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Jueves, 4 de junio de 2020
Protestas

Jóvenes: el conflicto generacional que data de Mayo del 68 y su resonancia en el Chile en crisis

Andrés Almeida

INTERFERENCIA conversó con dos historiadores expertos en historia contemporánea; Claudio Rolle y Alfredo Riquelme, para indagar en las lógicas de conflicto generacional que han aparecido a propósito de las protestas y el boicot a la PSU. Un evento histórico que tiene similitudes con el momento actual, y que paradojalmente llevó a la derrota electoral de la izquierda y reafirmó al presidente Charles de Gaulle en Francia.

La semana pasada estuvo marcada por el boicot que distintos estudiantes secundarios realizaron a la Prueba de Selección Universitaria (PSU), en la que fue quizá la iniciativa de protesta más controvertida desde que estalló la crisis el 18 de octubre de 2019, cuando también escolares protagonizaron la histórica evasión masiva del Metro que desencadenó las protestas.

Sin embargo, buena parte de la sociedad adulta, esta vez fue sumamente crítica con los jóvenes que se rebelaron contra el sistema de admisión, dado su carácter de segregación social. Tanto es así que incluso la directora de la Defensoría de la Niñez, Patty Muñoz, twitteó el primer día del boicot sobre la cuenta de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (Aces): "Solo perjudican a quienes+ necesitan d uds., contribuyen a q su estrés se agudice, a q vean impedido su deseo d rendirla y hacerlo lo mejor posible, lamentable, más allá d cuestionamientos a #PSU estas acciones no modificarán prueba ahora y han afectando a miles de jóvenes, mal!".

Después, el subsecretario de Interior, Juan Francisco Galli debutó en el cargo anunciando querellas contra 34 secundarios de la Aces, por infringir la Ley de Seguridad del Estado, y el Demre (Departamento de Evaluación, Medición y Registro Educacional) de la Universidad de Chile anunciaron que los jóvenes que lideraron el boicot quedarían excluídos del proceso.

Posteriormente Muñoz defendió a los dirigentes secundarios por estas medidas, pero la brecha estaba planteada, pues si bien la medida de protesta es controvertida en todos los segmentos etéreos, al parecer, entre los jóvenes cuenta con mayor aprobación y menor intensidad de rechazo, cuando es el caso, al menos conforme lo que INTERFERENCIA pudo recoger en terreno los días de la PSU entrevistando distintos jóvenes y sus apoderados. 

Una mirada distinta tiene el historiador contemporanista Alfredo Riquelme, de la UC,  autor del artículo Política de reformas e imaginación revolucionaria en el Chile constitucional (1933-1973), del libro Revoluciones imaginadas. Itinerarios de la idea revolucionaria en América Latina contemporánea, quien opina que "la decisión de la Aces de boicotear activamente la PSU y las reacciones que tal acción ha suscitado, más que oponer una nueva generación a las anteriores, responden a actitudes y convicciones políticas transversales desde la perspectiva etaria".

"Por una parte, el boicot afectó a miles de estudiantes de la misma generación que rendían esa prueba para acceder a estudios universitarios. Por la otra, el intento de funar la PSU tuvo el respaldo de personas de diversas edades que comparten con la ACES un cierto tipo de imaginación revolucionaria -entre vanguardista y piquetera- que tiene en el país una larga genealogía, así como la tienen, asimismo, una imaginación contrarrevolucionaria que convierte en casus belli episodios como estos, y otras miradas acerca del cambio político y social en el centro y la izquierda, centradas en la persuasión de las mayorías y en prácticas democráticas, en lugar de la presión de minorías radicales", complementa el historiador, quien de todos modos reconoce algunos elementos generacionales en la protesta a nivel general.

Más allá de las interpretaciones sobre el episodio de la PSU, hay algo en la respuesta unánime de los jóvenes de Aces; "no tenemos miedo" -lo dijo Víctor Chanfreau y Ayelén Salgado, ambos voceros- que se ha repetido constantemente y desde antes, en las calles de las distintas ciudades del país en los días de protesta, voceadas y escritas en las paredes.

Es justamente esta característica -la de no tener miedo, por no tener la vivencia de la experiencia histórica- una de las características de la juventud cuando entró a tener protagonismo durante Mayo del 68, un momento de intensa rebelión política y juvenil que empezó en Francia, pero que se extendió por todo occidente, cuya consecuencia inmediata, paradojalmente, fue la derrota de la izquierda en las elecciones de la Asamblea Nacional que se adelantaron para aplacar las protestas, pero que en el largo plazo, el mayo francés inauguró a la juventud como un actor político de primer orden.

En una conversación más larga con el historiador Claudio Rolle, autor de Historia del siglo XX chileno, abordamos en mayor detalle el mayo francés y la juventud en la cultura política.

- El historiador británico y marxista, Eric Hobsbawm, en su Historia del siglo XX se refiere a la juventud como un actor político diferenciado de otros a propósito de Mayo del 68, un hito de toda una cultura juvenil que impera años posteriores e impone sus valores. Sin embargo, en el momento mismo se produjo un quiebre. ¿Cómo se puede ver eso en perspectiva histórica?

- Nos resulta siempre fascinante la creación de mitos y el descubrimiento de formas simbólicas que nos ayuden a entender los fenómenos que nos sorprenden ya sea por oportunidad, por envergadura o por su naturaleza original o desacostumbrada. Esto es algo que sucedió en 1968 y en particular en su expresión francesa, en el mayo parisino con su carga potente de indignación, denuncia, protesta amplia y difusa, y una creatividad muy llamativa en la creación de aforismos y lemas que han sobrevivido por más de cincuenta años.

La idea de la imaginación al poder surgía en un momento en que la idea de revolución estaba presente de diversas formas en muchos lugares del mundo y donde el ánimo contestatario estaba en el aire, con jóvenes que se movilizaban por grandes causas abiertamente políticas y exigían en muchos países un reconocimiento de una mayoría de edad para participar decididamente en la plena vida de la sociedad y la construcción del futuro.

El espíritu contestatario y las exigencias de un mundo nuevo –aún nadie había dado por muertas a las utopías en ese año como sí ha ocurrido en cambio con frecuencia desde los años 90 con diversos mensajeros que entregan la noticia de la extinción de esta especie heredera a la idea de Tomás Moro- tuvieron un efecto muy notable justamente por el maximalismo con que se plantearon frente a los estados y sociedades aún fuertemente marcados por las experiencias bélicas –no habían transcurrido aún 25 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y el simultáneo inicio de la era nuclear y de la Guerra Fría- y los esfuerzos por la recuperación de esa traumática experiencia agudizada para los sectores más tradicionales por la experiencia de la descolonización y las guerras de liberación nacional.

En esa década del 60 la revolución aparecía seductora y promisoria, y la adopción de ella por parte de los jóvenes franceses no solo significó retomar una tradición plurisecular de ciudad rebelde -1789,1830,1848,1871 y ahora 1968- sino también la ambición del cambio radical. Jean Paul Sartre les dijo entonces a los jóvenes que hicieron barricadas y que convirtieron el Barrio Latino en un campo de batalla; “hay algo que ha surgido de ustedes que asombra, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho de nuestra sociedad lo que ella es. Se trata delo que llamaría la expansión del campo de lo posible. No renuncien a eso”.

El diagnóstico del filósofo tenía que ver con el asombro por el vigor y la libertad con que los jóvenes se manifestaron entonces y que convirtieron a los muros de París en una gigantesca pizarra donde expresaron sus emociones y deseos y, ocasionalmente, sus ideas y propuestas en cierto modo capturadas por el formato del slogan. Los efectos más duraderos de esta potente expresión de desahogo y de rabia que se vivió en muchos lugares del mundo –es un año muy denso en acontecimientos significativos, sintomáticos, dramáticos y violentos: la ofensiva del Tet en Vietnam, los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy, la Primavera de Praga y su represión, la matanza de la plaza de las tres culturas en Tlatelolco, Ciudad de México, además del mayo francés- se hicieron visibles en países como Italia y Alemania, y luego en otros lugares donde se abrió el camino para las reformas con los jóvenes como actores importantes, pero no protagonistas exclusivos, sino integrados a corrientes de crítica y deseos de cambio más amplios.

Los jóvenes de París recogieron una ola que venía desarrollándose desde fines de los años 50 y surferaon con éxito, pero también, como ocurre con ese deporte, por un tiempo breve. Entonces se difundió en todo el mundo la seducción de la revolución y la idea de que todo es posible, lo que dio fuerza y energía a quienes se comprometieron a cambiar la sociedad.

- ¿Qué valores de ese mayo francés llegaron a Chile y se instalaron en la cultura política?

En Chile esto también nos alcanzó de diversas formas que van desde la vecindad con causas internacionales como el compromiso con Vietnam o Cuba hasta la militancia política comprometida con el camino electoral elegido por la izquierda chilena y expresada por Víctor Jara con la frase “nuestra sierra es la elección” pero todavía más con la idea de que la imaginación tenía un enorme poder de transformación y que podía existir una vía chilena al socialismo.

En mi opinión esta búsqueda de la originalidad y del camino propio es un rasgo marcado por la experiencia de la década del 60 y del 68, incluyendo actores que tradicionalmente estaban en el sector conservador, como muchos católicos, laicos y clérigos, que pensaron en la urgencia del cambio.

Hay un rasgo de toma de conciencia de parte de los jóvenes que se manifestó en las organizaciones políticas juveniles de los partidos políticos y sus grupos de acción en la calle –BRP, BEC, CRM, BHM por mencionar las de los partidos más grandes. La contemporánea reforma universitaria dio aún más sentido a este mundo juvenil en el que las mujeres tenían un papel relevante desde el principio, creando una conciencia política de amplio alcance. En ese momento de cambio hubo una extraordinaria confianza en el futuro y la capacidad de modelarlo que se tradujo en parte en la gran atención que el gobierno de la UP día a la infancia y la primera juventud.

- ¿Cuáles de las críticas a esos jóvenes subyacen al momento actual? 

- Diría que en los jóvenes de hoy subyace la idea de que es necesario crear una sociedad nueva pues comparten con parte de los jóvenes de fines de los 60 e inicios de los 70 la idea de que con compromiso y voluntad se pueden transformar las sociedades. La idea de que la calle es la que debe decidir la suerte del país tiene algo del ambiente post 68 y de los años de la UP, vividos por quienes sostenían a Salvador Allende como un periodo promisorio y festivo.

La violencia homicida del golpe de 1973 dejó una huella muy profunda en los jóvenes de la década del 70 y recién en los 80 muchos sectores de la juventud se movilizaron políticamente siguiendo la causa de la liberación de Chile de la ocupación militar y de los civiles que sostenían a Augusto Pinochet.

Patricia Politzer consiguió una instantánea poderosa de esta épica juvenil en su libro La ira de Pedro y los otros, dando cuenta de ese compromiso que cuenta además con una potente banda sonora y que tiene el gusto dulce de la derrota de la dictadura.

Sin embargo la desilusión de los años 90 es significativa y hace pensar en el texto de Daniel Cohn-Bendit La revolución y nosotros que la quisimos tanto que pasa revista a lo que sucede cuando pasa el tiempo y los impulsos de cambio mutan.

Los jóvenes del siglo XXI tienen una visión de la historia relativamente corta, fuertemente mitificada, que no logra comprender la complejidad de los procesos vividos en los últimos 50 años. Tienen menos miedo del que tuvieron quienes conocieron la represión del golpe, tienen más conciencia de sus derechos y de las posibilidades de expresarse y comunicarse con aspiración a la inmediatez y a la totalidad. Tienen sobre todo conciencia de los abusos que existen en una sociedad que tendió durante mucho tiempo a la auto adulación, a sostener la excepcionalidad de Chile, a mirar con desprecio e incomprensión a otros países, que negó la corrupción, el racismo y el machismo.

- A la luz de ese momento histórico ¿ve similitudes con el momento actual? 

- Hay algo que marcó el fin de los años 60 y que vuelve hoy, y que es la sensación de lo intolerable. El grupo musical del significativo nombre Tiempo nuevo interpretó entonces la canción Hemos dicho basta en cuya letra se dice “porque ya son demasiados los que la pasan mal hemos dicho basta y echado a andar”. En un país que vive permanentemente coqueteando con la idea de estar entre las naciones más ricas, que permanentemente cita a la OCDE, que tiene un rasgo aspiracional fuertísimo, y que esconde o niega las desigualdades, y que vivía en un paraíso de los tontos, era perfectamente plausible que se volviera a cantar hemos dicho basta.

- ¿Cuáles son las actuales incomprensiones ínter generacionales? 

- Creo que los jóvenes de hoy viven a otro ritmo que el de  los 60 y 70, incluso de los 80. Aman la instantaneidad, y creo tienen menos tolerancia a la frustración. Me parece que han desarrollado un espíritu crítico que es muy  importante y que dio señales significativas y constantes desde mediados de la primera década de este siglo, pero que se ha venido haciendo cada vez más superficial y menos tolerante y dialogante, con poca capacidad de propuesta sólida.

También con un cierto grado de agresividad quizás derivado de cien años de un lema como el de nuestro escudo nacional.

Creo que las incomprensiones tienen que ver con las formas de verse y comunicarse, con el ignorar, olvidar o despreciar a los jóvenes que podemos encontrar en varios actores de nuestra sociedad y de las instituciones así como también en las formas de adulación acrítica y la aceptación de las imposiciones juveniles que no son siempre legitimas.

Con todo diría que es difusa la idea que no se escucha a la población, y solo se la atiende cuando se grita y se agita. Hay, me parece, un gran cansancio con los tecnicismos y la insensibilidad con que se trata el sentir de los ciudadanos corrientes. El descuido en el comunicar con claridad y empatía la acción política y social, y el privilegiar los criterios técnicos -piénsese en los ministros de hacienda desde 1990 a 2019- son elocuentes señales del por qué del descontento

- ¿Hay algo de eso en la lectura sobre el conflicto de la PSU? 

- Creo que en el caso de la PSU se juntan varios elementos de lo antes dicho: En primer lugar la falta de atención a la experiencia y las vivencias de los jóvenes y sus grupos aledaños como los profesores y el predominio de los criterios tecnicistas no explicados o mal explicados. Esto genera desconfianza y cansancio cuando se percibe que además la PSU perpetúa expresiones de inequidad, lo cual conduce a identificar al instrumento de medición y el indicador con la causa de esa inequidad y a reacciones violentas y ciegas como las que hemos visto en estos días.

Los jóvenes que han boicoteado la prueba puede que no sean plenamente conscientes de cuán violentos han sido con sus contemporáneos y van construyendo una épica que no apunta a la solución de los males sino al dar curso libre a la rebeldía y el desahogo, sin hacerse cargo del daño causado a inocentes víctimas de la furia frente a la desigualdad estructural que existe en el país y su sistema educativo.

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