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Miércoles, 22 de mayo de 2019
Conmemoración de la muerte

Neruda: 45 años después, persiste la gran duda

Mario Amorós

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Fotografía: Fundación Pablo Neruda
Fotografía: Fundación Pablo Neruda

El 23 de septiembre de 1973 el poeta murió en la Clínica Santa María por razones que aún no están claras. Uno de sus biógrafos reconstruye esos últimos días en el recinto hospitalario.

La Fundación Internacional Baltasar Garzón realizó el viernes 21 una jornada de conversación en Madrid dedicada al Premio Nobel. Se trató de seis horas de conversación con distintos expositores que han estudiado la obra y vida de Neruda. Aquí dejamos la ponencia del periodista e historiador español, Mario Amorós, autor de Neruda. El príncipe de los poetas (Ediciones B, 2015), que también se refirió a la investigación en Chile sobre su muerte. 

Mañana se cumplen 45 años de la partida de quien, según Gabriel García Márquez, fue el mayor poeta del siglo XX en cualquier idioma. Después de más de siete años de investigación judicial, dirigida tenazmente por el magistrado Mario Carroza (investigación que, a 20 de agosto pasado, sumaba ya ocho tomos y 3.222 páginas, más el llamado “cuaderno separado”), aún desconocemos fehacientemente la causa de la muerte del autor de Canto general. Todavía persiste la gran duda.

¿Qué puede resaltarse de los últimos días de Pablo Neruda?

En primer lugar, desde su regreso al país en noviembre de 1972, Neruda vivía y trabajaba en su casa de Isla Negra. En julio, para su cumpleaños, había concluido y entregado a Losada los siete libros de poemas que se publicarían póstumamente en 1974, con motivo de sus 70 años y, con la inestimable colaboración de Homero Arce, estaba concluyendo sus memorias. Hay testimonios muy dispares sobre el estado de su enfermedad, pero en numerosas entrevistas de prensa entre 1974 y 1983 Matilde Urrutia siempre manifestó que estaba controlada.

El golpe de Estado le supuso el inicio de una terrible agonía física y emocional. Neruda había participado en todas las batallas de la izquierda chilena desde el histórico triunfo del Frente Popular en 1938. Fue senador comunista y sufrió la clandestinidad y la persecución en 1948, hasta partir al exilio en 1949. Acompañó a Allende en sus cuatro campañas presidenciales. Fue embajador en Francia del Gobierno de la Unidad Popular. Sentía una profunda identificación con su partido, el Partido Comunista. Y en su corazón perduraba la tragedia de la II República Española: aquella mañana del 11 de septiembre de 1973, postrado en su cama de Isla Negra, sabía muy bien qué le aguardaba a su pueblo. No había olvidado ni a Federico García Lorca, ni a Miguel Hernández, cuyos nombres grabó en su casa de Isla Negra.

Entre el 20 y el 21 de septiembre, ya interno en la Clínica Santa María, el embajador Gonzalo Martínez Corbalá y Matilde Urrutia lograron persuadirle finalmente de que aceptara la invitación del Gobierno mexicano. En muy pocas horas, la Junta Militar autorizó la salida del país del matrimonio y otorgó los salvoconductos necesarios. El sábado 22 el avión de Aeroméxico ya estaba en Pudahuel, pero, por decisión del Poeta, el viaje se demoró dos días más. 

Aquel sábado 22 de septiembre, Neruda recibió la visita en la Clínica Santa María de varios amigos y de dos embajadores: Martínez Corbalá por la mañana y Harald Edelstam por la tarde. Es muy conocido el testimonio de Martínez Corbalá, quien declaró ante Carroza que Neruda no se encontraba en situación terminal. En cambio, aquella misma noche el embajador sueco remitió a su cancillería un cable en el que señalaba que se encontraba “muy enfermo”, pero que, pese a ello, deseaba viajar a México el lunes 24. El Poeta ya estaba al corriente de la magnitud de la represión de la dictadura y le señaló: “Son peores que los nazis, asesinan a sus propios compatriotas”. Tanto Edelstam como Martínez Corbalá manifestaron que Neruda era plenamente consciente del papel esencial que podía desempeñar en el exilio.

 A partir del sábado 22 por la tarde, los testimonios de Matilde Urrutia y del chofer Manuel Araya difieren absolutamente y así lo he contrastado, con sumo detalle, en mis trabajos. La Patoja relató en su libro (Mi vida junto a Pablo Neruda) que, después de un episodio de mucha angustia, aquella noche Neruda logró conciliar el sueño y ya no despertó jamás. Por su parte, Manuel Araya, quien permaneció junto a Neruda en todo momento desde el golpe, ha expuesto en infinidad de ocasiones su denuncia de asesinato, que dio pie a la querella criminal presentada el 31 de mayo de 2011 por el Partido Comunista de Chile: la mañana del domingo 23 de septiembre de 1973, Neruda les pidió a Matilde y a él que fueran a Isla Negra a recoger las últimas cosas para el viaje a México. A primera hora de la tarde, les telefoneó para alertarles de que le habían puesto una inyección que había empeorado súbitamente su estado. Según Araya, esa inyección fue colocada por agentes de la dictadura y habría sido la causa de su fallecimiento aquella noche.

Hay varios testimonios de la época o inmediatamente posteriores que cuestionan tanto la versión de Manuel Araya como la de Matilde Urrutia. Por ejemplo, aquel domingo 23 al mediodía, mientras el centro de Santiago era sometido a un gigantesco operativo militar de allanamientos, detenciones y quema de libros en las calles, el embajador francés, Pierre De Menthon, llegó a la Clínica Santa María para imponerle al Poeta la Orden de Gran Oficial de la Legión de Honor y anotó en su dietario, publicado en 1978, que Matilde Urrutia estaba allí… no en Isla Negra. Por su parte, el doctor Sergio Draper, quien atendió a Neruda en la Clínica hasta las siete de la tarde, declaró días después que estaba semiconsciente en sus horas finales. Después le habría relevado el misterioso “doctor Price”, a quien ha sido imposible identificar…

Certificado de defuncion.png

Certificado de defunción
Certificado de defunción

 El relato de la escritora Teresa Hamel sobre la noche del 23 al 24 de septiembre de 1973 (“la tremenda noche sin aurora”) es terrible: Laura Reyes, Matilde Urrutia y ella acompañaron el cuerpo ya inerte de Neruda en un gélido y desangelado subterráneo. El trato que el personal de la clínica otorgó al Premio Nobel, corroborado por Matilde Urrutia en su libro, fue atroz. Por cierto, un informe de la Fuerza de Tareas de Investigaciones Reservadas de la Policía de Investigaciones de Chile, que a petición de Mario Carroza indagó sobre los vínculos entre la Clínica Santa María y la dictadura cívico-militar, verificó que dichos lazos se remontaban a su etapa inicial. Y a falta de la sentencia judicial, ya nadie duda hoy de que en ese mismo centro médico fue vilmente asesinado en enero de 1982 el ex Presidente de la República Eduardo Frei Montalva.

Hace un año, el panel de expertos internacionales que examinó los restos mortales de Neruda, reunido en Santiago, concluyó que el certificado de defunción, firmado por el prestigioso urólogo Roberto Vargas Zalazar y que citaba el cáncer de próstata como causa de muerte, es definitivamente erróneo. 

Hoy estamos a la espera de que puedan culminar, en laboratorios de Canadá y Dinamarca, las últimas pruebas científicas para esclarecer si la última bacteria hallada en sus restos le fue inoculada para forzar su muerte. Si el Gobierno chileno no aporta los fondos necesarios que lo permitan, y de momento no lo ha hecho, estaremos ante un paso más en su estrategia en pos de la impunidad, junto con la excarcelación de criminales de lesa humanidad y el negacionismo de los crímenes de la dictadura.

45 años después, aún desconocemos la causa de la muerte de Pablo Neruda. Pero lo que sí sabemos es que sus versos y su prosa, así como sus ideales políticos, nos acompañan cada día. Y lo harán siempre.

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