Gracias al apoyo de nuestros lectores conseguimos 280 nuevos suscriptores
Ya sumamos
de 1000 suscriptores | meta septiembre
Suscríbete recomiéndanos,
compártenos

Estamos donde tú estás. Síguenos en:

Facebook Youtube Twitter Spotify Instagram

Acceso suscriptores

Martes, 20 de agosto de 2019
Desempleo, subempleo, bajas pensiones

Coleros de la feria: Cuando las cosas económicamente van mal

Camila Higuera (texto y fotos a ras de suelo)
Martín Cruz (fotos aéreas)

feria_la_castrina_9.jpg

Todos los sábados se instala una gran feria en torno al Parque La Castrina en San Joaquín. Su tamaño depende de la cantidad de coleros que acudan, quienes especialmente este año ocupan cualquier espacio disponible en pasajes y cunetas
Todos los sábados se instala una gran feria en torno al Parque La Castrina en San Joaquín. Su tamaño depende de la cantidad de coleros que acudan, quienes especialmente este año ocupan cualquier espacio disponible en pasajes y cunetas

Las ferias libres -que datan desde 1900- son un indicador informal de la situación económica: cuando las cosas no andan bien, a los puestos regulados, se adosan cientos de nuevos feriantes informales -los coleros- que comercian lo que pueden con la esperanza de obtener un dinero extra. Aquí imágenes aéreas de la feria La Castrina, las que dan cuenta de lo extenso de sus colas y las historias de quienes dan rostro a las cifras de precariedad económica.

En algún lugar de la Feria La Castrina en San Joaquín, está sentada Cecilia en una silla plegable. Tiene 48 años, cuatro hijos, seis nietos y una lesión en la columna. Hace 20 años que trabaja como asesora del hogar en una casa de Vitacura. Antes trabajaba cinco días a la semana. Ahora, por problemas de salud solo va los martes y jueves, lo que disminuyó su sueldo a $150 mil mensuales, lo que le alcanza únicamente para pagar el arriendo de su vivienda.

Sábado por medio Cecilia se levanta de madrugada, pone una sábana en la vereda de una calle y se instala con su silla a vender ropa usada a eso de las seis de la mañana. Si no llega antes, se queda sin puesto. Ella es una de los miles de coleros -es decir comerciantes informales que se ponen a la cola de la feria- que buscan un lugar donde vender sus modestas mercancías.

Según el primer y único Catastro Nacional de Ferias Libres realizado por el Servicio de Cooperación Técnica (Sercotec) en 2015, se estima que en Chile hay cerca de 1.114 ferias a nivel nacional y 340 mil feriantes regularizados. Lo que no incluyó el catastro en su estudio fue la cantidad de coleros que semana a semana se instalan informalmente en las ferias, al igual que Cecilia, cuya cantidad crece o disminuye, dependiendo del momento económico del país, en especial respecto del empleo. 

El pasado 31 de junio el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) hizo públicas las estadísticas de desempleo del trimestre abril-junio. Estas arrojaron una tasa de 7,1% de desocupación y un aumento del 1,3% del empleo informal. Según esta misma fuente, más de 30 mil personas generan sus ingresos sin ninguna formalidad que les asegure una estabilidad laboral. En Santiago, según cifras más recientes de la Universidad de Chile, el desempleo es de 8,4%.

¿Qué hay detras de esas cifras?

Roberto tiene 59 años y siempre ha sido comerciante. Años atrás tenía un puesto en el Persa Departamental, pero cuando este cerró quedó sin fuente de trabajo. Entonces acudió a la feria y comenzó a instalarse como colero.

Todos los sábados llega hasta la Feria La Castrina, estaciona su camión con el que realiza mudanzas durante la semana y arma su puesto en la calle Juan Planas. Al otro lado de la calle está el de su esposa, quien hace veinte años trabaja como asesora del hogar de lunes a viernes. Ella vende ropa y él antigüedades.  

Roberto está afiliado a Fonasa como trabajador independiente y se atiende en la salud pública. Al igual que el 70% de los feriantes que sí están regularizados, Roberto nunca ha cotizado en ningún sistema previsional y tampoco pretende hacerlo. “Es la ley del pobre”, dice él.

NO SOLO EL DESEMPLEO GENERA POBREZA

Según el estudio Los bajos salarios de Chile (2019) realizado por Fundación Sol, “la mitad de los trabajadores en Chile percibe menos de $ 350.000 líquidos mensuales”, mientras que las mujeres reciben en promedio $50 mil menos. Con estos sueldos, las familias están condenadas a mantenerse en la pobreza. 

Ana y Yasna son hermanas. Es primera vez que se instalan a vender ropa en la Feria La Castrina. Durante la semana ambas trabajan desde sus casas para una empresa contratista. Han boleteado durante años. Antes de llegar hasta San Joaquín, se ponían casi todos los miércoles y sábados en una feria de La Granja más cercana a su casa. 

Yasna estudia párvulos, tiene 27 años y hace dos meses es colera. Ana tiene 39 y lleva más de cinco años comprando ropa en Meiggs para luego revenderla en las ferias. Sin el ingreso que generan en estas jornadas, sería muy difícil o casi imposible poder solventar sus gastos mensuales.

Así como los sueldos no alcanzan para sobrevivir de manera digna, las pensiones y jubilaciones tampoco. El 50% de los jubilados por vejez recibe menos de $150 mil al mes, según indica el estudio Pensiones bajo el mínimo, publicado esta semana por Fundación Sol. En el caso de las mujeres la situación es aún más compleja. El 50% de las jubiladas recibe menos de $130 mil. 

¿Y qué pasa cuando estas pensiones se acaban? Se puede postular a la Pensión Básica Solidaria de Vejez (PBSV). Con el último reajuste del IPC, el monto de la PBSV quedó en $107.304, es decir, $193 mil menos que el sueldo mínimo.

Esto es lo que le ocurrió a Aida, una de las jubiladas que sin falta llega todos los sábados a las ocho de la mañana junto a sus nietos de cinco y ocho años a vender la ropa que recibe mediante donaciones. Hace más de seis años que acudió a la feria y se declaró como colera. 

A lo largo de su vida trabajó como manipuladora de alimentos y como locutora de la Radio San Joaquín. Cuando jubiló se unió al coro de una iglesia y comenzó a recibir su pensión, que solo le duró un par de años. Con la PBSV se le hace imposible alimentar a sus dos nietos. 

coleras.jpeg

Aida y Lidia
Aida y Lidia

Fue así como comenzó a vender ropa en la feria a la orilla de la calle, casi frente a su casa. Intentó regularizar su situación, pero la Municipalidad de San Joaquín le dijo que solo había cupo para puestos al otro lado de la feria. A sus 69 años y con artrosis en la columna y cadera, Aida tiene una movilidad reducida y necesita un bastón para caminar. Lo propuesto por la Municipalidad no fue una opción para ella. 

El caso de Lidia es similar. Tras jubilarse, su pensión solo le alcanzó para dos años. Luego de eso se quedó sin ingresos, hasta que este año le asignaron la PBSV. Pero eso $107 mil no le alcanzan para mucho más que para pagar la luz, el agua y el gas. A sus 65 años va semanalmente a Meiggs a comprar juguetes para luego revenderlos en la feria. Ya lleva cinco años compartiendo sus sábados con Aida, y hasta que su pensión no aumente a un monto que le garantice una vida digna, seguirá siendo parte de la larga lista de coleros que ocupan las calles de Chile.

Ya que estás aquí, te queremos invitar a ser parte de Interferencia. Suscríbete. Gracias a lectores como tú, financiamos un periodismo libre e independiente. Te quedan artículos gratuitos este mes.

Comentarios

Comentarios

buen reportaje, gracias. Recuerdo que en mi ciudad natal, La Calera, después de la feria venían los/as coleros/as, se alargaban casi por tres cuadras, donde vendían de todo. Estoy hablando de los años 80 a 90 por Diego Lillo hacia Caupolicán. Esa realidad no ha cambiado, y peor aún, solo se ha incrementado.

Compremos en las ferias libres: frutas, verduras, frutos secos, aceitunas. Compremos los utensilios de cocina, aseo, pan amasado, herramientas, a los puestos formales y a los coleros.

Añadir nuevo comentario