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Miércoles, 12 de diciembre de 2018
Crónica

Yo aborté este lunes

Claudia Urquieta Ch.

Se estima que unas 70.000 chilenas al año se realizan un aborto. Son cifras que están al margen de las tres causales permitidas desde hace poco. Pero detrás de los números está la realidad. ¿Cómo viven estas mujeres la angustia, la soledad, los peligros y la incertidumbre de interrumpir el embarazo en un país donde está prohibido? Este es el relato de una de estas miles de mujeres, que esta semana se indujo un aborto. Todos los nombres de los protagonistas han sido cambiados para resguardar su identidad.

“Ya. Es la hora”.

La voz de Oriana suena ansiosa. Está ojerosa y cansada. A pesar de todo, intenta parecer tranquila, deja el desayuno que apenas pudo probar y va a su habitación a buscar una pequeña bolsita transparente que contiene seis pastillas blancas.

“¡Vamos a ver a qué sabe esto!”. Es lunes y son las 11 de la mañana.

Una a una, saca cuatro pastillas que pone bajo su lengua y luego programa el celular para que suene en 30 minutos. Las dos que quedaron en la bolsa son de emergencia. El Plan B.

Mientras tanto, Jorge, su pareja, lava los platos.

Oriana se pasea por el pequeño living de su departamento con un buzo rojo y un chaleco gris, mientras intenta explicar que las píldoras son enormes, que no la dejan hablar bien, pero que no saben a nada. Un trago amargo menos.

Las indicaciones que le dieron son simples: luego de 30 minutos debe tragarse lo que no se haya disuelto en la boca y esperar. El efecto puede ser rápido. O pueden pasar hasta tres horas para que su cuerpo expulse el embrión de siete semanas y media que ella no quiere tener, pero que en Chile está obligada a parir si su decisión no encaja dentro de las tres causales que hace poco más de un año permitió a las chilenas una salida en caso de riesgo de vida de la madre, inviabilidad fetal o violación.

Lo que viene es una incógnita. ¿Dolerá mucho? ¿Será efectivo? ¿Funcionará? ¿Y si hay hemorragia?

En Europa, donde Oriana nació y vivió hasta hace cinco años, esta situación sería imposible. La angustia y soledad que ha vivido desde el viernes 7 de septiembre, cuando dos rayas en un test le anunciaron que estaba embarazada, habrían terminado en la misma decisión. Pero en condiciones muy distintas. En su país el aborto es libre y las mujeres son acompañadas y respaldadas desde el propio Estado.  

Han pasado cuatro minutos desde que empezó el procedimiento y Oriana, que tiene 33 años, empieza a hacer ejercicios balanceando el vientre. Una recomendación que le dieron en la organización de mujeres con la que logró contactarse dos semanas después de iniciar una frenética búsqueda para poder interrumpir el embarazo.

Con una aspiración profunda se sienta en posición de yoga en una pequeña alfombra en el living. Jorge sigue limpiando la casa.

Faltan 20 minutos.

“Mastícalo”

-Dígame una cosa. Si usted estuviera en su país ¿abortaría?

-Sí.

El tono del ginecólogo cambió tras esa aclaración. Oriana había entrado a su consulta tres días después de enterarse de su estado y no pudo evitar contárselo llorando.

“Mastícalo”, le recomendó con tono de reproche, junto a una prescripción de ácido fólico, “que la gente que planifica su vida toma antes de embarazarse”, una orden de ecografía transvaginal y otra de sangre.

Se sintió muy sola. Caminó mareada y llorando de vuelta a su casa. Una amiga le habló de la página “Women on Web”, una red internacional que envía pastillas por correo que permiten abortar a mujeres que viven en países donde no es libre hacerlo. El tiempo de espera es de tres semanas. ¿Y si se atrasaban?

Antes de eso, con otra amiga coterránea que había estado en una situación similar -pero que volvió a Europa para interrumpir su embarazo- buscó una opción en otros países de América Latina. Pero no resultó.

La posibilidad de viajar a su país la complicaba. Era muy costoso, y no solo por la plata. Se sentía muy vulnerable y además quería vivir el proceso junto a su pareja. No quería cargar todo sola.

Lo único que tenía absolutamente claro era que la decisión estaba tomada.

Los 30 minutos

-Voy a cerrar la ventana ¿Quieres que prenda la estufa?

-Sí.

-La dejamos en uno para que se mantenga calientito ¿ya? Voy a traerte un guatero.

Jorge pone a calentar agua.

Dan las 11:20 de la mañana. Oriana se acuesta en la alfombra, se acomoda el guatero y su cara refleja angustia. En una radio comentan que La Haya rechaza por 12 votos contra tres la demanda por el mar de Bolivia.

Cuando faltan tres minutos para la media hora que debe mantener las pastillas bajo la lengua, siente que le baja algo como la regla. Empieza a doler. Se sienta a lo indio con el guatero y la manta encima. Su cara refleja dolor y náuseas. Recuerda que iban a venir unas amigas que no llegaron.

-¿Cuánto falta?

-40 segundos.

-Tengo que ir al baño.

Los vómitos se sienten desde el living. Jorge le agarra el pelo y ambos se sientan frente a la taza del baño. Vomita un líquido amarillo y el olor es intenso.

Oriana prefiere encerrarse sola. Ahí siente como dos pesos minúsculos salen de su vagina. “Deben ser los coágulos”, piensa. Afuera, su pareja espera de pie. El tiempo pasa muy lento.

Mercado negro

Luego de una semana de buscar y desechar opciones, una amiga que es enfermera le dio a Oriana un dato esperanzador. Ella había ayudado a otra amiga hace unos meses en una situación similar y todo había salido bien. La clave era una página web donde se podían comprar pastillas para abortar en Chile.

Buscó el link y encontró varios sitios similares que venden el fármaco misotrol o Misopostrol -cuyo nombre comercial es Cytotec-, el que produce contracciones y cuya venta está suprimida en las farmacias, incluso con receta médica. En la misma página estaba el celular del vendedor recomendado. Así que lo contactó por whatsapp. El precio: 180.000 pesos. Sin darse nombres, acordaron encontrarse al día siguiente afuera de una estación de metro en el centro de Santiago.

Nerviosa, fue con una amiga.

Un rato antes del encuentro envió un mail a una organización de mujeres que ayuda a otras en “situación de aborto”, explicándoles que iba a comprar pastillas en la calle. Incluyó su teléfono. El contacto se lo había dado a Jorge una amiga de él que había recurrido a esa agrupación hace un tiempo.

Un tipo de unos 25 años, con pinta de universitario y ropa estilosa, las recibió en unas escaleras fuera de un edificio histórico. Al frente, pasaron dos carabineros. Oriana sintió pánico. Se fueron a caminar los tres y en un breve diálogo el vendedor le dio las indicaciones y le preguntó cuánto tiempo tenía. Cinco semanas y media, le contestó. “Entonces tienes que esperar que el embrión se forme y se escuchen los latidos”. Ahí se enteró que el proceso duraba casi dos días y que el cóctel incluía 22 pastillas: 12 misotrol, 6 mifepristonas (inhiben la progesterona), 2 cefradoxilo (antibiótico) y 2 tramadol (opiáceo).

-¿Por qué vendes esto?, le preguntaron.

-Lo hago por plata.

En la noche empezó a buscar por internet los nombres de los medicamentos. Vio publicaciones que asociaban el misotrol a problemas graves para las mujeres. La cantidad que le habían entregado era enorme. ¿Se los tomaba igual?

Un mail al día siguiente despejó sus dudas. La organización de mujeres a las que había escrito, le advertía “no comprar en la calle, a esos vendedores no les interesa la salud de la mujer. Nosotras te vamos a contactar. Tranquila, todo va a salir bien”.

Les contestó de inmediato. “No puedo estar tranquila, por favor contáctenme pronto, estoy muy angustiada”.

Ese mismo día la llamaron por teléfono. Una mujer con voz amable le preguntó sus datos, cómo se sentía, si había ido al doctor y si se había hecho alguna ecografía. Al saber el tiempo que tenía de embarazo, le dijo lo mismo que el hombre de la calle: tenía que esperar hasta tener 7 semanas. Pero le explicó mejor las razones. Si el embrión no estaba formado, las pastillas tenían menos eficacia. Además, no debía tomar las que compró en el mercado negro. La agrupación la ayudaría a acceder a los medicamentos apropiados.

Además, le pasaron un dato importante. Debía tomarse el misotrol de manera oral. Además de ser más seguro que por vía vaginal, lo hace indetectable en caso de una hemorragia que requiera ir al hospital.

Esa noche Oriana pensó: ¿cómo confío plenamente en una persona que no conozco?

Confíen

Media hora después de que la ecografía que se hizo el martes 25 de septiembre le aclarara que tenía 7 semanas y 3 días de embarazo y que el embrión ya estaba formado, Oriana llamó a la chica de la organización con la que ya había hablado por teléfono un par de veces, mientras esperaba el momento para poder interrumpir su embarazo.

Esta le indicó que se inscribiera en un taller de orientación que se dictaba al día siguiente. Podía ir acompañada, pero sólo de una mujer. Los hombres estaban vetados, luego de varios problemas: algunos se habían conseguido los teléfonos de las mujeres de la agrupación e incluso habían ido a los trabajos a amenazarlas, porque no querían que sus parejas abortaran.

En total había alrededor de 20 asistentes. Todas dejaron sus celulares en una olla metálica, por precaución. Dos mujeres de la organización dirigían el taller. Un poco atrasada, apareció una niña vestida de escolar, de unos 16 años. A Oriana se le encogió el estómago.

Se fijó en el amplio abanico de mujeres que buscaban ayuda. La mayor debía tener unos 35 años. Había una mujer que no tenía agua en su casa. Otra que había quedado embarazada luego de una violación.

“Soy súper privilegiada -reflexionó después- pero si aun así enfrento esta angustia, no puedo ni pensar lo que debe ser para ellas”.

Durante la reunión les describieron con detalle el antes, durante y después del procedimiento. Cómo prepararse, cómo tomar los medicamentos, en qué fijarse para saber si había sido exitoso –deben ver cuando sangren el saco gestacional-, y cómo chequear que no queden restos del feto ni se produzcan infecciones. También les hablaron largamente de los síntomas probables que podrían experimentar: sangramiento, vómitos, diarrea, frío y dolor intenso.

El procedimiento impulsado por la organización es conocido como “método combinado”, que es el que se utiliza en muchos países donde el aborto es libre y legal. Pero con asesoramiento médico, no clandestino.

Consiste en ingerir una pastilla llamada mifepristona, que ayuda a bajar las hormonas del embarazo. Unas 36 horas después se ponen cuatro pastillas de misopostrol bajo la lengua por media hora. O sea, cinco pastillas, menos que las que le vendieron a Oriana en la calle.

Tres horas después la expulsión ya debería haberse producido. En caso contrario, hay que tomar otros dos misopostrol.

Las tranquilizaron diciendo que era seguro, que confiaran. Que en tres años habían ayudado a 8.000 mujeres y que ninguna había tenido mayores complicaciones y que en los pocos casos que sí las hubo, todo terminó bien.

Dos días después de la reunión Oriana recibió un llamado de una mujer de otra organización que le entregaría sus pastillas el sábado. Otra vez sin nombres, le indicó reunirse en el mismo metro en el que se había juntado con el vendedor hacía unas semanas. Se encontró con otras mujeres del taller.

Le entregaron su pack de pastillas. Y Oriana les pasó las 22 pastillas que había adquirido para que investigaran qué tenían y si podían ser peligrosas.

Ese mismo sábado, a las 11 de la noche, tomó la primera píldora indicada.

Una angustiosa espera

Luego de entrar y salir varias veces al baño aquejada por fuertes vómitos, Oriana se acurruca en un mat en el suelo, arropada con una manta amarilla sobre la alfombra del living. Tiene escalofríos y más que dolor se siente muy débil. Ha sangrado poco. Al lado, Jorge adapta un basurero para que vomite.

Tiene miedo de lo que va a pasar. Jorge le acaricia las piernas.

Entre vómitos y diarrea, ya es más de la 1 de la tarde. A la 1:25 llega un amigo cercano. Conversan. Sigue pasando la hora y el sangrado es muy leve. Los vómitos y el malestar empiezan a pasar.

Pasan tres horas y media y se hace un silencio. Oriana se siente bien, ya no tiene ningún malestar. “¿No funcionó?”, pregunta en voz alta. A las 14:26 llama a Marisa, la mujer de la organización. Ella le recomienda tomarse las dos pastillas de emergencia. Y que luego de los 30 minutos que las mantenga bajo la lengua, que se mueva, que haga ejercicios, que baile. Que no se siente, aunque tenga frío y dolor.

Oriana está sorprendida. “Nunca me dijeron eso, que había que moverse”.

Pasadas las tres de la tarde, empieza una escena tragicómica. El amigo la lleva a correr por las escaleras del edificio. Vuelven y se ponen a hacer ejercicio. Oriana no tiene ningún malestar, está bien. Se angustia: "¡Esto no funciona!”

“Esto es lo más surrealista que he vivido”, dice con voz de cansancio mientras con su amigo salta, baila y hace sentadillas por el departamento. Alguien pone música de Spotify para animarla a bailar y moverse. La lista de reproducción se llama “Cumbia, chicha y más”.

A las cuatro de la tarde le vuelven las náuseas, pero muy leves. Media hora después y en medio de la desesperación, decide salir a correr con su amigo por un parque cercano. Allí también hace ejercicios frenéticos en las máquinas.

Mientras corren, Oriana piensa: “Si me dan las contracciones acá, tendría que esconderme entre algunos matorrales”.

Pero nada sucede. Agotada vuelve al departamento.

¿Qué pasa? ¿Qué hay que hacer? ¿Cuánto hay que esperar? ¿Hay que seguir saltando? ¿Ya fue el aborto? ¿Cómo saber?

Llama a Marisa. No contesta.

Han pasado siete horas y el ambiente en el lugar está silencioso pero tenso. Suena el teléfono. Es Marisa. Oriana le describe los síntomas que tuvo las primeras horas: vómitos, diarrea sangrado. Todo muy rápido. “¿Dolor del 1 al 10?”, le pregunta la mujer. “Uno”, contesta.

Pero ahora está bien, con mucha hambre. Y nunca vio nada parecido a un saco gestacional en la taza del baño mientras sangraba. Ni siquiera sangró demasiado. “Es que el saco gestacional pesa, y se puede ir al fondo de la taza, entonces hay que meter la mano al agua para cerciorarse”, explica Marisa. Otro dato que Oriana no manejaba.

Marisa dice que lo más probable es que ya haya abortado. “He atendido a más de 400 mujeres y las experiencias son distintas. Pero todas tienen mucha hambre después”.

“Ojalá tenga razón esa mujer”, dice una exhausta Oriana al final del día. Quizás si al otro día amanece sin náuseas, todo habrá salido bien.

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Comentarios

Comentarios

Todas podriamos estar en esa situación un día. Es lamentable que todavía tengamos que escondernos y aceptar los riesgos de la clandestinidad porque [email protected] no quieren respetar nuestro derecho el más fundamental: nuestra libertad.

mi primera pregunta es???? Como fue que quedo embarazada????, para opinar debo saber lo esencial.

Si me permite Nicole, yo creo que "lo esencial" no está en el cómo quedó embarazada, lo que me parece bastante obvio: después de una relación sexual con un hombre! Además si lee bien el principio del artículo se precisa que su embarazo quedaba al margen de las tres causales. "Lo esencial" en mi humilde opinión es preservar la salud física y mental de esas mujeres que deciden interumpir su embarazo. Ese relato describe la triste realidad a la cuál esas mujeres se tienen que enfrentar:. La angustia, la incertidumbre y el miedo acompañan esas mujeres en un momento durante lo cuál necesitan sentirse apoyadas, seguras y tranquilas. Las cifras. hablan: abortar es un acto cotidiano. Seamos honestos, prohibir el aborto libre es en realidad prohibir el acceso a un acompañamento seguro que permite a la mujer cuidar de su integridad física pero en ningún caso les impide interumpir su embarazo si ella lo decidió asi.

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