Las secretas conversaciones entre Estados Unidos y Cuba son el intento de una transición controlada de la isla. El fin de la revolución con dos elementos centrales: el exilio a Rusia de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, y el nombramiento de un nuevo presidente que nadie esperaba. Un duro golpe a la dictadura de 67 años.
El escenario elegido es Ciudad de México, y con la presidencia de ese país actuando como mediadora discreta. Fuentes mexicanas cercanas a las negociaciones señalan que están avanzando y que Cuba no tiene muchas opciones desde que se bloqueó la ayuda de Venezuela. No hay comunicados oficiales ni fotos para la prensa. Solo hoteles cerrados, salas reservadas y un acuerdo tácito de silencio que busca evitar filtraciones y sabotajes de Rusia y China.
Por La Habana se sienta Alejandro Castro Espín, general de brigada y jefe de inteligencia y contrainteligencia, e hijo de Raúl Castro. Del lado norteamericano participan altos funcionarios de la CIA (Agencia Central de inteligencia). No son diplomáticos tradicionales: son operadores entrenados para negociar salidas, garantizar lealtades y minimizar riesgos.
La propuesta es cruda y pragmática. El mismo manual de Venezuela. Una subordinación sin un cambio total de régimen, pero sí de su cúpula. Él nuevo presidente sería Alejandro Castro Espín, que puede controlar a la cúpula cubana. Raúl Castro y los viejos generales abandonarían la isla con salvoconductos políticos, protección personal y destinos definidos. A cambio, se abriría un proceso interno que permita recomponer relaciones económicas, estabilizar el flujo migratorio y evitar un colapso que podría desbordar a la región.
En Chile y en otros países de la región el clima es de inquietud. Existe el temor real de que, como parte del acuerdo, comiencen a aparecer nombres de espías, informantes o aliados externos del aparato cubano. Y no serán, como muchos imaginan, figuras de izquierda. La lista incluiría: empresarios, políticos, ex ministros y operadores de derecha que durante años jugaron a dos bandas.
Pero toda transición necesita un rostro que cargue con el costo. En este diseño, ese papel recaería en Miguel Díaz-Canel. De no aceptar la oferta del exilio, entonces pagaría con prisión, mientras el resto del poder se retira ordenadamente por la puerta trasera.
Aunque Cuba evita hablar de las secretas negociaciones con Estados Unidos, poco a poco han tenido que reconocer, ante las filtraciones, que les interesa juntarse con sus homólogos norteamericanos. Así lo señaló Díaz-Canel, en un mensaje al país en el que aseguró que “su gobierno está dispuesto a dialogar con Estados Unidos para construir una relación entre vecinos y civilizada". Luego advirtió que el acercamiento entre ambos países debe producirse "sin presiones y en una posición de respeto a la soberanía". Sin embargo, las reuniones llevan tiempo y el líder cubano no tiene mucho que decidir ya que es Alejandro Castro Espín, a quien Washington escucha.
No es casual que, en paralelo, bancos extranjeros donde Cuba mantiene recursos ya hayan recibido instrucciones para mover fondos. El dinero se adelanta a la política. Las cuentas cambian de nombre, los destinos se redireccionan y las bóvedas se preparan para una redistribución que confirma que el tablero está en movimiento.
En Chile y en otros países de la región el clima es de inquietud. Existe el temor real de que, como parte del acuerdo, comiencen a aparecer nombres de espías, informantes o aliados externos del aparato cubano. Y no serán, como muchos imaginan, figuras de izquierda. La lista incluiría: empresarios, políticos, ex ministros y operadores de derecha que durante años jugaron a dos bandas.
Encontrar a los chilenos que espían para La Habana, no es difícil. Conservadores que critican a Cuba en entrevistas y redes sociales. Otros se refugian como ministros, embajadores, senadores y diputados. Todos adictos al sexo con travestis, homosexuales y prostitutas. Es la debilidad por la que la inteligencia cubana los reclutó.
La Habana no busca informantes de izquierda, esos son aliados. Estados Unidos sabrá pronto esos nombres y las listas estarán ofertándose en varios países. Son décadas de informantes y espías en que las agencias norteamericanas querrán saber quiénes de sus ciudadanos y del mundo espiaron para Cuba.
Ese eventual destape amenaza con sacudir sistemas políticos completos. Gobiernos que hoy predican orden y seguridad podrían descubrir que parte de su propia elite estuvo vinculada a la inteligencia de La Habana, ya sea por conveniencia económica, protección personal o simple oportunismo.
La negociación también busca cerrar una etapa histórica: la del exporte ideológico cubano como herramienta de influencia regional. Washington entiende que ese modelo está agotado, y La Habana sabe que ya no tiene músculo financiero ni respaldo geopolítico suficiente para sostenerlo sin concesiones mayores.
Por eso el énfasis está puesto en una salida “limpia”, aunque de limpia tenga poco. Se trata de administrar derrotas, comprar silencios y ofrecer refugios dorados a quienes todavía controlan resortes militares y de seguridad dentro de la isla.
México juega aquí un rol incómodo pero central. Funciona como puente, garante y anfitrión, sabiendo que cualquier filtración podría incendiar su propia política interna y convertirlo en blanco de críticas desde ambos lados del espectro.
Mientras tanto, en América Latina se multiplican las llamadas reservadas entre cancillerías, servicios de inteligencia y ministerios del interior. Nadie quiere ser sorprendido por revelaciones que expongan complicidades pasadas justo cuando la región atraviesa un momento de alta fragilidad institucional.
La pieza más delicada es el relato público. ¿Cómo explicar que los símbolos del régimen se van al extranjero mientras un presidente queda como chivo expiatorio? ¿Cómo justificar que los verdaderos arquitectos del sistema parten con protección internacional y acceso a sus fortunas?
Lo que se negocia no es solo el futuro de Cuba, sino también el cierre de un ciclo de operaciones encubiertas que atravesó décadas y fronteras. Y, con él, la posibilidad de que salgan a la luz archivos, nombres y pactos que muchos creían enterrados.
Si este acuerdo se concreta, no habrá celebraciones ni discursos épicos. Habrá silencios largos, viajes discretos y un reordenamiento de poder que dejará heridas abiertas en más de un país.
Porque cuando las transiciones se pactan en hoteles y no en plazas públicas, la historia no la escriben los pueblos. La escriben los que consiguen asiento en la mesa.
Triste final para la revolución cubana. Ni patria, ni muerte. Solo exiliados, prófugos y nuevos “gusanos” que comenzarán a entregarse entre ellos como ocurrió en Venezuela. Paradójicamente, a los Castro, la historia no los absolverá.








Comentarios
Añadir nuevo comentario