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Martes, 20 de agosto de 2019
"La Pecera” funcionaba en la ESMA

La desconocida historia de los detenidos desaparecidos forzados a redactar noticias para la dictadura argentina

Nicolás Massai D.

Pocos meses antes del inicio del Mundial de Fútbol de 1978, el mayor centro de torturas y desapariciones de ese país abrió una oficina donde los detenidos eran obligados a armar archivos periodísticos, escribir comunicados de prensa y libretos televisivos con el fin de ensalzar el régimen militar.

La noche del miércoles 21 de junio de 1978 las avenidas y calles de Buenos Aires estaban desiertas.

Casi todos los argentinos se encontraban en sus casas pegados al televisor o la radio. A las 21.30 horas la selección enfrentaba un partido crucial que la podía dejar fuera del Mundial de Fútbol que el propio país había organizado. La tarea para el equipo albiceleste no era fácil. Necesitaba ganar por al menos cuatro goles de diferencia para clasificar a la siguiente ronda. Su contendor era Perú, el equipo sensación de Sudamérica ese año. Y el lugar del enfrentamiento era el estadio Gigante de Arroyito de la ciudad de Rosario.

Uno de los televisores que permanecía encendido esa noche estaba en el tercer piso del casino de oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). En una sección llamada La Pecera, uniformados y presos políticos se aglomeraron en torno al pequeño aparato para seguir de cerca el gran partido.

La Pecera se parecía una sala de redacción de un diario. La materia gris de los jóvenes revolucionarios redactaba, en contra de su voluntad, los comunicados de prensa que emitía la Junta y, a veces, también los libretos que leían los presentadores de noticias de la televisión.

Dos años antes, el 24 de marzo de 1976, el general Jorge Rafael Videla junto a otros altos mandos militares había concretado un golpe de Estado en contra de Isabel Perón. La ola de secuestros y ejecuciones, que se había iniciado ya los años anteriores, se desató con furia a partir de ese momento. En poco tiempo, la ESMA se convirtió en el centro de tortura y desapariciones más notorio. Se calcula que cerca de la mitad de todos los detenidos desaparecidos argentinos –en total fueron 10 mil– se esfumaron desde este centro de casi 17 hectáreas, ubicado en la zona noroeste de la capital.

Esa noche de junio, cuando los termómetros marcaban menos de 10 grados, secuestrados y secuestradores estaban reunidos para seguir de cerca el match. La Junta Militar rogaba por un triunfo. Una victoria animaría a la ciudadanía y podría acallar las crecientes críticas internacionales por la represión militar.

Eso lo tenían más que claro los detenidos que estaban en La Pecera esa noche, pues luego de días o semanas de golpes, descargas eléctricas sobre sus cuerpos, humillaciones y amenazas, los habían obligado a diseñar y redactar, desde su reclusión, parte de las comunicaciones de la propia Junta de Gobierno. Realizaban, en pocas palabras, trabajo intelectual esclavo.

“Un par de meses antes del mundial nos pidieron que produjéramos material para apuntalar esta campaña de propaganda, en la cual se le decía al mundo que las autoridades respetaban los derechos y humanos y que los desaparecidos y los campos de concentración eran una patraña que se difundía en el exterior para perjudicar al gobierno”, afirma a INTERFERENCIA Miriam Lewin, que realizó trabajo periodístico en La Pecera.

LA AGENCIA DE COMUNICACIONES DEL ALMIRANTE MASSERA

Miriam Lewin fue secuestrada el 17 de marzo de 1977, y tras pasar por otro centro de detención clandestino, la trasladaron a la ESMA. Al poco tiempo le asignaron labores en La Pecera. Su valor para los uniformados era que sabía inglés y francés.

El recinto era manejado entonces por el Grupo de Tareas (GP), que dependía de manera directa del jefe de la Armada Emilio Massera. El almirante y miembro de la Junta estaba empeñado en llevar adelante el llamado Proceso de Reorganización Nacional, que buscaba erradicar el marxismo y reconstituir la nación en base a los supuestos valores permanentes del cristianismo y Occidente. Como además estaba obsesionado con ser el nuevo Perón de Argentina, se le ocurrió la idea de usar las capacidades comunicacionales de los militantes de izquierda del peronismo, en especial de los Montoneros, como arma para su propia causa.

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Archivo del sector conocido como La Pecera, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Foto: Museo Sitio de la Memoria Ex Esma
Archivo del sector conocido como La Pecera, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Foto: Museo Sitio de la Memoria Ex Esma

Horacio Maggio fue acribillado en la provincia de Buenos Aires en un operativo conjunto entre el Ejército y la Armada. Su cadáver fue trasladado a la ESMA y exhibido a los detenidos. “Esa exhibición, como la de un trofeo de guerra, fue una suerte de tormento para el resto; una forma de decirles que el que se fugaba terminaría de esta manera”, asegura Soiza Reilly.

Una parte de esta recuperación consistía en “reformar” o usar a presos políticos, con el fin de que apoyaran el régimen dictatorial. Y ese fue, precisamente, el caso de La Pecera y sus comunicadores forzados. Así, a fines de 1977 se creó este espacio en el ala norte de las instalaciones del casino de oficiales, donde se solían dejar las especias robadas desde las casas de los secuestrados.

El cubículo de Lewin estaba al final del pasillo. Los puestos de trabajo eran todos muy similares entre sí. Cualquiera que se paseara por el corredor principal podía observar a través de un vidrio lo que hacían los presos en esa ala del piso. En la oficina contigua a la de ella estaban dos teletipos, máquinas que escupían todos los días las noticias de las agencias France Press y Associated Press. Y al frente estaba el archivo periodístico, que también lo gestionaban los detenidos.

La Pecera se parecía a una sala de redacción de un diario. La materia gris de los jóvenes revolucionarios redactaba, en contra de su voluntad, los comunicados de prensa que emitía la Junta y, a veces, también los libretos que leían los presentadores de noticias de la televisión.

Miriam Lewin –que hace algunos años relató su testimonio en el documental Sin censura. Recortes de prensa (Oriana Castro y Nicolás Martínez, 2014) – tenía 19 años en 1978 cuando fue obligada a traducir los artículos y los cables que llegaban a esta sección del centro de torturas. Se trataba de información proveniente de Europa o Estados Unidos y de medios como The New York Times, Le Monde y Financial Times.

“Todas las noticias hablaban de desapariciones, pero además había un pequeño boletín llamado Latin American Newsletter, redactado por Rodolfo Terragno (miembro de la Unión Cívica Radical, que partió al exilio y que fue senador en los años 90) que tenía datos de la interna de las Fuerzas Armadas”, dice.

Lewin recuerda el placer que le generaba traducir al castellano ese boletín exterior, que se editaba en Londres, donde se narraba de manera frecuente los encontrones entre Videla y Massera. En esos momentos, para ella los represores se volvían vulnerables. “Sabían que había una fuente interna que los traicionaba”, afirma la ex detenida. “Cuando llegaba ese boletín, yo suspendía todo y era lo primero que me ponía a traducir. Me provocaba una profunda satisfacción ver que (los militares) se ponían rojos de bronca”.

“De un lado parecía una vida de oficina, y del otro lado una vida de apremios y de terror. ¿Pero qué ocurría cuando venía la noche? Esos cautivos que habían sido oficinistas de día, iban a dormir del lado del terror, iban a alojarse engrillados. Ese era el tormento”.

“El Grupo de Tareas también enviaba columnas escritas por los prisioneros que se enviaban a los periódicos”, recuerda Lewin. “En la época del mundial había unas de tono nacionalista y muy emotivas acerca del orgullo del pueblo argentino, de la victoria deportiva y la unidad, y todo ese tipo de cosas”.

Cuando ella completaba las transcripciones, las iba a dejar al despacho del capitán de fragata Jorge Eduardo Acosta, miembro del Grupo de Tareas. Conocido como el “Tigre”, era un notorio torturador de la ESMA con fama de ser un violador en serie de las mujeres detenidas en ese recinto. En 2011 fue condenado a presión perpetua por crímenes de lesa humanidad. Miriam Lewin recuerda que el “Tigre Acosta” a veces le comentaba que por las noches se le aparecía Jesucristo y le indicaba qué detenidos debían morir o vivir.

UN DETENIDO DESAPARECIDO ENTREVISTA A MENOTTI

Uno de los compañeros de Lewin en La Pecera fue Lisandro Raúl Cubas. Él hacía labores de redactor. Dos meses antes del mundial, en abril de 1978, los oficiales lo sacaron de la ESMA y, fuerte, aunque sutilmente custodiado, fue obligado por sus captores a entrevistar a César Luis Menotti.

¿Por qué los militares enviaron a un detenido que figuraba como desaparecido a entrevistar al entrenador de la selección? La conferencia de prensa con Menotti tenía como objetivo contrarrestar la incipiente campaña mundial que pedía boicotear el torneo por las graves violaciones a los derechos humanos. De hecho, hubo futbolistas que públicamente dijeron que no iban a participar del mundial de Argentina. Uno de ellos fue, por ejemplo, el mediocampista alemán Paul Breitner.

“La idea era ir a la conferencia de prensa y después hacerle un reportaje que iba a salir en la revista del Ministerio de Relaciones Exteriores”, afirmó el propio Cubas en un testimonio entregado a Memoria Abierta. Esa revista se distribuía en todas las embajadas en Buenos Aires. “Aparte de las preguntas de índole futbolística, querían sacarle alguna opinión favorable al proceso militar”, recordó. No era algo impensado. Después de todo, Menotti era militante del pequeño Partido Comunista argentino, que en los primeros años apoyó el golpe de Estado y al régimen militar.

Esa escapada forzada fue una salvación para Lisandro Cubas. Al día siguiente, el 15 de abril de 1978, el diario La Nación de Argentina, el equivalente a El Mercurio en Chile, publicó una foto de la rueda de prensa. En esta no sólo aparecía el propio Cubas, sino también el oficial de inteligencia de la Armada, Juan Carlos Rolón, quien lo estaba custodiando.

Para la familia de Cubas, que no había sabido nada de él en meses, fue una sorpresa. Pero también una constatación de que estaba vivo. Y para él fue una suerte de seguro de vida. Nueve meses después, el 19 de enero de 1979, fue dejado en libertad. Lisandro Cubas de inmediato se exilió en Venezuela y desde ese país dio numerosas entrevistas para describir lo que pasaba en la ESMA.

UNA FUGA CON FINAL INFELIZ

Un día, cuando Cubas estaba enfermo, a Miriam le tocó redactar textos periodísticos para Canal 13, que en ese entonces estaba manejado por la Armada. También tuvo que suplirlo para redactar los guiones de Radiodifusión Argentina al Exterior, una radio del régimen que se emitía en el extranjero.

Los que trabajaban en La Pecera recibían un trato diferente dentro del centro clandestino. Se podían reunir con sus compañeros en ese recinto y aconsejarse mutuamente. A varios, incluyendo a Miriam, incluso se les permitieron algunas visitas vigiladas a sus familiares. Pero el miedo siempre estuvo ahí. “La pregunta de cajón es por qué no me escapaba en las visitas a mi familia”, dice Lewin. “Bueno, porque los ponía en riesgo a ellos y a los compañeros que estaban adentro”.

Sin embargo, hubo intentos de fuga. El más recordado por los sobrevivientes fue Horacio Maggio. Este militante de Montoneros fue secuestrado por el Grupo de Tareas en febrero de 1977 en la ciudad de Santa Fe, a unos 500 kilómetros al norte de Buenos Aires.

Al “Nariz”, como le decían sus cercanos, lo asignaron a La Pecera. Así lo dejó establecido Graciela Daleo, otra víctima de la ESMA, en su declaración durante el Juicio a las Juntas que se inició en 1985 por orden del ex presidente Raúl Alfonsín. Ante los jueces, Daleo relató que ella también laboraba en ese lugar y que recordaba muy bien ese 17 de marzo de 1978, cuando Nariz se fugó después de salir de las dependencias de la ESMA acompañado por un guardia.

A Graciela primero se lo contó una prisionera. Al rato lo confirmó el propio Jorge “Tigre” Acosta. “Pensamos que nos mataban a todos, pero yo me dije bueno, aunque nos maten a todos, si Horacio se fugó y va a contar lo que pasa, no me importa”, declaró en el juicio.

Efectivamente, Horacio Maggio se convirtió en el primer cautivo de la ESMA que entregó un relato detallado acerca de ese centro represivo. Tras fugarse, envió cartas a medios de comunicación, organizaciones civiles y religiosas, embajadas y otros organismos, contando de manera pormenorizada lo que sucedía en la ESMA y La Pecera. Incluso habló de los “vuelos de la muerte”, cuando los militares subían a los detenidos a aviones y los lanzaban, dopados, sobre el Río de la Plata.

“Por primera vez se denunciaron, ante un escribano, las atrocidades que se estaban cometiendo en la ESMA”, dice Mercedes Soiza Reilly, funcionaria del Ministerio Público Fiscal y ex fiscal adjunta de la causa judicial en contra de la ESMA, el juicio más grande de la historia de Argentina que tuvo sentencia en noviembre del año pasado.

El Grupo de Tareas de la ESMA inició una búsqueda frenética del fugado. Siete meses después de su huida, el 4 de octubre de 1978, los militares dieron con él. Horacio Maggio fue acribillado en la provincia de Buenos Aires en un operativo conjunto entre el Ejército y la Armada. Su cadáver fue trasladado a la ESMA y exhibido a los detenidos.

“Esa exhibición, como la de un trofeo de guerra, fue una suerte de tormento para el resto; una forma de decirles que el que se fugaba terminaría de esta manera”, asegura Soiza Reilly.

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Imágenes actuales de La Pecera en el casino de oficiales. Foto: ANM/Martín Kaut
Imágenes actuales de La Pecera en el casino de oficiales. Foto: ANM/Martín Kaut

DESENLACE

“La Pecera fue una forma más de tortura, Eso hay que dejarlo claro”, sostiene Soiza Reilly. “Someter a un cautivo que estaba viendo cómo sus compañeros eran desaparecidos, y frente a esto, ser obligado a transcribir un determinado documento, es inhumano. Ellos no sabían cuándo les iba a venir el turno de la muerte”, dice.

Uno de los sonidos que quedó en el recuerdo del espacio fue el de las máquinas de escribir, que salía por el pasillo y se transformaba en un tecleo disminuido, que intentaba llegar hasta el otro lado del tercer piso, a solo sesenta pasos. Ese sector, llamado “Capucha”, era donde los presos yacían arriba de colchonetas, en el suelo, aislados por tabiques, algunos atados a balas de cañón, otros maniatados con esposas, pero todos con la vista envuelta por una tela.

“Cada vez que se abría la puerta, los cautivos de La Pecera sabían que estaban ingresando una nueva víctima para colocar y someter a condiciones inhumanas de cautiverio en la Capucha. Esta era la vida que se vivía”, dice Soiza Reilly. “De un lado parecía una vida de oficina, y del otro lado una vida de apremios y de terror. ¿Pero qué ocurría cuando venía la noche? Esos cautivos que habían sido oficinistas de día, iban a dormir del lado del terror, iban a alojarse engrillados. Ese era el tormento”.

Unos meses después del mundial, en septiembre de 1978, el almirante Emilio Eduardo Massera se retiró de la Junta Militar con el fin de iniciar una carrera que tenía como objetivo conquistar la Presidencia de la República. Distintas personas han señalado que el trabajo generado al interior de La Pecera se lo llevó hacia su oficina personal: las historias de movimientos políticos y sindicales, los archivos de prensa, los informes de noticias.

“Tras la salida de Massera, también salieron de la ESMA cuadros importantes del Grupo de Tareas”, afirma Soiza Reilly. “La Pecera funcionó con mayor intensidad cuando él estaba como comandante de la Armada. Esto tenía que ver con el deseo directo que tenía de llegar al poder usando determinada información que se iba generando en este espacio”.

Tras ser procesado, encarcelado y amnistiado, en noviembre de 2010 Emilio Massera falleció de un paro respiratorio en el Hospital Naval de Buenos Aires. La fecha exacta de su funeral se mantuvo en secreto y en el cortejo no hubo más de una decena de personas.

Esa noche del 21 de junio de 1978, el país entero estalló en júbilo. La selección argentina había goleado a Perú por seis goles a cero. Aunque nunca se logró comprobar, siempre se rumoreó que ese partido estuvo arreglado. Se sabe que el jefe de la Junta Militar, el general Jorge Rafael Videla, visitó el camarín peruano para saludar a la selección sudamericana.

Como sea, el resultado le permitió a Argentina llegar a la gran final en contra de Holanda que se disputó cuatro días después en Buenos Aires. Ganó Argentina y Mario Kempes se convirtió en el jugador símbolo de ese mundial. Todos celebraron. Los secuestrados pudieron escuchar el rugido del recinto deportivo. Se trataba del estadio Monumental de River Plate, que se ubicaba a sólo un kilómetro de la ESMA.

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me mantienen informada les creo

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