A la corrupción chilena de la política, policías, fuerzas armadas y la Corte Suprema, hay que sumar también a la televisión que tiene su cuota de alto rating de putrefacción e ilegales excesos. Conductores, que cada día pontifican de moral, transparencia, criticando a través de fiscalizaciones sin ver debajo de sus escenografías la gran cantidad de mugre que ocultan ya que son peores que de quienes hablan.
Poco y nada se dice de la corrupción que por años reina en la televisión chilena. Nadie se atreve a investigar. Los antecedentes están y toda la industria los conoce, pero se oculta porque la descomposición está también dentro de sus ejecutivos.
Estos comunicadores no entienden que se les paga para informar y no predicar a gritos o con falsas lágrimas de como debería actuar la sociedad chilena. Hoy en día, todos terminan sus informes noticiosos y comentarios con muecas y molestias y vociferando abiertamente sus preferencias políticas y sexuales. Ahora todo es un circo muy sobre actuado como televisión caribeña.
En sus pantallas entrevistan al adicto de turno, pero no hay mención de quien vende la cocaína, que por lo demás son conocidos por todos y hasta más famosos que sus clientes. Periodistas interrogando a alcohólicos y drogadictos que lloran al contar sus historias por dinero y que están sentados en un panel al frente del propio narcotraficante que les suple de estupefacientes y de un conductor (a) que también es adicto.
Una basura de televisión en que periodistas que tienen antecedentes penales por manejar bajo estado de ebriedad y huir dejando daños y heridos, luego se les ve en debates presidenciales cuestionando candidatos. Sin moral ni ética, leen noticias de accidentes por consumo de alcohol. Otros, buenos para pedir dinero y extorsionar deportistas, políticos y artistas, para no criticarlos. Crímenes que están blindados bajo el alero de estar en el lado del cuarto poder.
Los conocidos “rostros” como le dicen en Chile, pasan sus noches con un diverso menú de drogas, prostitutas y travestis. Al siguiente día se maquillan para enseñar al país de moral mientras los políticos y autoridades son arrinconados en los sets de televisión sin saber a quienes tienen en frente.
Común es en la televisión chilena que rostros y productores cobren a políticos y autoridades por ir a sus programas. Esto ocurre desde los años setenta y todo sigue igual.
Los comunicadores cambian de opinión política según el canal donde trabajen. Si la línea editorial es de derecha, ellos atacan a la izquierda. Luego se mudan a otro canal y el Alzheimer periodístico es inmediato.
Mutan de la política a la farándula en segundos. Así controlan que ellos no sean cuestionados de sus excesos por los paneles de espectáculos. Hasta los premios que patéticamente reciben emocionados como si fueran Oscars y Grammys también se venden.
Todo en la televisión es un mal show. Da vergüenza ajena verlos desfilar por lo que ellos llaman alfombras rojas, cuando solo se trata de pauperrimos eventos de pueblo bananero en que lucen vestidos hechos por gente que se hacen pasar por diseñadores y que ahora visten políticos y que copian de internet y hacen su ropa en talleres pobres de Recoleta. Si hasta programas de moda se hacen en la televisión chilena con “expertos” mofándose del físico de quienes desfilan cuando quienes critican son gente de bajos recursos que nunca han presentado sus diseños en un desfile de moda internacional y que se visten con marcas baratas y hasta con canjes.
El humor en televisión juega el mismo rol. Actores y payasos de circos pobres que ahora por pantalla se mofan del país con chistes de doble sentido y cobardes indirectas sin reírse de sus propios dramas y lo que ocurre en sus sets y oficinas.
Las contrataciones que realizan los ejecutivos a cambio de sexo y coimas y los robos millonarios es algo común y sabido por la industria. Nada se investiga debido a que los sindicatos no tienen poder, y los ejecutivos quienes deben fiscalizar tienen relaciones extramaritales con sus corruptos gerentes, que, a pesar de ser despedidos por robos, aparecen luego en otros canales.
El nivel de la industria televisiva chilena siempre ha sido muy básico y limitado intelectualmente. Dirigida por incompetentes ejecutivos que buscan ser millonarios o tener una atractiva amante que cambian cada tres meses. Otros casos son cuando la modelo o influencer extorsionan a los productores y ejecutivos a cambio de pantalla y exposición.
Entre los abusos sexuales de partes de directores y productores ya conocidos, siempre se ha ocultado el acoso y abuso de las ejecutivas hacia hombres que hasta han sido violados en los estacionamientos a cambio de una oportunidad o protagonismo en televisión. Recursos humanos y todos los canales saben de estas mujeres y las acusaciones de abusos. Sin embargo, todo se oculta bajo la alfombra porque los jefes hacen lo mismo y otros temen ser despedidos.
Conocida historia es la de un gerente que le pedía a un famoso periodista y conductor que le presentara las mujeres de su canal fuera de la estación televisiva. Tanto la panelista, que se prostituía por aumentos de sueldo y pantalla, como el reportero proxeneta lograron tener extorsionado al ejecutivo del canal para no ser despedidos. Todos actualmente siguen en sus puestos.
Es por eso que hay mucha hipocresía e inmoralidad en el backstage televisivo. Luego, lo que transmiten al aire es un falso discurso. Así ocurría durante la acusación por violación al ex subsecretario del interior, Manuel Monsalve, que mientras los conductores y panelistas rasgaban sus vestiduras, durante comerciales se intercambiaban fotografías de la víctima y comentaban lascivamente sus atributos físicos.
Drogas en la TV
Los canales de televisión tienen en sus edificios verdaderos cárteles de narcotráfico. Dos y hasta tres grupos que venden marihuana y cocaína y que disputan clientes como si fueran plazas mexicanas.
Algunos canales de TV hasta pagan los tratamientos de sus adictos periodistas, pero no despiden ni acusan ante la justicia a los vendedores, quienes en pantalla opinan de sus clientes y hasta se horrorizan falsamente cuando narran la violencia del narcotráfico en el país.
Durante el famoso Festival de Viña del Mar, las ventas de drogas aumentan por el pedido de los artistas internacionales que exigen su cuota de cocaína. Una vez más, nadie hace nada. Como hacerlo si los ejecutivos y productores son los mayores consumidores. La policía sabe, pero nada investiga si las autoridades municipales y de gobierno están sentados disfrutando el show mientras en el backstage y en la galería la droga tiene más venta que las sodas y papas fritas. Al siguiente día, los rostros critican descaradamente el show del humorista o cantante que subió al escenario tan drogado como ellos.
Patético es ver en televisión cuando se habla del narcotráfico en el país y los conductores molestos “enseñan” como combatir el flagelo y se “frustran” con el gobierno, pero no mencionan sus propias adicciones, las de sus parejas y menos de las ventas y consumo de drogas al interior de sus medios de comunicación.
Un caso triste fue cuando entrevistaron a un famoso periodista que explicaba sus excesos con la cocaína mientras una panelista presente es quien por años le vende la droga y quien exacerbó su adicción. Todos los presentes y hasta la gente del backstage lo sabía y nadie dijo nada.
Hace un año atrás, en un canal de televisión falleció en su oficina un técnico por sobredosis de cocaína. Aunque todo el canal sabía de su adicción, optaban por no hablar del tema. Cuando llegó la policía para constatar su fallecimiento, los gerentes ocultaron las evidencias que incluía la cocaína en su escritorio y bolsillos y hasta movieron el cuerpo.
¿Ha mejorado la calidad y transparencia de la televisión chilena? No. Todo sigue igual. Aunque ya no hay un cura predicando al país antes de cesar las transmisiones. Aún es una televisión sin valores ni moral como para que sus conductores pontifiquen, critiquen, griten y lloren buscando rating o reels en redes sociales. Si quieren hablar de verdad, deberían comenzar por ellos mismos y sus casas televisivas, y no esperar que sus colegas mueran por sobredosis.
Los televidentes que quieran saber quiénes son estos protagonistas de la fama televisiva, es fácil. Prendan sus televisores y celulares y sintonicen sus canales favoritos y los verá predicar cada día. ¿Los ejecutivos? También sus nombres están en los créditos y en sus páginas web. Recuerden, hay dos grupos: los todologos (expertos en todo) que no tienen moral para hablar y quienes lo saben, pero guardan silencio por un sueldo mensual.
Sería novedoso, que las autoridades y políticos se defiendan más al ser cuestionados y enfrenten a los periodistas y conductores con su falta de moral para hablar de robos, prostitución, abusos, narcotráfico, y corrupción si en las dependencias de sus estudios televisivos ocurren a diario.
Los próximos invitados a un programa de televisión que se sientan intimidados, relájense y solo piensen que muchas veces tienen en frente a unos alcohólicos, drogadictos, estafadores, infieles, extorsionadores, abusadores, ladrones y corruptos. No son periodistas transparentes. Son meramente unos fariseos con parlantes que gritan muy fuerte.
Ethos, Pathos y Logos. Los tres pilares de la persuasión según Aristóteles. Ethos, apela a la credibilidad y carácter del orador; Pathos, busca conectar emocionalmente con el público (miedo y alegría); y Logos, se basa en la lógica, la razón y la evidencia (hechos y estadísticas). Estos elementos deben estar presentes para ser convincentes y creíbles. Sin embargo, es algo que los periodistas y conductores de televisión están muy lejos de tener. Para ellos es solo show business.







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