Por estos días, dos hechos recientes ilustran una tendencia que podría terminar redefiniendo el fútbol chileno: el avance en el Senado para poner fin a la multipropiedad de clubes profesionales, dentro de una reforma más amplia a las Sociedades Anónimas Deportivas Profesionales (SADP) , y la reactivación de la Corporación de Fútbol de la Universidad de Chile (Corfuch), la histórica entidad social que representa a los hinchas y que, tras casi dos décadas de inactividad, vuelve a tener movimientos relevantes.
Estos dos eventos, en apariencia dispares, son en realidad capítulos de un mismo movimiento: la búsqueda de devolverle al fútbol chileno algo que las SADP —por diseño o por abuso— han contribuido a erosionar: el sentido de comunidad, de identidad y el rol social del fútbol, distante de la actual lógica en que el balompié es única y exclusivamente un negocio especulativo.
Efectivamente, el reciente avance en la Comisión de Constitución del Senado para terminar con la multipropiedad —donde una misma persona o grupo puede ser dueño de más de un club, directa o indirectamente— no es un detalle técnico (como suele presentarse), sino una medida con consecuencias profundas para la integridad de la competencia. La prohibición absoluta que se discute —que incluso impide participaciones mínimas en segundos clubes y obliga a transparentar los beneficiarios finales— tiene como objetivo enfrentar una realidad insostenible: cuando intereses económicos dominan más que pasiones deportivas, el fútbol deja de ser deporte y pasa a ser negocio cruzado. La experiencia internacional ya ha mostrado cómo los grupos multipropiedad pueden manipular mercados de jugadores, manejar prioridades entre equipos y vaciar el valor competitivo de ligas completas, en la medida que pueden sin mayor dificultad incidir incluso en los resultados de los partidos.
En Chile, casos como la posesión simultánea de Limache y San Luis ilustran cómo estas dinámicas pueden distorsionar el sentido de justicia deportiva y debilitar la credibilidad del campeonato. Poner fin a esta práctica no sólo es un paso técnico, es una declaración normativa: el fútbol chileno quiere ser un espacio donde la competencia sea real y transparente.
dsc_0119.jpg

Si la reforma en cuestión apunta a desmontar lógicas abusivas del capital en el fútbol, la reactivación de la Corfuch hace ver con nitidez otra dimensión: la vuelta del socio, del hincha, de la comunidad organizada como actor legítimo dentro del ecosistema del deporte. La Corfuch, fundacional en los destinos de la Universidad de Chile y silenciosamente apagada por más de 19 años, retoma su vida institucional en un momento donde la base social de los clubes reclama más participación, más voz y, sobre todo, más protagonismo. Aunque hoy no tenga representación directa en el directorio de Azul Azul —la SADP que administra al club— el simple hecho de su reactivación reabre un debate mayor: ¿puede el fútbol volver a encontrar su raíz social, más allá de la racionalidad del mercado? ¿Puede la Corfuch después de haber sido declarada en quiebra y luego haber salido de ella retomar su rol a cargo del fútbol de la “U”?
Este retorno no es una nostalgia inocua, sino la constatación de que los hinchas no son consumidores pasivos, sino titulares de una parte esencial del patrimonio cultural del fútbol. Si la reforma legal mira hacia afuera —hacia los dueños, las acciones, los registros públicos— la Corfuch mira hacia adentro: a la relación entre club y comunidad: su retorno fue producto del trabajo silencioso y sin pausa de muchas personas naturales a las cuales solo las motiva volver hacer de la U una familia y sacarla de las garras de los despiadados monstruos de los mercados, que solo persiguen su riqueza personal. Como Sartor.
En suma, lo que ocurre hoy no es un rechazo simplista de las SADP, que se podría asociar al paupérrimo rendimiento que ha tenido nuestro fútbol a nivel de selecciones y clubes. Si solo los resultados son los que mandan, no cabe la menor duda de que nuestro fútbol nunca ha estado peor. Jamás. Eso es evidente.
No, no es solo eso: somos testigos de una reconfiguración del equilibrio entre capital y comunidad. Después de años donde las sociedades anónimas parecieron imponerse como modelo único, emerge una crítica cada vez más sólida: el fútbol no puede ser exclusivamente un negocio financiero, porque independientemente de los resultados, el rendimiento y de de las ganancias, es una lógica que lo desnaturaliza. Deja de ser fútbol, como siempre lo conocimos.
dsc_0455.jpg

La ley que pone fin a la multipropiedad y promueve mayor transparencia no solo busca corregir distorsiones administrativas; apunta a crear condiciones para que la competición sea leal, real y correspondida por los hinchas. Al mismo tiempo, la reactivación de la Corfuch sugiere que la puerta no está cerrada para modelos en que los socios e hinchas recuperen agencia y reconocimiento.
Si el fútbol chileno logra, con estas iniciativas, acercar el rumbo a los principios de transparencia deportiva y participación comunitaria, estaremos asistiendo a un renacimiento del proyecto futbolístico como bien colectivo, no como una mera mercancía financiera.
Y eso, más allá de los resultados deportivos, merece celebrarse.








Comentarios
Añadir nuevo comentario