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Domingo, 18 de abril de 2021
A 30 años de su asesinato (Parte VI)

El intento fallido de la DINA por demostrar que Jaime Guzmán era homosexual

Manuel Salazar Salvo

Algunos antiguos gremialistas junto a Guzmán. Entre ellos; Miguel Kast, Antonio Vodanovic, Manfredo Mayol y Javier Leturia

Algunos antiguos gremialistas junto a Guzmán. Entre ellos; Miguel Kast, Antonio Vodanovic, Manfredo Mayol y Javier Leturia
Algunos antiguos gremialistas junto a Guzmán. Entre ellos; Miguel Kast, Antonio Vodanovic, Manfredo Mayol y Javier Leturia

El gremialismo sufre un duro golpe al detectarse un fraude en la Cooperativa de Ahorros y Préstamos La Familia. Poco antes el coronel Manuel Contreras, jefe de la Dina, había montado una operación para penetrar en la vida privada de Guzmán.

A comienzos de 1975, la crisis internacional del petróleo repercutió en el país, mostrando que no todo marchaba tan bien como se suponía. Las discusiones aumentaron y el general Augusto Pinochet debió optar entre dos salidas: actuar pausadamente, aplicando poco a poco medidas correctivas o efectuar una operación de cirugía mayor, una verdadera política económica de shock.

"No estoy convencido de esto... No estoy dispuesto a dejar los intereses sueltos al mercado... Se van a disparar... Esto es darle carta blanca a los usureros", reflexionaba el general. "No. Esto no lo voy a dejar pasar. No, no me convence".

"¿A ti que te parece?", le preguntó de a su asesora personal, su prima, abogada.

La mujer sabía poco, casi nada de economía. Ella era experta en derecho administrativo, en los mil secretos que permitían dar forma a cualquier entelequia sin pasar a llevar las normas y reglas que tan celosamente cuidaba la Contraloría General de la República, desde donde la había sacado su primo para llevada a la cumbre del gobierno militar.

Ella intentó dar una respuesta coherente. Habló de la necesidad de dar mayores libertades, pero fue interrumpida bruscamente por el general.

"No. No entiendes nada. Estás equivocada. Yo te lo voy a demostrar", le dijo.

Retornaron a la reunión en la residencia de Cerro Castillo, donde poco antes el ministro de Hacienda, Jorge Cauas había explicado en detalle la política económica de shock que deseaba aplicar. Al término del encuentro Pinochet aceptó el plan de Cauas.

Jaime Guzmán percibió que la política económica emprendida por Cauas provocaría los primeros síntomas de descontento, incluso entre los partidarios del régimen militar. Ya eran varios los dirigentes gremiales e incluso importantes empresarios que habían subido el tono de sus críticas. Le pareció urgente entonces proporcionar al régimen un movimiento que reuniera a sus partidarios y mantuviera en alto la moral de la ciudadanía, principalmente la de los jóvenes universitarios, de donde se pretendía obtener nuevos colaboradores. Junto a sus jóvenes gremialistas, había venido dando una dura aunque sorda batalla en la Secretaría Nacional de la Juventud y en la Secretaría Nacional de los Gremios en contra de los sectores nacionalistas que también veían en esas organizaciones la posibilidad de conformar un movimiento de apoyo a Pinochet, aunque con propósitos muy distintos. Surgió entonces el Movimiento Juvenil de Unidad Nacional.

El año de 1976 no fue bueno para el gremialismo. La imagen de probidad que se esforzaban en proyectar sufrió un considerable revés al conocerse ciertos irregulares manejos en la administración de la Cooperativa de Ahorro y Préstamos La Familia. La iniciativa de crear la cooperativa había surgido en el segundo semestre de 1975 durante una reunión en la Casa Central de la Universidad Católica, presidida por el vicerrector de Asuntos Económicos y Administrativos, Alberto Hardessen, y a la que asistieron Javier Leturia, Cristián López, Tomás Irarrázaval, Juan Infante, Miguel Kast, Carlos Paul y Sergio Oyanedel.

Ellos deseaban idear una fórmula que les permitiera administrar en la mejor forma posible los fondos de bienestar de los estudiantes de la UC. Se decidieron finalmente a prestar servicios de ahorro y préstamo a cualquier interesado, dando vida a La Familia y lanzándola con una fuerte campaña publicitaria a través de Canal 13 y de otros medios de prensa, donde conocidos periodistas y deportistas invitaban al público a invertir su dinero.

Legalmente, La Familia fue constituía en octubre de 1975, y se designó gerente a Cristián López Sagredo, que luego fue reemplazado por el ingeniero agrónomo Rodrigo Mujica, uno de los fundadores del gremialismo, que se había desempeñado como director de Odepa, la oficina 'de planificación del Ministerio de Agricultura.

Pronto se formaron dos comités: uno agrícola, integrado por Francisco Cerda, Sebastián Pérez, ejecutivo de Icira, y Sebastián Vicuña, de Prochile; y otro estudiantil, conformado por Ignacio Astete, Luis Cordero, dirigente de la Secretaría Nacional de la Juventud, Javier Leturia y Hernán Larraín, di- rector de Asuntos Estudiantiles de la UC, hoy ministro de Justicia. También se sumó el entonces secretario de la Rectoría de la UC, el abogado Carlos Bombal.

La cooperativa fue intervenida en enero de 1977 y en los años siguientes se comprobaron numerosas irregularidades. El juez Sergio Dunlop llegó a la conclusión de que La Familia "fue defraudada en diversas cantidades por personas que se apropiaron indebidamente de dineros que a ella le pertenecían en el período comprendido entre abril y octubre de 1976, por montos que exceden los 400 sueldos vitales".

El magistrado declaró culpables a cuatro miembros del consejo de administración de la cooperativa. Al gerente general, Cristián López, lo condenó a cinco años y un día de cárcel; a los directores Alberto Hardessen Benjerodt y Luis Gaete Umaña, a 541 días de reclusión; y, a Rodriga Mujica Arteaga, gerente general durante los últimos dos meses antes de la quiebra, a 41 días de presidio. López, el principal inculpado, había sido nombrado por decreto supremo como integrante de la Comisión de Reforma del Código del Trabajo y era académico de la Facultad de Economía de la UC.

La defensa de los indignados ahorrantes fue asumida por el abogado Pablo Rodríguez, uno de los principales contradictores de Jaime Guzmán y de los gremialistas.

"Lo que ha ocurrido con La Familia demuestra dos cosas: el fracaso de la política de creación del mercado de capitales y las vinculaciones que en este fracaso tienen organismos tan importantes como la Universidad Católica y sectores que, hasta hace poco tiempo, controlaban el movimiento juvenil. Me refiero al gremialismo de la Universidad Católica", expresó el abogado a los medios de comunicación.

Dunlop encontró una libreta roja entre los documentos incautados que contenía más de cien nombres que uno a uno identificó y llamó a declarar. Supo entonces que había dineros prestados a la Secretaría Nacional de la Juventud que no aparecían debidamente acreditados en la contabilidad.

Citado al tribunal, el presidente de la Secretaría Nacional de la Juventud, Luis Cordero Barrera, sostuvo que como dirigente del Frente Juvenil de Unidad Nacional participó en la creación de la cooperativa, que el Frente obtuvo créditos de ella en tres oportunidades, que no pudieron pagarse y que "conversando con López, éste les dijo que no se preocuparan, que los devolvieran cuando pudieran".

Incluso el propio Guzmán debió sortear una orden de arraigo dictada en su contra y demostrar que no tenía vínculos formales con La Familia. También se vio comprometida la Fundación Azul, creada en 1974 por Guzmán para aglutinar a los jóvenes gremialistas. En su sede, en calle Suecia, la misma que sirvió para las reuniones de los economistas neo liberales y que ahora es la sede de la UDI, había nacido formalmente La Familia. En el directorio de la Fundación Azul, además de Jaime Guzmán, figuraban Javier Leturia y otro ex-secretario nacional de la juventud, Cristián Valdés Zegers.

El periodista Mauricio Carvallo reveló en enero de 1988 que Valdés Zegers, ingeniero comercial, doctorado en Chicago, ex-gerente general de Corfo, había abandonado el país y estaba siendo buscado por Interpol, pero no por su eventual participación en los turbios negocios de La Familia, sino por su responsabilidad como gerente general del Banco Hipotecario de Crédito, BHC, y luego como director del Banco Andino, en las quiebras de ambas entidades; por todo ello había sido encargado reo por el ministro en visita Alberto Chaigneau.

El escándalo de la cooperativa La Familia fue tapado hasta donde se pudo por el gobierno militar y por los medios de prensa cercanos al gremialismo, pero se transformó en el lunar negro y peludo de los seguidores de Guzmán.

En diciembre de 1976, Cauas abandonó el Ministerio de Hacienda, para dejarlo en manos de Sergio de Castro. La economía tendía a estabilizarse y empezaban a llegar lentamente algunos capitales externos.

Dos nuevos y poderosos grupos económicos emergieron en 1977 con una energía arrolladora. Por una parte, Manuel Cruzat y Fernando Larraín transformaron al Banco de Santiago en símbolo de su poder, luego de convencer a Jorge Cauas para que, apoyado por el ex presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, Alfonso Márquez de la Plata, se hiciera cargo de la gestión. A pocas cuadras de allí, Javier Vial levantaba al Banco de Chile como la piedra angular de su conglomerado empresarial.

Bruscamente, el mercado financiero se transformó en el barómetro de los éxitos y fracasos. La mayoría de los grupos económicos empezó a vender sus empresas productivas para incorporarse a la nueva fuente de riqueza: la especulación. En ese ambiente, se desató una verdadera guerra económica cuya primera víctima fueron los denominados "Cocodrilos", un grupo empresarial dirigido por Francisco Fluxá y Vittorio Yaconi, propietarios del Banco Osorno y La Unión.

La Dina los sentenció al convencer a Pinochet de que a través de sus operaciones estaban ayudando al financiamiento del Partido Demócrata Cristiano. La arremetida fue furibunda: el banco fue intervenido y Fluxá y Yaconi enviados a la cárcel.

El éxito económico y la sensación creciente de bonanza otorgó a cuatro ministros una influencia decisiva. Ellos eran Sergio de Castro, en Hacienda; Pablo Baraona, en Economía; Sergio Fernández, en Trabajo; y, Roberto Kelly, en Odeplan.

Los cuatro hombres coincidieron en que para seguir avanzando era necesario mejorar la imagen internacional del gobierno, severamente deteriorada después del asesinato de Orlando Letelier en Washington y del atentado en contra de Bernardo Leighton y su esposa en Roma.

Los reclamos por los detenidos desaparecidos y el incesante accionar de la Dina, empeñada en crear una organización continental para luchar en contra del comunismo, aparecían como algunos de los escollos mayores. Era urgente un cambio decisivo en el tema de los derechos humanos y para ello había que convencer a Pinochet de que removiera a Manuel Contreras.

Manuel Contreras

Simultáneamente se hacía indispensable también fijar un itinerario, una ruta hacia el futuro que aunara a los partidarios del régimen. Jaime Guzmán había planteado muchas veces el tema y al promediar el otoño de 1977 pareció que el momento era el óptimo.

Fallido intento de la Dina

El 4 de diciembre de 1978, el general Nilo Floody Buxton, comandante en jefe de la Región Militar Austral, en uso de sus atribuciones disciplinarias, dio de baja del Ejército de Chile al capitán Ricardo Thieme Bahre y dispuso su inmediato traslado a Santiago en calidad de arrestado.

En horas de la madrugada del día anterior, cuando faltaban diecinueve días para el previsto inicio de la guerra con Argentina, el capitán Thieme, en estado de ebriedad, ordenó que los integrantes de la compañía de infantería a su mando se levantaran de sus carpas y se equiparan con total apresto de combate.

Al cabo de pocos minutos, 112 hombres, soñolientos y ateridos por el frío, estuvieron formados en una explanada de la localidad de Cerro Sombrero, en el extremo norte de la isla Grande de Tierra del Fuego.

Con voz aguardentosa, Thieme dirigió a la tropa una breve arenga y les dijo que lo mejor era entrar en calor. De inmediato, se puso a la cabeza de la compañía, ordenó girar a la derecha y gritó: ¡Al trote… marrrr!

La noche estaba despejada. A no más de 100 metros, eran visibles las trincheras de los puestos avanzados de combate de las tropas argentinas. Pertenecían al Regimiento de Infantería de Montaña N° 21, de la VI Brigada de Montaña, desplazado dos meses antes desde Neuquén.

Quince días atrás, una sección de ingenieros del ejército chileno había sembrado un campo minado antipersonal en una superficie de 3 hectáreas. La señalización respectiva era precaria.

Cinco minutos después de iniciado el trote, un teniente de reserva de la compañía mandada por el capitán Thieme pudo darse cuenta de que se encontraban en el interior de ese peligroso sector. Por su cuenta, dio la voz de alto.

 "¿Qué mierda pasa?", preguntó Thieme, sorprendido y molesto.

"Lo que pasa, mi capitán, es que estamos en un campo minado", respondió acremente el oficial de reserva.

La ebriedad del capitán Thieme se disipó de inmediato. Optó por quitarse el casco de acero para despejar la cabeza. Se aterró. No obstante, atinó a convocar a los tenientes comandantes de sección y les ordenó dar inicio al repliegue de la compañía. Éstos, a su vez, impartieron instrucciones a los cabos de las escuadras de fusileros para que dirigieran el correcto retroceso de los doce hombres que integraban cada una de esas unidades.

Ricardo Thieme recordaría después que fueron los cinco minutos más dramáticos de su vida. No era posible encender luces. Los integrantes de esa compañía debieron devolverse hacia el vivac tratando de poner los pies en los mismos puntos exactos en que habían pisado antes. Obviamente, no pudieron conseguirlo del todo. Pero la suerte pareció apiadarse de aquellos soldados, pertenecientes al Regimiento de Infantería N° 13 “Andalién”, de Cauquenes, unidad táctica que había arribado un mes antes a Cerro Sombrero.       

Pudo haber ocurrido lo peor. Las minas antipersonal están diseñadas no para matar, sino para arrancar de cuajo la pierna de quien pise una de ellas. Es proverbial en la doctrina táctica militar que un lisiado da más trabajo al enemigo que un muerto. La presión requerida para accionar la casi invisible espoleta de cada mina no supera un peso de 25 kilogramos.

Pero la suerte no fue igualmente piadosa para el capitán Ricardo Thieme Bahre.

En la mañana del día siguiente, uno de los subtenientes de la compañía que mandaba decidió dar cuenta de lo que había ocurrido.

Cuando el comandante de la brigada que estaba destacada en la isla Grande de Tierra del Fuego, tomó conocimiento de lo que había ocurrido, se dijo que ese patético desenlace era previsible.

Tanto ese oficial como Thieme pertenecían al arma de infantería. En 1970, cuando éste se graduó como subteniente, aquél, con el grado de capitán, tenía el mando de la totalidad de los alféreces de la Escuela Militar. Conocía casi en detalle el recorrido profesional de Thieme.

Después de haber sido destinado en agosto de 1971 al Regimiento de Infantería N° 19 “Colchagua” de San Fernando, el entonces subteniente Ricardo Thieme Bahre realizó el curso regular de montaña en la respectiva escuela institucional. Sus calificaciones fueron excelentes.

Al año siguiente, en los meses de noviembre y diciembre, debió participar en los intentos de rescate de un grupo de deportistas uruguayos cuyo avión se había estrellado en una muy difícil zona de la Cordillera de Los Andes. Thieme había recibido una felicitación del Presidente de la República, Salvador Allende, por los enormes esfuerzos que desplegó en tal cometido.

Pero el principio del fin de la carrera militar de Ricardo Thieme quedó marcado por su elección para integrar desde fines de 1973 la naciente Dirección de Inteligencia Nacional, DINA.

El entonces coronel Manuel Contreras contaba con atribuciones omnímodas para decidir acerca de los oficiales de todas las instituciones de la Defensa Nacional que pasarían a integrar ese organismo.

No resulta posible saber si en aquellos momentos gravitó en la decisión de Contreras el donaire masculino del teniente Thieme. Tal factor lo había acompañado desde su ingreso a la Escuela Militar en 1966.

Era un cadete especialmente bien parecido. Sus compañeros comenzaron a motejarlo como La Chancha, lo que si bien podía atribuirse a su procedencia campesina sureña, connotaba mejor un burlón aspaviento retórico tendiente a tratar de minimizar su gallardía.

Lo que es indudable es que en algún momento el director de la DINA vio en la apostura de Thieme un factor que podría permitirle defenestrar al abogado Jaime Guzmán Errázuriz de la inequívoca confianza que le estaba dispensando el general Augusto Pinochet Ugarte, a la sazón Presidente de la Junta Militar de Gobierno.

Desde febrero del año siguiente, comenzaron las duras tareas del teniente Ricardo Thieme. Fue encuadrado en la Brigada Purén de la DINA, cuya misión era capturar a los militantes del Partido Socialista. En junio de 1975 participó en la detención del diputado Carlos Lorca.

Pero su dinámica de trabajo cambió durante el mes de abril de 1976. Una mañana se le comunicó que debería presentarse de inmediato ante el coronel Contreras.

Con suma cordialidad, el director de la DINA dijo a Thieme que tenía muy buenas referencias de su desempeño militar, pero que ahora debería enfrentar un tema de alta importancia para el Estado.

El comandante de la brigada que operaba en Tierra del Fuego sabía que el coronel Contreras aseguró a Thieme que Guzmán era homosexual.

"Bueno, mi estimado amigo, yo creo que usted me entenderá bien. Usted es un hombre de muy buena facha, por lo que le va a ser muy fácil que este maricón de mierda caiga en sus redes. Yo sé que me entiende. No sé si me equivoque", le dijo el coronel.

Es un lugar común entre los militares repetir que la Inteligencia es sucia. Que al interior de tal función deben ser depuestos los parámetros éticos y tener sólo en cuenta los objetivos que a un agente de inteligencia le han sido asignados.

En esos términos, el teniente Ricardo Thieme entendió su misión. Un equipo especial de la DINA estructuró una Historia Ficticia, HF, que le permitiera ganar la proximidad y la confianza de Jaime Guzmán.

"El resto, amigo mío, correrá por cuenta de sus cualidades de seductor", dijo Contreras a Thieme una semana después.

Al comienzo, las cosas no fueron difíciles para el teniente. La Historia Ficticia lo presentaba como de nacionalidad suiza, de nombre Alfred Kunz Bernard, estudiante recién egresado de licenciatura en Matemáticas de la Universidad de Neuchâtel y avezado cultor de deportes alpinos. Gracias a que su niñez transcurrió en la compañía de una institutriz madrileña, Alfred tenía un bien logrado dominio del idioma español.

El equipo especial dotó a Thieme de toda la documentación que avalaba tanto su nueva identidad como sus estudios. Una enigmática persona residente en el puerto de San Antonio, muy cercana al coronel Manuel Contreras, diseñó el vestuario y la apariencia personal que el teniente debería presentar en su falsa identidad. Con el tema de los deportes alpinos no podría haber dificultad alguna, dado que Thieme había logrado la exigente especialidad de montaña en el Ejército de Chile.

En la sede de la entonces existente Secretaría Nacional de la Juventud, el suizo Alfred Kunz pudo conversar de modo holgado con Jaime Guzmán. Éste se entusiasmó con la posibilidad de que el gallardo licenciado en Matemáticas organizara una red nacional de andinismo y se comprometió a conseguir los recursos económicos correspondientes.

Pero en su segunda entrevista con el abogado, el teniente terminó por sentirse nervioso. Acudió al departamento que Guzmán ocupaba en el Parque Forestal de Santiago, portando una botella de coñac Napoleón que le había sido proporcionada por el equipo especial.

El abogado agradeció el caro obsequio, pero dijo a Thieme que él no bebía alcoholes fuertes. Sólo paladeo un par de copas de buen vino tinto para acompañar los asados, acotó. No obstante, le indicó que si deseaba beber un coñac, lo hiciera sin ningún problema.

El supuesto alpinista suizo se dijo que le vendría bien tomarse un trago, y se lo manifestó a su anfitrión. De inmediato, Guzmán puso en las manos de Thieme una elegante copa de cristal. Éste, de modo desapercibido, la llenó.

"Vaya, vaya", comentó Jaime Guzmán. "No sabía que los alpinistas fueran aficionados al coñac".

"Sí, don Jaime. En Los Alpes se recurre mucho al coñac para pasar el frío".

El teniente Ricardo Thieme se empinó de un solo golpe el contenido de la elegante copa. Pero comenzó a titubear. No divisaba el modo en que podría seducir a Jaime Guzmán, quien le dirigía miradas escrutadoras desde sus inmensos lentes ópticos.

Fue así que decidió volver a llenar su copa de coñac. Le pareció que las miradas de Guzmán se tornaban burlescas.

"Dígame una cosa, Alfred, ¿cuándo estaríamos en condiciones de comenzar con el proyecto de la red nacional de andinismo?", preguntó el abogado.

Antes de responder, Alfred Kunz volvió a beber la totalidad de la copa. Le siguió pareciendo que Jaime Guzmán quería burlarse. Pero el paladeo del fino licor le resultó promisorio.

"Cuando usted lo decida, don Jaime… A ver, ¿no sería posible que me dirigiera a ti como Jaime?".

"Lo que ocurre, Alfred, es que yo tengo un sentido especial de las relaciones humanas. Si usted quiere dirigirse a mí como Jaime, no hay problema alguno. Pero el tuteo es mejor que lo dejemos para después". 

"¿Y cuándo será después…, Jaime?".

"Bueno, yo diría que será cuando nos conozcamos más.

Thieme se envalentonó. Aproximó su sofá al que ocupaba Guzmán.

"Entonces, Jaime, sería bueno que empezáramos a conocernos –le dijo en tono melifluo–. Pero para eso sería conveniente que usted compartiera el coñac conmigo".

Acto seguido, Thieme se levantó de su sofá y se dirigió al estante del cual Guzmán había sacado la copa. Cogió una y procedió a llenarla. La extendió luego al abogado.

 "A ver, amigo mío, me parece que usted está un poco equivocado. Si le dije que no bebo alcohol fuerte es sencillamente porque es así. ¿Sabe? Es mejor que dejemos la conversación para otro día. Le pido, Alfred, que se retire", sentenció, categórico y con briosa pronunciación, Jaime Guzmán Errázuriz.

Azorado, Ricardo Thieme se retiró del departamento.

Sabía muy bien que las órdenes impartidas en la DINA eran para ser cumplidas en el más breve plazo. No hallaba qué hacer. Caminó un trecho por el Parque Forestal hasta que decidió ingresar en un recóndito bar de la calle Merced. Pidió una botella de coñac chileno y la bebió hasta embriagarse. Debió pedir un taxi para a la casa de Ñuñoa que oficiaba de cuartel secreto de la DINA.

Todo indica que lo que después sería un alcoholismo crónico comenzó en aquella oportunidad.

Un mes después del episodio narrado, el director de la DINA lo citó a su oficina.

"¿Cómo van las cosas, Thieme?", interrogó Contreras.

"Yo creo que bien, mi coronel".

"Sí, pero me parece que no pasa nada entre el maricón de Guzmán y usted".

"No, mi coronel. Le aseguro que falta poco".

"Mire, Thieme, este asunto es urgente. Me imagino que usted sabe que a mí no me gustan las demoras".

El coronel Contreras se levantó de su sillón y se dirigió a una caja fuerte empotrada en la pared. Sacó un pequeño paquete envuelto en papel de regalo.

"Estos caramelos están hechos de chocolate y nuez. Son afrodisíacos. Se trata de que Guzmán los pruebe. Entonces, este mugriento va a ser presa fácil de su gallardía masculina. ¿Qué le parece?".

Ricardo Thieme había albergado la secreta esperanza de que Contreras se olvidara del tema. Cuando recibió de sus manos los caramelos afrodisíacos, entendió que ese olvido no ocurriría. Debió armarse de valor y planificar su próximo encuentro con Jaime Guzmán.

Ocurrió cinco días después. La Secretaría de la Juventud citó al alpinista suizo Alfred Kunz a una reunión de trabajo que sería presidida por el abogado.

Después de las exposiciones de rigor, en cuyo marco, con amplio apoyo audiovisual, Kunz pudo discurrir metódicamente sobre el tema de la red nacional de andinismo, lo que obviamente le suscitó optimismo, Guzmán invitó a algunos de los presentes a compartir en una elegante cafetería de la avenida Providencia. Muy sonriente, saludó a Thieme.

"¿Qué tal, Alfred? Bueno, yo lo felicito por su documentada exposición".

 "Aquí estamos, don Jaime. Mire, yo le traje estos caramelos–, le dijo, a la vez que le extendía el paquete". Son de nuez y chocolate.

"Mmmm… ¡Exquisitos!", exclamó. "Voy a probar uno de inmediato".

Guzmán quitó el envoltorio a un caramelo y se lo puso en la boca. De inmediato, los ofreció a los demás circunstantes. A Thieme se le escapó el optimismo. No sabía qué podría ocurrir. 

Cuando, a fines de 1976, unas pocas personas supieron de aquellas patéticas circunstancias, les tuvo que sobrevenir una mezcla de rabia y comicidad. Sin haber cursado la subespecialidad de inteligencia militar, por algo de simple buen sentido, cualquiera pudo pensar que todo había sido disparatado.

La HF que habían preparado los analistas de la DINA presentaba la severa vulnerabilidad de que cualquier estudiante de ingeniería de la Pontificia Universidad Católica, de los muchos que seguían las directrices de Jaime Guzmán, pudo haber interrogado a Thieme acerca de los abigarrados vericuetos de las matemáticas, dado que Alfred Kunz ostentaba la licenciatura en tal disciplina. El mismo teniente dijo haber pensado en tal posibilidad, pero que no había tenido el valor de hacerla presente. En la DINA las objeciones no eran fáciles.

El comandante de la brigada no había recurrido nunca a caramelos afrodisíacos para sus aventuras amorosas, pero suponía que ese recurso debe emplearse en condiciones especiales de privacidad. En buen romance, cuando Alfred pudiera estar a solas con Jaime en un ambiente adecuado.

Quizás si lo más equívoco de todo es que muchos psicólogos, tanto chilenos como extranjeros, estiman que Jaime Guzmán Errázuriz no tuvo jamás tendencias homosexuales. La suya habría sido una personalidad asexuada y, correlativamente, sólo inclinada al perfeccionamiento intelectual.

Nada ocurrió en la ocasión en que Thieme obsequió a Guzmán aquellos caramelos. Por el contrario, de acuerdo a versiones no confirmadas, el abogado habría comenzado a sospechar que el alpinista suizo no era sino un ardid para sacarlo de escena, lo que hizo saber al general Sergio Covarrubias Sanhueza, directo colaborador del general Augusto Pinochet y declarado enemigo del general Manuel Contreras.

 Lo que sí es claro es que el teniente Ricardo Thieme no siguió siendo agente de la DINA. A fines de 1976 debió presentarse de nuevo ante el comandante del Regimiento “Colchagua”. En su hoja de vida constaba una dura anotación demeritoria:

"CASTIGO. Es sancionado con dos días de arresto militar por no haber dado cumplimiento a una delicada misión que la había sido asignada por esta Dirección. Tal deficiencia ha significado el cambio en la planificación de búsqueda de informaciones, lo que se ha expresado en distraer recursos humanos y materiales".

La anotada sanción afectará el concepto Preparación Profesional con la baja de dos puntos.

Thieme estaba amargado. Bebía pisco destempladamente. El oficial de sanidad del Regimiento de San Fernando sugirió someterlo a tratamiento psicológico en el Hospital Militar, lo que se prolongó durante casi todo el año 1977.

A comienzos de 1978 ascendió a capitán. El comandante de la unidad sanfernandina, en la idea de ayudarlo, gestionó ante la Dirección del Personal del Ejército su destinación al Regimiento de Infantería N° 17 “Los Ángeles”, considerando que allí ejercía la segunda comandancia el teniente coronel Juan Sanzani Tapia, que también había estado comisionado en la DINA.

Pero el apoyo prestado por Sanzani –oficial de inequívocos rasgos psicóticos– se redujo a hacer la vista gorda ante las cotidianas ebriedades del capitán Thieme, quien había asumido el mando de la compañía andina del Regimiento “Los Ángeles”.

En agosto de 1978 pareció haberse conseguido la recuperación de Thieme. Se le comunicó que participaría en una competencia de esquí entre las unidades de montaña del Ejército que se realizaría en Portillo. El capitán se entusiasmó. De un día para otro dejó de beber alcohol.

Pero su alegría se esfumó a mediados de septiembre. A través de un oficio secreto de la Dirección del Personal, se le comunicó que debería asumir en dos días el mando de una compañía del Regimiento de Infantería N° 13 “Andalién”, la que sería enviada al Teatro de Operaciones Austral. 

Tal como lo pensó el comandante de la brigada destacada en Tierra del Fuego, lo que ocurrió después era del todo previsible.

Continúa…

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