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Sábado, 24 de agosto de 2019
Segunda parte

Camisas negras, rojas y azules

Manuel Salazar Salvo

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Los ‘camisas negras’, milicia voluntaria creada por Mussolini / RedHistoria
Los ‘camisas negras’, milicia voluntaria creada por Mussolini / RedHistoria

En esta segunda entrega del origen del fascismo italiano, que cumple 100 años, se ofrece la historia acerca de cómo Mussolini empieza a ganar terreno en una Italia sumida en el caos, en medio de una oferta política radical. 

El año en que Mussolini organizó sus huestes fascistas -1919- fue particularmente difícil para el gobierno liberal italiano. Mientras se realizaban las negociaciones de paz que culminarían con el Tratado de Versalles e Italia desesperaba por conseguir una parte de Dalmacia, que le había sido ofrecida, y Fiume, que no lo había sido, el Primer Ministro, Orlando, derrotado en la Cámara, debió dimitir, siendo sustituido por Pietro Nitti. El nuevo gabinete encabezado por Nitti se reveló totalmente incapaz de dominar los quebrantados y dispersos elementos de la nación.

Ver primera parte.

Los nacionalistas exteriorizaron su descontento declarando que los italianos habían sido traicionados en Versalles, reprochando al gobierno su fracaso en obtener condiciones más favorables. Un gran número de trabajadores italianos, enfrentados con la pobreza y el desempleo, completamente desilusionados por la inutilidad de la guerra, se volcaron en su desesperación a los partidos Socialista y Comunista.

Una nueva colectividad, el Partido Popular, fundado y dirigido por Luigi Sturzo, un famoso sacerdote, intentó congregar a su alrededor a las fuerzas moderadas de centro mediante un programa de justicia social, reforma agraria y la aceptación de condiciones de paz razonables. Pero en la Italia de aquellos días, sumida en el caos de postguerra, los grupos políticos que no difundieran consignas revolucionarias como las del ultranacionalismo reaccionario o del socialismo de extrema izquierda, bien pocas posibilidades de éxito tenían en aquella hora de desesperación y delirio.

Las condiciones económicas empeoraban día a día. El valor de la lira descendía verticalmente, el gobierno anunciaba un enorme déficit y, por último, las manifestaciones de protesta, huelga y desórdenes amenazaban con propagarse por toda la península itálica.

La creación del "Fascio di Combattimento" significó el primer paso de Mussolini para hacer emerger su figura de caudillo. La tarea que tenía por delante era dura, A su favor no tenía más que tres factores: la situación caótica de Italia, su periódico, "Il Popolo d'Italia" y su propio talento. No obstante, se lanzó decididamente a la acción, dispuesto a darle consistencia y vigor al movimiento fascista. Según su criterio, existían en Italia dos fuerzas poderosas en actividad: el descontento de los pobres y la decepción de los nacionalistas. Pensaba que si conseguía combinar estas dos corrientes, haciendo un todo con ellas, lograría un apoyo lo bastante poderoso como para derribar al gobierno.

Los primeros partidarios poderosos de Mussolini confiaban en llegar a dominar el movimiento e imprimirle su huella.

Así, para exacerbar aquellos dos sentimientos, comenzó a emplear un estilo mezcla de nacionalismo y demagogia de izquierda. Adoptó la "Giovinezza", el antiguo canto de guerra de los "Arditi", como himno fascista y en los mítines introdujo un constante diálogo emocional entre él y sus partidarios. "A chi e Italia?" (¿A quién pertenece Italia?), gritaba. Y su auditorio rugía con él: "A noi" (A nosotros ). Nunca faltaba tampoco la invocación en frases pomposas a la memoria de los 600 mil italianos caídos en la guerra o la solemne promesa de exigir más territorios y colonias para Italia. Una vez satisfecho el sentimiento “chauvinista" de la masa, Mussolini y los otros fascistas que solían  hacer uso de la palabra se dedicaban a ilusionar al pueblo con promesas de justicia social como las de confiscar la tierra, suprimir los privilegios y títulos nobiliarios, limitar la influencia de la Iglesia católica y apoderarse de los bienes improductivos.

En 1919 Mussolini viajó por toda la zona norte de Italia en su gran automóvil gris, deteniéndose en cada ciudad, pueblo y aldea para hablar en asambleas y organizar secciones locales del Fascio. La única exigencia para ingresar al movimiento era la adhesión a un vago compromiso, que jamás se delimitó con claridad, y una fotografía para ser estampada en un carnet de asociado. De este modo el fascismo se difundió fácil y rápido más allá de Milán. Las camisas negras, adoptadas como uniforme distintivo, no tardaron en multiplicarse en todo el norte industrializado de Italia. Muy pronto esta región, la primera en donde se organizó el movimiento fascista, contó con su jerarquía de jefes nacionales y provinciales y sus disciplinados "squadristi".

El núcleo primitivo de los fascistas, como Farinacci, Rossi, Bianchi y el propio Mussolini, procedían de la clase media italiana menos pudiente y en apariencia podían ser considerados como hombres de izquierda. Al menos ésa fue la errada opinión predominante en la gente cuando los fascistas comenzaron a desfilar por las calles con sus camisas negras que vinieron a complicar aún más el mosaico multicolor de la política italiana de aquellos días, en que los socialistas y comunistas desfilaban vistiendo camisas rojas y el Partido Nacionalista de derecha llevando casacas azules.

Traspié en las urnas

Desde el mismo momento en que se creó el primer "Fascio di Combattimento", Mussolini comenzó los preparativos para su golpe. Los camisas negras le sirvieron como un partido que le proporcionaría influencia política y a la vez como una poderosa fuerza de choque. A medida que el movimiento fascista fue ganando adeptos, el ascendiente de Mussolini fue aumentando. Los hombres ricos e influyentes, los jefes del ejército y  algunos políticos liberales, comenzaron a sentirse atraídos por él, en cierta medida por su habilidad para dominar las masas, y en parte porque la nueva fuerza política carecía de verdadera dirección por sí misma. Los primeros partidarios poderosos de Mussolini confiaban en llegar a dominar el movimiento e imprimirle su huella. Al unirse estos sectores con los camisas negras, las tendencias fascistas fueron gradualmente girando hacia la derecha.

Cuando Mussolini se presentó a elecciones para la Cámara de Diputados, en noviembre de 1919, fue categóricamente derrotado, obteniendo apenas cuatro mil votos, contra 180 mil de sus adversarios.

En septiembre de 1919 un espectacular acontecimiento vino a provocar cierta inquietud en Mussolini: el ultranacionalista Gabriel d'Annunzio, famoso poeta, escritor y héroe de la guerra, marchó hacia Fiume, a espaldas del gobierno, ocupándolo con diez mil "legionarios", como llamó a sus fuerzas reclutadas también entre los "Arditi". Fiume es la denominación italiana de una ciudad situada en la costa dálmata hoy conocida como Rijeka. Si bien, actualmente, la población de origen croata es netamente mayoritaria, históricamente había estado poblada por una mayoría italiana cuyo origen se remonta a la medievalidad mercantil de las ciudades estado.

D’Annunzio introdujo el uniforme negro de los arditi, su estandarte con la calavera y el saludo a la romana en el día a día de los sorprendidos fiumianos, distintivos que Mussolini introduciría en su movimiento y en su futuro gobierno en homenaje a la aventura del poeta, en un intento de hacer de toda Italia un gran Fiume.

Mussolini, que no deseaba rivales, pasó un mal rato, pero se vio obligado a elogiar la acción de D'Annunzio en las columnas de "Il Popolo d'ltalia". Su ansiedad se disipó muy pronto, pues la aventura del poeta acrecentó la exaltación patriótica, y, como consecuencia de ella, acudieron a las filas del fascismo un gran número de nuevos adherentes. Cuando en el mes siguiente el movimiento celebró una gran asamblea en Florencia, se encontraron representados en aquella reunión nada menos que 148 centros fascistas, anunciándose que otros 68 estaban en proceso de formación.

Aunque los veteranos de guerra decepcionados y sin empleo y otros sectores indeterminados apoyaban al movimiento fascista, el grueso del país estaba aún muy lejos de formar filas en torno al Fascio. Cuando Mussolini se presentó a elecciones para la Cámara de Diputados, en noviembre de 1919, fue categóricamente derrotado, obteniendo apenas cuatro mil votos, contra 180 mil de sus adversarios. "Avanti" publicó un artículo satírico anunciando que "el cadáver político de Mussolini había sido encontrado en el Canal Naviglio", A la noche siguiente, los socialistas, que odiaban doblemente a Mussolini por haber sido en un tiempo uno de los suyos, salieron a las calles de Milán portando velas encendidas y desfilando al son de solemnes redobles de tambor, queriendo simular unas grotescas exequias para el jefe fascista. Los camisas negras, que temían extraordinariamente al ridículo, arrojaron una bomba a los manifestantes. Hubo varios heridos, y Mussolini fue detenido durante 24 horas, hasta que finalmente fue puesto en libertad por ausencia de pruebas.

Los enemigos del Fascio

El desastre electoral no afectó mayormente a Mussolini, pues su intención era alcanzar el poder por medios coercitivos. Estaba consciente de que no existían muchas esperanzas de captar a la mayoría del pueblo italiano, pero lo que más le preocupaban eran los que cuatro enemigos que consideraba más importantes: los partidos de izquierda, la monarquía, la Iglesia y el gobierno liberal.

Con nadie dejó de hablar el líder fascista antes de emprender su ofensiva antimarxista. Incluso hay antecedentes de que en Sicilia y en el sur de la península el fascismo llegó a un acuerdo con la temida mafia.

Mussolini prosiguió con la organización de sus milicias, hasta que en el verano de 1920 los camisas negras se consideraron lo bastante fuertes como para enfrentarse con el primero de sus adversarios: la izquierda. Hablando a sus partidarios, el líder fascista expresó: “El mayor adversario del Fascio es el Estado liberal democrático; sin embargo, en estos momentos la primera y más eminente tarea es la de aplastar al comunismo". Tácticamente, esta decisión no dejaba de ser acertada. Los marxistas habían empezado ya a recurrir a los métodos violentos, distinguiéndose los comunistas en los atentados con bombas y asaltos, y los socialistas en la agitación de huelgas. Ambos partidos habían propiciado asimismo la ocupación de las fábricas por los obreros.

Indudablemente que vastos sectores, representados principalmente por los grandes terratenientes del Sur y los poderosos industriales del Norte, sin excluir por cierto a una importante capa de la clase media, tendrían que apoyar una acción anticomunista. El propósito de Mussolini era presentarse como el salvador de Italia "de las garras del comunismo". Si lo lograba, fuera de deshacerse de un oponente peligroso, se beneficiaría con  el respaldo financiero de los poderosos capitalistas que tanto necesitaba el fascismo.

Dando muestras de una gran sagacidad y prudencia política, además de buscar el apoyo de los capitalistas, Mussolini dirigió sus esfuerzos hacia la neutralización momentánea de otras instituciones. Así, buscó el beneplácito del Ejército y se acercó también a los partidos políticos de centro, sosteniendo algunos contactos oficiosos con liberales, socialistas moderados, masones y ciertos miembros del Partido Popular de Sturzo, Todas aquellas fuerzas, confiando en que si el extremismo fascista y la ultra izquierda quedaban aislados se devorarían entre sí, accedieron a jugar el papel pasivo de observadores. Más tarde, el gobierno mismo dio a entender que no movería un dedo si se atacaba a la extrema izquierda. De este modo Mussolini supo sacar partido de estos grupos que se alinearon con él, pero que más tarde pagarían muy cara su debilidad al ser implacablemente destruidos por el futuro Duce.

Con nadie dejó de hablar el líder fascista antes de emprender su ofensiva antimarxista. Incluso hay antecedentes de que en Sicilia y en el sur de la península el fascismo llegó a un acuerdo con la temida mafia. Pero el más valioso aporte a la causa fascista lo constituyó una reunión secreta celebrada el 7 de marzo de 1920 en Turín por la Federación General de Industriales, en la que connotados capitalistas y terratenientes adoptaron la resolución de apoyarse en el movimiento acaudillado por Mussolini para luchar contra las reivindicaciones exigidas por la clase obrera y el campesinado. Desde entonces, cuantiosas sumas de dinero vinieron a incrementar las cajas de los camisas negras.

A palos con los comunistas

En el verano de 1920, cuando estuvieron ultimados los preparativos políticos, Mussolini dio a sus camisas negras la orden de salir a las calles. Los fascistas, organizados en grupos de asalto regulares -"squadristi"-, dieron a su agresividad el máximo de eficacia. Armados con cachiporras, botellas de aceite de ricino y pistolas, comenzaron a destruir e incendiar sistemáticamente las sedes de los sindicatos, las redacciones de los periódicos izquierdistas y los centros locales de los partidos Comunista y Socialista. En Ferrara y Bolonia se desarrollaron enconados combates por espacio de horas, que constituyeron verdaderas batallas campales entre fascistas y marxistas. En otros puntos de Italia no dejaron tampoco de producirse violentos choques. La izquierda replicó con todas las armas a su alcance. Durante el mes de septiembre, en Piamonte, Lombardía, Liguria y Nápoles, los obreros ocuparon las fábricas proclamando su intención de explotarlas por su cuenta. En Milán, Turín, Bari, Mesina, Génova, Pisa, Nápoles, Verona, Perugia y Florencia, innumerables tiendas fueron saqueadas. Por su parte, en el sur, para estar a tono con la violencia imperante en las zonas industriales del norte, se agitaron los sectores rurales destruyendo las cosechas y sacrificando el ganado. Se calcula que cerca de seis mil personas murieron en los desórdenes de 1920.

Ver tercera parte.

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