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Miércoles, 27 de Octubre de 2021
[Sábados de streaming]

Documentales - Posverdad: desinformación y el costo de las fake news

Juan Pablo Vilches

Con simpatías claramente demócratas, este documental exhibe la lógica y el modus operandi del viejo oficio de fabricar mentiras, pero divulgadas con herramientas de un poder inédito y aún incontrolable. 

Recientemente, The Wall Street Journal lanzó una serie de reportajes sobre Facebook en los que se le acusa –entre otras cosas– de no aplicar algunas de sus reglas a millones de usuarios con gran cantidad de seguidores, de ignorar las investigaciones realizadas respecto del impacto negativo de Instagram en la autoestima de las adolescentes, y de alterar el algoritmo para elevar las interacciones en la plataforma de Facebook, teniendo por resultado intercambios más virulentos entre los usuarios.

Este es uno de los muchos corolarios que está dejando la creciente conciencia del rol de las noticias falsas en el devenir político mundial y del rol de las plataformas tecnológicas –como Facebook, Youtube, Twitter, o los repositorios de podcasts de Apple o Spotify– en su difusión. El documental que nos ocupa trata precisamente de este fenómeno, mostrando sus primeros casos reconocibles, perfilando a sus “mejores” exponentes y hasta proponiendo una solución para un problema que parece irresoluble.

Desde su epígrafe –un breve seguimiento a un operador político bastante versado en estas prácticas–, el documental revela parte de su estructura y el más importante de sus supuestos. La desvergonzada franqueza con que los creadores de noticias falsas justifican su oficio habla de un clima político donde las confianzas entre republicanos y demócratas están completamente rotas, y donde se asume que todo es válido pues ya está validado por su uso.

A la franqueza de los fakers se suma el escándalo y la posición beligerante –aunque de diversa intensidad– de los periodistas de medios como The New York Times, Washington Post y CNN, quienes básicamente relevan las falacias y vacíos lógicos presentes en las noticias falsas y en las teorías conspiranoicas salidas principalmente desde la derecha. Estos medios eran precisamente los que Donald Trump llamaba “fake news media”.

La desvergonzada franqueza con que los creadores de noticias falsas justifican su oficio habla de un clima político donde las confianzas entre republicanos y demócratas están completamente rotas, y donde se asume que todo es válido pues ya está validado por su uso

En torno a este coro de voces se urde un relato que no precisa de un narrador, salvo unos escasos intertítulos, y que nos acompaña por una secuencia de los episodios más infames en torno a noticias falsas, donde el peligro y la ridiculez simplemente no se pueden separar.

Por ejemplo, la primera estación de este viaje nos lleva a Texas en 2015, cuando un ejercicio militar de rutina despertó la sospecha de que el gobierno de Barack Obama estaba construyendo una red de campos de concentración para sus opositores de derecha… justo en los subterráneos de unos Wal-Mart que habían cerrado recientemente.

La segunda estación nos lleva a Washington DC, al episodio de la pizzería Comet, que supuestamente servía como calabozo y puesto de delivery de niños cautivos para ser abusados por una red de pedófilos liderada por políticos demócratas. El documental naturalmente que hace el trabajo de ir al lugar, hablar con el dueño y los empleados, y también recupera el material grabado de la detención de un autoproclamado justiciero que llegó armado al local lleno de gente, para liberar a los niños que supuestamente estaban ahí y que por supuesto nunca estuvieron.

El ridículo de la mano del peligro. Sin embargo, no sabemos si el realizador hizo el esfuerzo de hablar con ese justiciero para preguntarle si seguía creyendo en la patraña del Pizzagate o si la realidad que vio con sus propios ojos había servido de límite para la fabulación que lo llevó a emular al protagonista de Taxi Driver.

Y esto es una oportunidad perdida, pues aquí está una de las hipótesis que el documental desea probar: las noticias falsas son posibles porque la proliferación de medios y su personalización pueden lograr que millones de personas vivan en una realidad paralela a través de interacciones diseñadas para potenciar el llamado “sesgo de confirmación”. 

En su progresión hacia el corazón de estas nuevas tinieblas, el documental se anota un punto importante al seguir en directo y en tiempo real la elaboración de una mentira falsa particularmente miserable: la acusación de abuso sexual a Robert Mueller, entonces fiscal especial del Departamento de Justicia que investigaba las conexiones rusas de Trump.

El documental nos muestra que la paranoia se alimenta de mentiras, pero también las mentiras florecen en una paranoia ya existente.

Antes de la conferencia de prensa donde revelarían la acusación y la acusadora, uno de los “investigadores” sacó una foto de un bus estacionado en medio de una calle y la publicó diciendo que ahí venía una turba para empañar la conferencia. Ante el cuestionamiento de un periodista de que en la foto no se veía ninguna turba, su autor dijo “es probable que la haya” con cierta convicción, con lo que el documental nos muestra que la paranoia se alimenta de mentiras, pero también las mentiras florecen en una paranoia ya existente.

Y como dijimos, esto está tan legitimado que sus perpetradores confiesan abiertamente lo que hacen y sus razones, lo que ciertamente agrega mucho valor a lo que vemos. Por ejemplo, un demócrata no solo confesó que inventó un proyecto de Ley Seca a un candidato republicano al Senado por Alabama, sino que hizo el ejercicio matemático que hace creíble pensar que ese candidato efectivamente perdió la elección por la chapuza que él creo y por muchas otras más que hubo de lado y lado. Es como ver a un criminal confesando un crimen.

Uno de los más abyectos de estos “criminales” es Alex Jones, fundador del sitio Infowars, cuyo prontuario tiene joyas como la teoría de que la masacre escolar de Sandy Hook era falsa y que los adolescentes sobrevivientes eran actores. El documental se basa en la caída de este sujeto y de sus plataformas de difusión –gracias a las corporaciones tecnológicas privadas que hicieron valer su derecho de admisión a sus plataformas– para apostar por un cierre edificante y esperanzador; como si la decisión de Apple de bajar los podcasts de Jones y la posterior derrota de Trump significaran un cambio de marea en el protagonismo de la posverdad en la vida contemporánea.

Para colmo, se vuelve a la pizzería Comet para cerrar el documental, un local familiar y comprometido con la comunidad gay, que por lo tanto apela a liberales y conservadores en torno a los valores de “familia, comunidad y verdad”, como dice el dueño del restaurant. 

Se agradecen las buenas intenciones, pero sinceramente es poco creíble que unas cuantas decisiones corporativas y la resurrección de una pizzería tras la irrupción de un pistolero basten para recomponer las confianzas o restauren la posibilidad de dialogar en torno a los mismos hechos y las mismas cifras. Tampoco bastan para neutralizar el impacto de las plataformas de difusión, cuyos propios dueños aún no terminan de comprender y menos de domeñar.

Pese a este tropezón voluntarista, se recomienda ver este documental. No solo porque aborda un tema esencial de la convivencia contemporánea, sino porque lo hace con las voces de quienes no tienen ninguna vergüenza para hablar. Especialmente con quienes sí deberían tenerla.

 

Acerca de…

Título: Posverdad: desinformación y el costo de las fake news (2020)

Nacionalidad: Estados Unidos

Dirigida por: Andrew Rossi

Duración: 95 minutos

Se puede ver en: HBO Max

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