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Miércoles, 25 de Marzo de 2026
[Voces lectoras]

De la emergencia a la excepción

Javier Agüero Águila

La pregunta sobre la emergencia como facilitadora de la excepción no es en absoluto delirante ¿Qué pasará cuando la invocación a la emergencia sea inane, estéril para seguir mutilando el cuerpo social infectado? Si está la emergencia misma condenada desde su origen a desaparecer en el tris de tiempo que es el aquí y ahora ¿qué es lo que viene como nueva figuración restaurada para ecologizarnos del mal que llega desde todos los puntos cardinales?

Quedó claro, sería absurdo negarlo, que la gramática del “gobierno de emergencia” fue la tecla del éxito en la estrategia de campaña de José Antonio Kast. La pregunta, sin embargo, y que nos parece también de “emergencia” –en el sentido de lo que “emerge ” y de lo “urgente”–, es si esa estrategia que conmocionó el consciente colectivo de gran parte de la población, metabolizando sensaciones en miedos identificables y cristalizados en prédicas xenófobas, más la fértil frase campañera (que no exigía una hermenéutica muy sofisticada) de que “Chile se cae a pedazos”, puede estibar en una visión o proyecto político de largo plazo, porque, y es lo que creemos, la emergencia tiene una temporalidad definida.

Y esta temporalidad de la emergencia es la del aquí y ahora, es inmanente al segundo en que se invoca. Por ejemplo, se gangrena una parte del cuerpo, pues hay que amputar “de emergencia” para poder salvar al resto del organismo. Entonces ¿pude un gobierno tener como axioma, principio o proyección de futuro a la noción de emergencia como “el” vector de sus propias condiciones de posibilidad? En simple ¿Tiene la emergencia sentido en su aplicación más allá de su tiempo implacablemente presente? No, no es posible porque la emergencia muere en cuanto se resuelve su urgencia.

Lo que sí puede pasar, es que la emergencia devenga “excepcionalidad”; y ésta sí tiene otra temporalidad, una que es extensible en el tiempo porque no se trata de una respuesta al instante, sino que es un estado que requiere, necesariamente, de un diferir, es decir, de un espaciamiento temporal.

Así la pregunta sobre la emergencia como facilitadora de la excepción no es en absoluto delirante ¿Qué pasará cuando la invocación a la emergencia sea inane, estéril para seguir mutilando el cuerpo social infectado? Si está la emergencia misma condenada desde su origen a desaparecer en el tris de tiempo que es el aquí y ahora ¿qué es lo que viene como nueva figuración restaurada para ecologizarnos del mal que llega desde todos los puntos cardinales?

Siguiendo a Giorgio Agamben en su libro Estado de Excepción (homo sacer II, I), leemos que  (…) el estado de excepción se presenta como la forma legal de lo que no puede tener forma legal. Esta imposibilidad de ser ley aunque tenga la forma, es lo que por su parte Derrida llamará el “fundamento místico de la autoridad” (1994). Esto es que nadie cuestiona, ni tensa, ni pregunta si la violencia que el Estado despliega (que viene adherida a lo excepcional) es o no legítima; y esto porque su explicación al interior de un nuevo tinglado de urgencias implica que las acciones orientadas al disciplinamiento se mistifiquen vía fuerza de ley que no es ley, y cuyo origen no está en ninguna parte más que en la ígnea pulsión a la dominación.

Si esto llegase a ocurrir y la emergencia pierde entonces la capacidad radioactiva que tuvo como proyecto discursivo en campaña, no es aleatorio dar con que la excepcionalidad –que, insistimos, está en la ley aunque funcione por fuera de ella como lo apunta Agamben– sea nuestro nuevo tiempo, el despegue de otro significante o, en simple, la instalación de un poder sin contrapesos.

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