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Martes, 28 de Julio de 2026
[Revisión del VAR]

Vozinha y el fútbol que se niega a envejecer

Roberto Rabi González (*)

“Quizá Vozinha tenga una gran temporada. Ojalá así sea. Su rendimiento individual no está en discusión. Lo preocupante es que un arquero de cuarenta años sea considerado una mejor inversión que desarrollar a uno de veintidós y mientras ese modelo no cambie, seguiremos preguntándonos por qué Chile dejó de producir jugadores talentosos, por qué nuestro campeonato perdió atractivo y porque terminamos últimos en la clasificatoria”. 

Colo-Colo acaba de contratar a Josimar José Évora Dias, mejor conocido como Vozinha. Nada contra él; al contrario: llegar a competir con más de cuarenta años en el fútbol profesional es meritorio. Habla de disciplina, profesionalismo y una carrera bien construida, todo ello suponiendo que su rendimiento sea el que mostró en los pocos partidos que la mayoría vimos durante el Mundial. No, el problema no es Vozinha: el problema es lo que su fichaje nos dice sobre el fútbol chileno actual.

El arquero caboverdiano llegará, según se ha informado, con un sueldo cercano a los 47 millones de pesos mensuales. Si permanece una temporada, Colo-Colo habrá destinado, solo en remuneraciones, alrededor de 560 millones de pesos en un futbolista de cuarenta años, mientras destina más de 110 millones mensuales en la remuneración de Arturo Vidal que tiene 39. No es una cifra escandalosa para un club grande si el rendimiento la justifica. Pero ¿qué gana realmente Colo-Colo con este fichaje? Si la respuesta es un arquero de categoría para el primer equipo, el diagnóstico es mucho más preocupante que el fichaje mismo, porque detrás de cada arquero veterano contratado hay uno o dos jóvenes que dejan de jugar. Y para un arquero, probablemente más que para cualquier otra posición, el desarrollo depende de los minutos en cancha. No existen arqueros que maduren en la banca. La experiencia no se entrena; se acumula compitiendo.

Hace años, ya parece una eternidad, Colo-Colo apostó por Claudio Bravo cuando era apenas un juvenil. Universidad de Chile hizo lo propio con Johnny Herrera en su primera etapa. Años después la “U” insinuó aportar, pero sin determinación, por Cristóbal Campos, con un resultado lamentable, en buena medida por esa falta de convicción. Hoy parece que el camino es el inverso: si surge un arquero prometedor, se considera demasiado riesgoso confiar en él y demasiado tentador salir al mercado en busca de una solución inmediata. El fenómeno no es exclusivo de Colo-Colo. Es uno de tantos síntomas propios de la decadencia del fútbol chileno: una liga donde abundan los jugadores sobre los treinta y cinco años y escasean las oportunidades para quienes deberían constituir el recambio natural, en que los resultados deportivos han sido desastrosos.

Cada temporada se anuncian regresos, repatriaciones o contrataciones de futbolistas en la etapa final de sus carreras. Nos cansamos de escuchar el rumor sobre el retorno de Alexis Sánchez, próximo a cumplir 38 años, quien se encuentra quemando sus últimos cartuchos en Europa. Mientras el fútbol formativo en Chile, hace tiempo que no nos sorprende gratamente. Y cuando excepcionalmente aparece un joven con condiciones, el objetivo ya no es convertirlo en el rostro del campeonato, sino venderlo lo antes posible. Ni siquiera a alguna de las cinco grandes ligas europeas; muchas veces basta una oferta desde mercados intermedios —México es probablemente el ejemplo más evidente en América— para que el proyecto deportivo desaparezca en cuestión de semanas. Los clubes necesitan liquidez inmediata, los representantes buscan concretar el negocio y el jugador entiende que difícilmente volverá a recibir otra oportunidad económica semejante.

El resultado es obvio y devastador. La liga pierde talento antes de que alcance su madurez competitiva y, simultáneamente, reemplaza esa pérdida recurriendo a futbolistas cada vez más veteranos. El intercambio es propio de un círculo vicioso: se exporta juventud y se importa vejez disfrazada de experiencia.

Así se explica que Chile lleve años sin producir nuevamente una “Generación Dorada”. No es solamente un problema de formación, es también un problema de visión. Porque formar un jugador cuesta millones. Darle oportunidades cuesta paciencia. Contratar un veterano cuesta dinero, pero evita críticas inmediatas, es más, habitualmente se gana el aplauso cerrado de la galería, sobre todo porque los nombres más destacables suelen asociarse con el rendimiento propio de su “prime”.

En ese contexto, el caso del arquero africano adquiere un significado que va mucho más allá del rendimiento de un guardameta. Representa una lógica instalada en nuestro fútbol: el presente siempre derrota al futuro. Se privilegia la solución de corto plazo, aunque ello signifique menospreciar el desarrollo de quienes deberían sostener al club durante la próxima década.

Quizá Vozinha tenga una gran temporada. Ojalá así sea. Su rendimiento individual no está en discusión. Lo preocupante es que un arquero de cuarenta años sea considerado una mejor inversión que desarrollar a uno de veintidós y mientras ese modelo no cambie, seguiremos preguntándonos por qué Chile dejó de producir jugadores talentosos, por qué nuestro campeonato perdió atractivo y porque terminamos últimos en la clasificatoria. 

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