Uno de los problemas de la discusión entorno al valor de las humanidades y ciencias sociales en el debate público actual son los discursos algo condescendientes sobre su relevancia.
Que nos humanizan, que desarrollan el pensamiento crítico, que son una resistencia contra la tecnología, que no todo es dinero, que sin cultura una sociedad pierde su identidad. Estos y otros clichés, muchos provenientes de la propia comunidad que las desarrolla, parecen esconder una superioridad moral que no permite entender en un sentido concreto cómo aportamos al desarrollo del país quienes cultivamos estas disciplinas.
En primer término, es central entender que estas áreas del conocimiento no deben ser defendidas contra el desarrollo. Por el contrario, hay que defenderlas contra una concepción empobrecida de desarrollo.
El desarrollo de un país y su proyección en el largo plazo es una tarea compleja. Y como cualquier problema complejo, solo podemos abordarlo mediante soluciones complejas. En este sentido, la propia Estrategia Nacional de CTCI 2026 ya reconoce que cualquier aplicación científica o tecnológica requiere de una interpretación histórica, social, cultural y política. No de forma accesoria, sino constituyente.
De hecho, el problema fundamental del desarrollo no es solo encontrar soluciones: es saber qué problemas estamos enfrentando y cómo buscamos resolverlos. Esta cuestión epistemológica es quizás la más importante.
En efecto, las ingenierías pueden ser extraordinariamente eficaces resolviendo problemas, pero una vez que ciertas variables, objetivos, restricciones han sido definidos. No obstante, muchas de las grandes decisiones de desarrollo consisten precisamente en discutir cómo formular el problema. En este sentido, la pregunta adecuada, por ejemplo, para elaborar una política energética exitosa debería consistir justamente tener claro previamente cómo definimos lo ‘exitoso’.
En términos simples, esto podría significar muchas cosas: producir energía más barata, disminuir emisiones, garantizar soberanía energética, generar empleo, minimizar daños territoriales, proteger ecosistemas, mantener cohesión en la comunidad, distribuir equitativamente costos y beneficios.
Salta a la vista que la elección de uno de estos objetivos -o cualquier otro- es una decisión social, política, histórica y normativa.
Por ello las humanidades y la ciencias sociales no serían un complemento de la solución tecnológica, sino que participan del proceso anterior: la construcción de la problemática.
De este modo, cualquier modelo de desarrollo en que primero los ingenieros desarrollan una tecnología y luego se invita a filósofos, historiadores, sociólogos y psicólogos sociales a analizar las implicancias sociales es, simplemente, insuficiente y, en consecuencia, ineficiente, pues llegan tarde.
Esta desconexión podría explicar por qué muchas políticas públicas fracasan: no es por culpa de una tecnología que no funciona, sino que fracasan porque están pensadas para un modelo de sociedad equivocado o comunidades inexistentes.
Ejemplos hay muchos
El Sistema de Admisión Escolar (SAE) es un claro ejemplo de un buen algoritmo que no mira la ‘sociología de la elección escolar’. Este sistema, basado en mecanismos de matching, está diseñado para respetar las preferencias declaradas por las familias y evitar que estas obtengan ventajas manipulando estratégicamente su lista de preferencias. Desde el punto de vista del diseño de mercados, es una política técnicamente sofisticada y auspiciosa.
No obstante, las familias no escogen un colegio en un vacío social: las preferencias están condicionadas por su nivel socio económico, sus expectativas de movilidad social, la disponibilidad de información, la reputación de las escuelas, entre otras motivaciones extra académicas. Esto ha generado que la centralización de la admisión no haya reducido en la segregación escolar, pues esta última se produce a través de las preferencias y de las características estructurales del sistema escolar (Elacqua &, Kutscher, 2025).
Otro fenómeno que agregó un problema al sistema fue su legitimidad. El SAE fue interpretado públicamente como una “tómbola”, a pesar de que técnicamente el azar solo interviene bajo determinadas condiciones de exceso de demanda. Asimismo, las familias reportan dificultades para encontrar información, una percepción de despersonalización del sistema educativa y emociones negativas durante la postulación a colegios (CIAE, 2026)
En suma, la ingeniería pudo resolver el problemas de la asignación de cupos incluyendo las preferencias de las familias, sin embargo, no funciona dado que no es capaz de considerar, por sí sola, cómo se producen socialmente esas preferencias ni por qué una familia considera legítimo el mecanismo.
Quizás sería otra la historia si se hubieran integrado a los equipos especialistas en sociología, psicología social, comunicación, educación, antropología y análisis del discurso.
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Queridas y queridos colegas, con este ejemplo quiero llegar a un punto: necesitamos relacionarnos mucho más con el mundo productivo y con el Estado. No para subordinarnos a ellos ni para subsidiarnos, sino para intervenirlos. Hay enormes espacios para lingüistas, historiadores, filósofos, diseñadores, sociólogos, abogados, psicólogos o especialistas en literatura: IA, interfaces, políticas públicas, análisis de datos, educación, patrimonio digital, prospectiva, comunicación, regulación tecnológica, comportamiento organizacional o industrias culturales.
La pregunta, entonces, que debemos hacernos es: ¿Qué clase de desarrollo puede lograr un país que sabe extraer y transformar la materia, y procesar datos, pero que posee escasa capacidad para comprender sus instituciones, interpretar sus conflictos, elaborar su memoria, gobernar sus tecnologías e imaginar colectivamente hacia dónde quiere ir?





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