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Jueves, 5 de diciembre de 2019
La historia de un torturador de la DINA

Romo, el pasado en presente (fragmento)

Nancy Guzmán

Osvaldo Romo fue uno de los más sádicos torturadores durante la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet. A continuación, INTERFERENCIA presenta un adelanto exclusivo de la reedición del libro de la periodista Nancy Guzmán sobre este siniestro personaje que publica la editorial independiente Montacerdos.

¿Por qué Romo? 

La debilidad perdona, la verdad no; el odio al mal es un deber... Cuando todos perdonan, yo acuso, cuando todos absuelven, yo denuncio; yo no perdono al crimen. 

—José María Vargas Vila [1]

El año 1994, en Argentina, un exoficial de la Armada [2] que había pertenecido a la fatídica ESMA (centro de detención que funcionaba en la Escuela de Mecánicos de la Armada de ese país) entregó información sobre el destino de algunos detenidos desaparecidos y las formas utilizadas durante la época del "proceso" [3], eufemismo usado por la derecha argentina para la época de la guerra sucia.

Hay que mencionar que este exuniformado, de nombre Adolfo Scilingo —hoy detenido en España por su participación en crímenes de lesa humanidad [4]—, no entregó información sobre el destino de los detenidos desaparecidos empujado por una crisis de conciencia o arrepentimiento por su participación en asesinatos masivos. La razón que lo llevó a entregar información fue su desilusión con los altos mandos de la Armada argentina por no solidarizar con los mandos intermedios de la guerra sucia, quienes fueron llamados a retiro a pesar de las "buenas calificaciones por servicios a la patria". Según Scilingo, ellos "habían derrotado al enemigo en la guerra subversiva" y "estando de paso por la ESMA cumplí órdenes de superiores que ahora son señores almirantes con acuerdo del honorable Senado de la Nación"[5]. 

Cualquier semejanza con la realidad nacional corre por parte del lector.

Ilusionada con la posibilidad de encontrar un Scilingo chileno, decidí acudir al único detenido por violaciones a los derechos humanos en la época, pensando en que tenía razones similares a las del exoficial de la ESMA. Romo estaba abandonado y sometido a juicio por cumplir órdenes, a pesar de que su estatus era distinto porque no tenía —ni había tenido— rango militar.

Romo personificaba el terror de los años de dictadura. Era el símbolo siniestro de una época triste en donde su sola mención provocaba escalofríos. Había llegado a ser conocido a través de las descripciones de sus víctimas en dolorosos relatos que hablaban de pérdidas irremediables. Hablaban de sus manos regordetas, uñas sucias y carcomidas, un rostro redondo grasiento, hedor mezclado con colonia Flaño, un caminar jadeante y lenguaje procaz.

Dadas las características de Romo, lo que nos dice en estas páginas no es siempre la verdad con mayúscula, sino una verdad acomodada para realzar su propio papel y tratar de impresionar al interlocutor con su propia importancia.

Pero no puede superarse a sí mismo. Su inteligencia es escasa y solo le permite inventar pequeños detalles absurdos, intentar acercarse a personas que considera importantes o cambiar nombres al referirse a algunas situaciones.También elabora formas de expresión que repite para proporcionar una imagen engrandecida —en su propio concepto— de sí mismo.

Las mentiras que Romo nos dice en esta larga entrevista son, pues, manchas irrelevantes en un bordado que muestra el turbio mundo de la tortura y el asesinato practicado por el Estado chileno y sus agentes bajo la dictadura de Pinochet. 

"A mí me parió mi madre"

—Yo nací en el hospital San Borja de Santiago, un 20 de abril de 1938. Nací en una sala humilde, en un sector donde la gente de Chile iba a tener... las madres iban a tener su hijo. A mí me parió mi madre, no me trajeron, no me trajo la cigüeña, no me trajo en paquete de regalo, na, me parió, o sea mi madre me tuvo. ¡Ah! Y nací el 20 de abril de 1938.

En medio de un silencio espeso que parecía hacer sentir más fuerte su voz, más impactante cada una de las palabras que brotaban de su boca pequeña y maloliente, desafiando a las cámaras con la mirada interferida a ratos por la desviación de su ojo izquierdo, así, violento como su historia, fue el relato que Osvaldo Romo hizo sobre su llegada al mundo: una mañana de otoño como aquella en que sus ojos habían visto la luz por primera vez. En cada gesto, en cada palabra, emanaba la furia; y los signos aterradores remecían el escaso equilibrio que se puede tener ante un criminal. Romo desnudaba su vida sin tapujos, mostraba sin ambages sus resentimientos en una mezcla de ira y odio contra el mundo y contra quien le había dado la vida: una mujer.

El torturador se comenzaba a apropiar de su papel, desafiaba con la mirada, imprimía su estilo así como cuando en medio de los gritos de dolor de las torturadas les levantaba la venda para hablar: “Mírame, yo soy Osvaldo Romo”. Las cámaras lo excitaban de la misma manera que los recuerdos turbios.

Su madre era parte de sus recuerdos pero no parecía ser un recuerdo dulce. No parecía llevarlo a los sentimientos de nobleza que todo ser humano parece tener en algún rincón de su humanidad. Por el contrario, su recuerdo hacía que brotara la violencia.

La siquiatra Katia Reszczynski, experta en efectos traumáticos de la tortura, analizaba de la siguiente manera las palabras de Romo:

"Él, al decir que «lo parieron», expresa rabia, resentimiento. Se muestra como se siente: un objeto, una cosa. Al eliminar el sentido humano del acto de nacer expresa su brutalidad. Al atribuirle al acto más maravilloso de la vida la imagen despiadada de que su madre lo expulsó, lo echó al mundo como un objeto del que se deshace, se muestra como un deshecho. Habla del acto mecánico biológico desprovisto de sentimientos y de allí su crueldad, su sadismo especialmente con la imagen que representa a la madre. Él devela un sentimiento de rechazo por su madre. Exterioriza que fue no deseado, lo que influyó en su comportamiento. El sentirse rechazado debe haberle provocado una baja autoestima que lo hacía tener comportamientos brutales con los débiles, con quienes estaban incapacitados para defenderse y de admiración por los fuertes, los vencedores, aquellos que tenían el mando.

Las palabras de Romo representan, en síntesis, el resentimiento hacia la mujer, los mismos que expresaba en las detenidas a las que torturaba sin compasión, violándolas para humillarlas, para rebajarlas, para destruirlas y para vengarse de su madre, posiblemente.

Si bien es cierto que este sujeto fue manipulado por quienes tenían más poder, llevándolo a cometer delitos al amparo de la impunidad, nada de eso puede eximirlo de la responsabilidad que tuvo en las muertes y torturas que cometió".

Coincidente con el diagnóstico de Reszczynski es el peritaje siquiátrico de Romo encargado por la justicia al Instituto Médico Legal:

"El mencionado reo presenta una personalidad anormal (del tipo frío de ánimo con rasgos necesitados de estimación)... No puede considerarse como un enajenado mental y su imputabilidad (en caso de ser requerida) médicamente no se encontraría disminuida ni alterada" [7]. 

Por contraparte a la opinión de los profesionales de la salud mental, los políticos de derecha y del gobierno de Eduardo Frei optaron por eludir responsabilidades institucionales en los crímenes y la tortura ante las declaraciones de Romo.

El ministro secretario general de Gobierno, José Joaquín Brunner, estimó que "las declaraciones no merecen mayor comentario. Son expresiones que corresponden a una persona enferma, desquiciada en cuanto a sus valores morales [8]. Por su parte, el exministro de Pinochet Sergio Onofre Jarpa desmintió las declaraciones de Romo con un diagnóstico: "Es un loco. Si usted va a una casa de orates muchos le van a decir lo mismo" [9].

Pero Romo, para mala fortuna de Brunner y Jarpa, no era un loco sino que una personalidad sicopática necesitada de estimación, cuyos rasgos fueron potenciados por su relación con el poder y la tortura. Como todo sicópata, Romo no experimentaba sentimientos de culpa en la forma que los experimenta una persona normal. Pero ello no era signo ni de locura ni de incapacidad para analizar con realismo la situación en que se encontraba.

Por lo demás, la incapacidad de Romo para experimentar culpa es un rasgo común en los altos funcionarios de la dictadura que hoy siguen defendiendo a brazo partido la tortura, las ejecuciones y los lanzamientos de cuerpos al mar ejecutados por sus servicios de seguridad, al punto de proponer la libertad de quienes permanecen detenidos por crímenes de lesa humanidad en Punta Peuco o visitarlos cada cierto tiempo para reconfortarlos. Desde su lógica más pulcra, proponen la "reconciliación" como solución a los "asunto del pasado" o simplemente el olvido por el paso del tiempo.

El mismo peritaje siquiátrico ya mencionado indica que “los rasgos de personalidad que requieren de valoración de terceros representan una motivación constante”. Es decir, en su búsqueda de ser considerado o estimado por sus interlocutores Romo era capaz de actuar amablemente (“durante toda la entrevista”, dice el peritaje, “intenta ser simpático y se preocupa de ser ameno”), de mentir con el objetivo de proporcionar una imagen más “importante” de sí mismo, aunque sea dentro de los límites de una reducida capacidad intelectual que le impide mayor creatividad (como ocurre sin duda en muchas respuestas que nos dio en esta entrevista). Esa búsqueda también lo llevó a torturar y matar para ser bien visto por sus superiores de la DINA y temido por sus colegas y víctimas.

Romo repite el patrón de la mayoría de los personajes que integraron los servicios de seguridad de la dictadura cívico-militar. Sobre la base de una personalidad enferma, pero adaptada —que en otra actividad los habría hecho aparecer solo como sujetos un poco raros— operaba el terrible estímulo de una organización criminal que los recompensaba por actuar con la mayor crueldad posible: que exacerbaba sus rasgos sicopáticos como un medio de sobrevivir y de destacarse.

Esa organización criminal construida por el entonces teniente coronel Manuel Contreras bajo las órdenes directas de Augusto Pinochet no solo estimulaba la crueldad de sus funcionarios, sino que al mismo tiempo los sometía a su mismo terror, a una amenaza constante si no actuaban de esa manera. Como nos dijo el propio Romo: "Con ellos no se juega. Eso no po".

En general, las personas que pueden ser utilizadas para convertirse en torturadores tienen las características de Romo: respetuosos de la autoridad y con una visión totalitaria de la vida, compatible con la ideología de una dictadura o un régimen de este tipo. En esa medida ascienden y son meritorios en aparatos represivos.

A Romo le gustaba complacer a sus jefes y ellos sabían que esa complacencia tenía el objetivo de obtener reconocimiento. Para estimular esa situación perversa, sus superiores le otorgaban la posibilidad de convertir en realidad algunos placeres, dejando que manifestara libremente sus desviaciones. 

En el proceso de torturar o presenciar torturas, el represor acumula tensiones que no puede descargar contra sus superiores o su organización. Estas tensiones las descarga contra quienes son más débiles que él: principalmente los prisioneros y, muchas veces, su propia familia. En la medida de que esas acciones violentas no son castigadas sino premiadas, se desarrolla un sentimiento de omnipotencia y la sensación de poder para hacer lo que se les antoje. El discurso ideológico de la dictadura, que pone énfasis en desposeer a las víctimas de cualidades humanas y en atribuirles culpabilidad para justificar moralmente la la represión, fue el sustento que alimentó la práctica del torturador y lo hace, hasta hoy, sentirse orgulloso de sus crímenes.

En ese turbio mundo de la tortura, la especialidad de Romo eran las detenidas que llegaban a las casas de torturas. Ellas sufrían el sadismo de este hombre de físico voluminoso y respirar jadeante. A las torturas se sumaban las pervertidas obsesiones sexuales de este tristemente célebre émulo chileno del Marqués de Sade.

Las tareas de Romo en la DINA

Para que Romo cumpliera en forma eficiente su despreciable trabajo contó con la confianza de sus jefes directos y superiores, quienes le otorgaron libertades para moverse dentro y fuera de los cuarteles de la DINA. La DINA lo estimuló para que expandiera el terror con el fin de cumplir la meta de "terminar con el enemigo interno".

Sin duda, Romo era uno de los hombres cuya memoria ocultaba retazos de esa verdad tan porfiada y tan sucia que oculta una política criminal de exterminio o, como argumenta el abogado Roberto Garretón, el genocidio. Indudablemente, Romo conocía el destino de algunos detenidos desaparecidos en la primera época de la guerra sucia, o al menos sabía quienes componían parte de las brigadas ejecutoras.

Veamos qué decía en algunas de sus declaraciones judiciales.

En la declaración al Tercer Juzgado del Crimen de San Miguel por el secuestro de Pedro Enrique Poblete Córdova (Rol No22.920-4, fechada el 29 de diciembre de 1992), Romo responde así a la pregunta sobre el paradero de los detenidos desaparecidos:

"Eran llevados a Londres, luego a Cuatro Álamos, y de allí a Tejas Verdes en helicóptero. Desde allí, desaparecían".

Una verdad que se iría comprobando con el tiempo. Los primeros detenidos, después de ser torturados casi hasta la muerte, eran trasladados a helicópteros para ser lanzados al mar.

En el Cuarto Juzgado del Crimen de San Miguel, proceso por desaparición de José Manuel Ramírez Rosales (Rol No 9.527, en un careo entre Nelly Marina Berenguer Rodríguez y Romo el 4 de diciembre de 1992), el torturador detalla:

"Se los llevaban en un camión de la Pesquera Arauco conducido por el suboficial Lucero; en cuanto a los posibles lugares donde los podría haber trasladado reitero que deben haber sido a Tejas Verdes, regimiento del Mamo Contreras; a la base aérea de Tobalaba y desde aquí podrían llevarlos al regimiento Guardia Vieja de Los Andes o a la Colonia Dignidad".

También esto se comprobaría judicialmente con los años y nuevas declaraciones de agentes de la DINA.

El 3 de diciembre de 1992, en la misma causa, Romo responde de la siguiente manera sobre los detenidos que desaparecían:

"Ante la pregunta que se me hace, yo suponía en esa época que los detenidos eran llevados al cuartel de Tejas Verdes, ya que el chofer era de ese lugar".

El 25 de junio de 1993, en declaración judicial por las desapariciones de Martín Elgueta Pinto y María Inés Alvarado Börgel, declara:

"Estimo que el general Manuel Contreras y su grupo tienen que haber sabido cuál fue el destino final de los desaparecidos, sin que ellos hayan intervenido en la acción misma de hacerlos desaparecer, acción que creo fue ejecutada por la contrainteligencia, formada por personas, capitanes hasta el grado de mayor, pues más allá de ese grado no puede ser de la contrainteligencia ningún uniformado. No tengo idea certera acerca de quiénes eran miembros de la contrainteligencia, solo sospechas que estoy barajando antes de llegar a una conclusión definitiva de este punto. Al parecer, serían miembros jóvenes militares y parientes de militares también".

Hay también evidencias que Romo no solo sabía quiénes operaban en el proceso de hacer desaparecer los detenidos sino que él mismo fue el responsable directo de algunas desapariciones. Así, por ejemplo, un exdetenido declaró que quienes lo torturaban hicieron responsable a Romo, en su presencia, de la desaparición de Alfonso Chanfreau: 

"Estando en la sala de interrogatorio, desnudo y amarrado a una litera metálica en donde se me aplicaban descargas eléctricas, sentí que alguien desde la puerta hizo un comentario acerca mío en tono sarcástico. Por la voz reconocí a Osvaldo Romo. Los miembros del equipo que me interrogaba le respondieron diciéndole que él debía hacer aparecer a Chanfreau así tuviera que aprender a bucear, ya que el embajador francés estaba poniéndose pesado. Hasta donde recuerdo el incidente quedó ahí" [10].

El exhibicionismo de Romo fue una constante.Todos los detenidos lo identifican con claridad porque le gustaba presentarse ante ellos para que conocieran su nombre. Esto condujo a que en ocasiones, para impresionar a su auditorio, incluso diera a conocer algunos de los crímenes que cometió. Así declaró uno de los exdetenidos:

"Debo dejar constancia que el propio Romo, me indicó que el habría matado a Jaime Buxxio Lorca y Sergio Flores Ponce... me señaló que lo había hecho porque se habían puesto insolentes. Actualmente estas dos personas se encuentran detenidas desaparecidas" [11].

Las tareas de Romo al interior de la DINA eran operativas y las cumplía en la agrupación Halcón I de la Brigada Caupolicán [12]. Esta agrupación estaba encargada de exterminar al MIR y en ocasiones participaba en operativos destinados a detener a militantes clandestinos de otros partidos políticos, por lo que existe testimonio de su participación en detenciones de militantes del Partido Socialista y del MAPU [13].

Su trabajo diario, sin embargo, consistía en salir a detener militantes del MIR. Ese trabajo tenía algunas variantes: el "poroteo" y las "ratoneras".

El “poroteo” consistía en sacar a algún detenido para que reconociera en la calle a militantes o dirigentes. Los detenidos iban rodeados de agentes armados dispuestos a disparar en caso de intento de escape. 

Las "ratoneras" eran la toma de rehenes en una casa donde se estimaba que podía llegar alguna de las personas buscadas. Para eso se dejaba en el lugar a un grupo de agentes armados que dormía y comía a costa de la familia secuestrada, a la vez que la intimidaban cada vez que sonaba el timbre o, en caso que hubiese, el teléfono. El tiempo del secuestro se extendía hasta que llegaba la víctima.

Citas al pie de página:

[1] José María Vargas Vila (1998). Los divinos y los humanos. Bogotá: Panamericana. 16.

[2] Francisco Scilingo fue capitán de corbeta de la Marina argentina durante la dictadura militar en ese país. Este exoficial de la ESMA participó en 1977 en traslados de detenidos que hoy se encuentran desaparecidos y está detenido en España por orden del juez Garzón.

[3] También llamado “Proceso de Reorganización Nacional”.

[4] El capitán de corbeta Adolfo Alfredo Scilingo fue detenido en 1997 por orden del juez de la Real Audiencia Española Baltazar Garzón tras ser descubierto en México por sus víctimas. En 2001 fue encarcelado en el Centro Penitenciario de Madrid y condenado a veinticino años de prisión, basados en el principio de justicia internacional que determinó que los treinta asesinatos cometidos constituían crímenes de lesa humanidad. En 2017, el Comité Interdisciplinario de la Fiscalía determinó que podía tener salidas diarias. En pocos años podrá estar en libertad por el cumplimiento de edad máxima para estar encarcelado.

[5] Horacio Verbitsky (1995). El Vuelo. Buenos Aires: Planeta. 15-16.

[6] Entrevista con la autora, 15 de junio de 1999. Reszcynski falleció el 18 de enero de 2006.

[7] Cuarto Juzgado del Crimen, querella por la desaparición de José Manuel Ramírez Rosales, Rol 9.527. Informe Médico Legal No 2.226/92 solicitado para la Causa Rol 77.542-11, 10 de enero de 1993.

[8] Diario El Mercurio, Santiago, 23 de mayo de 1995.

[9] Diario La Tercera, Santiago, 21 de mayo de 1995.

[10] Declaración extrajudicial ante la Policía de Investigaciones de Oscar Manuel Zorricueta Lagos, 17 de noviembre de 1992. Causa rol 159.940–159.778 en el Tercer Juzgado del Crimen de Mayor Cuantía, foja 398.

[11] Declaración judicial de Claudio Antonio Herrera Sanhueza. Causa rol 159.940–159.778 en el Tercer Juzgado del Crimen de Mayor Cuantía, foja 272 vuelta.

[12] Declaración jurada a la Comisión de Verdad y Reconciliación de Luz Arce S., octubre de 1990. Tomo I del caso Soria en Fundación Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad.

[13] Casos de Alfredo Rojas Castañeda (militante del Partido Socialista detenido el 4 de marzo de 1975), Bernardo de Castro López (militante del Partido Socialista detenido el 14 de septiembre de 1974) y Mario Edulfo Carrasco Díaz (militante del MAPU de dieciocho años detenido el 16 de septiembre de 1974) en Fundación Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad.

Portada del libro:

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