En 2022, el mundo entero vio al emir Tamim bin Hamad Al Thani ponerle una capa negra tradicional sobre los hombros a Lionel Messi mientras levantaba la Copa del Mundo.
Fue una de las imágenes más recordadas de aquel torneo. Catar había organizado el Mundial más caro de la historia, construido estadios en el desierto y puesto a un país del tamaño de una provincia en el centro del mundo. Pero su propia selección no ganó ni un punto: tres partidos, tres derrotas, el peor resultado de un anfitrión en la historia.
Catar es una monarquía absoluta gobernada por el emir Al Thani desde 2013. Un emirato del tamaño de la Región Metropolitana que tiene las terceras reservas de gas natural del mundo y una fortuna soberana que se extiende por medio planeta: es dueño del Paris Saint-Germain, de los almacenes Harrods en Londres, de participaciones en Iberdrola y Volkswagen.
Con ese dinero construyó Al Jazeera, la cadena de noticias más influyente del mundo árabe, y compró el Mundial de 2022, literalmente, según muchas investigaciones sobre corrupción en la FIFA. Las denuncias sobre las condiciones de los trabajadores migrantes que construyeron los estadios, miles de ellos muertos en obras, ensombrecieron el torneo antes de que empezara.
En el Mundial 2026 llegan por mérito deportivo por primera vez, clasificando a través de las eliminatorias asiáticas. Juegan en el Grupo B junto a Canadá, Suiza y Bosnia y Herzegovina. El objetivo declarado es modesto pero significativo: ganar al menos un partido, algo que nunca han logrado. La gran figura es Akram Afif, extremo del Al-Sadd, artífice clave de la clasificación. Al frente del banco técnico está el español Julen Lopetegui, ex entrenador del Real Madrid y la selección española.








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