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Miércoles, 14 de Enero de 2026
[Extracto]

Periodismo en dictadura

Arturo Navarro Ceardi

Este jueves 15 de enero se presentará en el Café Literario (Washington 116, Plaza Ñuñoa) el libro 'APSI: Periodismo en dictadura', a 50 años de su edición original. Esta revista, fundada por el periodista Arturo Navarro Ceardi, con el apoyo de la Vicaría de la Solidaridad fue abordó la realidad nacional con humor y denunció las violaciones a los derechos humanos de la dictadura civil-militar.

El periodismo es como el curso de las aguas, si alguien trata de contenerlas, por escabroso que sea el terreno, busca la manera de escabullir las trabas y expandirse, lentamente, hasta volver a retomar su senda.

Esa imagen me acompañó desde la feroz censura que cayó sobre Chile el 11 de septiembre de 1973. Yo era un joven estudiante de último año, lector empedernido de diarios, lleno de energías para ejercer una profesión que amaba. Había intentado desarrollarla en diarios murales escolares, programas juveniles de radio, difusión en prensa de variadas actividades estudiantiles y cuando se acercaba el ansiado momento de ejercerla, se cayó toda la estantería: la dictadura clausuró el sistema de prensa existente. Una gran roca impedía el trayecto de esas aguas plenas de periodismo.

Hasta que se presentó la primera oportunidad de comenzar a escabullir la censura.

Se terminaba, por presión oficial, el ecuménico Comité de Cooperación para la Paz, donde trabajaba desde fines de 1974, pero sus trabajadores podríamos presentar proyectos que nos permitieran seguir con trabajo, pues su impulsor, el Cardenal Raúl Silva pensaba que “a estos jóvenes no les van dar trabajo en ninguna parte”.

De inmediato, era fines de 1975, nos reunimos un grupo de funcionarios relacionados con la información y las comunicaciones, la mayoría pertenecientes al Área de Apoyo, creada para respaldar el trabajo de “primera línea” de asistentes sociales y abogados.

En esas reuniones nació una idea que parecía luminosa: crear una agencia que vendiera información internacional a los medios de comunicación nacionales, que, como lo comprobábamos a diario era, junto con derechos humanos, uno de los grandes temas ausentes.

Las primeras convocadas al proyecto fueron dos mujeres: Cecilia Allendes e Hilda López.

Cecilia, por su experiencia en dirigir la exitosa revista Paloma, en Quimantú. Hilda, aunque no trabajaba en el Comité, la recordaba como la administradora de otro éxito de la editora nacional: revista La Firme.

La acogedora casa de Hilda, en el barrio Bellavista, se convirtió en sede de las reuniones donde se delineó el proyecto y se recibió los consejos de aguerridos corresponsales extranjeros -como John Dinges, del Washington Post- y candidatos a editores, como el español Rafael Otano.

No pasó mucho tiempo para darnos cuenta que los medios nacionales, sometidos a estricta censura previa, carecían de interés en adquirir un servicio a todas luces innecesario.

El proyecto había sido aprobado en una organización de solidaridad internacional y teníamos que hacer algo en la línea de lo propuesto: un medio propio de actualidad internacional que, según la legislación vigente, requería como director a un profesional chileno y con título de periodista. 

Cecilia, con buenas razones, en una cariñosa carta, explicó por qué no podía ser la Directora. Me tocó entonces ser el único del grupo original que cumplía los requisitos. Eduardo Araya -diplomático de carrera- sería el Gerente. Otano y Dinges (que nos compartía nada menos que su oficina) se desempeñarían como editores. Hilda -jefa de ventas-recomendó al hijo de un amigo como junior: Helios Felipe.

Mientras el abogado Jorge Molina Valdivieso, desarrollaba el modelo de empresa privada que deberíamos asumir; dos espléndidas vendedoras saldrían a recorrer las oficinas de todos los conocidos ofreciendo sendas suscripciones a esta revista que vendría pronto: Marcela Cosignani y Carmen Serrano.

Con ese equipo base, más las generosas donaciones de los cables -entonces no había Internet y las noticias llegaban impresas- del día anterior, de agencias noticiosas como AFP, DPA, IPS, ANSA, EFE, y la compra de diarios internacionales de segunda mano, que eran abandonados en los aviones, constituimos un razonable archivo de documentación, que organizaba y preparaba en las respectivas carpetas el sociólogo Carlos Catalán.

Desde ese centro de operaciones, instalado en una pequeña oficina de las calles Moneda y Matías Cousiño, surgió el llamado a quienes quisieran colaborar. Que fueron muchos y variados, constituyendo el más potente equipo de internacionalistas que se tenga recuerdo en el periodismo nacional.

Así nacieron y se multiplicaron las 105 ediciones de APSI que despaché y corregí sus pruebas de imprenta. Hasta agosto de 1981.

Cuando vi todo blanco

Se abrió la puerta del ascensor del primer piso del edificio Diego Portales, sede de la Junta de Gobierno, y la guardia, la calle Villavicencio, los autos... habían desaparecido. Nunca me había ocurrido antes. Ante mi estaba el futuro, vacío. Se acababa APSI y con ello mi trabajo, mis amigos, mi compromiso político... Ocurrió el 7 de agosto de 1981, alrededor de las 7 de la tarde. Pocos minutos antes, Jorge Fernández, jefe de la Dirección Nacional de Comunicación Social, DINACOS, la oficina de censura del gobierno, me había dicho que no podía seguir publicando la revista que era el centro de mi vida profesional y parte importante de mi vida personal.

Por unos instantes, vi todo blanco.

No entendí el símbolo hasta que algún colega hacía una encuesta a varios entrevistados y me preguntó cuándo había sido el golpe para mí. 

No fue solo el 11 de septiembre de 1973. Fue también ese 7 de agosto.

Antes... antes, a pesar de la tragedia que afectaba a los chilenos, seguía con el impulso de la UP. De la organización popular, de la fuerza del cambio que encabezó Allende y que el golpe sólo me cambió de ubicación. Antes, estaba en segunda fila, era el joven periodista a punto de recibirme -lo que logré en enero de 1975- lleno de ideas para hacer el periodismo que el proceso revolucionario demandaba, algo así como democratizar la información y la cultura, como hacíamos en Quimantú. Con el golpe cambiaron la prioridades, cayeron los colegas de la primera fila (exiliados, prisioneros, fusilados, torturados) y de pronto me vi dando un paso al frente para reemplazarlos.

Se había destruido el sistema de prensa de la democracia y sobrevivían solo medios afines a la dictadura. Pues entonces había que reconstruirlo. Nada más ni nada menos. Era cosa de tiempo... y de fuerza del movimiento popular.

Lo primero fue adelantar la práctica profesional para no perder tiempo. Fui a ver al Presidente del Colegio de Periodistas, que dirigía el diario La Nación, por obra y gratitud de los golpistas que agradecían así a un gremio que los apoyó. No hubo problemas. Un joven estudiante de la UC, con buenas recomendaciones fue aceptado como practicante desde el 11 de octubre de 1973, en el debut del diario de gobierno que emergía con nuevo nombre: La Patria.

Solo fueron tres meses de práctica. Un cura, de apellido Riveros, estudiante de algunos cursos en común, me delató como izquierdista, a los directivos del diario. Afortunadamente, el Jefe de Crónica entendió que debía trabajar ese plazo, indispensable para cumplir requisitos académicos. 

Había que buscar trabajo... y terminar la Memoria de Título para recibirme sin tardanza y seguir el camino trazado. 

Mi expectativa, compartida con muy pocos, era que debía formarme en un diario de fuste, como Le Monde. 

Adivinen, no fue posible. Había que intentar en los medios que quedaban... “Mensaje”, “Mampato”, o crear un proyecto de revista infantil... Mientras tanto, sobrevivir.

Hasta que llegó -yo, en una clínica recibiendo a mi hija mayor, nacida el 19 de diciembre de 1974- un telegrama: debía presentarme al día siguiente en Santa Mónica 2338, para trabajar en el Comité de Cooperación para la Paz en Chile.

Tardé poco en encargarme de boletines de prensa y análisis de la misma. Era cosa de tiempo. Pero la dictadura también lo entendía así y un año después clausuraba el Comité.

Entonces entró en mi vida el señor de rojo y solideo: el Cardenal Silva Henríquez que entendió (¿entendió o era obvio?) que la libertad de expresión era parte de los derechos inalienables del hombre y había que tener medios que lo permitieran.

Su vicario, Cristian Precht, me invitó a diseñar y luego editar el boletín Solidaridad, del nuevo organismo que reemplazaría al Comité Pro Paz: la Vicaría de la Solidaridad. Acepté y durante 1975 compartí mi jornada entre el inicio del boletín y el proyecto de Actualidad Internacional pues, paralelamente, el Cardenal ofreció presentar a organizaciones de apoyo internacionales, proyectos de ex funcionarios del Comité. 

En ese contexto, nació APSI. 

Donde me sumergí paulatinamente, con alma y cuerpo hasta que vi blanco.

La historia de su nacimiento y desarrollo está narrada en este libro.

¿Qué se puede decir de ello al borde de cumplir el cincuentenario?

Lo primero es la satisfacción de haber contribuido a reconstruir el sistema de prensa que, aunque con diferencias, permite afirmar que vivimos en un contexto de libre expresión, con limitaciones, pero con el corolario lógico: hay que seguir ampliando esa libertad, ello es un desafío que no termina.

Lo segundo es haber encontrado en el camino a los más formidables aliados para bregar por la libre expresión: el mundo de las artes y la cultura. Tanto periodistas como artistas o gestores culturales, no podemos vivir sin esa libertad.

Lo tercero es ratificar que aquellos que estuvieron en los inicios de APSI aún están bajo las mismas banderas y con la misma solidaridad de hace 50 años. Lo que no es poco.

También dar las gracias, fue un privilegio haber vivido este proceso.

50 años después

Tal como ocurrió con la publicación original de Apsi, con este libro que usted tiene en sus manos se repiten muchos actores.

Con mayor rapidez que en 1967, correo electrónico mediante, convoqué a quienes habían de una u otra forma estado cerca del nacimiento de la primera revista autorizada por la dictadura.

La respuesta fue formidable. 

La primera idea, al convocarlos, fue subir sus eventuales colaboraciones a un modesto blog e intentar reproducirlas en los escasos medios electrónicos que podrían sentir similitud con APSI.

Hasta que encontré a un antiguo amigo, que es editor, y le conté la idea.

-Pero eso es un libro, respondió sin pausa.

-Si, pero quién lo va a publicar, acoté.

-¡Yo! Fue la lacónica respuesta.

De ese modo, trabajamos, fijamos objetivos y comprobé que la aventura era posible.

Después cincuenta años de nacida la revista, podemos decir que la noche quedó atrás, muy atrás. Tal como la censura que nos asoló desde el nacimiento y que fue igualmente ignorada en este libro. Los convocados pudieron exponer sin intervención alguna, su visión sobre APSI. No podía ser de otra manera.

Este texto permitió que afloraran muchas historias desconocidas -aún para el director-, que impactaron en las vidas de los colaboradores, las que aún resuenan, como por ejemplo, la estrategia jurídica para crear una empresa periodística, en tiempos que la propiedad privada era sagrada. Solo que caratulada como “publicitaria”.

La historia secreta -hasta ahora- de cómo se imprimieron los primeros ejemplares de tres ediciones en una prensa “semi automática”, que de automática no tenía nada, como lo prueba el BIC negro con el que Rafael Otano, como riguroso editor, corregía las erratas. Y el rol de apoyo indispensable, que la veinteañera Paula Fontaine, prodigaba a los editores John Dinges y el propio Otano.

Las exóticas técnicas de reclutamiento de colaboradores, que esgrimía Sergio Marras, ya sea en Madrid o Santiago, y que son narradas con maestría por Rodrigo Atria, quien no es el único que se apunta con una pluma notable, como las que ostentan Pepe Sanfuentes, Perico Gana y el propio Marras.

Asimismo, impresiona la inalterable capacidad analítica de expertos como Fernando Bustamante y Pablo Portales, que escriben como si tuvieran que entregar al filo del plazo su artículo a los severos editores de APSI Actualidad Internacional.

También tenemos la honestidad de Jorge Donoso, cuando aceptó ser columnista, cuidando de no importunar a sus empleadores ni a sus editores en tiempos difíciles. Aquí tenemos que ser sinceros: Nos queda la duda si esos valores tuvieron que ver con su elección para estudiar periodismo, como otra actividad fuera del Derecho, y llegar a encabezar medios de la envergadura de Fortín Mapocho o TVN.

Y la admiración a Marcelo Contreras y Sergio Marras, por el coraje de retomar una revista -y una empresa-, que mantuvieron por poco más de 400 ediciones, no exentas de riesgos, temores y ... humor.

Finalmente, el respeto a Pablo Álvarez, quien en una visionaria jornada en la Biblioteca Santiago Severín de Valparaíso -siendo estudiante- se topó con una revista que lo motivó para realizar nuevas investigaciones sobre su rol como medio de comunicación en tiempos convulsionados, que desde su rol de historiador se permite recomendarla a las nuevas generaciones.

Y el resultado de esta amalgama de actores del periodismo en dictadura, está en sus manos.

Las aguas del periodismo retoman su curso.

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