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Miércoles, 20 de noviembre de 2019
Análisis

Venezuela: La resaca del día después para La Moneda

El fallido golpe diplomático en contra del régimen de Nicolás Maduro deja, una vez más, a Chile como un actor secundario y títere geopolítico en los asuntos de la región. 

Ayer jueves las caras de varios ministros del gobierno lo decían todo. La vocera Cecilia Pérez -que ha sido relegada a un segundo plano desde la crisis política que provocó el asesinato de Camilo Catrillanca- pedía que la ex gobernante Michelle Bachelet, en su calidad de Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, se pronunciara respecto a los acontecimientos de las últimas horas en Venezuela.

El dilema que Ampuero esquivó con su respuesta es a qué Estado se refiere. ¿Aquél que representa Nicolás Maduro, o el del autoproclamado jefe del poder Legislativo?

El canciller Roberto Ampuero, ante la pregunta de la prensa si no debía acaso expulsar a los actuales diplomáticos venezolanos en Chile, dado que La Moneda reconoció el miércoles pasado a Juan Guaidó como ‘presidente encargado’ de Venezuela, dio una respuesta que revela el actual estado de confusión de la cancillería y el gobierno chilenos: “Estamos estudiando la situación”, aseguró el novelista. “Es una situación inédita, a nosotros nos interesa subrayar que mantenemos las relaciones de Estado a Estado”.

El dilema que Ampuero esquivó con su respuesta es a qué Estado se refiere. ¿Aquél que representa Nicolás Maduro, o el del autoproclamado jefe del poder Legislativo?

Los acontecimientos del miércoles, en que una seguidilla de países de América Latina se apuró en pocas horas en reconocer como jefe de Estado legítimo al opositor Guaidó, envalentonaron al gobierno chileno. El presidente Sebastián Piñera, flanqueado por su canciller y una bandera chilena, realizó una declaración rimbombante. Pero después de que Uruguay, México, China y Rusia (estos últimos dos países cuentan con grandes inversiones en Venezuela), además de España y Portugal no reconocieran a Guaidó, respaldando así a Maduro, el planeado “golpe diplomático” derivó en un empate tenso.

En 2002, Chile bajo el gobierno de Ricardo Lagos, fue de los muy pocos países que reconoció como nuevo gobierno de ese país al empresario Pedro Carmona, que había sido ungido presidente tras un golpe militar. Pero menos de dos días después, Hugo Chávez retornaba triunfante al Palacio de Miraflores.

El actual papelón del gobierno y la diplomacia chilena, que tempranamente se sumó junto a otros gobiernos de derecha de la región a reconocer como presidente a Juan Guaidó, al menos tiene la excusa de ser uno de muchos gobiernos que, tras el llamado de Donald Trump, se sumaron a este “golpe diplomático”.

A estas alturas está claro que La Moneda y la cancillería chilenas se dejaron arrastrar por una movida diplomática de Estados Unidos, pero que no están dispuestos a asumir sus consecuencias.

Como sea, el apoyo de Piñera y Ampuero a Guaidó, que ambos renovaron ayer, aunque con menos entusiasmo que el miércoles, debería tener consecuencias directas. Si el gobierno de Chile reconoció oficialmente al líder de la Asamblea Nacional como ‘presidente encargado’ de una supuesta transición, ¿no debería expulsar a los actuales diplomáticos venezolanos que están en nuestro país?

Si Guaidó, de 35 años, dijera que tal persona será el embajador ante Chile. ¿no debería reconocerlo?

En palabras sencillas, si el jefe de Estado y el jefe de la diplomacia chilena dejaron en claro que el régimen de Nicolás Maduro es ilegítimo, ¿no deberían actuar en consecuencia?

A estas alturas está claro que La Moneda y la cancillería chilenas se dejaron arrastrar por una movida diplomática de Estados Unidos, pero que no están dispuestos a asumir sus consecuencias.

Cuando el miércoles Sebastián Piñera anunció que Chile respaldaba a Guaidó. Estaba jugando con fuego. ¿Qué hubiera pasado si el fallido movimiento diplomático continental hubiera resultado en un quiebre de las fuerzas militares y en una guerra civil?

Jugar con la sangre ajena es fácil y también de una irresponsabilidad diplomática enorme. De esta manera, el actual episodio quedará en la historia de relaciones exteriores chilena como una metida de pata más. Y, de paso, demuestra que para ser jefe de la diplomacia chilena no basta con haber escrito novelas o libros de no-ficción sobre la época de la Guerra Fría.

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