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Viernes, 4 de diciembre de 2020
Adelanto del libro 'Chile B'

Albert von Appen: el nazi que construyó un imperio en Chile

Mauricio Palma Zárate (*)

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Albert von Appen en su época nazi
Albert von Appen en su época nazi

En este extracto de Chile B, que será lanzado a fines de noviembre, se dan a conocer los antecedentes detallados del pasado nacional-socialista de Albert von Appen, el fundador de Ultramar.  

La verde camiseta de Santiago Wanderers lleva en su pecho el logo de la empresa TPS, las siglas de Terminal Pacífico Sur, filial del holding Ultramar, uno de los grupos económicos más poderosos de nuestro país. Su fortuna está avaluada en más de 1.000 millones de dólares. Ultramar es uno de los principales dueños del negocio naviero en el continente, con presencia en Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Panamá, Colombia, Ecuador y Perú. En solo seis décadas, el grupo ha sido capaz de crear un verdadero milagro empresarial y las escuelas de negocios universitarias se rinden ante el espectacular caso Ultramar. Un verdadero ejemplo del libre mercado. 

En diciembre de 2018, TPS se hizo mayormente conocida a nivel nacional por su intransigente postura frente a las movilizaciones de los sindicatos de estibadores de Valparaíso. Fueron 35 días de huelga, el segundo paro portuario más largo en la historia del país, donde el humo negro de las barricadas se mezclaba con el insoportable gas lacrimógeno que parecía adosarse a las paredes de las antiguas construcciones del Barrio Puerto. Estas jornadas de violencia amenazaron incluso con suspender el tradicional espectáculo de Año Nuevo en el Mar. Los portuarios estaban dispuestos a todo. TPS también.  

Hasta el año 2019, si usted hubiese visitado la página web del holding, habría notado el especial cuidado que tenía en resaltar la figura del patriarca, su fundador, el hombre que fue capaz de crear este verdadero imperio económico: Albert von Appen. Con su traje de marinero y mirada sonriente, encantaba en su fotografía de portada, donde destacaban sus virtudes visionarias y emprendedoras. Pero la estrategia de Ultramar cambió. Hoy su figura parece relegada a un segundo plano. Solo es mencionado someramente al relatar la historia de la firma, como queriendo tomar distancia del legado de este hombre que supo hacer de su vida toda una leyenda. Un relato increíble que comenzó a escribirse mucho antes de que se convirtiera en el próspero y respetable empresario, ante el cual los chilenos se rendían debido al poder económico que forjó. 

Y antes, mucho antes de que Albert Julius von Appen Oestman fuera expulsado de Chile, acusado de ser el principal cabecilla de la más grande red de espías nazis que operó en todo el continente sudamericano. 

El orgullo de ser nazi

8 de mayo de 1945. Cuartel Central de la Policía de Investigaciones de Chile. Hasta una de las lúgubres oficinas de interrogatorios llega Hernán Barros Bianchi, jefe del Departamento 50, unidad de elite dedicada a desarticular las redes del nazismo en nuestro territorio. En la fría sala se encuentran los principales instigadores del Tercer Reich en el país: Max Dreher y Albert von Appen. Barros les trae una mala noticia. Alemania se ha rendido. Von Appen palidece.

Permanece largo rato en silencio. Busca una silla y prácticamente se deja caer en ella. Pareciera que sus movimientos le fueran ajenos a su propia voluntad. Estira los pies y echa su cabeza hacia el pecho, haciendo un leve movimiento de negación. No lo puede creer. El sueño del grandioso Reich prometido por el Führer Adolf Hitler ya no tiene sentido. No nacen palabras de su boca. Era la aplastante realidad de la derrota germana.  

Un mes antes, un elocuente Albert von Appen se ponía en contacto con un periodista del diario La Hora para entregar una importante declaración. En ella admitiría su orgullosa filiación al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y detallaba paso a paso su historia para convertirse en el líder del espionaje germano en Chile: “Fui y soy militante activo del partido nazi. No lo niego, así como usted tampoco tendría razón para ocultar su filiación política. Pero sobre toda otra consideración, soy alemán y me siento alemán en cualquier punto del globo. Y como alemán sentí en carne propia la rebelión de mi patria contra los que se oponían a la satisfacción de sus más elementales derechos. Sí, siempre mantuve contacto con Berlín y mi partido”.

Pero ¿quién era este hombre cuya irrestricta lealtad al nazismo lo llevó hasta las remotas tierras sureñas del continente americano, para así contribuir al sueño de consolidar el Tercer Reich en todo el mundo? 

Von Appen nació el 19 de abril de 1901 en Blankenese, un antiguo pueblo de pescadores colindante al río Elba, ubicado en la parte occidental del estado de Hamburgo, Alemania. Realizó sus estudios en el rojizo edificio ladrillado del Realgymnasium de aquella ciudad. Su abuelo y su padre eran navegantes, por lo que su amor al mar lo llevó a ingresar a la marina mercante de su país y entre 1921 y 1924 fue designado capitán. Estando en la línea Kosmos comenzó sus primeros viajes al Caribe y Nueva York y, a bordo del Itauri, navegó hacia los puertos de la costa occidental de Sudamérica, que por esos años, no parecían ser de su completo agrado. En cartas escritas a su hermano Hans, se refería a Chiclayo, en Perú, como “un pueblo de porquería” o al puerto de Pimentel, en el mismo país, como un “pueblucho de mala muerte”. Asimismo, epistolarmente decía gustarle la ciudad de Cali, no así sus habitantes, señalando que los “colombianos son igual de granujas que los polacos”.   

A principios de la década del ‘30 y con el ascenso del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, el tristemente célebre partido nazi, Von Appen comenzó a mostrar sus primeras simpatías hacia las ideas de Adolf Hitler, ingresando a sus filas en 1933. Cuatro años más tarde, el 11 de agosto de 1937, mientras trabajaba de inspector marítimo en la Hamburgo American Line, arribó a nuestro país a bordo del vapor Roda. Viajó acompañado de su esposa Inge Berhmann y sus pequeños hijos Sven y Wolf. Apenas tocaron suelo chileno se fueron a vivir en una pieza del Hotel Prat de Valparaíso. Luego, a una pensión regentada por una ciudadana alemana, hasta que se trasladaron a una vivienda de calle Los Plátanos 2227, ubicada en el conspicuo barrio de Miraflores bajo, en Viña del Mar, en las cercanías del Valparaíso Sporting Club. La joven familia comenzaba así una nueva vida en el lejano Chile.

 

…Y verás cómo quieren en Chile 

Von Appen llegaba a trabajar a un puerto de Valparaíso que en la década del ‘30 podía considerarse más que amigable con los germanos y, en especial, con las ideas nazis. Un ejemplo de ello quedó de manifiesto en la edición del sábado 30 de enero de 1937 de El Mercurio de Valparaíso. En su página 19, un grupo de comerciantes porteños rendía su particular tributo al régimen de la esvástica, bajo la leyenda: “Homenaje del comercio al Reich Fuhrer Adolfo Hitler en el 4° Aniversario de la implantación del Régimen Nacional Socialista”. El inserto era acompañado por un retrato del líder nazi vestido de civil, junto a la publicidad de los firmantes: Sucursal Alfredo Schindler Joyería y Relojería, Peluquería Alemana de Gustavo Rosch, Fiambrería de Diego Parada V., Panadería San Juan de Dios de Arturo Yunge y Cía. Ltda, Café Renania, Galvanoplastía Alemana de José Aldenhoff, Casa Oster Paquetería Alemana y Juguetería Alemana de Gudenschwager y Cía. Ltda.

El cercano vínculo entre Chile y el Tercer Reich no solo estaba circunscrito a la simpatía de la colonia residente. Recientes investigaciones han señalado que durante el año 1937, la administración del presidente Arturo Alessandri Palma ofreció la venta de Isla de Pascua al gobierno nazi, con el objeto de obtener financiamiento para la construcción de dos cruceros para la Armada chilena. Según el investigador húngaro Ferenc Fischer, ambos países mantenían negociaciones secretas desde el año 1935 para vender Rapa Nui. Durante este período, se concretó la compra de 36 aviones alemanes para la naciente Fuerza Aérea de Chile.

La simpatía de nuestro país hacia el nazismo se iría acrecentando a través de los años. Jorge Meiss fue uno de los empresarios hoteleros más importantes en Chile. Hijo de inmigrantes alemanes, en 1946 adquirió la propiedad del más emblemático hotel de Viña del Mar: el O’Higgins. Pero años antes, cuando aún era solo su director, tenía el convencimiento de que si un ciudadano alemán estaba a su lado, todo podía funcionar a la perfección. Por ello, el 2 de diciembre de 1940 ofreció el cargo de conserje en jefe del hotel a un ciudadano del Reich. En carta dirigida al postulante, le señalaba:

“Al ofrecerle este puesto, queremos ante todo tener información de su parte de que comprende perfectamente las obligaciones inherentes al servicio que usted es de nacionalidad legítimamente alemana, sin mezcla de israelismo, para cuyo efecto le rogaríamos quiera tener la amabilidad de darnos un certificado del consulado alemán en ésa”.

Chile jugó a ser la niña bonita durante la Segunda Guerra Mundial, dejándose querer por ambos bloques. Esperaba el momento preciso para subirse finalmente al carro de los victoriosos. Por ello se mantuvo neutral durante casi todo el conflicto. Y en este juego diplomático, en mayo de 1941 aceptó de muy buena gana el regalo ofrecido por el gobierno de Adolf Hitler: la nave Prinwall, un hermoso velero que se encontraba en el puerto de Valparaíso desde 1939. Tras pasar a propiedad de la Armada, este fue rebautizado bajo el nombre de Lautaro, siendo reacondicionado en San Francisco para servir como buque escuela para los jóvenes grumetes chilenos. Años más tarde, en 1945, sufriría un trágico final, al incendiarse con un cargamento de salitre a bordo, frente al puerto peruano de El Callao. 

El gobierno chileno de Pedro Aguirre Cerda quedó más que agradecido con el regalo, escribiendo a Berlín: 

“Ruego a Vuestra Excelencia expresar al gobierno del Reich los sinceros agradecimientos del gobierno de Chile por esta donación, que acepta con viva simpatía”.

Este era el Chile en donde se movía Von Appen, quien mientras trabajaba en Valparaíso, jamás perdió contacto con su partido, cuyo poder político y militar se afianzaba cada vez más en Alemania. El sueño del Tercer Reich era posible y pronto sería llamado para contribuir a la causa.

El publicista Hans Storandt, quien durante años trabajó junto a la firma Ultramar, editó en septiembre de 1994 la única biografía del patriarca llamada Albert von Appen, una crónica familiar. Era un pedido especial hecho para la familia en una edición de lujo de 182 páginas. Una gran investigación, con fotografías e información detallada sobre los orígenes de este poderoso clan. Contrario a lo que uno pudiese creer, en este libro también se aborda de manera abierta su participación como agente saboteador de los nazis. “Albert von Appen era un patriota, luchaba por su país y estaba orgulloso de Alemania, del Reich”, se lee en sus páginas. Uno de sus hijos, Sven, declaró en una entrevista realizada en 2008 que al estallar la conflagración armada, las líneas navieras alemanas dejaron de operar en Chile por lo que su padre quedó cesante, realizando algunos trabajos esporádicos. Sin embargo, no sería la cesantía la causa de los llamados “trabajos esporádicos” de Albert von Appen.

 

El llamado de la esvástica

En 1939 Europa era un verdadero polvorín. El año decisivo para el Führer. El 1 de septiembre Alemania iniciaba la operación Fall Weiss (Casco Blanco), invadiendo Polonia. Se desataba así la Segunda Guerra Mundial.

Cuatro meses antes, en mayo de 1939, Albert von Appen recibió en su oficina de Valparaíso al ciudadano alemán Joachin Rudloff, quien andaba en búsqueda de posibles agentes secretos para el Oberkommando, el Alto Mando de las Fuerzas Armadas Alemanas. Von Appen se sintió orgulloso y muy “honrado con una misión que solo a los elegidos se confiaba”, señalaría años más tarde a la prensa chilena. Dos meses después recibió un telegrama desde la casa matriz de su empresa con la orden de viajar a Alemania. Tomó un vuelo hacia Buenos Aires y de ahí se embarcó en el vapor Monte Rosa hasta Hamburgo. El 27 de agosto se hospedó en el Hotel Ritz de Berlín y tomó contacto con el propio Rudloff, quien esta vez lo pasó a buscar en su vehículo, vistiendo su uniforme de teniente del Ejército alemán. Ambos se dirigieron al Oberkommando. En ese lugar fue presentado ante un teniente coronel de apellido Weber quien le ordenó crear una red de espionaje para el Tercer Reich y sabotear la producción industrial, minera y todo el tráfico naval que tuviese relación con los enemigos de Alemania en Sudamérica. 

Durante cinco días recibió instrucción en una escuela de sabotaje en la capital del Reich, donde tuvo clases teóricas y prácticas a cargo de un científico y un militar. Allí aprendió a preparar bombas explosivas e incendiarias y conoció cómo funcionaban las grandes industrias chilenas. “En Berlín saben más de la estructura de las plantas productoras de salitre y cobre de este país, que los mismos chilenos”, detallaría más tarde . También entendió que, para los alemanes, Chile era un importante objetivo de guerra. ¿La razón? Geopolítica pura: el Estrecho de Magallanes. 
Hitler quería el control mundial y las rutas marítimas resultaban claves para su poder hegemónico. Con el Canal de Panamá controlado por los norteamericanos, Chile y Argentina adquirían una relevancia casi obsesiva para Berlín.

ecesitaban los pasos que conectaban el Atlántico con el Pacífico. Por ello, destinó a una serie de agentes secretos que trabajarían día y noche en el cono sur americano para lograr la destrucción del cruce panameño y, de paso, allanar el camino para que ambos países australes se pusieran de rodillas ante el poderío de la esvástica. Y el futuro hombre clave en esta madeja de intriga, ya finalizaba su preparación en el país que lo vio nacer. 

Durante esos días, Von Appen se preparó para contribuir desde la trinchera del sabotaje a la victoria nazi en el mundo. En su última sesión en Berlín, el teniente coronel Weber le hizo entrega de un alambre de estaño y de algunos fulminantes muy sensibles, señalándole: “Este es todo vuestro equipaje de soldado sin uniforme. Alemania confía en que lo demás, lo hará vuestro patriotismo”, dijo el oficial, juntando los tacos de sus relucientes botas y alzando la mano desde su pecho para estirarla y gritar “¡Heil Hitler!”. 

Von Appen, lleno de orgullo, respondió de igual manera . El gran objetivo estaba claro y para ello, el teniente Rudloff acordó entregarle mensualmente la suma de $6.500. “Se acordó que yo actuaría con el sobrenombre de Apfel (manzana en alemán), nombre que se eligió de común acuerdo considerando el parecido con mi apellido, Von Appen”, diría años más tarde ante los interrogadores chilenos.

Su primera instrucción fue reunirse en Buenos Aires con el entonces jefe de los espías nazis en Latinoamérica, Dietrich Niebühr. Para no dejar huella alguna de su paso por la escuela de sabotaje alemana, tuvo que realizar un largo periplo que contempló primero Rusia, luego Japón, para terminar en Estados Unidos. Desde allí, tomó un vuelo de Panagra con destino San Francisco-Santiago, arribando a Valparaíso el 26 de diciembre de 1939. Entre su equipaje traía inocentes escobillas de pelo, que en realidad eran bombas de alto poder explosivo e incendiarias, las que pasaron inadvertidas en la aduana nacional. “Debía volar usinas, fábricas, barcos. Todas las instrucciones las había aprendido de memoria y durante el trayecto las repetí, interiormente, muchas veces para no olvidarlas”, recordó.

A pesar del extremo secretismo de su misión, Albert von Appen no dudó en comentarle a su esposa sobre la nueva labor encargada por el Reich, apenas llegó al país. “¡Por favor, no me cuentes nada! Yo me debo a los niños. No quiero saber nada”, fue la escueta y tajante respuesta de Inge. Semanas más tarde, el nuevo agente secreto comenzó a cumplir fielmente la tarea encomendada desde Berlín. 

La manzana entra en acción

A mediados de enero de 1940, Albert von Appen viajó junto a su familia hasta Osorno. Allí fueron recibidos en casa de su cuñado, Uwe Behrmann. Von Appen dejó bajo su cuidado a Inge y a los pequeños Sven y Wolf, y desde allí enfiló en solitario hacia Bariloche con destino final Buenos Aires. Llegó a la capital argentina el 1 de febrero y se reunió de inmediato con Dietrich Niebühr, quien le entregó otra buena suma de dinero y fulminantes, los cuales fueron depositados en una caja de seguridad en el Banco Germánico.

Von Appen creía que la capital de Argentina era el lugar ideal para atacar barcos ingleses, tomando en cuenta que en Chile no eran muchas las embarcaciones de la Corona que recalaban en Valparaíso. Para Apfel, solo el puerto de Tocopilla reunía las características apropiadas para algún tipo de sabotaje, debido a las faenas de carga de salitre que allí se realizaban. Por esta razón, no perdió tiempo alguno mientras estuvo en Buenos Aires. Allí se reunió también con José Leute, quien tenía una fábrica de mecánica industrial. Al llegar al lugar, Von Appen extendió un plano para construir explosivos, señalándole a Leute el alambre de aluminio específico que necesitaba para las bombas de tiempo que serían llevadas a bordo de los vapores ingleses. Este último instruyó a su tornero a que fabricara varias piezas. Apfel se fue satisfecho y pagó $750 pesos.

Finalizado su primer periplo en Buenos Aires, en abril de 1940 Von Appen retornó a Chile y pasó a recoger a su familia en Osorno. Una vez en Valparaíso, comenzó a reclutar agentes y mover sus tentáculos para la realización de los primeros sabotajes tanto en territorio nacional como en los países vecinos, uno de los cuales tuvo un mortal fracaso cuando en la capital argentina, al intentar dinamitar el vapor británico Gascony, la única víctima fatal fue el propio portador de la bomba. De inmediato se decidió suspender las operaciones en el cono sur americano, generando de paso la ira de los hombres del Oberkommando que, desde Berlín, dirigían el actuar de sus soldados saboteadores.

Al mes siguiente, Von Appen retornó a la capital de Argentina, donde se reunió con Heinz Göhl y Heinz Lange, a quienes hizo entrega de 20 relojes con sus respectivos detonadores. El sistema de bombas estaba diseñado para ser instalado en las bodegas de los barcos que estuviesen por zarpar, con el propósito de hacerlos explosionar en aguas internacionales. Luego de ello, Apfel viajó a Río de Janeiro para reunirse con Boris Max Dreher y Georg Friedrich Blass, más conocido como el Doctor Braun, otro importante líder de la red de espías nazis en Latinoamérica. A pesar del sigilo, todas estas reuniones ya estaban siendo vigiladas por el FBI norteamericano, que había creado el Servicio Especial de Inteligencia (SIS) y cuyo objetivo central era recoger información de las principales actividades nazis en los países occidentales. Desde ese momento, los hombres dirigidos por John Edgar Hoover comenzaron a centrar sus miradas en las operaciones realizadas por Von Appen quien, según consta en los archivos desclasificados por este organismo, ya era sindicado como el hombre “quien está a cargo del sabotaje en Chile y Perú”.

Concluye mañana

(*) Periodista, autor –junto a Daniel Avendaño- de los libros El rebelde de la burguesía: La historia de Miguel Enríquez, Chile América-CESOC, (2001); y El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile, (Ediciones B), 2016. Chile B, Narrativa Punto Aparte, Valparaíso; incluye siete historias de aspectos muy desconocidos de la historia reciente y estará a la venta a partir del 30 de noviembre.

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Comentarios

Comentarios

Veo objetividad en sus investigaciones

Muy entretenido el relato. Me quedo espectsnte de la continuación. Saludos

Hay cosas que suceden o sucedieron en nuestro querido Chile que nadie nos las ha contado como en este relato o adelanto del Chile b.

Hay algún rico en este mundo que halla siseo honrado? Es decir que halla hecho su fortuna, sin engañar, estafar, explotar y robar? Busquen uno solo y me lo presentan Ahora, me pregunto de los que critican tanto a esto señores, ¿ cómo actuarían en el lugar de ellos? Es decir teniendo las mismas oportunidades y astucias de estos que lograron enriquecerse¿ serían Yam honrados y cabales? Cuando mucho se critica y denuncia, veo en ello mucha envidia y codicia no satisfecha.

Interesantes algunos reportajes

Este reportaje no aporta nada. Del pasado no se vive hoy. Lo importante es que Miles de familias se han beneficiado con esta empresa. Familias chilenas.

Hay un poco de sesgo politico en el articulo, cosas inverosimiles como que el presidente alessandri tendria simpatia por el nacional.socialismo y al.mismo tiempo mando a exterminar a los nacistas del.seguro obrero, creo que se trata de enlodar a una buena persona que ayudo mucho a valparaiso por su pasado NS que recordemos que se volvieron malos despues de 1945, por lo tanto, resulta anacronico cualquier tipo de estigma politico, por lo demas muy interesante la histora de von appen.

Pareciera que esta veta de negocio no se acabará jamás: entre a cualquier librería y encontrará al menos dos "obras" nuevas contra los hitleristas. Que la bailarina del Reich, que el lustrabotas del Führer, que la amante de Goebbels, etc. Elija usted, nadie se escapa. Tampoco los Appen que fundan un orgullo de empresa para Chile y fuente de trabajo para tantos compatriotas pero no, uno de ellos traía una escobilla para el pelo donde se escondía suficiente explosivo para destruir industrias y barcos en nuestro país (¡tecnología de 1939!). ¿No se aburrirán nunca los sionistas y masones de tanta mentira? Parece que aún cuentan con suficientes tontos crédulos.

Un relato Muy Interesante de la Vida de una Persona con ideas Futurista, tal como lo fueron Caupolicán, Sócrates, Bhudda, Lee, Prat, y hoy Trump en la Lucha contra el Comunismo/Marxismo Inhumano.

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