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Jueves, 9 de Julio de 2026
Política

Diálogo, cercanía y empatía: ¿la fractura de un frágil carisma presidencial?

Francisca Santander Faúndez
Joaquín Riffo B.

El episodio viral entre el presidente José Antonio Kast y un niño que no quiso saludarlo en Villarrica expuso algo más profundo que un mal día: la dificultad del mandatario para sostener cercanía y diálogo cuando pierde el control del escenario. Este tipo de tropiezos, sumado a una acumulación de patrones, lo tienen actualmente con la desaprobación más alta desde que asumió el cargo. 

Un niño que no quiso saludar al presidente Kast. Una reacción que escaló hasta convertirse en un enfrentamiento con la madre, mientras Kast le exigía, que le confirmara si ella era la progenitora: “¿es usted la mamá?, ¿es usted la mamá?” repetía el presidente. El viralizado video dejó una marca que tal vez no se mide en los vaivenes de las encuestas semanales, sino en algo más difícil de reparar: la percepción de que al presidente le cuesta la cercanía, la empatía y el diálogo, justo en los momentos que más se le exigen: frente a un niño o frente a alguien que no responde a la lógica del poder.

Son de hecho esas variables las peores evaluadas en la última medición de Cadem, la misma que apuntó a Kast con un 60% de desaprobación, la más baja desde que asumió en marzo pasado. Según el sondeo, los atributos peor evaluados son que es “dialogante”, con 33% y una caída de cinco puntos; “cercano”, con 31% y dos puntos menos; y “empático”, con un 30%, también dos puntos por debajo de la medición anterior.

En la misma medición, por otra parte, también se estableció que los atributos de gestión con peor percepción son “cuenta con un buen equipo de gobierno” (33%), “puede mantener ordenada a su coalición política” (20%) y “tiene una buena relación con la oposición” (18%).

El oficialismo, al ser consultado por las cifras, se ha escudado en la situación país y global, dándole una explicación más contextual a los malos resultados en tan poco tiempo por sobre el desempeño de la propia figura presidencial. 

Desde Renovación Nacional, su presidenta Andrea Balladares ha intentado matizar el escenario, argumentando que el Ejecutivo se ha visto forzado a adoptar determinaciones complejas. “El gobierno ha tenido que tomar decisiones muy difíciles”, señaló la dirigenta, aludiendo al impacto del alza en los combustibles. Para Balladares, se trata de una gestión de carácter responsable cuyo costo debería diluirse con el tiempo, esperando que la implementación de la agenda pública logre, eventualmente, reconectar con el respaldo de la ciudadanía.

En una línea similar, el timonel de la UDI, Guillermo Ramírez, desestimó que las cifras reflejen un fenómeno de indignación colectiva. “Yo no veo que haya malestar social”, sostuvo, distanciándose de los diagnósticos más críticos. Según su lectura, la opinión pública simplemente exige celeridad en los logros. Ramírez apuesta a que, una vez que las estrategias de seguridad lideradas por el ministro Arrau den frutos y la estabilización económica tras el fin del conflicto bélico permita reducir los precios de la bencina, la curva de las encuestas iniciará un proceso de recuperación.

Por su parte, el líder del Partido Republicano, Arturo Squella, planteó una interrogante sobre la magnitud de la caída, sugiriendo que, ante la crisis global y el golpe directo al bolsillo familiar por el valor de los hidrocarburos, el desgaste institucional podría haber sido incluso más severo de lo que muestran los sondeos actuales.

Desde la otra vereda, el presidente del Partido Comunista, Lautaro Carmona, sostuvo que la ciudadanía recién “está conociendo al presidente”. Según su diagnóstico, el descontento se agudiza por una realidad económica donde la sentencia de que “no se llega a fin de mes” resuena con una fuerza cada vez más persistente en los hogares.

La evitabilidad como verdadero costo político

Para el analista  Darío Quiroga, lo que diferencia este episodio con otros roces con la ciudadanía, —que todo presidente enfrenta y que la opinión pública en general tolera—, es que se trató de una situación “totalmente despejable por el Presidente. La vara con la que se mide es baja, y por eso pesa más. No se exige carisma ni cercanía genuina, solo el aplomo suficiente para no caer y no entrar en una discusión, y mucho menos cuando se trata de un niño”. 

Que el mandatario no lograra sostener ese umbral mínimo es, en su lectura, lo que transforma un cruce menor en “una especie de descontrol con algo muy pequeño, muy nimio”.

El intento posterior del entorno presidencial de reparar el daño, —salir a dar explicaciones, decir que el presidente nunca se enojó,— probablemente no sea suficiente, según Quiroga, porque ese tipo de errores es “muy difícil corregirlos hablando”, pues las imágenes ya circularon y eso hace que sea poco creíble.

Ahí aparece un análisis más de fondo sobre el estilo del mandatario. Kast no parece cómodo en el terreno de la improvisación, y ese déficit se nota justamente en los espacios en donde no puede controlar el escenario: en el trato directo, espontáneo, con alguien que no responde a la lógica protocolar del cargo. Esto es, según Quiroga, una dificultad estructural más que un traspié puntual.

Este tipo de golpes a atributos sensibles, plantea el analista, no cicatrizan rápido: “quedas con la herida expuesta (...) no es una herida grande, pero no cicatriza rápidamente”. Si en los próximos meses Kast protagoniza una situación similar, —no necesariamente con un niño, sino con cualquier persona— el episodio se reactivará de inmediato, y esta vez como un patrón, advierte Quiroga.

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