El Superclásico número 200, disputado el pasado domingo 23 de agosto en el Estadio Nacional, dejó un ganador claro: Colo-Colo. El 2-1 sobre Universidad de Chile no solo le permitió al equipo de Fernando Ortiz quedarse con uno de los partidos más importantes del calendario. También aumentó a 13 puntos su ventaja sobre su principal perseguidor, la propia U, cuando quedan diez fechas para el término del campeonato. Con esa diferencia, el torneo parece tener un destino bastante claro, salvo una hecatombe. Y ahí aparece una primera paradoja: el Superclásico sigue siendo enorme, pero el campeonato parece cada vez menos capaz de acompañar esa grandeza con incertidumbre.
La superioridad de Colo-Colo durante esta temporada no es un argumento para quitarle mérito al equipo de Fernando Ortiz. Al contrario: habla de su rendimiento. Pero sí constituye una señal sobre la competencia. Un clásico es más poderoso cuando, además la rivalidad, la historia es equitativa en triunfos. O al menos no tan asimétrica como en nuestro país. Colo-Colo es el club más poderoso del fútbol chileno en términos de popularidad y triunfos y cuando a eso agrega una ventaja deportiva tan significativa, la distancia respecto de sus competidores se vuelve difícil de disimular. La U puede seguir siendo su gran rival histórico, puede tener una hinchada aún mejor que los albos, pero una rivalidad no vive solamente de la camiseta: necesita también de la competencia. Y eso es algo que el fútbol chileno debería preguntarse.
Porque, a pesar de todo, el Superclásico mostró, primero, que todavía existe una capacidad enorme del fútbol chileno para detener el país durante 90 minutos. Un Estadio Nacional lleno y un ambiente propio de uno de los grandes acontecimientos deportivos del calendario recuerdan que el fútbol sigue teniendo una fuerza social que muchas veces se olvida cuando se discuten sus problemas institucionales, económicos o dirigenciales. Ese es un activo que el fútbol chileno debería cuidar.
Pero ese potencial está demasiado concentrado.
El Superclásico es, probablemente, uno de los pocos productos futbolísticos nacionales capaces de generar una atención transversal. No interesa solamente a los hinchas de Colo-Colo y Universidad de Chile. También interesa al resto de los clubes, a quienes siguen el campeonato ocasionalmente y a quienes entienden que estos partidos forman parte del patrimonio deportivo del país. Por eso, la posibilidad de contar nuevamente con hinchada visitante en estos encuentros merece ser reconsiderada. El desarrollo de este partido entrega, al menos, un argumento adicional para avanzar en esa dirección.
¿Por qué tenemos tan pocos partidos capaces de producir algo parecido? Argentina y Brasil tienen una enorme cantidad de clásicos con historia, identidad y relato. Sus campeonatos no dependen de un solo partido para construir una narrativa. Nosotros parecemos depender demasiado del Superclásico. Si agregamos el Clásico Universitario, la lista tampoco se extiende demasiado.
No se trata solamente de la distancia que existe entre los grandes y buena parte de sus perseguidores. También hemos ido perdiendo protagonistas de nuestras propias historias. Los clásicos de colonia son un buen ejemplo. Palestino atraviesa un buen momento y mantiene una presencia competitiva que permite mirar con interés sus enfrentamientos. Pero Audax Italiano está al borde del descenso y Unión Española, uno de los clubes históricos del fútbol chileno, ya se nos fue y puede que no vuelva pronto. Es difícil construir grandes rivalidades si buena parte de sus protagonistas están fuera de combate.
Algo parecido ocurre en regiones. Muchas de las rivalidades históricas del fútbol chileno tienen hoy, al menos, a uno de sus protagonistas fuera de Primera División. Ocurre con Everton y Santiago Wanderers. También con Cobresal y Cobreloa. La excepción ha sido este año el clásico de la Cuarta Región, entre Coquimbo Unido y Deportes La Serena. Cuando desaparecen de la máxima categoría clubes con historia, hinchadas e identidades locales, no solo se pierde un equipo. Se pierde un estadio. Se pierde una historia que contar. Se pierde, también, un acontecimiento capaz de trascender los 90 minutos. Ese quizás sea uno de los problemas menos comentados del fútbol chileno. No nos faltan partidos: nos faltan partidos con historia y con relato.
La solución, entonces, no consiste en hacer que Colo-Colo deje de ser Colo-Colo. Tampoco en disminuir artificialmente a los grandes para equilibrar el campeonato. La respuesta está precisamente en lo contrario: conseguir que el resto de las instituciones puedan competir mejor, formar jugadores, fortalecer sus estructuras y disputar campeonatos con mayor frecuencia. Un campeonato atractivo no necesita necesariamente diez candidatos al título. Pero sí necesita varios clubes capaces de construir historias, generar rivalidades y, eventualmente, desafiar a los grandes.
Porque un campeonato se vuelve más interesante cuando no solo tiene buenos partidos, sino cuando tiene partidos que importan.
Porque de lo contrario, una vez que se apagan los sonidos y colores del Superclásico tenemos que esperar demasiado tiempo para un episodio que al menos tenga un poco de hambre de estelaridad.





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