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Viernes, 22 de marzo de 2019
Disputa de poder en gobierno brasileño

¿Quién manda en Brasil? Algunos creen que una Junta Militar encubierta

Raúl Zibechi (Sputnik)

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Interferencia
Interferencia

Analistas y periodistas brasileños consideran que el presidente Jair Bolsonaro no gobierna en Brasilia. Aseguran que lo que hay en Brasil es una Junta Militar.

En los dos primeros meses de gobierno, Bolsonaro estuvo dos semanas internado, provocó una crisis ministerial por una pequeñez en su cuenta de Twitter, que llevó a la destitución de Gustavo Bebbiano, jefe de la Secretaría General de la Presidencia, quien además de ser el encargado de su campaña presidencial tuvo un entredicho en público con uno de sus hijos. En lugar de Bebbiano fue designado otro militar, el general Floriano Peixoto Neto.

El periodista afirma que "el gobierno de Jair Bolsonaro no existe más", que "podrá seguir viviendo en el Palacio Alvorada y hasta jugar videojuegos en su oficina del Planalto, siempre que obedezcan a sus superiores, los generales".

Las afirmaciones parecen exageradas, pero reflejan en gran medida lo que está sucediendo. Desde la prensa más conservadora, O Estado de Sao Paulo, ya se habla de "la militarización de la máquina pública federal". Se trata, en opinión de varios periodistas especializados en las Fuerzas Armadas, como Tania Monteiro, de "una nueva fase del movimiento creciente de escoger oficiales de la reserva de las Fuerzas Armadas para posiciones estratégicas y sectores históricamente envueltos en denuncias de corrupción".

Un nuevo relevamiento detectó hasta 103 militares en los escalones segundo y tercero del gobierno, ministerios, bancos e institutos estatales. Entre los objetivos declarados por las autoridades se conjugan los verbos "sanear" la gestión y "cuidar" los recursos del Estado. El especialista en ciencias políticas Eliézer Rizzo de Oliveira estima que la participación de militares obedece al descrédito de los políticos y a la inexperiencia del nuevo presidente. Pero advierte del "riesgo de desprestigio de las Fuerzas Armadas en caso de fracaso".

Sin embargo, se están enfrentando a problemas que van mucho más allá de sus capacidades para resolverlos. La primera es la verdadera escasez de cuadros gestores que no estén vinculados al sistema político, que ha sido siempre la fuente de reclutamiento de los administradores superiores del Estado, incluso en la dictadura militar (1964-1985).

"El gobierno de Jair Bolsonaro no existe más", que "podrá seguir viviendo en el Palacio Alvorada y hasta jugar videojuegos en su oficina del Planalto, siempre que obedezcan a sus superiores, los generales".

La segunda son los salarios. Es casi imposible atraer especialistas por salarios que oscilan entre los 800 y 5.000 dólares, valores que se estiman muy bajos en comparación con lo que perciben directores del sector privado. Los militares en la reserva ya tienen su pensión y en caso de trabajar en el Estado perciben un complemento salarial, lo que beneficia sus bolsillos y a las arcas estatales. Pero el cuello de botella sigue siendo la capacitación.

El exministro de Asuntos Estratégicos, Hussein Kalout, destacó que "el Estado fue capturado por el corporativismo y las corporaciones sindicales", y que si esa realidad no es desmontada, "no hay manera de mejorar la gestión pública; mejorar la eficiencia de la máquina y racionalizar su funcionamiento requiere un esfuerzo colectivo y reformas estructurales".

Los analistas olvidan, sin embargo, que la larga dictadura militar que estuvo en el poder durante 21 años, dejó paso a la partidocracia de la que ahora reniegan. Los uniformados habían comenzado su gestión impulsando un fuerte crecimiento de la economía, pero cuando llegó la crisis de la deuda y se estancó la economía brasileña, a comienzos de la década de 1980, decidieron retornar a los cuarteles.

Por otro lado, los problemas que conlleva el gobierno de Bolsonaro son mucho más graves que la falta de cuadros directivos. Días atrás, el canciller Ernesto Araújo, fundamentalista anticomunista, tuvo un fuerte enfrentamiento con el expresidente Fernando Henrique Cardoso, una de las figuras más importantes del país, miembro del neoliberal PSDB (Partido de la Socialdemocracia Brasileña).

El 28 de febrero, Cardoso había señalado en su twitter que "nuevas elecciones libres son el camino para el futuro democrático en Venezuela", porque "las intervenciones militares no conducen a la democracia". La respuesta del canciller fue torpe. Dijo que el expresidente "defiende tradiciones inútiles de retórica vacía" y que las "desprecia abiertamente".

Los militares no tienen el menor interés en cortar los vínculos con toda la clase política brasileña, en particular con un veterano político como Cardoso, que no es un adversario porque está fuera del juego electoral y además tiene un enorme prestigio en el país. 

En una extensa perorata llena de prejuicios ideológicos, el canciller Araújo criticó la tradición de 25 años de política exterior brasileña, por estar basada en el "consenso", al que calificó como "infame", ya que permitió "el predominio creciente del bolivarianismo en América del Sur". Finalizó asegurando que en la crisis en curso "no fue Brasil quien siguió a EEUU, sino al contrario".

Semejante visión del mundo debe sonrojar a muchos brasileños y en particular a los militares, que se juegan el prestigio de su institución bajo este gobierno.

Encuentro dos problemas urgentes para la gobernabilidad brasileña.

La primera es que no resulta adecuado atacar la política del consenso, en la que coinciden todos los estadistas del mundo menos Donald Trump, por lo menos en sus declaraciones. El inquilino de la Casa Blanca está aislado y en declive, y es muy probable que no pueda revalidar su cargo en las elecciones del próximo año.

Semejante visión del mundo debe sonrojar a muchos brasileños y en particular a los militares, que se juegan el prestigio de su institución bajo este gobierno.

La segunda es que los militares no tienen el menor interés en cortar los vínculos con toda la clase política brasileña, en particular con un veterano político como Cardoso, que no es un adversario porque está fuera del juego electoral y además tiene un enorme prestigio en el país y fuera de fronteras. Más allá de lo que se pueda opinar de Cardoso, es evidente que en algún momento en los próximos años, los actuales gobernantes deberán relacionarse con esos políticos que dicen detestar. Los partidos de Cardoso y de Lula son los dos más sólidos de la democracia brasileña y de algún modo los están poniendo en la misma bolsa, ganándose enemigos de forma gratuita.

El canciller Araújo ya se ha enfrentado a la poderosa burocracia de carrera de Itamaraty, situación que acaba de agravar al despedir a un embajador por criticar sus opiniones.

El destacado diplomático y economista Rubens Ricupero, exsecretario general de la Unctad, tuvo un fuerte cruce con el canciller al considerar que está realizando "un acto de represión político-ideológica que recuerda los momentos más sombríos de la dictadura militar, de la cual el actual presidente es un confeso admirador".

Ricupero remató su crítica diciendo que, a la luz de la actuación del canciller, "¿cuál es la autoridad moral que tiene este gobierno para denunciar la represión del régimen de Maduro?" Parece evidente que las grietas de credibilidad son cada vez mayores en el gobierno de Brasil.

*Este artículo fue escrito por Raúl Zibechi para Sputnik. 

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