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Martes, 12 de Mayo de 2026
[Revisión del VAR]

Los estadios vacíos ya no son un problema de seguridad

Roberto Rabi González (*)

“Durante años se insistió en que el objetivo era “recuperar la seguridad en los estadios”, pero casi nadie se preguntó algo más decisivo: ¿vale realmente la pena ir al estadio en Chile? La experiencia suele ser deficiente incluso antes del partido. Entradas caras, horarios absurdos impuestos por la televisión, largos controles de acceso, poca conectividad, estadios envejecidos, mala infraestructura, restricciones excesivas y planteles cada vez menos identificables para el hincha. Muchas veces el espectáculo completo parece diseñado para tolerarse, no para disfrutarse”. 

Durante años el fútbol chileno encontró una explicación cómoda para los estadios vacíos: la violencia. Barras bravas, desórdenes, bengalas, peleas, restricciones, familias alejadas de las galerías. Todo parecía resumirse en una sola idea: la gente dejó de ir porque ir al estadio era peligroso.

Pero esa explicación ya no alcanza.

Si bien es cierto la irrupción del Claro Arena de la UC ha permitido que los cruzados lleven más gente al estadio y los equipos grandes en general juegan con aceptables marcos de público, la realidad del resto de los participantes en nuestro balompié profesional es otra muy distinta. Por ejemplo, al duelo por la fase de grupos de la Copa de la Liga entre Huachipato y Deportes Concepción —un clásico local en una zona populosa y futbolera— asistieron apenas cuatro mil espectadores. Cobresal ha promediado como local 368 espectadores este año.  Para qué vamos a hablar de la segunda división, que supuestamente está viviendo el mejor campeonato de su historia -con Unión Española, Santiago Wanderers, Cobreloa, Antofagasta, Magallanes y Rangers entre otros protagonistas tradicionales- El promedio general de asistencia apenas llega a las dos mil personas.

No es que el problema de seguridad haya desaparecido —sería absurdo afirmarlo— pero es evidente que no es la cuestión decisiva que ha alejado al público de los estadios. Continuamos mirando el fenómeno como un problema policial, cuando hace tiempo también es un problema cultural, emocional y de producto. Las razones del alejamiento de la gente de las canchas son otras y varias, que podríamos sintetizar afirmando que los espectáculos de fútbol nos ofrecen hoy una pésima relación precio – calidad. Históricamente mala, en todo sentido.

En primer lugar, enfaticemos que existen equipos ajenos a este problema. Las cifras muestran una paradoja interesante. El Campeonato Nacional 2024 registró cerca de 1,9 millones de asistentes, el mejor número desde 2012. A primera vista, parecería una señal de recuperación. Sin embargo, basta mirar la distribución de esos públicos para entender el verdadero problema. Universidad de Chile promedió más de 36 mil espectadores por partido. Colo Colo superó los 27 mil. Después de ellos, la caída es abrupta: Universidad Católica bordeó los 9 mil, Palestino y Audax Italiano no llegaron a los 2 mil y Cobresal apenas superó los 800 espectadores promedio. Es decir: el fútbol chileno no está muerto en convocatoria. Está profundamente concentrado.

Todavía existen clubes capaces de movilizar multitudes, pero gran parte del torneo se juega en escenarios donde el espectáculo parece desconectado de la comunidad. Más que un campeonato nacional, muchas veces parece una suma de transmisiones televisivas con asistentes de apoyo, extras. Utilería. Ahí está la verdadera crisis.

Durante años se insistió en que el objetivo era “recuperar la seguridad en los estadios”, pero casi nadie se preguntó algo más decisivo: ¿vale realmente la pena ir al estadio en Chile? La experiencia suele ser deficiente incluso antes del partido. Entradas caras, horarios absurdos impuestos por la televisión, largos controles de acceso, poca conectividad, estadios envejecidos, mala infraestructura, restricciones excesivas y planteles cada vez menos identificables para el hincha. Muchas veces el espectáculo completo parece diseñado para tolerarse, no para disfrutarse. 

Estaremos de acuerdo que por rendimiento nuestro fútbol, a nivel de clubes y selecciones, hoy es uno de tercer orden en el entorno sudamericano, sideralmente lejos de los grandes y a bastante distancia de los medianos. Sin embargo, los precios de las entradas de nuestro fútbol están más o menos al mismo precio que en Brasil (*) y más caras que en todo el resto de los países. Sí, no leyó mal, ir al estadio en Chile es hoy más caro que en Argentina, Uruguay, Colombia y Ecuador. ¿Qué explica aquello? No es la calidad del producto, todos sabemos que los partidos son malos o muy malos.

Tampoco la pulcritud y belleza de los estadios. Salvo el Claro Arena, no existen en Chile estadios hermosos en entornos espléndidos, en que la experiencia de asistir al fútbol sea confortable. De hechos existen muy pocos estadios, mal tratados y con entornos propios de película distópica. Sí, de esos en que uno arriesga toparse con algunos orcos o Mad Max. 

Y mientras eso ocurre, la televisión se volvió infinitamente más cómoda. Ver el partido desde la casa implica seguridad, repetición instantánea, comida barata, calefacción, baño limpio y cero controles policiales. Y, sobre todo, la posibilidad de ver otra cosa, leer o dormir, cuando la calidad del espectáculo lo amerite. El estadio ya no compite solamente contra la violencia; compite contra la comodidad moderna.

En suma, en Chile el fútbol parece haber perdido no solo su mística y parte de su dimensión comunitaria, sino, sobre todo, conciencia de su propia crisis. De su fracaso. Hay menos pertenencia, menos épica y menos fidelidad emocional. Los jugadores duran poco, los proyectos deportivos cambian cada seis meses y los dirigentes hablan más de balances que de cultura futbolera. Y lo que más sorprende es que estos nuevos empresarios, no actúen en consecuencia, que se nieguen a abrir los ojos y actúen como si nada hubiese cambiado.

No ofrecen una mejor experiencia al cliente (sí, porque eso es lo que somos para ellos) No le dan más facilidades, comodidad ni nada que compense la deficiente calidad del producto. Solo fingen que la realidad es la de antes.

Cuando la U de Chile derrotó 5 a 4 a O´Higins en 1999, al terminar el partido un amigo me dijo que iba a la boletería a pagar otra entrada, porque sentía que el espectáculo había sido demasiado barato.

Qué lejos estamos de eso.

Pero ningún elástico resiste eternamente. En algún momento se tendrá que cortar y nos tendremos que hacer cargo en serio de nuestros males.

(*) En Brasil los precios de las entradas populares fluctúan entre (precios en dólares) $15 - $28  en Chile $16 - $30, mientras las entradas de tribuna o platea oscilan entre  $45 - $95; mientras en Chile entre $48 - $96

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