Este año Colo-Colo está ganando el campeonato con suma facilidad, sin cuestionamientos ni rivales. Es parte de lo que define a los de Macul, siempre y a todo evento. Los albos pueden equivocarse en la conformación de su plantel, pueden tener problemas dirigenciales, pueden atravesar períodos de juego mediocre y pueden incluso pasar temporadas enteras lejos de lo que sus hinchas esperan; pero hay algo que sigue siendo difícil de discutir: en Colo-Colo existe una obligación histórica de pelear por el campeonato, en términos que hinchas y jugadores han entendido siempre que el principal elemento de la identidad colocolina es ese: ganar. Para ellos conformarse con competir no tiene sentido alguno. El club puede no acertar, pero difícilmente puede convencerse de que ser tercero sea suficiente. Esa presión, que a veces puede resultar fatigosa y hasta injusta, es también una de las razones por las que Colo-Colo conserva una condición que otros clubes parecen haber ido perdiendo: la convicción de que una temporada no se mide solamente por lo razonablemente bien que se hicieron las cosas, sino por cuánto se estuvo dispuesto a hacer para ganar y lo central: si ganaron o no.
Lo interesante es que, mirando el campeonato desde esa perspectiva, la diferencia entre los clubes no parece estar únicamente en sus presupuestos. Evidentemente el dinero importa y mucho. No se puede pretender que un equipo con recursos limitados compita en igualdad de condiciones con instituciones exponencialmente más poderosas. Pero hay una diferencia entre no poder hacer algo y no estar dispuesto a intentarlo. Se habla de proyectos, de procesos, de responsabilidad financiera, de planificación y de objetivos institucionales, todos conceptos perfectamente razonables cuando significan algo. El problema aparece cuando terminan convirtiéndose en un lenguaje destinado a explicar por qué ganar no era realmente tan importante.
Hay clubes que parecen construir sus temporadas pensando en clasificar a una copa, terminar en una posición decorosa, evitar el descenso o simplemente no tener demasiados problemas. Y nada de eso es ilegítimo. Lo extraño es que, en un campeonato profesional, la ambición de ser campeón haya comenzado a parecer una conducta excepcional. Una liga así esta destinada a la mediocridad y a la perdición.
La Universidad de Chile representa en ese sentido una paradoja particularmente interesante. Pocos clubes tienen en Chile una combinación comparable de hinchada, historia, capacidad de convocatoria y potencial comercial. Y, sin embargo, da la impresión de que la U se ha ido acostumbrando a vivir de su pasado de gloria y se su vocación de incondicionalidad. El problema de vivir de la memoria es que aquella no juega los partidos del domingo. Los grandes equipos del pasado pueden explicar la dimensión de un club, pero no pueden justificar eternamente las decisiones del presente. Y en el caso de la U, la cosa se complica cuando algunos hoy comienzan a cuestionar el ADN incondicional de los azules, para pretender forzar el remezón que haga más importante el título que la mística. A dicho dilema, podemos agregar una cuestión todavía más compleja: no sabemos con suficiente claridad quiénes están detrás, qué intereses tienen y qué esperan exactamente del club; y justamente porque no lo sabemos y podríamos sospechar lo peor, hoy con bastantes indicios, tampoco podemos saber hasta dónde el éxito deportivo es prioritario. Y una hinchada que, legítima y hasta heroicamente, sostiene que lo importante no es ganar sino aquel significado profundo de pertenecer, a tal punto que lo peor es abandonar en las malas, es el caldo de cultivo óptimo para ser objeto de manipulación.
En la UC resulta significativo que incluso el “Tati” haya terminado saliendo en un contexto marcado por cuestionamientos a la falta de inversión, cuando resultó evidente que los precordilleranos perdieron el hambre de campeonar. Es cierto, no se trata de gastar por gastar ni de responder a cada fracaso con una contratación millonaria. Se trata de entender qué nivel de compromiso existe con la idea de volver a construir un equipo que aspire realmente a ganar. Siempre que para ellos eso sea más importante que tener una institución en regla y un lindo estadio, que es lo que cualquiera entiende, desde fuera, que son sus reales prioridades.
¿Algún otro equipo podría decir seriamente que se propuso ganar este campeonato desde el comienzo? No, seamos claros: ese discurso solo se lo podemos creer a Colo-Colo, que efectivamente lo está consiguiendo con bastante holgura.
Y entonces Coquimbo vuelve a aparecer como la referencia necesaria. El año pasado demostró que no era necesario pertenecer al grupo de los gigantes tradicionales para tomarse en serio la posibilidad de ser campeón. No tenía la historia de Colo-Colo ni la masa social de Universidad de Chile. No necesitaba tenerlas. Necesitaba hacer bien aquello que estaba en condiciones de hacer. La pregunta que queda flotando desde entonces es bastante sencilla: si un club como Coquimbo pudo entender que una buena campaña debía ser acompañada por una verdadera voluntad de aprovecharla, ¿por qué otros no podrían hacerlo? ¿Por qué ningún otro siquiera se lo propone?
Quizás la respuesta tenga que ver con el dinero, pero no completamente. También tiene que ver con el riesgo. Intentar seriamente ser campeón significa equivocarse más caro, tomar decisiones, invertir, corregir, asumir responsabilidades y exponerse al fracaso. Es mucho más cómodo construir una temporada en la que, al final, siempre exista una explicación razonable para no haber ganado.
Por eso el campeonato chileno tiene algo extraño. No faltan clubes grandes, no faltan hinchas, no faltan jugadores talentosos ni faltan oportunidades. Lo que parece faltar, en demasiados casos, es esa mezcla de ambición y obligación que hace que un equipo entienda que el segundo lugar -el Chile 2- tiene ciertas recompensas, pero sigue siendo un segundo lugar. Que no pasa a la historia, carente de gloria y de épica. Hemos aprendido a celebrar la clasificación, a valorar la competitividad, a rescatar los procesos y a justificar las derrotas. A celebrar hasta el cansancio la lógica de la pertenencia y la incondicionalidad. Todo eso puede ser razonable. Lo que no debería ser razonable es que la posibilidad de ser campeón se transforme en una especie de accidente feliz que ocurre cuando todas las circunstancias se alinean y el único al que realmente le interesa ser campeón, que se define como tal, tropieza miserablemente.
Quizás por eso resulta tan interesante mirar lo que hicieron Coquimbo el año pasado y Colo-Colo siempre. No porque sean equipos perfectos ni porque necesariamente vayan a terminar levantando la copa, sino porque transmiten algo que el fútbol necesita para ser fútbol: la sensación de que existe una consecuencia concreta detrás de cada partido. Que ganar importa. Que perder importa. Que una mala decisión tiene un costo y que una buena decisión puede cambiar una temporada. Que el campeonato no es una larga sucesión de fechas destinadas a determinar quién clasifica a qué torneo internacional, sino una competencia en la que, en algún momento, alguien tiene que querer ser el mejor.





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