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Sábado, 28 de noviembre de 2020
Muerte de un poeta

El escrito más políticamente explosivo de Armando Uribe: 'Carta abierta a Agustín Edwards' (fragmento)

Armando Uribe

Tras la muerte del escritor Armando Uribe ocurrida el 23 de enero, INTERFERENCIA republica parte de la misiva en que el poeta interpela a quien fuera el dueño de El Mercurio a través de anécdotas, vivencias personales, artículos de prensa, lecturas de libros y documentos estadounidenses.

¿Desde qué época el servicio de inteligencia central norteamericano consideró que este Agustín sería un "asset" para la CIA? "Asset" es recurso que sirve para transmitir según su leal entender -leal hacia USA- informaciones reservadas, oportunamente, dado que goza de acceso privilegiado a ellas, y está en condición de sugerir planes de acción en el campo de sus propios intereses. 

El gobierno de EE.UU. compensa esto en momentos de crisis. ¿Cómo? Compartiendo sus datos con el "asset", financiando sus empresas si es necesario para el objetivo mutuo, aceptando sus sugerencias en el mismo entendido. El Mercurio publica los artículos que la CIA le entrega. 

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Armando Uribe. Foto: Qué Pasa
Armando Uribe. Foto: Qué Pasa

El "asset" no es un "agente" ni un funcionario del servicio de inteligencia. Mucho menos es remunerado regularmente. Se trata de un contacto superior de la agencia, disponible para ella y consciente de sus vínculos especiales con ella. En numerosos libros y documentos de casos pasados se revela que "assets" han sido presidentes de sus países, jefes de gobierno y estado, y algunas grandes personalidades. 

En nota al pie de página de un documento oficial de EE.UU. hace 30 años, se dice -el documento fue publicado-: "Mr. Augustín Edwards is the principal CIA asset in Chile". En esa época... ¿y hoy? Con razón él guardaba sus secretos. La "sinrazón" democrática los hizo conocer... 

En los últimos meses de 1969 estaba yo desde hacía un año como segundo de la embajada chilena en Washington DC. Gabriel Valdés me había mandado ahí debido a la elección presidencial de Richard M. Nixon y al nombramiento de Henry Kissinger como su Consejero para la seguridad nacional (más importante que el Secretario de Estado, como se preveía y se vio). Yo conocía sus obras, que lo guiaron, y su carrera anteriores al 66. El ministro de Relaciones Valdés, con quien había conversado al respecto, me dijo que me ocupara de las intervenciones de USA en Chile. 

En esos otros días de otoño septentrional, el 69, con hojas efímeras amarillas por caer en el pavimento de Washington, ciudad en que las áreas verdes perennes del corazón urbano están pobladas de mausoleos recordatorios de sus grandes hombres, y en que la Casa Blanca y el Congreso me parecían ya edificios mortuorios para el Chile por venir, llegó a Estados Unidos Agustín Edwards Eastman, presidente de la Interamerican Press Association (SIP en sigla castellana) al congreso de dicha Asociación o sociedad. Se trataba de la reunión de "editors" propietarios y de directores de todos los diarios más influyentes en el "westem hemisphere". Con fachada frecuente de presidencias iberoamericanas, el poder efectivo en la SIP radica en los norteamericanos obviamente. Además se puede asegurar que todos sus presidentes han sido y son muy, muy amigos de USA, sus políticas, sus hábitos; buenísimos amigos, por ningún motivo -¡blasfemia!-, "antiamericans"... 

Lo acompañaba una comitiva en que se destacaba el ex oficial de la marina chilena Hemán Cubillos (vinculado a la CIA muy estrechamente). El embajador Domingo Santa María los invitó a una recepción en la residencia de la embajada, Massachusetts Avenue. 

Ahí me encontré con Agustín, a quien jamás llamé Duni como sus próximos. Conversamos algo. Yo lo había conocido durante los años 50 en casa de sus suegros, don Hernán del Río y la señora Teresa Fernández, donde yo visitaba a una cuñada suya entonces soltera. 
Me lo había encontrado en otras ocasiones sociales y en exposiciones de pintura u otras. Era un conocido mío, y yo suyo. Nos tuteábamos. 
Aparentemente había adquirido alguna confianza en mí, pues me dijo, en un aparte, que quería decirme algo importante, y que tomáramos desayuno al día siguiente en su hotel, un Sheraton de los de la ITT entonces. Él sabía que yo tenía la plena confianza del ministro Gabriel Valdés (y viceversa), que me había nombrado años antes ministro consejero "de primera clase" y de carrera, luego director político del ministerio y, antes de irme a Washington, director general. Ambos con Gabriel nos habíamos encontrado con este Edwards en más de una vez social. 

Fui al desayuno y me lo encontré solo en una mesa de terraza en el jardín o más bien amplio patio de cemento del hotel. Conversación privada entre los dos; pero en materia de interés público aunque misterioso. Y yo era funcionario del estado chileno. Por lo demás se trataba de un recado. "Tengo que decirte algo. Como ves, yo estoy aquí en Washington, tengo que hablar en el congreso de la SIP. También veré a Nixon. Quiero que compruebes que yo no tengo nada que ver con lo que pasará en Chile próximamente. Nada. No tengo ninguna participación en eso. Conviene que Gabriel sepa que yo soy ajeno a lo que va a pasar en Chile." 

-"Pero, ¿qué va a pasar?" -le dije cuando calló para echar mermelada a una galleta-o "¿De qué se trata?, ¿qué y cómo y quiénes van a hacer ese algo en Chile? ¡Cómo lo sabes!" 

No hubo manera de sonsacárselo. Ningún detalle, ninguna precisión, ningún nombre ni fecha. Se quedaba callado, cambiaba de tema, hablaba de la mermelada, de cualquier cosa, el clima, el tiempo. "Quiero que se sepa que yo no tengo ninguna relación con lo que pase ahora en Chile, y estoy en Washington por un tiempo largo", había repetido más de una vez. 

Tuve que cambiar de tema con él pero diciéndole que lo dicho antes se lo iba a contar tal cual a Gabriel. Edwards estuvo de acuerdo. 

Después de despedimos me fui directo a la cancillería de la embajada en Connecticut Avenue. El embajador Santa María había llegado ya, con la curiosidad de saber qué cosa tan secreta me tenía que decir Edwards, pues yo le había comunicado esta invitación misteriosa a tomar desayuno a solas. Le conté literalmente las palabras y actitud de Edwards. Yo había tomado notas al despedirme de él. 

-Esto es irracional -exclamó Domingo-. ¿Qué está pasando de tan especial y grave en Chile? 

Pasamos revista a todos los hechos presentes que concernían a nuestro país. No había en esos días, que supiéramos, ninguna cosa en particular pendiente dentro de Chile. 

Lo mismo me observó el ministro Valdés por teléfono cuando lo llamamos con el embajador y hablé yo. "No entiendo; pero le repetiré de inmediato a Eduardo (Frei Montalva) este recado del Doonie." 

Pocos días después entendimos. El general Viaux se encerró en el regimiento Tacna, de la guarnición de Santiago, a la espera de adhesión de muchas guarniciones, las que no se pronunciaron, al fin, en su favor. 
Conato de golpe de estado militar. Quedó en conato gracias a Dios (y no al "recado" de Edwards), debido a que no estaban aún maduras las condiciones para el golpe así anunciado. Puede a la vez considerarse antecedente directo del asesinato del comandante en jefe del ejército, general René Schneider, un año más o menos después, cuyo objetivo fue provocar un golpe de estado impidiendo la asunción del presidente Salvador Allende. Viaux fue responsable del crimen. 

El coronel de estado mayor en retiro don José Domingo Ramos señala en su instructivo libro Las cartas del Coronel, que el motín de Viaux comenzó la secuela de intentos de golpe de estado que en septiembre de 1973 maduró -pero no de golpe sino preparado "longi mano" - en las fuerzas armadas, dichas chilenas, así como por el poder imperial de Washington. 

¿Qué sabía Agustín Edwards, y no lo dijo? ¿De quiénes lo supo, y cómo? ¿Por qué tenía tanto miedo de verse involucrado? Y ya sin puntos de interrogación: Estados Unidos estuvo sin duda conectado con Viaux el año anterior al asesinato de Schneider, puesto que para remitirse a él para el "secuestro" que tendía a provocar golpe a fines del 70 necesitaban "tantearlo" desde antes (a través, por ejemplo, del agregado militar de EE.UU, su amigo), pero no les merecía aun confianza ... 

Entretanto supimos con mi mujer en los días de Agustín Edwards en Washington, que había caído con fuerte gripe o influenza a la cama de su hotel. 

En vista de que nos había mostrado una especie de amistad, así como la Malú del Río, su señora -que en Santiago nos había invitado a su casa, pero Agustín no estaba-, decidimos hacerle una visita al enfermo. A mí me había parecido tan vulnerable durante aquel desayuno... (Ingenuidad mía; pero de estar nervioso, estaba.) 

Ocupaba con la Malú un departamento de varias piezas. Ella nos hizo entrar al dormitorio del Doonie, que, apoyado en almohadones, leía en ese momento un gran rollo de télex noticioso, enviado a él por El Mercurio, creo; a medida que desenrollaba la ancha cinta, ésta, culebreando encima de la cama, seguía a sus pies por el suelo del dormitorio y entraba a través de la puerta a la pieza contigua.
Nos quedamos muy poco tiempo "en visita de médico", del todo social y amable. Estaba mejor que el día anterior, tomaba un medicamento nuevo muy eficaz, nos dijo. La Malú agradeció que hubiésemos ido a verlo. No volví a saber de él hasta un año después, a los pocos días de la elección presidencial del 4 de septiembre del 70. 

Dejemos esa ocasión grave en suspenso para recordar una posible situación muy anterior, de relaciones más estrechas con la obra (la llamo así a sabiendas, porque ha llegado a ser el reflejo mismo de Agustín Edwards), la creación más productiva suya, El Mercurio. 
En 1966, Arturo Fontaine Aldunate, intelectual y redactor importante de El Mercurio me había invitado a almorzar a un restaurante llamado francés en calle Merced hacia el Parque Forestal. 

Era un conocido de mi padre, como su hermano Jorge (después presidente, en el período crítico de los 70, de la poderosísima Confederación de la Producción y el Comercio), desde principios de los años 50. A la vez creo haber conocido a Arturo Fontaine en esos mismos años, cuando él escribía en la revista "nacionalista" (más bien protofascista) de Jorge Prat, Estanquero. Era por eso amigo de mi profesor de literatura Roque Esteban Scarpa, presidente del Instituto de Cultura Hispánica y muy franquista. 

Al salir yo del colegio y estudiar leyes, Scarpa decidió continuar las reuniones literarias en el colegio Saint George, pero tarde y ya oscuro. Invitaba a veces a algunos amigos suyos, hombres de letras, para oír nuestras lecturas. Fue el caso de Juan de Dios Vial L., en mis recuerdos, y Arturo Fontaine A. 

Al retorno de mi mujer y mío de estudios de posgrado en Roma, diez años después, hicimos una cierta amistad con Fontaine, que luego sería sub director de El Mercurio y, más tarde, en los 70, su director (alguna vez nos invitó a comer a su casa). 

No lo era aun cuando almorzamos él y yo para oír una proposición que me hizo. Él sabía bien de mis libros publicados y que yo no era malo para escribir en prosa y en diarios. Me propuso ahí, entiendo (creo que me lo dijo) con la conformidad del director Silva Espejo y el propietario Edwards, ser redactor del diario. Me dejó entender que podía hacer carrera ascendente en el diario. Me expuso en confianza cómo éste funcionaba, las personas que tenían facultades decisorias en su política editorial y general, trazándome pequeños retratos de las personalidades que yo no conocía. En fin, quería vivamente que trabajara con él en El Mercurio. 

En esos mismos días yo había recibido la carta del Doctor Kissinger Ph.D. invitándome al seminario de verano en la Universidad de Harvard, sobre relaciones internacionales. Yo sabía de la notoriedad e importancia de ese seminario, pero desconfiaba del Kissinger ideológico transparentado en su tesis A World Restored y otros libros, y en sus artículos y ensayos. Había decidido no asistir, pese a saber que sus invitados de muy distintos países eran los pocos intelectuales políticamente promisorios, es decir jóvenes que estaban destinados a ejercer el poder en futuro próximo. (Así fue, y cuando Kissinger llegó al poder con Nixon en Estados Unidos, contó con una red de amistades en diversos países, formadas en sus seminarios de Harvard.) 

Al tanto (por lecturas mías) ya entonces de las operaciones misteriosas norteamericanas, desconfié de tal seminario. Años después se supo públicamente que esta iniciativa había sido financiada y monitoreada por la CIA. 

Salimos del restaurante y nos fuimos caminando hacia el centro, yo a la oficina de abogados de mi padre y él a la suya en el diario. Cuando íbamos por la vereda que bordea el cerro Santa Lucía, se detuvo y me dijo: "Hay una cosa fundamental que tengo que decirte. Algo decisivo. El que contradice a El Mercurio y no está de acuerdo con los intereses de los Edwards será para siempre nuestro enemigo y El Mercurio no lo perdonará nunca". 

De inmediato pensé que esto me bastaba, y rechacé la proposición. No tengo vocación de mafia. 

Poco más tarde fui nombrado en alto cargo del Ministerio de Relaciones chileno.

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Muchas gracias por informar de verdad

espeluznante relato, como todo lo que rodea a "El Mercurio".

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