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Sábado, 31 de Enero de 2026
[Interferencia América Latina]

En marzo comienza el “síndrome Doña Florinda”

Carel Fleming (desde Washington D.C.)

En Chile, ese síndrome tiene nombre propio desde hace años, pero ahora se verbaliza sin pudor. Las palabras: “roto”, “picante”, “flaite”, son la “chusma” en Chile. No es un insulto marginal, sino que ahora se usa como categoría política. La derecha dura la aplica para marcar territorio moral. Y lo más inquietante es que esa retórica es amplificada por sectores populares que votan contra sí mismos, convencidos de que pertenecen a otra sociedad, aunque nunca salen de la vecindad. 

La teoría del “síndrome de Doña Florinda”, desarrollada por el escritor argentino Rafael Ton, describe una patología social: el desprecio aspiracional. Gente popular que, en lugar de reconocerse como parte de una estructura desigual, se alinean con las élites, que a pesar de que no los toman en cuenta, desprecian a quienes consideran “más pobres” o la “chusma” para sentirse “más arriba”. En Chile les llaman: “Fachos pobres”. 

Doña Florinda no odia al sistema que la precariza, odia a Don Ramón y a la “chusma” de su vecindad a pesar de que vive ahí mismo. No interpela al poder, lo imita. No cuestiona la injusticia, la disfruta. En esa caricatura televisiva, Ton identifica una lógica profunda y persistente en América Latina, donde la identidad política se construye más desde el rechazo al semejante que desde la conciencia de clase.

En Chile, ese síndrome tiene nombre propio desde hace años, pero ahora se verbaliza sin pudor. Las palabras: “roto”, “picante”, “flaite”, son la “chusma” en Chile. No es un insulto marginal, sino que ahora se usa como categoría política. La derecha dura la aplica para marcar territorio moral. Y lo más inquietante es que esa retórica es amplificada por sectores populares que votan contra sí mismos, convencidos de que pertenecen a otra sociedad, aunque nunca salen de la vecindad. 

El triunfo de José Antonio Kast y el inicio de su gobierno en marzo no crea este fenómeno, pero lo acelera. Le da marco institucional. Lo que antes era resentimiento disperso hoy se transforma en identidad política. Ser “facho pobre” ya no es una contradicción: es una bandera, un modo de diferenciarse de la “masa” y del “roto” aun cuando comparten las mismas carencias: “Cuma” contra “flaite”. ¿Cuál es la diferencia? Exacto, ninguna. 

Los “Doña Florinda” de Chile, tienen la esperanza de que con Kast dejarán la vecindad por un barrio exclusivo y vivirán junto a sus Kikos, felices lejos de la “chusma”. Lamentablemente, han pasado años, múltiples gobiernos y aún siguen ahí. En el mismo pasaje del barrio y menospreciando a sus vecinos.

Cuando en la televisión entrevistan en las poblaciones a los “florindistas”, ellos dicen que están bien y que: “el peligro y la pobreza está a unas cuadras más pa’ dentro”, y cuando se llega a ese sector, otros responden lo mismo. Siempre hay alguien inferior. El vecino es el flaite o el roto, ellos no, tal como Doña Florinda ve a Don Ramón, y éste ve al “chavo”. 

El síndrome de Doña Florinda opera cuando el miedo reemplaza a la solidaridad. Miedo al que protesta, al que exige, al que incomoda. Miedo a caer más abajo, aunque ya se esté abajo. En ese escenario, el discurso del orden y la mano dura funciona como tranquilizante simbólico: no promete bienestar, promete castigo para otros y tener muchas cárceles.

Kast entiende ese código. Su narrativa no habla de redistribución ni de derechos sociales, habla de mérito, disciplina y enemigos internos. La “chusma” es el otro necesario para consolidar una identidad que se define por exclusión. No importa que ese otro sea el vecino, el primo o uno mismo hace diez años. Esto le ocurre a los Carabineros, que, a pesar de habitar en las mismas poblaciones pobres, se ven en un espejo, colgado en paredes de adobe o madera, como superior a los de su cité. 

La paradoja es que el desprecio baja en cascada. Las élites desprecian a los sectores medios, los sectores medios desprecian a los populares organizados, y los populares aspiracionales desprecian a la “chusma”. Nadie mira hacia arriba. Todos miran hacia abajo buscando a quién culpar.

En este clima, la división social deja de ser solo económica y se vuelve moral. No se trata de quién tiene más o menos, sino de quién “merece” y quién no. La pobreza deja de ser un problema estructural y pasa a ser un defecto personal. El pobre “correcto” es el que obedece, el que calla, el que agradece, el sometido. 

El síndrome de Doña Florinda se vuelve especialmente funcional a gobiernos conservadores porque desplaza el conflicto. Ya no es pueblo versus poder, es pobres contra pobres. La política se vacía de proyectos colectivos y se llena de identidades defensivas, ansiosas de aprobación desde arriba.

Chile entra así en una etapa delicada. No porque se radicalice la izquierda, como se repite hasta el cansancio, sino porque se normaliza el desprecio. Se institucionaliza la humillación como forma de gobierno. Se gobierna no para integrar, sino para separar, clasificar y señalar.

Los “fachos pobres” no son un insulto, son un síntoma. Son el resultado de décadas de abandono, educación desigual y promesas incumplidas. Pero también son el producto de un relato que les ofrece pertenencia simbólica a cambio de renunciar a la empatía por los demás. 

El riesgo para el gobierno de Kast no es solo la protesta social, sino el desgaste interno de esa identidad. Cuando el orden no trae prosperidad y el castigo no mejora la vida, el relato se agota. La frustración vuelve, y esta vez no encuentra a quién despreciar sin mirarse al espejo.

Rafael Ton, advierte que el síndrome de Doña Florinda se reproduce con la humillación y se debilita con la dignidad. Mientras el debate público siga celebrando el desprecio como virtud, la fractura social seguirá profundizándose.

Superar el síndrome de Doña Florinda implica reconstruir un “nosotros” donde hoy solo hay competencia y miedo. Implica recordar que nadie asciende despreciando al que tiene al lado, y que ningún país se ordena a punta de humillación.

Kast, debe cuidar que el hambre y las necesidades del “chavo” no aburran a sus “kikos” ni a los “fachos pobres” como “Don Ramón”, ya que en marzo comienza la nueva “vecindad chilena” que no será bonita cuando salgan a las calles la “chusma” y las “Doñas Florinda” a exigirles lo prometido, mientras los carabineros les disparen “sin querer queríendo”. 

La serie durará cuatro años. Y si los capítulos no son del gusto de los “señores Barriga”, dueños del nuevo presidente y sus ministros, bajarán el telón y Kast no podrá decir: “es que no me tienen paciencia”. 

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