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Martes, 9 de Junio de 2026
[Revisión del VAR]

El fracaso de la Roja Femenina

Roberto Rabi González (*)

Cada vez que celebramos el descubrimiento de un futbolista o una futbolista con raíces chilenas que creció en el extranjero, en el fondo estamos reconociendo una carencia propia. No se trata de cuestionar su incorporación. Al contrario. Ambos representan oportunidades valiosas. El problema es que se han transformado en soluciones para problemas que deberían resolverse dentro de nuestras propias fronteras.

Durante algunos años nos convencimos de que el fútbol femenino chileno había encontrado un camino. No era una ilusión infundada. Existían resultados concretos: una clasificación mundialista, a Francia 2018, tras golear a Argentina 4 a 0 en el partido decisivo. Una participación olímpica y jugadoras que habían alcanzado un nivel inédito desempeñándose en el fútbol del primer mundo.

Hoy el panorama es muy distinto. Chile acaba de quedar fuera del mundial y la sensación dominante no es la frustración por un mal partido ni la tristeza por una eliminación puntual. Lo preocupante es la impresión de estancamiento. De haber perdido una ventaja que parecía consolidada. Y, entonces, la pregunta inevitable es qué ocurrió entre aquella selección que clasificó al Mundial y la que hoy vuelve a quedarse en el camino. Por segunda vez consecutiva.

La respuesta más cómoda es buscar culpables inmediatos. En el último partido, sin duda, la actuación de Christiane Endler dejó espacio para el debate. Dos errores decisivos terminaron costando carísimo y resulta imposible ignorarlo. Sin embargo, no olvidemos que, de no haber mediado dichos errores, el destino era aún incierto. Un repechaje, una posibilidad, no la certeza de una participación mundialista. Y también que Tiane no tiene la culpa de que sus compañeras no hayan sido capaces de embocarla por lo menos un par de veces ante Ecuador,  una selección que históricamente estuvo varios escalones por debajo de Chile y que hoy parece haber reducido esa distancia.

Existe un paralelo interesante con el declive de la llamada Generación Dorada masculina. Durante años, Chile descansó en la certeza de que tenía futbolistas extraordinarios capaces de resolver partidos y compensar las deficiencias estructurales del sistema. Mientras estuvieron en plenitud, las carencias del fútbol chileno quedaron ocultas detrás de los resultados.

Algo similar parece haber ocurrido con la selección femenina. Durante demasiado tiempo se asumió que la presencia de Endler bastaba para garantizar competitividad internacional. Y Endler fue, efectivamente, una de las mejores arqueras del mundo. Pero ninguna selección puede depender indefinidamente de una sola figura. Menos si es el guardavalla. Porque el fútbol exige evaluar rendimientos actuales y no trayectorias pasadas. El prestigio no puede transformarse en una inmunidad frente a la crítica deportiva. Pero incluso esa discusión resulta secundaria frente al problema de fondo.

Cuando la selección masculina comenzó a declinar, muchos atribuyeron el fenómeno al envejecimiento natural de sus figuras. Era cierto, pero incompleto. El verdadero problema fue que detrás de ellas no aparecieron reemplazos equivalentes. El sistema dejó de producir. Con el fútbol femenino ocurre algo parecido. La gran pregunta no es por qué Endler cometió dos errores. La pregunta es por qué Chile sigue dependiendo tanto de Endler.

La aparición de Sofía Coulombe aporta otra pista relevante. Al igual que ocurrió con Ben Brereton en la selección masculina, una de las futbolistas más prometedoras disponibles para Chile se formó íntegramente fuera del país. Su incorporación es una buena noticia para la selección. Lo que no constituye una buena noticia es lo que revela. Porque tanto Brereton como Coulombe terminan siendo evidencia de una misma realidad: el fútbol chileno produce menos talento del que necesita.

Cada vez que celebramos el descubrimiento de un futbolista o una futbolista con raíces chilenas que creció en el extranjero, en el fondo estamos reconociendo una carencia propia. No se trata de cuestionar su incorporación. Al contrario. Ambos representan oportunidades valiosas. El problema es que se han transformado en soluciones para problemas que deberían resolverse dentro de nuestras propias fronteras.

Mientras otros países invierten en infraestructura, competencias juveniles, captación de talentos y formación de entrenadores, en Chile seguimos hablando de métricas y dirigentes ineptos. Quizás por eso la eliminación duele más de lo habitual. Porque no parece un accidente. Se parece demasiado a una tendencia.

Durante años el fútbol femenino chileno tuvo una generación excepcional que logró empujar los límites de lo posible. Del mismo modo que ocurrió con la Generación Dorada masculina, confundimos los frutos con las raíces. Creímos que el éxito era permanente cuando en realidad dependía de un grupo irrepetible de futbolistas.

Las derrotas siempre encuentran responsables inmediatos. Los fracasos, en cambio, suelen ser obras colectivas. Y cuando una selección comienza a depender más de las excepciones que de su capacidad para producir nuevas figuras, el problema rara vez está en el último partido ni en la última jugada.

Está en todo lo que se dejó de hacer antes de llegar al precipicio.

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