He visto demasiados niños y niñas con la camiseta del Inter Miami. En Chile. No creo que sepan mucho sobre el club, ni mucho menos que puedan nombrar tres jugadores del plantel. Llevan esa camiseta por una sola razón: Lionel Messi. No es un caso aislado, es una señal de un cambio mucho más profundo.
Durante décadas, la identidad futbolera se construyó alrededor de los equipos. Uno era del Colo, la U, River, Boca, del Liverpool, del Milan, del Real Madrid o del Manchester United. En los Mundiales, eras, qué duda cabe, hincha de tu país; y cuando circunstancialmente -o como costumbre, dependiendo del país del que estemos hablando- tu selección no clasificaba, de Brasil, Alemania, Italia o Argentina. Los Latinoamericanos, en general hinchando por latinoamericanos y en ese marco, los grandes futbolistas eran ídolos porque representaban esos colores. Hoy ocurre cada vez más lo contrario. Los colores siguen al futbolista.
Hay millones de personas que celebran un gol argentino sin ser argentinas: una cantidad exponencialmente superior a la población de noruega quería seguir viendo a Haaland aplastando rivales en a la cancha. Muchos, tal vez ni siquiera franceses, van al estadio vestidos de la tortuga ninja Donatello, en honor Mbappe. Algunas desean que Inglaterra llegue a la final porque quieren que Kane tenga, al fin, un gran título internacional. Ya no se trata solo de apoyar una camiseta; se trata de acompañar una carrera.
Millones de personas comenzaron a simpatizar con el Paris Saint-Germain cuando llegó Messi y dejaron de hacerlo cuando partió a Miami. Lo mismo ocurrió con Cristiano Ronaldo: sus seguidores migraron desde Manchester a Madrid, de Madrid a Turín y de ahí a Arabia Saudita. No cambiaron de ídolo. Cambiaron de camiseta. Tal vez por posibilidades, que los viejos no tuvimos con nuestros ídolos, de conocer muchos detalles sobre sus historias de vida y nimiedades del día a día que los han transformado en ídolos por cuestiones más profundas que sus respectivos talentos. Y lo que te llevó a amar a uno, traía asociada la oscura consecuencia de odiar al otro. Y ese culto a la personalidad nunca había sido tan evidente como ahora, de cara al Mundial. Especialmente en los partidos decisivos.
Muchos de quienes esperan con ansiedad un Argentina-Francia en la final no son necesariamente argentinos ni franceses. Quieren ver a Messi o Mbappe alzar la copa, transformarse en el goleador absoluto, en la figura absoluta. En el Dios del fútbol. Otros han seguido, como decíamos, hace mucho, a Cristiano. Otros, tal vez no hace mucho, pero con una potencia sin igual, se empaparon de la cultura vikinga asociada a Haaland: su canción, sus videos, sus memes. Cierto, el “Ru” fue una de las maravillas colectivas, donde había un “nosotros”, como el canto de Wonderwall de la barra inglesa, pero un cruel partido de cuartos dejó fuera una de ellas. Ahora, nos queda, sobre todo, un evento entre Mbappe y Yamal y en la otra semifinal, sin duda, Lio vs. Kane; pese toda una historia que podría llevarnos a hablar de “Malvinas, episodio V” o de la “Mano de Dios” cuarta entrega. No, sobre todo los poco o nada futbolizados, identifican las camisetas cubiertas de gloria que llegan a instancias finales con un usuario.
Las redes sociales aceleraron esa transformación. Antes conocíamos al futbolista durante noventa minutos cada domingo y desde lejos en el estadio, o con tomas imperfectas y distantes en la televisión. Hoy desayunamos con él en Instagram, entrenamos con él en TikTok y celebramos sus vacaciones en YouTube. Y en las transmisiones podemos apreciar constantemente sus gestos con un detalle que a veces llega a ser desagradable. El jugador ya no pertenece únicamente a un club; construye una marca personal que compite —y muchas veces supera— a la institución que representa.
Los videojuegos hicieron el resto. Muchos niños conocen antes a Haaland, Bellingham o Yamal que la historia del Manchester City, del Real Madrid o del Barcelona. El futbolista es la puerta de entrada; el club, un detalle circunstancial. Pero el Mundial introduce una paradoja fascinante: durante cuatro años seguimos jugadores. Durante un mes volvemos a seguir banderas. ¿Qué hacemos? Simple, elegimos la bandera que adorna el aura del personaje. Del ídolo. ¿Qué siente el mundo por Croacia? Salvo muy pocos, nada. Pero ver a Modric despidiéndose de los mundiales, fue potente. ¡Para que vamos a hablar del llanto de Neymar! No recuerdo uno tan desconsolado y comentado a la hora de que un ídolo se despidiera de la Copa del Mundo en etapas tempranas, pero a una edad tardía. No dejó a nadie indiferente y nos hizo empatizar demasiado con el hombre y muy poco con los 214 millones de habitantes que también le decían adiós a un mundial. Hay millones de personas que celebran un gol argentino sin ser argentinas: una cantidad exponencialmente superior a la población de noruega quería seguir viendo a Haaland aplastando rivales en a la cancha. Muchos, tal vez ni siquiera franceses, van al estadio vestidos de la tortuga ninja Donatello, en honor Mbappe. Algunas desean que Inglaterra llegue a la final porque quieren que Kane tenga, al fin, un gran título internacional. Ya no se trata solo de apoyar una camiseta; se trata de acompañar una carrera.
Quizás eso explique otro fenómeno que antes parecía impensado: personas que cambian de simpatía según quién esté jugando. Hace veinte años esa conducta era vista como una frivolidad. Hoy es casi la norma entre los aficionados más jóvenes y tiene muy buena prensa porque te aleja del fanatismo, del racismo y del odio a los otros.
No sé si este cambio es bueno o malo. Probablemente sea inevitable. ¿Llegará el momento en que en vez de preguntar "¿de qué equipo eres?" preguntemos, de la manera más obvia y natural “¿de qué jugador eres?”






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