Un chiste latinoamericano dice que Estados Unidos es el país más seguro del mundo, porque es el único país que no tiene una embajada de Estados Unidos.
A horas del secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores en manos de fuerzas estadounidenses desde Caracas para apresarlo y llevarlo a Nueva York, el chiste no requiere explicación. Tal vez solo revelarlo como si fuera un negativo para quitarle el humor y dejarlo en su más clara y brutal realidad: Estados Unidos es el país más peligroso del mundo.
El chiste es viejo en la misma medida en que no hay nada muy novedoso con lo que acaba de hacer Donald Trump. La larga, nutrida y sangrienta historia de intervenciones de Estados Unidos en América Latina así lo demuestra. Sin ir más lejos, Chile en 1973, cuando la CIA instigó el golpe contra Salvador Allende y Estados Unidos proveyó de un marco conceptual de Guerra Fría para justificar las peores atrocidades vividas por este país latinoamericano.
Entonces, la sorpresa corre más bien porque la potencia había ‘olvidado’ agredir la región durante largas décadas -desde la invasión a Panamá de 1990 para secuestrar a su presidente Manuel Antonio Noriega, también acusado de narcotráfico-, lo que dio una sensación (equivocada) de que había pasado la época en que Estados Unidos consideraba a América Latina como su ‘patio trasero’.
La larga, nutrida y sangrienta historia de intervenciones de Estados Unidos en América Latina así lo demuestra. Sin ir más lejos, Chile en 1973, cuando la CIA instigó el golpe contra Salvador Allende y Estados Unidos proveyó de un marco conceptual de Guerra Fría para justificar las peores atrocidades vividas por este país latinoamericano.
Pero, lo que los latinoamericanos tal vez no vimos con suficiente claridad fue que Estados Unidos durante ese periodo no se había olvidado de agredir, ni tampoco de inventar diferentes excusas para hacerlo, cada vez más inverosímiles. Así pasó con Serbia, Afganistán, Somalía, Libia, Siria, Irak e Irán.
Lo que sí es novedoso es el desembozado tono con que ahora habla Estados Unidos, blandiendo una Doctrina Monroe 3.0 (la 1.0 es la original, que buscaba apartar a los europeos de los asuntos latinoamericanos y la 2.0 es la imperialista del siglo 20, que actuaba con hipocresía para justificar el control estadounidense en la región), la que ahora tiene por novedad no tener ningún complejo en anunciar su intención de manejar la región a su antojo y bajo la única legitimidad de su poder militar y económico.
Algo que incluye -desde luego- Venezuela y su petróleo.
“Dirigiremos el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y sensata. Por lo tanto, no queremos involucrarnos con la llegada de otra persona y que tengamos la misma situación que hemos tenido durante los últimos años”, dijo Trump desde su residencia de Mar-a-Lago, en Florida. Asimismo, el mandatario descartó la entrega del poder a María Corina Machado, la líder de la oposición. Trump agregó que las compañías petroleras estadounidenses van a invertir “miles de millones de dólares” para reparar la infraestructura de ese sector en Venezuela, que se encuentra “en muy mal estado”.
Palabras que en el fondo y en la forma demuestran una nueva etapa de la relación de Estados Unidos hacia América Latina que pueden caracterizarse perfectamente con otras palabras que hasta ayer sonaban a arcaísmo y que habían quedado en el baúl de los recuerdos de la tensa relación entre ambos; neocolonialismo e imperialismo.
Antecedentes para esto había de sobra. De partida la nueva Doctrina Nacional de Seguridad de Estados Unidos que expresamente dice que "tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental". El documento de 29 páginas llama a este enfoque "corolario Trump a la doctrina Monroe", por lo cual comienza a hablarse de la "doctrina Donroe", por la combinación entre "Donald" y "Monroe".
Para América Latina todo esto es una pésima noticia, incluso para quienes hoy celebran la caída del aborrecido líder venezolano. Esto, pues la región en su conjunto pierde cualquier capacidad de igualación -aunque fuera teórica- que ofrecía la discusión política en el marco del derecho internacional.
También esto sintoniza con las amenazas que profirió Trump en el inicio de su segundo mandato, cuando renombró el Golfo de México como Golfo de América, dijo que el Canal de Panamá debía pasar a su poder, al igual que Groenlandia, y que Canadá debería ser el 51° Estado de la Unión.
¿Cuál es el alcance global y regional de este giro?
Para América Latina todo esto es una pésima noticia, incluso para quienes hoy celebran la caída del aborrecido líder venezolano. Esto, pues la región en su conjunto pierde cualquier capacidad de igualación -aunque fuera teórica- que ofrecía la discusión política en el marco del derecho internacional. Si bien éste está lleno de trampas y arenas movedizas, al menos obligaba a Estados Unidos a inventarse cuentos legales -de acuerdo al derecho internacional y estadounidense- para intervenir. Ahora, cualquier excusa es válida, por más inverosímil que parezca.
Trump al principio dijo que toda la operación naval previa a la extracción de Maduro era por narcotráfico, pero luego no tuvo problemas para confesar que era por el interés estadounidense en el petróleo venezolano, sin pasar siquiera por la justificación de deponer un régimen ilegítimo, como si fuera el sheriff mundial.
Todo ante la impavidez del mundo.
Si bien es cierto que los líderes latinoamericanos que entienden que la soberanía y la libre autodeterminación de los pueblos son principios que defienden a sus países de las arbitrariedades del poder militar y económico, la reacción no ha pasado de quejas formales y llamados a instancias internacionales como CELAC o el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde nada mucho puede pasar.
Años de antagonismo contra Venezuela, acicateado por Estados Unidos -y por los propios terribles defectos de su régimen-, impiden que los ciudadanos latinoamericanos se vuelquen a las calles a reclamar por una medida y una doctrina que se les va a volver en su contra en plazo de meses, años, lustros, décadas o siglos.
Trump ya había amenazado con aplicar su doctrina contra México, si es que el vecino país no le permite operar militarmente en ambos lados de la frontera en su lucha contra el narcotráfico. Algo que los mexicanos -y cualquier país soberano- consideran inaceptable, cuya inaceptabilidad se pondrá a prueba ahora y en la práctica.
También el presidente de Estados Unidos tuvo ahora palabras para Cuba:
“Cuba es un caso interesante. Ese sistema no es bueno para Cuba, de Cuba terminaremos hablando, porque es una nación fallida”, dijo Trump también en Mar-a-Lago, con lo que insinuó entreabrir un portal que nadie seriamente en Estados Unidos había entreabierto desde el fallido intento de invasión de Bahía Cochinos de 1961.
“Cuba es un caso interesante. Ese sistema no es bueno para Cuba, de Cuba terminaremos hablando, porque es una nación fallida”, dijo Trump también en Mar-a-Lago, con lo que insinuó entreabrir un portal que nadie seriamente en Estados Unidos había entreabierto desde el fallido intento de invasión de Bahía Cochinos de 1961.
En la lista inmediata está también Colombia y Nicaragua.
Por otro lado, Europa -debilitada hasta niveles inéditos por su cada vez más fallida defensa de Ucrania-, no fue el contrapeso que antes era, cuando Estados Unidos decidía realizar operaciones unilaterales y sin una seria justificación jurídica.
Por el contrario, rápidamente los líderes europeos fueron refrendado a Trump, con matices más o menos, que solo muestran mayores o menores grados de genuflexión e hipocresía. Argumentos que -por cierto- sirven perfectamente a la causa rusa, al menos en cuanto implican la caída de máscaras y la aparición de dobles raseros, tal como ya venía pasando con el caso de Israel y Gaza.
Al respecto muchos análisis giran ahora -que también cayó la careta estadounidense- hacia lo qué hará China y Rusia, en un mundo donde el derecho internacional está degradado a su más bajo nivel.
Para algunos, esto abre la chance de que rusos y chinos puedan hablar con mayor claridad con el lenguaje de la fuerza, acercándose a las soluciones más violentas para resolver sus asuntos de Ucrania y Taiwán.
Para otros, más bien se abre la oportunidad para demostrar que el BRICS es una alternativa civilizatoria para resolver los conflictos internacionales, bajo el imperio del derecho y un enfoque multipolar.
Paradojalmente la nueva Doctrina Monroe puede darle la razón a los BRICS -al menos en la parte que dice que el multipolarismo está asociado a las capacidades de las potencias regionales-, sólo que con la mala noticia para los latinoamericanos de que nos toca la parte más incivilizada del planeta, con un vecino armado, poderoso y agresivo al norte. Esto, si es que Brasil confirma que no es capaz de servir de contrapeso de Estados Unidos en la región.
Lo que pase en los próximos días en Venezuela será clave para ver hasta qué punto la región puede responder. La caída de Maduro es un golpe fuerte para el chavismo -qué duda cabe- pero al menos hasta ahora reina una relativa unidad y continuidad constitucional, con la entrega del poder a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, con quien Trump y el secretario de Estado Marco Rubio, están conversando, y quien pudo volver de Moscú a Caracas a tomar el control de la situación, en un país que no ha dado muestra de grandes manifestaciones opositoras ni quiebres estaduales ni militares ni policiales. Tal vez ahí esté la última oportunidad para la diplomacia brasileña y latinoamericana.
¿Transición pactada?
Tal vez por ahí vayan los tiros, y lo lógico es ir por ahí, para resolver la crisis de legitimidad en que quedó Venezuela luego de la elección presidencial del año pasado, donde todo indica que hubo un gran fraude para sostener a Maduro en el poder, quien ahora fuera del tablero -sea en Moscú o en Nueva York- abre el juego.








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