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Martes, 20 de Enero de 2026
[Revisión del VAR]

La Kings World Cup: cuando el espectáculo vence al deporte (y aun así importa)

Roberto Rabi González (*)

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Medallas Kings League.
Medallas Kings League. Foto: @_KingsWorld.

La Kings League —y su derivación mundialista— representa una tendencia clara: el desplazamiento del fútbol como fenómeno deportivo hacia el fútbol como contenido. No importa tanto el proceso, la táctica o la historia previa, sino el impacto inmediato. No hay épica de largo aliento ni memoria acumulada: hay marcas de audiencia, métricas y engagement. El resultado es menos relevante que la reacción. En ese contexto, la Kings World Cup es un éxito indiscutible. Convoca audiencias que el fútbol tradicional ya no logra seducir, especialmente entre jóvenes que crecieron más cerca de Twitch que de la radio, más familiarizados con Ibai Llanos que con Pedro Carcuro o Víctor Hugo Morales.

La Kings World Cup terminó y Chile fue vicecampeón. El dato, desnudo, parece relevante. Pero como ocurre cada vez más seguido en el fútbol contemporáneo, la verdadera pregunta no es qué pasó, sino qué significa.

Porque la Kings World Cup no es fútbol en el sentido clásico del término. Es, antes que cualquier otra cosa, un producto de entretenimiento, una experiencia audiovisual diseñada para el consumo rápido, el algoritmo, el clip viral y la narrativa de redes sociales. El balón rueda, sí. En una cancha con límites y arcos, sí. Pero lo hace subordinado a reglas propias de un juego de mesa:  cartas sorpresa, doblajes de puntuación, presidentes-streamers, celebraciones exageradas. Una lógica bastante más cercana a la cultura del gaming que al deporte organizado. Por lo mismo, tanto para valorar la competencia y consecuencialmente nuestro éxito, como para despreciarla, debemos ser cautelosos.

La Kings League —y su derivación mundialista— representa una tendencia clara: el desplazamiento del fútbol como fenómeno deportivo hacia el fútbol como contenido. No importa tanto el proceso, la táctica o la historia previa, sino el impacto inmediato. No hay épica de largo aliento ni memoria acumulada: hay marcas de audiencia, métricas y engagement. El resultado es menos relevante que la reacción. En ese contexto, la Kings World Cup es un éxito indiscutible. Convoca audiencias que el fútbol tradicional ya no logra seducir, especialmente entre jóvenes que crecieron más cerca de Twitch que de la radio, más familiarizados con Ibai Llanos que con Pedro Carcuro o Víctor Hugo Morales. Es un formato que entiende su época y no la discute. Y logró que su final se jugara en un estadio enorme -el Allianz Parque de São Paulo- ante más de cuarenta mil personas: el estadio prácticamente lleno. Y seamos realistas; lo anterior a pesar de que uno de los finalistas era Chile, equipo debutante y sin figuras conocidas.

Se trata de la segunda versión del evento que nuevamente ganó Brasil, y que remece a las masas, a pesar de qué, por ejemplo, en los medios de comunicación tradicionales de nuestro país, no se informó una palabra sobre la campaña de Chile ni su logro. A diferencia que ocurrió en las redes sociales y medios no convencionales.

El problema, entonces, aparece cuando se intenta equiparar este fenómeno con el deporte en sentido estricto.

Pero desde el punto de vista simbólico y cultural, el segundo lugar no es irrelevante. Chile logra, una vez más, competir con éxito en un formato nuevo, desordenado, sin tradición, donde la improvisación y la personalidad pesan tanto como la destreza. Hay algo muy reconocible en eso: la capacidad de adaptarse rápido, de leer el contexto, de entender que el partido también se juega fuera de la cancha. En una industria donde el carisma y la narrativa importan, Chile estuvo a la altura.

El fútbol —el de clubes, selecciones, ascensos y descensos— es una construcción cultural basada en la repetición, la frustración, el tiempo y la historia. Gana valor precisamente porque no todo es inmediato ni espectacular. La Kings League, en cambio, funciona como un parque de diversiones: reglas que se adaptan al show, castigos y premios pensados para el dramatismo, y una ausencia total de consecuencias estructurales. Se pierde hoy, se reinventa mañana. Nada pesa demasiado. Por eso es más espectáculo que deporte. Y no tiene nada de malo, siempre que no se confundan los planos. Porque, mientras así sea y no ocurra una transformación radical, la importancia social y cultural del deporte tradicional no se replica en la Kings World Cup ni en la Kings League, sobre todo, porque su formato no es reproducible por los aficionados: solo se puede participar como espectador. Evidente, cualquier práctica que comience con un dron arrojando un objeto -en este caso un balón- desde las alturas no podrá ser llevado al barrio, ni al gimnasio de la escuela ni al de tu ciudad.

Entonces ¿El vicecampeonato de Chile? ¿Qué valor tiene realmente?

Depende desde dónde se mire. Desde el prisma estrictamente deportivo, su peso es limitado. No hay proceso formativo detrás, no hay continuidad competitiva, no hay una institucionalidad que permita proyectar este resultado en el tiempo. No es un hito que transforme estructuras ni que diga demasiado sobre el estado del fútbol chileno.

Pero desde el punto de vista simbólico y cultural, el segundo lugar no es irrelevante. Chile logra, una vez más, competir con éxito en un formato nuevo, desordenado, sin tradición, donde la improvisación y la personalidad pesan tanto como la destreza. Hay algo muy reconocible en eso: la capacidad de adaptarse rápido, de leer el contexto, de entender que el partido también se juega fuera de la cancha. En una industria donde el carisma y la narrativa importan, Chile estuvo a la altura. Además, el vicecampeonato expone una verdad incómoda para el fútbol tradicional: la conexión emocional. Mientras la selección adulta lucha por generar interés, la Kings World Cup consiguió audiencias, conversación pública y sentido de pertenencia, aunque fuera efímero. Mientras el fútbol chileno naufraga y se hunde a todo nivel, en la Kings World, despega y llega de inmediato a lo más alto.

¿Por qué? No tengo respuesta, pero es evidente que el balón en nuestro país es mejor entendido desde un enfoque digital y mercantil, que desde la lógica social, cultural e histórica.

En definitiva, conviene no sobredimensionarla ni despreciar el vicecampeonato. No es una farsa, pero tampoco una revolución deportiva. Es un síntoma. Un espejo incómodo. Un recordatorio de que el espectáculo avanza más rápido que las tradiciones, y que quien no se adapta queda hablando solo. Vale lo que vale el torneo: mucho en términos de visibilidad, poco en términos históricos. No se inscribe en ninguna galería de gloria, pero sí en el mapa de la cultura digital. No construye legado, pero deja señales.

Celebrarlo como un título sería exagerado. Ignorarlo por completo, un error.

Porque, aunque la Kings World Cup sea más show que deporte, muestra algo que el fútbol chileno necesita con urgencia: volver a entender que, antes que reglamentos y cargos, el juego también es emoción, relato y sentido. Y en eso —aunque duela admitirlo— los streamers llegaron primero.

*Roberto Rabi González es escritor, abogado de la Universidad de Chile, profesor de Derecho Procesal y Penal e investigador de la Asociación de Investigadores del Fútbol Chileno (ASIFUCH).



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