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Martes, 20 de abril de 2021
[El domingo político en la TV]

Damas y caballeros, con ustedes: su majestad el morbo

Vagabundo Ilustrado (@vagoilustrado)

Punto de prensa Fiscal Caso Tomás Bravo - CHV Noticias

Punto de prensa Fiscal Caso Tomás Bravo - CHV Noticias
Punto de prensa Fiscal Caso Tomás Bravo - CHV Noticias

La explotación del morbo en el caso del pequeño Tomás Bravo, pone nuevamente en el debate el tratamiento de la información por parte de los medios, en particular, de la televisión. La renuncia al deber periodístico dentro de un modelo que discursivamente plantea lo contrario, pero que en la práctica premia precisamente abandonar ese deber ético para sumar audiencia y no morir.

La premio nacional de periodismo, Mónica González, inició su exposición este domingo en ‘Pauta Libre’, señalando lo siguiente: “Estoy un poco anonadada con la exacerbación del morbo con lo ocurrido con Tomasito. Creo que nuestros medios de comunicación, por alguna razón, han dado razón al Instituto Reuters, que ha hecho una investigación que publicó Interferencia en estos días, donde dice que (los medios informativos chilenos) han perdido más de 20 puntos de credibilidad ante la opinión pública en muy poco tiempo. Porque yo creo que la exacerbación del morbo por tener más rating, por tener más gente pendiente de este caso, a mí me dejó estupefacta. El dolor es demasiado. Y quiero decir que el poco respeto por el dolor de los pobres rebasa todos los límites, es impactante, yo no lo puedo creer.

Según la RAE, el morbo (en la acepción que nos compete) es un interés malsano por personas o cosas, tanto como una atracción hacia acontecimientos desagradables.

González apuntaba con esto a la cobertura mediática que durante la semana tuvieron -y siguen teniendo- la generalidad de los medios informativos del país -en particular la televisión- en el caso de Tomás Bravo, un pequeño de 3 años que llevaba siendo buscando por casi 9 días, y que trágicamente su cuerpo fue hallado finalmente el pasado viernes. La exacerbación del morbo que ha conllevado el caso, innecesario y poco decoroso, elevó por las nubes el rating de matinales y noticieros, muchos de los cuales extendieron sus programaciones habituales para dar mayor cobertura al macabro hecho, ahondando en una serie de detalles y entrevistas que rayaron en la falta ética y el buen criterio.

A modo de ejemplo, el punto de prensa realizado el viernes por el Fiscal de la causa junto a la policía, a poco de encontrarse el cuerpo, fue cubierto casi en cadena nacional por los noticieros. En este se expusieron un montón de detalles innecesarios y macabros de una investigación que hasta ese momento estaba catalogada como “reservada”. De paso se lanzaron hipótesis -aún no corroboradas por la investigación- respecto a la forma en que se encontró el cuerpo del menor y las circunstancias -tampoco determinadas aún por un peritaje forense- en que este habría fallecido.

Ese mismo viernes la mayoría de los noticieros extendieron su noticiero de la tarde, sin embargo fue CHV quien hizo la cobertura más extensa (el resto volvió tras una larga cobertura a su programación habitual), llegando a los 20 puntos de rating, superando incluso a la teleserie de Mega (a la misma hora y una de las más vistas en esa franja horaria), cubriendo las reacciones de los habitantes de Lebu que, potenciados por los propios equipos de prensa en las afueras del cuartel de la PDI donde estaba detenido el principal sospechoso, devinieron en una horda que buscaba, con comprensible pulsión, linchar al detenido, quien según reportaban ciertos medios, había confesado el crimen. Hecho (la confesión) que en los días siguiente se supo era falso. La tensión en Lebu escaló rápidamente, llegando mucha gente al lugar que, enterándose por la misma televisión que transmitía desde las afueras del cuartel de la PDI, supo que el principal sospechoso (en calidad de imputado), se encontraba en ese lugar, agolpándose una masa enfurecida que obligó al trasladado del detenido en un operativo urgente en medio de enfrentamientos entre la policía y la comunidad.

El propio presidente Sebastián Piñera se refirió esa misma jornada sobre el caso, señalando: "El hallazgo sin vida de Tomás nos duele y conmueve profundamente. Expresamos nuestras más sentidas condolencias a sus seres queridos. Y toda mi gratitud a todos los que colaboraron con tanto compromiso y entrega en su búsqueda”, agregando al final; “todo chile exige y merece justicia”.

A esto se sumaron políticos de casi todos los sectores. Homenajes en redes sociales, videos y hasta canciones. Incluso en algunas tiendas en Instagram, en el más delirante desatino, falta de empatía e indolencia, hasta se vendían motivos recordatorios del pequeño Tomás, e incluso tortas con su rostro.

Es que el caso de Tomás Bravo se ha tomado la pauta de los programas informativos. Editores y editoras han puesto en pantalla a videntes, psicólogos, forenses, familiares y vecinos, todo aquel que tenía algo que decir del caso, independiente de los hechos y la calidad de la información, era puesto en pantalla. La lucha por el rating ha derivado en “la entrevista exclusiva”, análisis de especialistas en micro gestos corporales analizando la reacción de la madre o familiares, todo ha servido para cautivar a la audiencia, explotando el morbo, ya casi sin fines informativos, sino abiertamente de espectáculo.

Este fenómeno no es nuevo en los medios, casos anteriores han despertado el mismo interés y cobertura, entre los más recientes en Chile están el caso de “Ambar” y el de “Fernanda Maciel”, los cuales generaron largos debates sobre el tratamiento de la información en coberturas como estas. Desafortunadamente en ambos casos, estas coberturas se centraron en el morbo más que en la información responsable, y muchas de las “lecciones” que quedaron, hoy son letra muerta.

A nivel global, uno de los casos más estudiados en las escuelas de periodismo, fue el ocurrido en el año 2008 en Estados Unidos. Ese año, la desaparición de una niña de dos años en Florida, llamó la atención de los medios locales, pero al poco andar el caso tomaría notoriedad nacional cuando la principal sospecha recayó en su joven madre, Casey Anthony. El cuerpo de la pequeña apareció dos meses después, cerca de donde vivía. Las versiones contradictorias de la madre y la espera en dar aviso (según ésta por temor), generaron un debate público nacional, convirtiendo el caso en un espectáculo de reality show -fenómeno que en ese momento estaba en su apogeo-, y el juicio fue transmitido casi en cadena nacional por programas de Talk Show y noticieros, con una infinidad de panelistas de las más diversas áreas que sin tapujos ni regulación, dieron rienda suelta a un festival de hipótesis y opiniones irresponsables. Tres años mas tarde, Casey Anthony (la madre de la pequeña), sería liberada por falta de pruebas y evidencias, eso a pesar de que para los medios y el público ya había sido juzgada como culpable. Así Anthony pasó al ostracismo con el cartel de ser “la mujer más odiada de Estados Unidos”. Hasta ahora, el caso no ha sido aclarado del todo.

La forma en cómo noticieros “serios” terminaron compitiendo con programas de farándula y Talk Show para no sucumbir en el rating, y el verdadero circo en el que se convirtió el caso, generó un profundo debate en las escuelas de periodismo estadounidenses y asociaciones de medios en cuanto al debate ético (deontológico). El modelo del caso de “Casey Anthony” aún es parte del debate formativo, en donde queda en evidencia la contraposición respecto a la información de los hechos y el espectáculo, todo eso en la delgada línea entre informar y entretener, que en teoría no son excluyentes, pero en la práctica muy difícil de equilibrar.

Y ese equilibrio no es solo una discusión teórica y filosófica sobre la ética del oficio, es también, en su complejidad, un tema de subsistencia. Para nadie será difícil de entender que a mayor rating (audiencias), mayores auspicios, y a mayores auspicios un medio se mantiene y crece, o bien, no muere. Y eso, que parece tan sencillo, no es algo menor en medio de la (constante) crisis global que atraviesan los medios, donde los anunciantes han migrado -a un costo mas bajo y diversificado- hacia las redes sociales, que hoy concentran casi el 70% del avisaje en pocas plataformas que monopolizan a su vez casi el 60% (y subiendo) de los consumidores de información en todo el mundo. Es decir, un programa informativo que no mantenga sus audiencias, por muy bien que haga su trabajo, enfrenta el dilema de sucumbir o desaparecer. Y esto genera una paradoja, donde los medios (lo que involucra decisiones ejecutivas, editoriales y de producción), deben decidir si pasan una información apegada a los estrictos estándares periodísticos pero sin mucho rating, o bien cruzar la línea y hacer de esa información un espectáculo que haga que las audiencias se mantengan viendo la pantalla o en línea el mayor tiempo posible. Lo ideal en el mundo actual sería un equilibrio, pero lo ideal es solo eso, un ideal. Esto sin contar con los intereses que los dueños de los medios de comunicación -que financian el grueso de la operación de los medios- quieren y buscan, y no necesariamente los intereses de los dueños coinciden con el de la ciudadanía, es más, raramente coinciden.

De este modo el debate, para nada nuevo pero hoy más complejizado, plantea la búsqueda de modelos que equilibren ambas cosas. El modelo inglés de la BBC es paradigmático y ejemplo recurrente. En este la cadena recibe una parte vía subvención estatal (financiada por todos y todas), con el compromiso de informar y entretener, y una parte se financia con lo que el mismo medio logra captar con la venta de franquicias, avisaje y convenios. Sin embargo, existen cláusulas de lineas de programación, servicio público y estándares estrictos del ejercicio periodístico. En EEUU también existen medios similares como la National Public Radio (NPR), que no ha estado exenta de problemas de financiamiento, pero que también cumplen un rol social y público, con altos estándares periodísticos. Pero, salvo por otros escasos ejemplos, estos modelos son la excepción en el mundo, y no están exentos de los problemas que implica el competitivo escenario medial, que por cierto, está regulado en gran medida por el mercado, tanto como lo está una fábrica de automóviles, o una empresa de publicidad.

De este modo, para la mayoría de las cadenas de medios, la tentación a explotar cualquier cosa que genere audiencia rápida, es la norma, en un modelo de mercado donde el éxito lo da el rating (o los ingresos a las páginas), el que a su vez permite que el rating comercial sea sólido para poder vender avisaje. Es la parte fea que no siempre se profundiza y explica en las escuelas de periodismo, cuando el sueño de la lucha por la verdad y el apego a los hechos es (aún) el ideal.

Y este equilibrio en Chile es aún más complejo, con un escenario donde hay una alta concentración de medios en muy pocas manos, manos que dicho sea de paso pertenecen a empresarios con sus propias agendas e intereses, que como señalábamos anteriormente, no necesariamente coinciden con los de la ciudadanía, y algunas veces, ni siquiera con los intereses de una democracia. El caso de TVN es sintomático. Si bien el canal aún es estatal, su forma de subsistencia es el autofinanciamiento, mermando con ello su rol de canal público, lo que se ha hecho más evidente en los últimos años, y con serios problemas de manejo y conducción ejecutiva, que además, debe enfrentar el constante cuoteo político de los gobiernos de turno.

Esto lleva a otro de los puntos rescatados por la ex Directora de CIPER , quien hizo referencia de la investigación -publicada por este medio y de la que se hizo mención en la columna pasada- emanado por el Instituto Reuters y que se realizó en conjunto con la Universidad de Oxford, que da cuenta que el porcentaje de chilenos que dice confiar en las noticias de los medios de comunicación bajó de 53% en 2018 a 30% en 2020. Esta baja es la más pronunciada en el continente.

Una de las hipótesis del estudio señala que “la gente relaciona a los medios (informativos chilenos) con la elite, el poder e incluso con la difusión de noticias falsas”. A lo que se agrega; “Chile sobresale al pasar la confianza en las noticias de estar por encima del promedio mundial a caer significativamente por debajo, con sus ciudadanos expresando, en 2020, el grado de confianza más bajo de los cuatro países latinoamericanos analizados aquí”.

A esto se suma otro problema, que una reciente entrevista al Diario La Nación de Argentina, el recientemente retirado editor del Washington Post y leyenda del periodismo, Marty Baron, plantea como uno de los desafíos más preocupantes en la actualidad de los medios informativos: “Mucha gente no busca estar informada; buscar ser afirmada”. Esto en relación en que la información de hechos hoy está viciada por posiciones polarizantes donde las audiencias ya no son pasivas y buscan en las informaciones que consumen, confirmaciones a sus sesgos preconcebidos, generando un problema para las redacciones al momento del tratamiento de la información que entregan, pues un tratamiento correcto, puede ser no atractivo para la audiencia que busca no la confirmación de un hecho, sino de su sesgo previamente establecido ante los hechos noticiosos.

De este modo lo que vimos (y vemos) en el tratamiento de la información del caso del pequeño “Tomás Bravo”, es la inclinación hacia el morbo porque es rentable, porque resuelve el problema inmediato de los números para los medios (y en particular sus ejecutivos), cautivando rápidamente a una audiencia masiva, ávida de dar rienda suelta a sus proyecciones y conjeturas, tal como en un juego macabro, al que se le presenta un espectáculo con buenos y malos, donde la audiencia es protagonista, sin importar mucho el decoro, la protección de derechos de las víctimas, ni sus familias, ni la ética periodística. Y esto, como bien señala la galardonada periodista y panelistas de “Pauta Libre”, es mucho más sencillo y barato de hacer cuando se trata de gente pobre, pues este tipo de tratamiento informativo (rentable y de rápido resultado), no sería posible si los protagonistas de la tragedia fuesen de familias acomodadas y con redes de poder, esto, muy probablemente, por miedo a una posible demanda, o bien, por la presión que por su posición pueden ejercer ante líneas editoriales.

Así, el caso del pequeño “Tomás Bravo” se convierte en un relato vendible, explotable, que proyecta y conecta emotivamente con la audiencia (en la posibilidad de reflejar en él a un hijo, a un sobrino, nieto, etc), y que ofrece, en paralelo a la tragedia, la posibilidad de develar un misterio tras la muerte, donde cada quien puede proyectar sus miedos y frustraciones, en una misión digna de una novela o serie detectivesca, volcando la propia experiencia personal en la solución de un caso que, sin darnos cuenta, es la proyección propia. De este modo, la mirada de la madre, la forma de caminar de la abuela, o la declaración del tío, que en la cabeza siempre son asimilados por nuestra propia historia y personas de nuestra vida, encontraremos "la verdad" y resolveremos el misterio que otros no pudieron.

En pantalla, una psicóloga habla del perfil de los psicópatas en general, puesta en la misma nota en la que se habla del imputado, aunque aún ni siquiera se haya realizado -hasta ahora- peritaje sicológico alguno, pero se pone de igual forma. Así, quien mire la nota desde su casa sabrá que ya hablamos de un psicópata, pues así lo apunta la televisión en su nota, sin debido proceso, sin siquiera establecerse fehacientemente la causa de muerte ni las responsabilidades de quienes corresponda, que es lo que debiese siempre importar. Por otro lado, se pasa por alto el tratamiento respetuoso para con la víctima, en este caso del pequeño Tomás, así como también el dolor de la familia que lo pierde, familia que debe llorar hoy aquella perdida enclaustrada, ante el miedo que alguien, sobre excitado de información, haya determinado más culpables, tal vez porque no cuidaron al niño lo suficiente, como debiese cuidarse a un niño, de la forma que uno lo hubiese cuidado si tuviera uno. O quizás, simplemente porque no dio una buena declaración a la cámara, como uno hubiese esperado, por tal, cabe la duda de que pueda esconder algo, determinando con ese solo hecho, su culpabilidad por descarte.

El morbo genera rating, el rating genera ganancia, y la ganancia la subsistencia de un medio. Aquí el paroxismo de los medios va en aumento, explotando hasta el cansancio la veta encontrada, eso a costa de la tragedia de una familia y la muerte de un niño.

En simple, cuando los medios -y en particular la TV- ve la oportunidad de captar audiencia y subir los rating rápidamente con el espectáculo de una tragedia ocurrida a gente pobre, y que además implica bajo costo operativo de producción, no se duda en hacerlo. De este modo se encienden los focos, se colocan las cámaras, se calibran los micrófonos y comenzando el espectáculo abandonando el tratamiento periodístico estricto de la información. Y así sin mas, se da paso al show siempre rentable; damas y caballeros, con ustedes su majestad; el morbo. 

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Comentarios

Comentarios

Gracias por publicar este tipo de artículos, la TV abusa del morbo en las noticias que involucran a menores, donde esta la ética, sobre todo en los Matinales.

Están realizando buen trabajo. Un saludo.

Mónica González hablando de Interferencia, Interferencia hablando de Mónica González.... un poquito patético el autobombo

Buen artículo, digno de compartir a quienes, cercanos o lejanos, pisan el palito del morbo televisivo y se vuelven jueces o detectives de una tragedia familiar lamentable.

Olvidamos que, además de todo lo dicho en el artículo, con este tipo de noticias repetidas hasta la saciedad, no hay espacio para otras noticias de actualidad que son algo "incómodas" para los propios Medios, para sus dueños y para el gobierno.

¿Dónde quedan la ética periodística y superioridad moral con que interpelan los "progres" como Daniel Matamala o Mónica Rincón, cuando están 2 horas al día exponiendo detalles escabrosos y causando más daño a la familia del niño asesinado? Los afectados son gente sin influencias, dinero o poder político, imposibilitados para decirle a los dueños de medios o periodistas que no escarben en su dolor (como Carlos Larraín con su hijito). Con tal que a fin de mes su cuenta corriente se llene de millones, los valores periodísticos y supuestos principios quedan a un lado para hacerles ganar plata a los patrones explotando el morbo y a costa del dolor y exposición de una familia. Así es fácil ser progre, interpelante o feminista.

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