esas primeras horas. Se ha colocado el casco de guerra, que según recuerdos de Danilo Bartulín se lo facilitó el día del tanquetazo el malogrado edecán de la Armada Arturo Araya Peeters. 

El presidente tomará contacto con la radio Corporación a las 07:55 y solo dará información fragmentaria. Él no se puede adelantar en esos momentos dando por resuelto el alineamiento tras las fuerzas golpistas. Por ello, en su primer mensaje radial, focaliza en un «sector de la marinería y en Valparaíso- el levantamiento, a la vez que llama a los trabajadores a estar movilizados y atentos a las instrucciones de él, como compañero presidente. Asegura, también, que en Santiago no hay ningún movimiento extraño de tropas y que espera que la respuesta de los soldados de la patria sea positiva. En la percepción de sus partidarios y del público en general, el mensaje era hasta tranquilizador. 

Por lo afirmado por Allende se podía evaluar que lo que estaba ocurriendo era una suerte de «tanquetazo dos», pero esta vez con marinos y alejado de los símbolos de poder y del lugar donde él se encontraba como máxima figura del gobierno. Pero la percepción presidencial estaba desfasada del nivel de maduración de los acontecimientos. A esa hora lo único por despejar era el grado de éxito de los sectores golpistas al interior de la policía uniformada, cuyo núcleo de mando se mantenía leal al mandatario, pero que progresivamente iba quedando desprovisto de mando efectivo. Quizás era esa misma situación la que podía llamar a equívoco por la importancia de la policía uniformada: tenía dislocación nacional, más que ninguna otra rama de las Fuerzas Armadas, y aún estaba protegiendo al presidente con un número significativo de efectivos y medios. 

Cualquier enfrentamiento entre tropas del Ejército y Carabineros en ese perímetro no hubiese pasado inadvertido, porque desde muy temprano decenas de periodistas y foto-reporteros de Chile y del extranjero cubrían los acontecimientos. Los más difíciles de controlar eran precisamente estos últimos, que ciertamente sabían que enfrentaban sucesos altamente noticiosos y por lo tanto olfateaban una noticia histórica. . 

Es posible especular un poco respecto de los primeros mensajes de Salvador Allende. 

Han sido múltiples los llamados telefónicos que él y sus acompañantes han cruzado desde esa llamada de madrugada que alertó sobre los movimientos golpistas en Valparaíso. Por cierto, desconocemos el conjunto de variables que Allende estaría contemplando en esos febriles momentos. Lo que sí sabemos es que hasta el último instante conservará la totalidad de sus capacidades y su potencial de estratega, como lo demuestran las instrucciones que da a quienes le rodean, los llamados que recibe o hace hacia el exterior y cómo, por último, rubrican sus mensajes radiales. Está absolutamente lúcido y consciente. 

No se sabe si por extrema prudencia, incerteza en las informaciones o buscando influir con sus palabras en las correlaciones de fuerzas que estaban en movimiento, lo cierto es que el presidente ignora el despliegue de efectivos militares y el arribo de tropas desde las provincias. Las evasivas de los generales que responden los llamados o la falta de respuestas de otros parece no ser suficiente. Tampoco tendrá configurado el escenario del conjunto de las radioemisoras silenciadas en diversos puntos de la capital desde las primeras horas del martes 11 de septiembre. Aunque sus cinco mensajes radiales demuestren que nada de eso conseguirá acallarlo. 
Son las 08:05. Este momento coincidirá con otro fugaz instante en que Salvador Allende, sin armamento ni casco de guerra, se asoma por una de las ventanas del segundo piso de La Moneda y saluda muy brevemente a un grupo de estudiantes secundarios del Instituto Comercial n° 9, que lo vitorean con escasa conciencia del riesgo que están corriendo y de lo trascendental de la situación. La escena quedará registrada por la cámara del fotorreportero argentino Horacio Villalobos, que está de paso por Chile. 

Cualquier enfrentamiento entre tropas del Ejército y Carabineros en ese perímetro no hubiese pasado inadvertido, porque desde muy temprano decenas de periodistas y foto-reporteros de Chile y del extranjero cubrían los acontecimientos.

Veinte minutos más tarde del mensaje precedente, a las 08:15, el presidente vuelve a hablar por radio Corporación. Nuevamente se referirá a la insubordinación de la Armada en Valparaíso, pero agrega que ha ordenado que tropas del Ejército sofoquen a los golpistas y re marca que él confía que lo harán. Esa será una apuesta en extremo riesgosa, pero a esa altura el presidente tiene poco que perder. 

¿Todavía espera una respuesta favorable de un sector militar o de Carabineros? Lo desconocemos. ¿O acaso espera la movilización masiva de trabajadores como había ocurrido con la intentona del 29 de junio? Esto hay que descartarlo, porque insistentemente durante el transcurso de esa mañana buscará desincentivar los sacrificios y costos de vidas. 

Luego, los mensajes radiales del presidente se verán interrumpidos por el primer bando de la Junta Militar. El último mensaje de Salvador Allende será pronunciado justo después que se dé a conocer esa primera proclama: el bando número uno, pasadas las 08:30.

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