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Sábado, 11 de Julio de 2026
Novedades editoriales

Extracto libro del libro 'La vida que venía' de Constanza Carmi

Constanza Carmi Wehbi

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Portada La vida que venía de Constanza Carmi.
Portada La vida que venía de Constanza Carmi.

En este extracto de La vida que venía publicado por LOM Ediciones, la periodista y escritora Constanza Carmi aborda el aborto desde testimonios en primera persona que retratan la clandestinidad, el estigma y las consecuencias físicas y emocionales de una decisión atravesada por la legislación y los prejuicios.

Aborto voluntario

La «hacedora de ángeles» le dijo que estaba pasada

La Organización Mundial de la Salud dice que cada año se realizan 25 millones de abortos inseguros en el mundo. Ese número guarda las muertes maternas por abortar en condiciones de peligro, que representan entre el 4,7% y el 13,2% de los fallecimientos de gestantes. Es fácil prevenir esos decesos garantizando el acceso a métodos anticonceptivos y aborto libre y seguro, que protegerán principalmente a adolescentes, personas con enfermedades crónicas y gestantes con embarazos no intencionales. La anticoncepción previene además enfermedades como la sífilis congénita, permite continuar estudios, da autonomía a las mujeres, ayuda al crecimiento demográfico balanceado y al desarrollo económico de los países.

A los 16 años oí por primera vez de un aborto. La adolescente que quería abortar tenía 17 y era de mi colegio. Cuando llegó a la cita con la «hacedora de ángeles» de la mano de la profesora de Castellano, la partera le dijo que lo sentía, que estaba muy pasada en las semanas y que no había nada que hacer. Encerrada en un cubículo del baño, por boca de una compañera me enteré que el aborto no había resultado. Era un secreto a voces que se esparcía en el recreo de las diez.

Los abortos clandestinos van de la mano de la culpa, no se hablan con nadie, son callados y solitarios. Las «hacedoras de ángeles» aparecen como un regalo en un momento de vulnerabilidad, miedo, urgencia y vergüenza. Beatriz no encontró una que la atendiera. Tenía 21 años y lupus. Quince médicos le aconsejaron abortar porque su embrión no tenía cerebro y estaba debilitando mucho su salud, pero ninguno la ayudó a hacerlo, porque en El Salvador, de donde era Beatriz, el aborto terapéutico está prohibido. Ella arriesgaba 50 años de cárcel. «Espero que mi ejemplo sirva para que otras mujeres no pasen lo que yo sufrí», escribió en una carta en 2013 antes de morir. Su hijo falleció al nacer y ella dos años después, por lo debilitada que había quedado su salud.

Quienes abortan son perseguidas por la sociedad y por sus propios remordimientos. Aunque estén convencidas de la decisión, el recuerdo del acontecimiento permanece incluso después de tener otros hijos. Las que no logran el aborto, se ven arrastradas a una maternidad forzada que, en ocasiones, destruye el sentimiento maternal, evitando cuidar al niño nacido por error. Las más desesperadas y con menos ayuda se tiran de una escalera, se «operan» con una aguja de crochet, se perforan el útero o la vejiga por desconocimiento anatómico. Cuando el procedimiento no funciona, paren a un hijo que asfixian antes del primer llanto y terminan presas.

Vamos a hacer todo lo posible por recuperar a tu guagua, aunque tú no la quieras tener

Mary, de 20 años al momento de su aborto, es ejemplo de la persecución que hay detrás de un aborto. Llegó al hospital de Arica chorreando sangre por las piernas. La enfermera que la recibió en urgencias la dejó retenida con amenaza de llamar a carabineros.

–¿Estás embarazada?

–No sé.

–¿Cómo no vas a saber?

–No sé.

–Sube a la camilla. Abre las piernas.

«Ese tono».

–Sí, po. Estás teniendo un aborto completo. ¿Te metiste algo?

–No.

«Me acababan de decir que estaba embarazada».

–Mira, esto es súper simple. Nosotros vamos a hacer todo lo posible por recuperar a tu guagua, aunque tú no la quieras tener.

«No entendía nada».

–Te van a venir a sacar sangre, porque si tienes cuestiones, te metiste cuestiones, yo llamo a carabineros y te vas presa, porque el aborto es ilegal en Chile.

«Empecé a botar el bebé de a pedacitos. En los hospitales no puedes entrar con las parejas, estaba sola y mi marido de ese tiempo en la sala de espera sin saber qué me pasaba».

–¿Estoy embarazada?

–Pero si te estoy diciendo que estás embarazada. Mira toda la sangre que botas, es tu bebé que lo estás perdiendo.

«Yo estaba con una toalla puesta alrededor porque caminaba y me chorreaba la sangre por las piernas».

–Pero por qué lloras. ¿Te metiste algo?

–No. No me metí nada.

–¿Entonces por qué lloras? No tienes que llorar. Vamos a saber al tiro si te metiste cuestiones. Se creen súper valientes. Cuando son cabritas se ponen a abrir las piernas y después que quedan embarazadas quieren abortar, se empiezan a meter cosas por abajo, por arriba... Al final llegan todas al hospital.

«Me hacen otra eco intravaginal y se dan cuenta de que había botado todo. Cuando voy al baño boto un coágulo y veo una manito minúscula».

–Estoy botando cosas.

–Sí po, tira la cadena.

«De eso no hay registro. El papel de urgencia decía aborto espontáneo y punto. Y yo en shock, no entendía por qué me decía todas esas cosas».

–¿Me puedo ir? ¿Me puedo vestir?

–No, estamos esperando tus resultados, no te puedes mover de acá.

«Yo solo quería un abrazo. Me quedé sentada y se me caían las lágrimas. Estaba sola».

–¿Cómo no te diste cuenta de que estabas embarazada, que acaso la regla no te llegaba?

–Es que tengo el período irregular.

–Todas dicen eso.

«Llegaron los resultados de sangre y obviamente no tenía nada».

–Están bien. Anda nomás, tienes que pasar por ventanilla.

El aborto clandestino

Si el aborto es voluntario, la mirada que juzga es terrible. Es lo que le sucedió a Elisa, una mujer chilena que tenía 29 años cuando abortó con Misotrol en su casa. A los pocos días debió ir a urgencias al borde de una septicemia. Las enfermeras y el médico todo el tiempo le decían con ironía que era demasiado raro su caso de aborto espontáneo. Ella no quería tener a ese hijo, pero la ley chilena no permite el aborto libre; solo está permitido en tres causales: riesgo de vida de la madre, inviabilidad fetal y violación. Entonces, mintió, dijo que había tenido un aborto espontáneo a las seis semanas de gestación. Otra mujer anónima también mintió sobre su aborto clandestino a las veintiún semanas. Su feto venía con una enfermedad muy difícil de tratar (no inviable de nacer). Quería evitarle a su hijo un futuro doloroso. Cuando el escenario es ese, la decisión de abortar se torna muchísimo más compleja de lo que ya es. Se trata de hijos que nacerán vivos, pero que no tendrán una vida como la del resto de los niños; vendrán con daño cognitivo, deberán usar una silla de ruedas, no tendrán control de esfínteres, no entenderán quiénes son y por qué les duele tanto su cuerpo, no reconocerán a sus padres ni comprenderán qué es una caricia.

Esta mujer sin nombre sufría por sentir que cometía un crimen. Sufría por la humillación de tener que rogar para conseguir un dato de alguien que la ayudara a abortar. Sufría porque tenía que buscar a una matrona cómplice, un lugar donde hacerlo. «Una doctora me dio el teléfono de otra y esa me dijo que tenía que hablar primero con este grupo, que les dijera que había llegado por ella, y después recién podía volver a llamarla cuando me tocaba hacer el raspaje. He sido súper simpática, me da miedo que me dejen sola». Sufría porque la retaban, «me tenían que explicar los pasos. “Te metiste muy tarde a Zoom”, me dijo. “No me conectaba, avisé por WhatsApp que el link no funcionaba”, le dije. Le pedí que por favor no me dejara fuera, estoy de 18 semanas. Había como 15 mujeres; tienen lista de espera».

Elisa

35 años, socióloga, Santiago, Chile

Para mí, el hecho de estar embarazada es algo abstracto (...), sin embargo, me toco el vientre y está aquí. No es algo imaginario. Si dejo que el tiempo actúe, el próximo mes de julio sacarán a un niño de dentro de mí. Pero no lo siento.

Annie Ernaux, El acontecimiento.

L. B. llamó a la puerta de mi habitación (...) Me dio la dirección de lamujer a la que ella había acudido, una enfermera de cierta edad que trabajaba en una clínica, la señora P.-R. Vivía en el callejón sin salida Cardinet, en el distrito XVII de París. (...) Me limito a designar con sus iniciales a la primera mujer que me ayudó, la primera de esas mujeres cuyo saber, gestos y eficaces decisiones me ayudaron a superar, lo mejor posible, la prueba.

Annie Ernaux, El acontecimiento.

Desde que tengo 18 años que no quería ser mamá. Mis amigos me decían egoísta, pero yo siempre pensé que era al revés: como no podía conmigo misma ni mis emociones, no quería hacerle daño a alguien más, a un hijo. En ese tiempo, esa sensación no la vinculaba con mi mamá ni me parecía raro, cuando históricamente nos han dicho que como mujeres nacimos para tener hijos. Solo me sentía insuficiente.

Cuando me encontré con Manuel, formé un hogar en el cual me sentía muy capaz de hacer lo que quisiera; entonces decidí que iba a tener un hijo, pero sería en un contexto favorable: estable laboralmente. Al irnos a vivir a Valdivia por su trabajo, sentí que había perdido autonomía y la sensación de sentirme capaz. Llevaba mucho tiempo buscando pega y no encontraba, eso fue muy frustrante. Estaba perdiendo mi persona y entonces quedé embarazada.

Me compro un test y lo veo positivo. Fue como una película de terror, «¿qué es esto?». Pensé en todos mis miedos y todos mis tests negativos. Éste debió ser uno más y no lo fue. Tiritaba y despierto a Manuel: «Estoy embarazada y no voy a tenerlo. Esto no existe. No tiene espacio en mi vida».

Manuel estaba muy feliz:

–Yo quiero tener este hijo.

–No, esto no es una opción tuya, esta es mi opción aunque sea nuestro. Necesito que me ayudes con tus amigos médicos para encontrar a alguien que haga esta pega.

Efectivamente llamó a sus amigos y se fue a trabajar.

Llamo a mi hermana mayor, que es la mamá que no fue mi mamá:

–Estoy embarazada, voy a abortar.

–Te vay a cagar la vida.

Colapsa, se pone a llorar.

–Te vay a cagar la vida. Yo te apoyo en todo lo que tú quieras, pero te puedes cagar la vida.

–Me la voy a cagar teniendo esta guagua.

En dos horas me había leído los manuales de aborto y todo lo que estaba disponible en la web. Yo, en modo avión, nunca lloré. Solo pensaba en que tenía que abortar misión. Para mí no era un hijo. Nunca lo sentí persona. Nunca lo sentí como algo creciendo dentro de mí. Solo pensaba «quiero abortar este episodio en mi vida».

Manuel se consiguió una agrupación feminista gracias a una enfermera que había abortado. Yo tenía que llamar y decir conozco a tal persona y necesito abortar. Tenía que decir quién me había derivado, como la clave, o no me ayudaban, porque se podían ir presas. Era una asociación que me acompañó y me ayudó a conseguir Misotrol. Se encuentra también en Mercado Libre, pero vencido o falso.

Manuel estaba presente, pero en negación. Él pensaba que yo iba a recapacitar en algún momento. Era como si estuviéramos de espalda todo el tiempo en la casa.

Voy a una clínica. El ginecólogo mete la cámara y yo muy fría.

Yo creo que él sabía que yo no quería la guagua porque me dice «escucha el latido». Papa-papa-papa, era como un caballo. He soñado con el latido. Tenía seis semanas.

Le digo a mi hermana que Manuel no quiere abortar.

–Entiendo que sea tu cuerpo, pero también es su hijo; tienes que darle una opción de que quizás tú puedas hacer viable este embarazo. ¿Cuál es el problema de tener este hijo?

–No tengo pega, no me siento persona.

Mi hermana me dice que si volvemos a Viña voy a poder trabajar y que ella me daba todas las facilidades porque tenía una nana que cuidaba a sus hijas.

–Ofrécele que se vuelvan a Viña y tienes la guagua; si se quedan
allá, abortas.

Ni siquiera podía sentir empatía por él, pero le digo esto y me dice que no. Entonces yo «Okey, abortamos».

Me llegan las pastillas por Chilexpress a través de la organización. Contactan a gente en hospitales y creo que se las roban. Se da una donación; hay gente a la que se las regalan, pero si tienes los medios pagas; y yo los tenía. Ellas no solamente me acompañaban, sino que me pedían que mandara mi historia. Para mí eso fue súper significativo y permitió que la persona que me acompañaba entendiera un poco mis motivos: «Soy socióloga, estoy en Valdivia; no he encontrado pega, tengo los medios, pero me siento muy perdida, no necesito esto, no lo quiero». La de la organización me dice: «Guachita, tranqui. Esto de verdad que puede ser un trámite, te voy a acompañar, y además seguro después en el futuro vas a encontrar muchas oportunidades».

En el manual que me mandaron, decía que en el hospital ponen el Misotrol dentro de la vagina, porque es mucho más efectivo, pero si no sabes dónde ponerlas puede ser que no abortes, y yo no podía tomar esas pastillas más de una vez porque mandaban solo un pack. Así que me puse cuatro Misotrol debajo de la lengua una noche y empecé con escalofrío y fiebre de 40 grados. A las seis o doce horas, no me acuerdo, tenía que poner otras cuatro sublinguales. Estaba agotada, con la lengua y la boca irritadas. Era como meterme ácido y llenarme de heridas. Manuel pensaba que me estaba muriendo, nunca me había visto así de mal. Fue horrible. Empecé a botar coágulos, pero no sabía ni sentía si se había ido; iba al baño y botaba, me acostaba muriendo, me paraba al baño y así... En la mañana seguía sangrando, pero ya estaba bien. Dije «ojalá», porque podía ser que no se lograra y tuviera que hacerme un raspaje.

Cuando pasara, tenía que ir al ginecólogo e inventar que había tenido un aborto espontáneo o un sangrado raro para que revisaran. Mi hormona había bajado, entonces era muy probable que ya no tuviera guagua adentro, pero el ginecólogo me dice que quedaban muchos coágulos todavía. Había dos opciones: «Pasar a pabellón para eliminar lo que ya no botaste o volver en tres días y ver cómo sigues». Yo me iba a Viña. Me dice que me vaya, pero que si me daba fiebre corriera a la clínica. Me fui y me empecé a sentir mal: fiebre. Llamo a mi hermana y le digo que necesito ir a urgencia. Llegamos a la clínica y yo lloraba, lloraba, lloraba. Tenía una infección en el útero tal que «si te hago raspaje ahora, a ti te da una septicemia», me dijeron. Me dejaron internada dos días con antibióticos. Después de eso, recién un raspado.

A la pieza entraba solo gente con cruces, desde la enfermera hasta el doctor, y me acuerdo de escuchar al médico decir en varias ocasiones: «Es raro que tú no hayas botado los coágulos cuando es un aborto espontáneo». Entonces Manuel empezó: «Obvio que mi papá sabe porque es médico y estas huevadas no pasan». Nadie podía saber, todo oculto, terrible. Y en soledad. Yo solo pensaba: ya se va a acabar; los problemas son cosas que tengo que resolver.
Resuelvo y se acaban.

Estuve meses sin mirarme el cuerpo, no podía. No podía comer, no podía nada... era como que no existía de acá para abajo. Mi cuerpo estaba disociado de mi cabeza. Tengo recuerdos borrados, no me acuerdo de casi nada... como si no hubiera sido yo quien estaba ahí cuando botaba los coágulos. Uno elige borrar recuerdos. Cómo pasé esa noche, no me acuerdo. Solo me acuerdo desde el día siguiente.

Al año, cuando volví a vivir a Viña, dije «no puedo seguir haciendo caso omiso de esto». No tenía idea de por qué había abortado. No podía seguir viviendo así; era como si no tuviera emociones, no sentía, como si me hubieran vaciado por dentro, no solo el útero. Lo laboral es importante, pero igual maté a un ser humano. Nunca pensé ¿qué estoy haciendo? Solo era un problema más. Aunque ya había vuelto a Viña y nuevamente tenía autonomía, sentía que no había podido borrar este episodio como yo quería. Tomé a una psicóloga que lo primero que me pregunta es «¿por qué abortaste?», y yo le digo que tenía que hacerlo, tenía que resolver. Y me dice: «Pero, ¿por qué?». Mi mejor amiga me da la respuesta: «Es obvio, porque la figura de tu mamá es una mierda. Tu mamá nunca fue tu mamá. Mi mamá te invitaba mucho a mi casa porque le daba pena que siempre estuvieras sola». Hasta ese momento mi mamá era Sor Teresa, la mejor mamá del mundo. Solo que estaba muy vieja y por eso yo hacía su pega de madre. Pero no me había dado cuenta de que mi mamá nunca existió. Cuando mis papás se separaron, yo tenía dos años y mi hermana seis, y mi mamá tuvo una depresión muy profunda. En mi casa nunca tuvimos una estructura; solo recuerdo que mi mamá tenía siempre mucha tristeza, que estaba superada por su rol de mamá y siempre diciéndonos que estaba muy cansada de nosotras. Ella me daba miedo. Me acuerdo que si se me caía un vaso, sentía que mi mamá podía explotar en rabia hasta ponerse a llorar. Yo no lo entendía, pero evitaba a toda costa estar cerca de ella. Me hizo sentir siempre muy culpable por haberle hecho esto a ella, por haber nacido, porque siempre nos decía que era mucho trabajo, y la veía infeliz en su maternidad. Pero ella tampoco asumió nunca el trabajo de mamá, no se hacía cargo de su maternidad. Con mi hermana hacíamos el aseo, y yo inventaba o escondía las cosas que mi mamá no hacía. Años después del aborto, entendí que mi mamá tenía mucho de madre narcisista, victimizándose constantemente, haciendo sentir a los hijos insuficientes. Eso venía de su mamá, mi abuela, que también había tenido una historia de abandono de parte de su mamá. Son estructuras que se van heredando, y yo creo que tengo mucho de eso, pero inconscientemente decidí cortar esta dinámica privándome de tener hijos. La sensación de insuficiencia que me transmitía mi mamá y la culpa que me hizo sentir siempre, que fue siempre muy dolorosa, deviene de esta estructura de personalidad narcisista, que gatilló en mí a los 18 años la sensación de sentirme incapaz de ser madre, cuando genéticamente, como mujer, mi capacidad es tener hijos. Pero no es suficiente ser mujer. No recuerdo a mi mamá ayudándome en nada. Me visto y me peino sola desde que tengo uso de razón. Y cada cosa que hacía mi mamá, la hacía mal, con rabia. La figura más cercana a una mamá que tuve fue mi hermana, que se hizo cargo de todo desde los seis años. Igual, ella siempre me decía «nunca hay que criticar a la mamá, siempre defender a la mamá», y generamos esto de «nosotras resolvemos». La protegimos mucho porque siempre se mostró muy inválida.

Con la psicóloga entendí que había abortado porque no me sentía capaz de estar bien como persona, e iba a reproducir esa sensación de dejar botado a mi hijo. Sentía que iba a hacer la pega como mi mamá; y no hacer bien un trabajo, que era lo único que yo había hecho bien en la vida, me cagó. Hoy no hablo del hecho como hablaba, «aborté», hoy digo «sí, aborté, pero sé que es una guagua». Hasta le escribí una carta: «Perdóname por no haberte aceptado, lo siento porque no era el momento ni la persona adecuada. Te amo aunque no estés acá. Gracias por enseñarme a tener valor»... Antes ni siquiera lloraba cuando la leía. Después terminé sintiendo que había alguien que está como un ángel que estuvo dentro de mí.

Empecé a contar cuando me traté con la psicóloga; antes tenía que mantener la historia del aborto espontáneo. El sistema obstaculiza cuando no tienes los recursos. Por otro lado está todo el ocultismo cuando vives en un contexto más tradicional y el estigma por haberlo hecho. Ahora lo siento como una responsabilidad social. Me ha tocado en dos ocasiones dar información de la asociación. El aborto tiene que ser en un espacio libre, seguro y gratis, porque yo tuve los medios y pagué siete millones por el raspaje, y tuve el contacto de las pastillas, pero no funciona de esa manera. Algunas se meten apios, se meten pastillas que están vencidas porque las compran en mercado negro, o terminan con una infección de útero. Decían: «Si permitimos el aborto, todas van a abortar mañana». No, yo lo quería y no fue fácil en ningún sentido; nadie se lo va a tomar a la ligera. Si quedara embarazada, no sería capaz de abortar de nuevo, no soy capaz de vivir ese momento de nuevo. Yo creo, sinceramente, que nunca volveré a ser la misma persona que fui. Cada año que pasa me duele más, lo siento más latente porque lo tengo más consciente. No sé si alguna vez deje de pensarlo; especialmente porque decidí que no seré mamá. No es que me perdoné, pero permití entenderme y decir: está bien lo que hice, independientemente de lo que signifique.

Anónima

Su diagnóstico lo supe a las 18 semanas. Nos mató. Es difícil tomar la decisión porque nos dicen que va a nacer, o sea que puede vivir y respirar, pero nada más. Eso... respirar. Nada más. Los médicos insisten en cirugías, pero después te dicen que ninguna asegura el éxito.

Semana 19: Hablé con una agrupación de mujeres. Colocan una inyección para detenerle el corazón, después yo tengo que ir a un centro de salud y decir que no siento a mi guagua.

Semana 19: Me da pena no conocerlo. No sé si tendré la capacidad mental de verlo, pero es sano supongo... Ponerle nombre. Se merece ese reconocimiento. ¿Tú sabes qué hacen con la guagüita? ¿Cuánto rato puedo verlo? ¿Y si le veo su defecto y me doy cuenta de que no era tanto...?

Semana 20: Volví a preguntar si era lo que nos dijeron. Cuesta aceptar y soltar tan fácil. Lo tengo hace tanto tiempo que me encariño todos los días un poco más. Pobre mi guagüita. No va a sentir nada.

Semana 20: En la eco de la semana 12 el diámetro craneal estaba bajo el mínimo. Yo fui a dos médicos y ninguno me advirtió. El otro doctor me dijo al tiro que había algo malo cuando se la mandé: «El cráneo DBP está bajo el valor mínimo y hay signos sugerentes a nivel del encéfalo». Son unos desgraciados, lo único que quieren es sacar guaguas vengan como vengan.

Semana 21: Hablé con ese doctor, el que hace las ecos buenas. Le dije que no era por desconfiar del diagnóstico, pero que para tomar una decisión tan drástica necesitaba que me diera seguridad 100%. Me dijo: «No puede ser otra cosa, no es otra enfermedad, es esa».

Semana 21: «¿Vienes a buscar culpables?», eso me preguntó mi ginecólogo. Quedé para dentro. «Acá no hay culpables», me dijo. Claro que hay culpables: él, que jamás me dijo que mi guagua tenía una enfermedad. Esperó semanas.

Semana 21: No se le había visto el hueso nasal en la eco de la semana 12, entonces pedí repetir, pero me dijeron que no era necesario. No me quisieron decir. Y ahora tengo que abortar a las 21 semanas.

La pena obvio está, pero menos mal que estoy muy convencida de lo que hicimos. Me fue a ver un pajarito a la pieza; es obvio que era él. Una mujer que abortó un hijo que, aunque nacería, viviría con enfermedad, deformaciones y dolores permanentes.

 

Carmi articula una obra híbrida que transita con maestría entre la crónica documental, el ensayo feminista y las memorias personales. Lejos de concebir la maternidad como un estado idílico o puramente instintivo, la autora la disecciona como un constructo físico, social y político. A través de un riguroso recorrido histórico y biológico, el libro desmantela el mandato del «instinto maternal», revelando cómo la cultura contemporánea ha utilizado este mito para silenciar las ambivalencias, el cansancio y el arduo trabajo sistémico que sostiene la crianza humana. A lo largo de sus páginas, la narrativa abandona la anécdota individual para dar voz a un mosaico global ineludible. Carmi compone un testimonio coral con las vivencias de treinta y dos mujeres de diversas nacionalidades enfrentadas a los contextos más hostiles y extremos. Desde el instinto de supervivencia bajo los misiles en Ucrania y el asedio en la Franja de Gaza, hasta el desgarro de las cadenas migratorias latinoamericanas y el aislamiento carcelario, la obra expone crudamente cómo los cuerpos gestantes son instrumentalizados por las crisis demográficas, las guerras y la maquinaria burocrática del Estado. En paralelo a esta cartografía geopolítica del cuidado, la crónica traza el vía crucis íntimo y clínico de la propia autora. Pasando de ser una aguda observadora expatriada a enfrentar la fragilidad absoluta de su propia biología, Carmi narra sin concesiones los procesos de diagnósticos severos, el duelo gestacional y la fría tecnificación del sistema reproductivo moderno. Con una prosa empática, ágil y de una precisión descarnada, La vida que venía desafía el canon literario para ofrecer una radiografía magistral sobre la trascendencia, el asombro y la inmensa vulnerabilidad que implica el ejercicio de dar vida en nuestro tiempo.

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