Hay algo profundamente contradictorio en la Universidad de Chile. La institución que, en el fútbol, probablemente tiene una de las hinchadas más grandes y apasionadas del país, lleva años siendo tratada como si fuera una empresa en busca de comprador. Ahora vuelve a aparecer la posibilidad de una venta. El número es conocido: 63%, el paquete accionario que, tras la resciliación de la venta del FIP Tactical Sport, vuelve a quedar bajo el control del liquidador de Sartor. Y ahora aparece un nombre que, por lo exótico, parece escrito para alimentar la imaginación futbolera: Musaad bin Khalid Al Saud.
Un príncipe saudí. Empresario. Con experiencia en fútbol europeo. Fue presidente del Sheffield United. Un hombre que, a diferencia de tantos inversionistas que han orbitado el fútbol chileno, al menos conoce desde dentro lo que significa administrar un club profesional. Pero aquí conviene hacer una pausa.
Las posibilidades de venta del mentado 63% aún no están definidas ni sabemos quiénes podrían estar interesados. Y, por cierto, podría ser que no fuera un solo adquirente que se transforme en el nuevo controlador. Pese a que, sin duda es lo más probable. A todo evento, todos aquellos a quienes el fútbol y el fenómeno social nos interesa más que los negocios, lo que esperamos (incluso, creo, los rivales) es que los adquirentes no solo entiendan lo que compran, sino que además tengan sensibilidad suficiente con la naturaleza profunda de la operación.
Soy de aquellos disconformes con el sistema. Me gustó ver mi opinión refrendada por un histórico de nuestro fútbol como David Pizarro, quien ayer propuso entender la crisis como una oportunidad y modificar el sistema para que se parezca al tan virtuoso modelo alemán que, en sus rasgos más gruesos impide que los inversores externos tengan el control del club: los socios deben conservar, como regla general, el 50% más uno de los derechos de voto.
Sin embargo, el entorno aún no parece apto para cambiar los cimientos. Demasiada confusión, demasiados nombres y sociedades comprendidas en la investigación a cargo del fiscal Juan Pablo Araya, distraen. Ese trabajo se lo deberíamos dejar a él y pensar en lo que vale la pena que la comunidad gaste sus energías: modificar el modelo. Pero ya soy viejo y sé que eso es pedirle peras al olmo. Más, con la misma dosis de realismo, entiendo que comprar el 63% de Azul Azul no equivale a comprar la Universidad de Chile. Obviamente no a la casa de estudios y ni siquiera a la totalidad del fenómeno futbolístico asociado, en que la Corfuch se reinventó y está a la espera de que termine la concesión (a la que también podríamos llamar la maldición)
No, ni siquiera equivale a comprar completamente a Azul Azul, pero sí podría ser, y es lo más probable que así sea, una posición de control y un negocio construido alrededor de una marca cuya dimensión excede largamente a la sociedad que la administra. Y esa diferencia, que durante años pareció una sutileza jurídica, terminó convirtiéndose en el centro de la discusión.
La propia Universidad de Chile ha vuelto a marcar distancia entre la institución y la concesionaria. En abril, la Casa de Estudios recordó públicamente el alcance del convenio de 2008 sobre la autorización para utilizar sus símbolos y manifestó que continuará ejerciendo sus derechos y cautelando sus normas y valores. Ese es, probablemente, el dato más importante para cualquiera que quiera comprar la U.
Así, lo que espero es que el próximo controlador no llegue predispuesto a sumergirse en instrumentos comerciales y planillas de Excel, sino en una historia. Llegará a una camiseta. Llegará a una hinchada que no considera que Azul Azul sea sinónimo de Universidad de Chile, y llegará, además, después de una sucesión de propietarios y administraciones que han hecho que una parte importante de los hinchas mire cualquier nuevo proyecto con una mezcla de esperanza, de esa fe del carbonero que lleva a pensar que ya no se puede caer más bajo, y de desconfianza.
Por eso el nombre de Musaad resulta particularmente interesante. No porque sea saudí. No porque sea príncipe, aunque, en parte, el escenario pide a gritos algunos ingredientes de un cuento de hadas. Tampoco porque el dinero árabe se haya convertido en una suerte de nueva mitología del fútbol mundial. Sino porque el hombre ya estuvo dentro del fútbol. Musaad fue chairman del Sheffield United y estuvo vinculado a su dirección hasta 2021. Su trayectoria posterior también aparece vinculada a negocios deportivos y al desarrollo inmobiliario. Todo eso no garantiza absolutamente nada, el fútbol está lleno de propietarios que llegaron con currículum, dinero y buenas intenciones y terminaron demostrando que administrar un club es una profesión distinta de administrar una empresa.
Pero por lo menos nos permite soñar por un momento: ¿Podría la U dejar de ser vista como una inversión para convertirse en un proyecto deportivo?
Esa es la cuestión que le interesa a su gente.





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