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Martes, 17 de Febrero de 2026
[Revisión del VAR]

Un elefante arriba del techo

Roberto Rabi González (*)

“Cuando un club diminuto encabeza la tabla, la reacción automática es condescendiente: “ya se va a caer”, “no le va a durar”, “cuando enfrente a los grandes se acaba la historia”. Esa narrativa no es análisis, es defensa del orden simbólico. Es la necesidad de que la jerarquía histórica se imponga para restaurar la calma”.

Deportes Limache es el puntero del fútbol chileno. Sorprende, claro, como un elefante arriba de un techo. Pero, en el fondo, más que una rareza deportiva es una incomodidad estructural. Porque cuando el líder no es uno de los presupuestos altos, ni el plantel lleno de figuras, ni el proyecto presentado con PowerPoint y slogan en enero, la tabla deja de ser competencia y se transforma en espejo. Y el espejo no siempre favorece, sino que a veces es muy cruel.

Limache no estaba en los cálculos de nadie. No encabezaba paneles ni predicciones solemnes. Muchos lo daban incluso como candidato al descenso. Se dirá que apenas van tres fechas. Se dirá que esto recién comienza. Pero algo significa. En un campeonato que suele definirse por pocos puntos, el “Tomate Mecánico” ya tiene capital. Y, sobre todo, tiene funcionamiento. La tabla no premia el prestigio: premia el rendimiento. Ese es el primer golpe incómodo que Limache le da al fútbol chileno. En un medio donde la improvisación es norma, la coherencia básica se vuelve ventaja competitiva.

En Chile se habla demasiado de “procesos” y muy poco de estructura. Se romantiza el proyecto y se naturaliza el volantazo. Se presenta al técnico como arquitecto y se lo despide como fusible. Se habla de identidad mientras se cambia de esquema cada fin de semana. En ese contexto, que un club de ciudad pequeña, sin relato grandilocuente ni hordas de hinchas, sostenga una idea reconocible es disruptivo. Limache no lidera desde el espectáculo de nombres; lidera desde la claridad. Y eso revela algo incómodo: el problema no es la falta de recursos, es la mala administración de los recursos.

Cuando un club diminuto encabeza la tabla, la reacción automática es condescendiente: “ya se va a caer”, “no le va a durar”, “cuando enfrente a los grandes se acaba la historia”. Esa narrativa no es análisis, es defensa del orden simbólico. Es la necesidad de que la jerarquía histórica se imponga para restaurar la calma.

¿Y si no se cae? ¿Y si el problema no es que Limache esté arriba, sino que otros no sepan sostener lo que deberían sostener? En el fútbol chileno la superioridad presupuestaria suele confundirse con superioridad organizacional. Y no son lo mismo. Tener más dinero no garantiza mejores decisiones. Tener más historia no asegura planificación. Tener más hinchas no corrige errores tácticos ni administrativos. Limache no está escribiendo una epopeya romántica; está exhibiendo la mediocridad ajena. Está mostrando que la brecha entre grandes y chicos no es tan estructural como se declama, sino muchas veces solo un espejismo.

Y eso duele.

Duele porque desmonta el discurso de la inevitabilidad. Porque si el puntero no monopoliza portadas, entonces el fracaso de quienes sí las acaparan deja de ser mala suerte y pasa a ser responsabilidad. En un campeonato donde los proyectos se anuncian con grandilocuencia y se corrigen con urgencia, donde se ficha para la foto y no para la función, que un equipo compita con orden parece casi subversivo. Deportes Limache no carga con la obligación histórica de ganar el torneo. No sostiene un relato identitario que se fractura con cada empate. Puede, simplemente, competir. Mientras tanto, otros administran expectativas.

La tabla, en suma, se vuelve radiografía. Y la radiografía no siempre muestra músculo: a veces revela fracturas en la planificación, en la paciencia dirigencial, en la coherencia deportiva. Fracturas que no se resuelven con refuerzos de último momento ni con discursos motivacionales.

El liderazgo de Limache cuestiona una idea instalada: que el éxito en Chile depende de la inercia histórica, que los grandes siempre vuelven a su lugar natural. Pero el fútbol no tiene lugares naturales; tiene rendimientos. Y el rendimiento se construye, no se hereda.

Limache no es una anomalía romántica. Es la evidencia de que el fútbol chileno no necesita más épica declarativa, sino más coherencia competitiva. No necesita más marketing institucional, sino más claridad operativa. Y en eso, hasta ahora, los grandes no han dado el ancho.

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