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Viernes, 18 de Junio de 2021
Rumbo al Premio Nacional de Periodismo 2021

El niño del helado

Edgardo Marín (*)

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Paseo Ahumada, foto recopilada por Alberto Sironvalle en Twitter @alb0black
Paseo Ahumada, foto recopilada por Alberto Sironvalle en Twitter @alb0black

INTERFERENCIA inicia hoy una serie de artículos cuyos autores son postulantes al Premio Nacional de Periodismo 2021. En esta ocasión una crónica de vida diara de 1989, por parte del periodista Edgardo Marín.

En el verano como todo el mundo sabe, hace calor. Para combatirlo, como también es muy sabido, muchas personas consumen helados. Y son muchos los papás y mamás –cosa que nadie ignora- que se los compran a sus pequeños hijos.

Durante este verano del 89, escapando del centro de la ciudad hacia el Metro por el Paseo Ahumada –que para muchas personas es literalmente un paseo-, pude ser testigo de una escena que ya se me ha hecho familiar desde que el consumo de helados se transformó en una costumbre masiva y permanente.

El niño –de unos…¿cuatro años?, uno más o uno menos-, hizo un mal movimiento y la bola helada se desprendió del barquillo y cayó al suelo.

-¡Eres tonto! 

El grito de la madre, entre gemido y bramido, resonó por el Paseo, imponiéndose a los vendedores de relojes, herramientas, ropa, tarjetas y artesanía; paralizó el susurro de los “compro dólares”, compitió con el altavoz de un predicador religioso y tal vez si hasta desconcentró a algún aplicado carterista.

-¿Qué pasó?

La tía del niño –debe haber sido una tía; siempre lo es, según he comprobado- se veía desencajada. Angustiada, al borde de un pánico histérico, terminó de caer en él cuando la madre le mostró el helado en el suelo. El cuerpo del delito.

-¡Mira!, dijo, observando la evidencia que ya empezaba a  derretirse.

-¡Noooo!, agregó la tía, horrorizada.

En el deporte, donde no es posible fingir, donde inevitablemente se desnudan los caracteres, donde el egoísta no puede ocultar su egoísmo y parecer solidario; donde el cobarde no puede ocultar su cobardía y parecer valiente, ahí, en esas arenas, los niños del helado son hombres que actúan según la experiencia de esos golpes recibidos.

Lo que vino a continuación fue un zamarreo general del niño por parte de la madre, agitando la diestra infantil que segundos antes le servía para ser amorosamente guiado por el Paseo. Luego, cuando dirigió su mano hacia el pescuezo de la criatura, pensé que lo haría lamer el helado caído. Creo que eso iba a hacer, orientada por la furia y en un gesto inequívoco. Pero sólo le dio un pellizco (muy violento, por si fuera necesario decirlo) y un coscacho iracundo. La tía, que se había abstenido en forma admirable de participar físicamente, intervino entonces. Se agachó, acomodó al crío y le dio un gran palmazo en el costado del muslo izquierdo. Es decir, donde no hubiese ropa, donde al niño efectivamente le doliera y donde a ella no fuera a dolerle la mano, Fue muy calculado, creo.

El niño no dijo nada. Ni siquiera lloró. Apenas si hizo algunos gestos silenciosos y tenues, instintivos -aunque son, en realidad, hábitos nacidos en sus primeras noches de vida, cuando con su llanto despertó “a papá”-, en amagos de defensa para un castigo que no llegó. Había demasiados testigos. Y si no lloró, también fue por el consejo de su naciente conocimiento del mundo exterior, que le indicaba que más llanto sería más golpes.

He visto  a niños como éste, ya hecho jóvenes y hombres, en una cancha de fútbol. O en un ring de boxeo. En muchos escenarios deportivos. Incluso, en grandes ocasiones.

En el deporte, donde no es posible fingir, donde inevitablemente se desnudan los caracteres, donde el egoísta no puede ocultar su egoísmo y parecer solidario; donde el cobarde no puede ocultar su cobardía y parecer valiente, ahí, en esas arenas, los niños del helado son hombres que actúan según la experiencia de esos golpes recibidos.

Son hijos de un rigor inútil y de unos padres que quedaron convencidos de que el niño aprendió matemáticas gracias el grueso de la correa o a la intensidad de las palmadas. Hijos de un medio que sigue repitiendo alegremente que “a veces, un coscacho es necesario” o escudándose en un impotente y sufriente “Y qué voy a hacer, si no me hacen caso?”.

Nacidos en el marco de una autoridad que no reflexiona, que no es justa (más que eso: que es profundamente injusta), que no hace juicio, que descarga su ira insensata sobre cuerpecitos que recién se forman, ¿cómo podrán reaccionar más tarde, en el marco de las reglas del deporte? Pues, con ira. Árbitros, jueces y adversarios son enemigos. Esos niños chilenos del helado son los jóvenes deportistas chilenos que son expulsados en una importante final internacional, donde sus adversarios –consolados por sus padres, seguramente, cuando perdieron el helado, y jamás ridiculizados en público ni en privado- explotan esa ira que está a flor de piel, incubándose en el temor al ridículo y alimentada por el descariño.

Quise decírselo a esa mujer en el Paseo. No fui capaz. Trato de expiarlo con estas líneas.

 

Tomado de la revista Mundo, marzo de 1989

(*) Periodista de la Universidad Católica, 78 años, Premio Nacional de Periodismo Deportivo (1993). Ha trabajado en los principales medios de comunicación del país. Autor de siete libros. Fue uno de los renovadores e impulsores de la revista Estadio a mediados de los años 70.

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Por los niños y niñas maltratados por tantos de nosotros Felicitaciones por el articulo

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