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Lunes, 21 de Junio de 2021
Adelanto de libro

Mocha, Santa María y Quiriquina: las islas utilizadas como prisión política en Bío Bío

Ernesto Carmona Ulloa (*)

quiriquina

Presos políticos de la Isla Quiriquina.
Presos políticos de la Isla Quiriquina.

En este cuarto extracto del libro “Islas-cárcel, castigo a la transgresión política”, Ediciones Mapocho Press, 2020, el autor se refiere al envío de comunistas, anarquistas y otros opositores a las islas ubicadas en la VIII Región.

(*) Periodista, escritor, dirigente gremial, colaborador de INTERFERENCIA, fallecido en noviembre de 2020.

También sirvió de prisión la legendaria Isla Mocha, despoblada por los españoles para impedir el reabastecimiento de piratas ingleses y holandeses. Se cree que fue el refugio de un cachalote albino que habría inspirado a Hernán Melville para escribir Moby Dick, en 1851. Situada a 34,3 km de Tirúa, en la provincia de Arauco, esta isla de 48 km² y 800 habitantes es un sitio sagrado para la religión mapuche. 

Además, fósiles humanos y de gallinas descubiertos recientemente mostrarían que hubo alguna relación entre esta isla de la región Bío Bío con la Polinesia en tiempos previos a la llegada de los españoles. Hoy –sin pandemia del Covid- es una exitosa atracción turística. Nadie recuerda que con Carlos Ibáñez comenzó también a usarse para confinar disidentes políticos. Un relato del comunista Elías Laferte, relegado a esta isla, describió lo que hoy se vende a los turistas como paraíso terrenal: “En la tarde del 16 de junio [de 1932], mientras nos hallábamos en una reunión, nos llegó la noticia de que [el periodista] Carlos Dávila, apoyado por algunos regimientos de la guarnición, se estaba apoderando del gobierno [nada menos que la República Socialista de Marmaduke Grove y Eugenio Matte Hurtado]. Otro cuartelazo. Por radio escuchamos los desesperados llamados del gobierno, pidiendo al pueblo que fuera a defenderlo. Acordamos salir, pero informarnos previamente de lo que estaba ocurriendo, quedando de reunimos de nuevo a las once de la noche”.

“A esa hora, ya todo estaba consumado. Cuando llegamos al local de Nataniel, lo encontramos rodeado de policías. Nos fuimos entonces a Arturo Prat, a la Casa del Proletariado, donde nos llegaron las noticias de los primeros actos del gobierno davilista: ya había centenares de presos, Grove y Matte iban camino de Valparaíso, para ser conducidos a la Isla de Pascua, se estaban haciendo redadas de comunistas y socialistas, se proclamaba el estado de sitio con toque de queda a las diez de la noche…”.

“Con órdenes de “fondearme”, me fui a una casa de la calle Santiago Concha, donde se guardaba una pequeña imprenta de rodón muy ruidosa. Cinco días permanecí allí imprimiendo proclamas contra el gobierno. Luego me trasladé a Independencia pasado de Panteón, donde estuve escondido el fin de junio, julio y agosto, trabajando en distintas formas contra la dictadura de Dávila”.

“Cerca de allí vivía Bernardo Ibáñez y contra él y otros profesores, dirigió su acción la policía. Gracias a un soplo dado por un ex marino sublevado de apellido Jara, el prefecto de Investigaciones de Valparaíso, Rencoret, llegó a Santiago y me detuvo, hallándome en compañía de Marcos Chamudes. Por cuestión de segundos, se libró de caer Carlos Contreras. Yo me había dejado crecer la barba y pensé que no me reconocerían… Pero, por lo visto, Rencoret ya conocía este detalle.

“En Investigaciones nos amenazaron con golpearnos si no revelábamos el paradero de los otros dirigentes del Partido. Para asegurarme de que, si me torturaban, por lo menos esto se sabría afuera, en presencia del jefe de Investigaciones Pelochounneau le conté a mi hermana Inés que estaba amenazado de flagelaciones”.

“Esto y la molestia de los policías santiaguinos porque habían sido los porteños quienes nos detuvieron, me salvó de los habituales tratamientos de General Mackenna [cuartel principal de la Policía de Investigaciones]”.

“En Valparaíso, el profesor Anabalón, un activo miembro del Partido, había sido flagelado y asesinado. Su cuerpo se encontró después fondeado en la bahía. Responsable de ello era el prefecto Rencoret, el mismo que me había detenido. Años más tarde, este policía se ordenó de cura, según cuentan arrepentido por la muerte de Anabalón… Es curioso, unos se hacen sacerdotes por cosas así. Otros van a parar a la cárcel”.

“El abogado Jorge Jiles había presentado recurso de amparo en favor nuestro y un día, en el patio cinco de la cárcel, nos anunció que éstos habían sido acogidos por la justicia y que íbamos a ser puestos en libertad. Pero el alcaide, un señor Ponce, dijo que él no nos dejaba libres, aunque recibiera veinte oficios de la Corte”.

“Nosotros estábamos con nuestras cosas embaladas, listos para salir… pero no a la calle, sino a la relegación. En la tarde sacaron a catorce de nosotros de la cárcel, nos metieron en un furgón y nos llevaron a Talcahuano, donde nos embarcaron para la Isla Mocha. Había ya allí un número considerable de relegados, más de cien, y entre ellos me encontré con Galo González, Juan Chacón Corona, la tipógrafa de Antofagasta Inés Infante, Astolfo Tapia, Oscar Waiss. Estaba también el periodista Abraham Reyneld, de quien decían que era mi secretario; hoy es subsecretario de Economía, y uno de los hombres prominentes del grupo de Volpone [Darío Saint Marie, propietario de Clarín, diario que después le vendió a Víctor Pey Casado]. Había socialistas, comunistas, anarquistas, y gente sin Partido. Cuando nosotros llegamos en el “Sibbar”, los relegados nos brindaron un caluroso recibimiento”.

“Primero me quisieron meter en un calabozo, donde se hallaba a tratamiento especial, Juan Chacón Corona. Pero parece que después pensaron que no era yo tan peligroso. Había en la isla tres mandos: carabineros, marinos y gendarmes. Nosotros vivíamos hacinados en galpones de la remonta del ejército, bajo un pésimo tratamiento de parte de los uniformados y comiendo una comida infecta. Los domingos podíamos mejorarla, pues nos permitían ir a la playa a sacar erizos”.

Esta relegación duró sólo once días. Luego supimos que a su vez había caído Blanche, derribado por un movimiento civil-militar iniciado en Antofagasta por el general [Pedro] Vignola y había asumido el poder, con el título de Vicepresidente provisorio, el Presidente de la Corte Suprema, don Abraham Oyanadel. El nuevo Ministro del Interior, don Javier Ángel Figueroa, decretó de inmediato la libertad de todos los presos políticos y nosotros pudimos, por fin, regresar. Nos condujeron a Santiago en dos coches de tercera clase, que se repletaron de presos de Santiago, Valparaíso, Antofagasta e Iquique. Nos dejaron a todos en Santiago y unos días más tarde, como secretario general de la FOCH, solicité una entrevista con Figueroa para pedirle que el gobierno pagara los pasajes a todos los nortinos que habían sido arrancados de sus hogares. El ministro me recibió muy amablemente, accedió a dar los pasajes que se le solicitaban y pidió tranquilidad, paciencia, que no se hicieran mítines en las calles, etc”, relató Lafferte

La cárcel de Isla Quiriquina

La pequeña isla Quiriquina, de apenas 4,86 km², situada 11 km al norte de Talcahuano, también sirvió como prisión política. Convertida en base militar desde que fue descubierta en 1557 hoy es administrada por la marina y sirve como sede a una escuela de grumetes, aunque en repetidas oportunidades se utilizó como prisión política, la última vez por la dictadura cívico militar encabezada por Pinochet (1973-2000) y respaldada por civiles de derecha.

Uno de los primeros desterrados en 1815, por sus ideas revolucionarias contra la metrópolis española, fue un joven de 16 años: el futuro presidente conservador Manuel Bulnes Prieto (1841-1851), comandante en jefe del ejército (1841-1866) e hijo de un oficial hispano. Cuando los realistas escucharon los primeros rumores sobre la inminente llegada del ejército Libertador, que cruzaría Los Andes en 1817, enviaron a la isla a 200 jóvenes de Concepción, entre ellos Bulnes y su hermano Francisco, para impedir que se unieran a las fuerzas patrióticas chileno-argentinas. Varios meses después, cuando las tropas libertadoras se dirigieron al sur, los realistas huyeron de la isla, pero dejaron a los presos abandonados a su suerte. Los jóvenes volvieron al continente en balsas improvisadas y precarias. Unos treinta se ahogaron en la breve travesía, pero entre los sobrevivientes alcanzaron la costa los hermanos Bulnes.

En 1915 Quiriquina sirvió de prisión de guerra para los marinos del buque alemán SMS Dresden, hundido por los ingleses en Bahía Cumberland, isla Robinson Crusoe, durante la primera gran guerra. Tres prisioneros se fugaron, entre ellos el teniente de navío Wilhelm Canaris, futuro almirante y jefe del servicio secreto Abwehr, del período nazi. En 1921 los alemanes abandonaron la isla. 

Entre el 11 de septiembre de 1973 y finales de 1974 fue utilizada como prisión política para cerca de un millar de personas, bajo el control de la marina. Según el Informe Rettig, la Cruz Roja Internacional determinó, en octubre de 1973, que unos 552 presos permanecían en Quiriquina , entre ellos 33 mujeres y 19 extranjeros: 8 brasileños, 4 uruguayos, 3 bolivianos,2 venezolanos, 1 panameño y 1 polaco. Entre los prisioneros más conocidos se encontraban Pedro Hidalgo, Mireya García (ex-vicepresidenta de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, AFDD), Santiago Bell (ex intendente de Chillán) y Fernando Álvarez Castillo (ex intendente de Concepción).

Custodiados por la marina, los prisioneros fueron sometidos a severas torturas con aplicación de electricidad, golpes, vejaciones, privación de alimento y agua. Según el informe de la Comisión Valech a las mujeres se las interrogaba desnudas, sometidas a vejaciones y frecuentes abusos sexuales. Los criminales responsables y sus cómplices principales fueron el contralmirante Jorge Paredes Wetzer, Comandante de la 2ª  Zona Naval; el capitán de Fragata Eduardo Young, Subdirector de la Escuela de Grumetes; y el director de la Escuela de Grumetes de Quiriquina, Aníbal Aravena Miranda. 

Santa María, isla-cárcel frente a Lota

A lo largo de sus dos siglos de historia, los gobiernos chilenos de cualquier signo sintieron debilidad por habilitar islas-cárceles para confinar presos políticos y ciertos reos comunes. Un sector de la isla Santa María, a dos horas de navegación en lancha desde Lota o Coronel (Región de Bío Bío), fue habilitado como penal para 300 reos comunes entre 1944 y 1989. El presidio abierto fue clausurado porque abastecerlo y mantenerlo resultaba demasiado caro para el erario. Algunos convictos pudieron quedarse casándose con lugareñas y fundando familias. En mayo de 2000, el dirigente radical José Antonio Gómez, ministro de Justicia de los gobiernos de Eduardo Frei R.T. y Ricardo Lagos, propuso reabrir el penal exclusivamente para reos condenados a cadena perpetua, pero la idea no prosperó.

El territorio carcelario quedó en poder de la marina. En sus 3.200 hectáreas, la isla tiene dos poblados, Puerto Sur y Puerto Norte, dotados de registro civil, escuelas, retén de carabineros y comercios. El lado sur posee agua potable.

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